22 de abril de 2015

Fallido trasplante cardíaco de Kantrowitz (1966)


Palabras clave (key words): Medicina Nuclear, Adrian Kantrowitz, failed heart transplant.

Seymour M. Glick, uno de los primeros colaboradores de Berson y Yalow, trabajaba sobre hormona de crecimiento, oxitocina, etc. en el Maimonides Medical Center, Servicios de Coney Island Hospital. Resultó que el laboratorio de RIA formaba parte del departamento de Medicina, del que Glick era el Jefe, y yo llegué adscrito al de Medicina Nuclear. Pero también allí se hacían cosas nuevas, con las gamma cameras, que empezaban entonces para los estudios de imagen, investigaciones sobre la cinética de diversos procesos biológicos, etc. Y empezamos a buscar oro en la sangre —quiero decir que tratábamos de medir su concentración en pacientes de artritis reumatoide tratados con sales de oro— mediante una técnica de nombre arcano y magnífico, X-ray fluorescence, que demandaba aparatos que no existían en ningún hospital, pero sí en una gran empresa con la que colaborábamos.

 La cooperación con el núcleo central del Maimonides era intensa y a veces trasladábamos alguna ‘vaca’ —todos llamaban así, moly cow, a los generadores de 99mTecnecio a partir del 99molibdeno—, y lo hacíamos en una ambulancia, con la sirena funcionando sin necesidad. Yo,  nacido en una pequeña ciudad andaluza, no acababa de creerme que anduviera en estos trajines en la que era entonces, sin duda, la capital del mundo. La vaca se ‘ordeñaba’, haciendo una elución (ordeño) para obtener el 99mTecnecio.

El verde de indocianina era una buena sustancia para estudiar el funcionamiento hepático, pero resultaba demasiado cara. Llegó entonces al hospital un químico lleno de ilusiones, que podía producirla a bajo coste. “El procedimiento es algo explosivo, pero lo vamos a lograr”, decía divertido. Se formó en mí, ya para siempre, una idea del espíritu pionero y arriesgado de ciertos científicos, una imagen confiada y risueña de lo que podía ser la investigación, un sentimiento fáustico de que todo era posible, la optimista convicción de que el mundo era inmenso y ubérrimo, la vida casi eterna y había tiempo para todo. Sí, eso era lo que pensaba. Me pareció interesante conocer esa especialidad naciente, la Medicina Nuclear; de hecho, proseguí con ella luego en Suiza.

El mundo me parecía recién estrenado. Yo y todos mis amigos éramos jóvenes y en aquel orbe íntimo nunca tuve que asistir a un funeral; no existía la muerte. Sí apareció en la lejana España, hurgó con sus descarnados dedos los pulmones de mi padre y creció allí un tumor maligno, un cáncer ya intratable. Entendí por fin que el mundo no era un paraíso y que había que volver a la vieja tierra. Pero eso fue al final, el ensueño americano duró unos años.

Ya dije que en el Maimonides estaba Adrian Kantrowitz, el cirujano que hizo el segundo trasplante de corazón del mundo y pudo haber hecho el primero. En efecto, en mayo de 1966, dieciocho meses antes de la hazaña de Barnard, nació en ese hospital un niño con graves malformaciones cardíacas congénitas. Un mes después, en junio, se encontró en Oregon un donante apropiado, un niño anencefálico (sin cerebro), que fue trasladado en avión hasta Nueva York, y los dos niños fueron preparados para la cirugía. Según las normas de entonces hubo que esperar hasta que el corazón del donante dejara de latir, no bastaba el criterio de ‘muerte cerebral’, y cuando el corazón paró, los cirujanos comprobaron que estaba deteriorado y el trasplante y no se realizó.

Dejo una foto, tomada de la colección Profiles in Science, de la National Library of Medicine, para que se tenga una idea del tamaño del corazón de un niño de días; es como una castaña. En otra entrada contaré más sobre el primer trasplante de Kantrowitz y sus inventos en el campo de la cardiocirugía.

Volviendo a Solomon Berson, precisamente hoy, 22 de abril, habría cumplido 97 años, una edad no imposible. Murió con sólo 53. La Muerte se equivoca a menudo.

(continuará)


 
Corazón del donante, un niño de días