20 de julio de 2015

De la bendita España, de sus avatares


Palabras clave (key words): bendita España, políticos, frailes, monjas, Artur Mas, Martín de Riquer.

Llegó el estío, como era forzoso, y empezó bravío y se pasó con las temperaturas. Huyendo de esta desconsiderada ola de calor, he estado unos días en el norte de España, para comprobar otra vez la variedad y belleza de nuestra tierra. Mis amigos extranjeros, cuando me visitan, la llaman God blessed country (país bendito por Dios). Para comprender, cada vez menos, el deseo de fracturarla, de amputarla, sin necesidad objetiva alguna.

Prometí para este verano entradas alegres y festivas. En los momentos actuales no son las primeras que me vienen a la cabeza, pero trataré de cumplir mi palabra. Pocas situaciones tan propicias al desánimo como la actual. Resulta imposible no referirse a los políticos, aunque siempre he sostenido que, en democracia, la crítica a estos se transfiere automáticamente a los ciudadanos que los eligen. Esto, claro está, en una democracia perfecta, que no existe en ningún país. Los poderes fácticos —los factores que juegan un papel incontrolable y torvo en la dinámica social— son capaces de influir en el cuerpo electoral y llevarle a caminos erróneos y a elecciones impuras.

Los nuevos políticos no tienen nada que envidiar a los antiguos. Los veo enzarzados en el mismo afán turbio de poder, en las viejas maquinaciones de siempre. Una valenciana, desde que su grupo ganó, con otros, las elecciones, no ha cesado de aparecer en la TV con una sonrisa de oreja a oreja imperecedera, de éxtasis continuo, como señal de haber llegado a algún tipo de paraíso personal. Otros no dejan de insultar a los oponentes y de ofrecer recetas envejecidas hace siglos. Todos proclaman la posibilidad y urgencia de alcanzar la felicidad total, pero no dan la fórmula. Se pasan de un grupo a otro, hacen y deshacen alianzas y componendas, etc., a vertiginosa velocidad.

Algunos son jóvenes cronológicamente, no por sus ideas o proyectos. Jamás montaría en un avión que fuera pilotado por ellos, no les entregaría nunca un pleito por sencillo que fuese. Si tuviera que ser operado y me los encontrara, todavía despierto, en el quirófano, saltaría de la camilla y no pararía de correr hasta alejarme a muchos kilómetros del hospital.

 Hay antiguos frailes, que hablan todavía con la parsimonia y melifluidad del claustro. Monjas de aquellas que Santa Teresa proclamó capaces de deshacer, una sola, el convento entero. Gentes que, casi ochenta años después de nuestra guerra civil, andan en iniciativas a veces comprensibles y otras con el tufo de una inextinguible ansia de venganza. Con la que está cayendo, se preocupan por cambiar nombres de calles y condenar al olvido a cualquiera relacionado con los vencedores de aquella barbarie de todos. Nuestro cerebro tiende a desterrar los recuerdos lúgubres del pasado y conservar los felices. Lo que es bueno para el individuo es bueno también para los pueblos.

Del independentismo catalán, ¿qué decir? Se hace tras décadas de adoctrinamiento intensivo, según parece; sin ninguna exigencia de mayoría cualificada; con promesas que nadie trata de demostrar; ignorando que los sentimientos de los pueblos son, como en cualquier materia viva, cambiantes en su expresión, su intensidad, sus propuestas de solución. Bueno, más bien conscientes de ello, de que la realidad es cambiante, pero tratando de aprovechar, hic et nunc, la que parece por el momento favorecedora.

Frente a ese secesionismo, tengo una discrepancia incluso estética. Cuando veo a sus oficiantes, no entiendo que puedan arrastrar a personas de una mínima exigencia intelectual. El señor Mas, enamorador involuntario de monjas, cada vez me parece más vacuo, frívolo y revestido de cierta majeza goyesca. Junto al rey pierde aún más y adquiere aire de villano de farsa. Creo, honradamente, que debería evitar situarse a su lado, para no arruinar el prestigio que pueda tener para algunos. Si al frente del catalanismo hubiera alguien como mi admirado, adorado, copiado, llorado Martín de Riquer Morera, conde de Casa Dávalos, profundo conocedor de la lírica provenzal, capaz quizá de instaurar una corte de trovadores en la Cataluña, lo vería tal vez de otra forma.

Tierra bendita de Dios esta España, ya digo, ya lo dicen mis amigos extranjeros. Pero plagada de mascalzoni, de coquins, de balourdise, de lapalissades… de vulgaridad. Como tantas otras. O algo más. De verdad, no lo sé con total seguridad.

Es mi despedida de los temas de actualidad. Empieza ya el cogollo veraniego (de Virgen a Virgen) y lo dedicaré a contar otras cosas.