8 de octubre de 2015

De mis perplejidades en literatura (III)


Palabras clave (key words): reality check, exploración inicial de un texto literario.

Otra gema: un profesor, no un cualquiera, comía en un restaurante una tostada untada con camembert y se manchó la solapa de un buen traje. Estas cosas pasan en toda la escala social. Y cuenta AA que el profesor “hizo un gesto desdeñoso hacia la costosa solapa impura de Romeo Gigli”. Y prosiguió como si nada, como si no le importara mucho —encomiable la elegancia y distinción del sujeto— untando de nuevo camembert, “(no en la solapa, en otra tostada)”, aclara el narrador, en uno de esos paréntesis suyos tan dañinos. La aclaración es de un efecto cómico tan poderoso, la descripción es tan hilarante, que tuve que interrumpir la lectura, porque estuve riéndome todo el resto del día y mis ojos lloraban continuamente. ¡Es que los hay con gracia!

El profesor, quizá para compensar el malhadado accidente de la solapa, se reviste de cierto tono profesoral y dice que uno puede confundir lo visto con lo que le han contado y elucubra un poco sobre el asunto. De estas trivialidades se habla ahora mucho, como si fuera un gran descubrimiento, añado yo. “Es milagroso que lo normal sea que distingamos”, continúa el profesor, luciéndose. Hace ya más de diez años, en una conferencia, ya hablaba yo de los experimentos de Silbersweig y Stern, del Cornell Medical Center, de Nueva York, y otro grupo de Londres, publicados en Nature. Postulaban que hay un área del lóbulo prefrontal, que parece funcionar como una especie de reality check, un “comprobador de la realidad”, y determina si una imagen o estímulo es real, imaginado o alucinado. Si este centro nervioso se avería, el mundo, no sólo los recuerdos, puede volverse muy confuso. Todo esto es tela vieja.

“Hacía dos meses que no nos tocábamos, o yo a ella”. ¿Y ella a él?, me pregunto.  ¿Se entiende este castellano? Al autor no le da la gana diseccionar esta situación, aclarar la quemante duda. Sigue, “lo que en el rostro es besable (nariz, ojos y boca; mentón, frente y mejillas; y orejas, es todo el rostro)” (sic). Bueno, con haber escrito desde el principio ‘todo el rostro’ se habría apañado uno. Porque las cejas, el entrecejo, están incluidos en la frente, digo yo. ¿O no son besables? Hay gente que besa en los sitios más inverosímiles e inhóspitos. Aquí surge de nuevo la desazón, intratable.

Y qué decir de las especulaciones más metafísicas y profundas, que se vierten en otras partes de la novela y se ofrecen al lector: “Nada de lo que sucede sucede” o “Poco importa, todo es pasado y no ha sucedido”. Aseveraciones con las que alguien podría no estar de acuerdo, pienso yo modestamente. Hace ya más de un año, por poner un ejemplo, me caí y me rompí un brazo. Bueno, pues esto sucedió y si no hubiera sucedido no me habrían tenido que operar, como fue el caso. Y sucedió que algo fue mal en la operación y, como sí sucedió, me tuvieron que operar de nuevo.

Aquí viene otra vez lo que avisé del ritornelo: en literatura, en ocasiones, un personaje puede decir eso de que “nada de lo que sucede sucede”, de modo enteramente lícito. Porque lo hace en una determinada coyuntura emocional, poniendo el énfasis en cierta manera de entender la vida y sus avatares. La literatura (la de ficción) es la libertad, lo repito y lo repetiría mil veces. Pero engranar eso en el fluir lógico de la narración, en su substrato más normal, requiere un talento que no siempre se tiene. Todo se puede decir o contradecir, todo se puede invertir o distorsionar, pero con gracia, con mesura, con tino, no impunemente. Ha de ser hecho con arte. Y perdón por la palabra, tan alejada de buena parte de la literatura de hoy.

Hasta ahora he atendido a los méritos formales, a la consideración de la calidad de la prosa, al indagar esta novela. Tal proceder constituye una vía de abordaje, una exploración relativamente fácil y rápida, que exige pocos medios, arroja resultados discretamente objetivos y suele ser un índice de la capacidad del autor para crear una auténtica pieza de arte. Es como la información parcial sobre un paciente, que se puede extraer de pruebas sencillas, como una radiografía o unos datos de laboratorio. No siempre se llega al diagnóstico sólo con ellas y en muchas ocasiones han de realizarse exploraciones más complejas. Pero es razonable empezar con los procedimientos diagnósticos más simples e ir progresando después en la resolución del problema.

Los resultados de la exploración inicial de un texto, de la pura prosa, tienen la gran ventaja de que son relativamente objetivos: es bastante probable llegar a un cierto acuerdo sobre su valor estético. Creo que si se sometieran a la consideración de un grupo imparcial de personas las expresiones que he recogido en estas páginas, habría bastante acuerdo entre los opinantes a la hora de juzgarlas. Por supuesto, la valoración final, total, de una obra, ha de integrar estos estudios con otros, de muy diversa índole, en los que quizá la objetividad es más elusiva. A ello nos dedicaremos después.

Los fragmentos que he escogido para mostrarlos aquí son de suyo breves y los he hecho aún más breves, por razones obvias. Pero siempre he pensado que reflejan, en este caso concreto y quizá siempre, el estilo y la calidad de párrafos más largos, porque el texto es sustancialmente homogéneo. En palabras algo más científicas: los fragmentos, aun siendo cortos, constituyen una muestra imparcial, no sesgada, representativa, del todo. Tomo ahora un texto más largo:

“La sensación de que nada de lo que sucede sucede, de que todo ocurrió y a la vez no ha ocurrido, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente […] lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos o asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos…”

Ante este texto más largo, intensamente anafórico, lo que no es censurable, el lector inteligente e imaginativo es capaz de entender a un personaje, que dice estas cosas en un cierto momento de su vida, con unas emociones determinadas que lo agitan e influyen en el curso de sus pensamientos. Esto hace que asimile empáticamente el párrafo y se deje arrastrar y arrebatar por ese torbellino apasionado y alógico, desligado o liberado de la razón, ese monólogo interior. Esto no es mala literatura, sino más bien un clímax, una digresión, que no puede sostenerse mucho tiempo, que se ha de saber dosificar. Pero ni siquiera hay muchas cosas así en este libro de AA; son bastante pocas y no es por ahí por dónde podría ser criticado. Hay mucho más de textos deslavazados, construcciones torpes, aseveraciones gratuitas y prosa sin sentido, aburrida y poco justificable. Se es libre, sí, pero uno ha de dar cuentas.

Hablemos ahora de la construcción de la novela. No quiero extenderme mucho, pero sí describir dos aspectos diferenciados de la misma. Por un lado, la arquitectura de ciertas secuencias —porque en la obra se pueden distinguir varios episodios engarzados, aunque siempre con el mismo protagonista o narrador— y, por otro, el armazón total, el de la novela en conjunto. Empecemos con esas historias particulares.