10 de octubre de 2015

De mis perplejidades en literatura (IV)


Palabras clave (key words): historias dentro de CTB, suicidio, hotel en La Habana.

El primer episodio sería el del suicidio de una mujer joven, Teresa, recién llegada de su viaje de bodas, del que ya mencioné algo. Ahora no hablaré de los recursos estilísticos sino de la pura acción, de lo que se cuenta y cómo. El suceso no puede ser más macabro: la recién casada se pega un tiro en el corazón, en el cuarto de baño del piso de sus padres, tras salir del comedor en el que comía con ellos, dos hermanos y tres invitados más; el marido está ausente en ese momento. Hay fragmentos narrativos bastante incompresibles, en los que intervienen una doncella y el chico de una tienda, que había llevado provisiones a la casa. Al oír el tiro se precipitan todos los comensales al cuarto de baño; también la cocinera, que “tenía un pie dentro del cuarto de baño y otro fuera”. El chico de la tienda había oído la detonación y se daba cuenta de todo, pero “como no podía preguntar ni pasar, y nadie le hacía caso y no sabía si tenía que llevarse cascos de botellas vacíos, regresó a la cocina silbando otra vez (pero ahora para disipar el miedo o aliviar la impresión” (sic). Me preguntaré siempre qué clase de sujeto es este que, ante un suicidio, se preocupa por las botellas vacías y anda silbando sin parar.

Inmediatamente llaman a la puerta, el marido de la suicida y un hermano de aquella, que venían riendo, ajenos a lo ocurrido. “La doncella casi rió por contagio, se hizo a un lado y los dejó pasar, y aún tuvo tiempo de ver cómo cambiaba la expresión de sus rostros y se apresuraban por el pasillo hacia el cuarto de baño de la multitud”.  La doncella, la que estuvo a punto de reírse, de soltar el trapo, sí sabía lo ocurrido y por eso se aguantó la risa como pudo. Seguramente es culpa mía, y hasta me da vergüenza escribirlo, pero todo me hizo recordar el célebre camarote de los hermanos Marx. Entre tanto, el peculiar chico de la tienda, solo en el comedor, porque todo el mundo está junto a la muerta, se come parte de la tarta y bebe un vaso de vino que estaba allí. Sigo sin explicarme nada del asunto, que no puedo detallar más. El lector curioso e impaciente podrá encontrarlo completo en la novela.

En otro episodio se cuenta la estancia del narrador, recién casado también, en un hotel de La Habana. Este narrador, de nombre Juan, es hijo del marido de Teresa, la que se suicidó, y de una hermana de esta con la que el viudo se casó después. La esposa del narrador, Luisa, se encuentra algo mal y se mete en la cama, pero sin suicidarse ni nada, y Juan se asoma al balcón para distraerse. Ve entonces a una mulata, al otro lado de la calle, que parece que espera a alguien que no acaba de llegar. Hasta que finalmente la mulata cruza la calle y se dirige al narrador, que está en el balcón, recriminándole que haya subido al hotel sin avisarla. Por fin, la cubana, la mulata, comprueba que se ha confundido y se excusa. Vamos que, afortunadamente, no sube y entra en la habitación de los recién casados, que sabe Dios lo que podría haber ocurrido, con la esposa no en su mejor forma y la cubana tan lozana y harta de esperar como estaba. Se abre entonces otro balcón a la izquierda y un hombre llama a la mulata, que deja la calle y se dirige a su cuarto. Todo ha sido un malentendido. Y ya allí —los recién casados lo oyen todo— la mujer le dice al hombre que empieza a estar un poco hasta el moño y que tiene que matar de una vez a su legítima, la que está en España. A lo que el hombre, un español que tiene negocios en La Habana y va por allí de vez en cuando, responde que está en ello, que no tenga prisa, que las prisas no son buenas. Más o menos.

Luego cuenta el narrador —la novela está escrita en primera persona— cómo conoció a su esposa, la que estuvo un poco malita en el hotel de La Habana. El narrador es intérprete y hacía su trabajo en presencia de otra intérprete ‘controladora’. En ciertas ocasiones especiales, de gran trascendencia, parece que esto funciona así: hay un intérprete y otro que supervisa o controla la traducción. La entrevista era entre un alto cargo español y una alta autoridad del Reino Unido. Todo era un poco aburrido y el intérprete empieza a traducir cómo quiere, por broma, y hace la conversación más íntima y disparatada. Sin pasarse, claro. La autoridad británica no sabe palabra de español y el español, faut-il dire?, ni zorra idea de inglés.

La controladora tendría que haber intervenido, cumpliendo su misión, pero no lo hizo; se entiende que le hizo gracia el asunto. Y así empezó todo. El narrador se da cuenta, mientras tanto, que Luisa tiene “piernas de gran altura”; vamos, largas, dado que la gente suele tener piernas que llegan hasta el suelo. También tiene, lo dice él en otro momento, las rodillas doradas. En fin, con estos alicientes se empezaron a  ver y se casaron, como pasa tantas veces en este monótono mundo.

Hay otra historieta de un organillero, un ‘hombre atezado’, situado en una esquina frente a la casa del intérprete, ya en Madrid, en su nueva casa (artificiosa, no se olvide) de casado. El narrador está trabajando y la música del organillo le incomoda o distrae. Baja al instante a la calle, le da algún dinero al buen hombre atezado para que deje de tocar y le pide que se vaya con la música a otra parte, a una esquina más lejana. El organillero accede de buen grado. El protagonista luego piensa mucho sobre la dudosa posibilidad de que el atezado pudiera ser atropellado por un camión de reparto que invadiera la acera, justamente por estar en esa nueva esquina, a la que él le ha obligado en cierto modo a ir. Esto le desazona un poco y empieza a pensar sobre el poder del dinero, el sucio, abyecto poder del dinero —las cuatro perras que dio— y hace las consideraciones pertinentes, semejantes a las que cualquier otra persona pudiera hacer al respecto. Sin perjuicio de seguir haciendo todo lo posible por conseguirlo, el dinero.

También hay una historia de la empleada de una modesta papelería situada cerca de la casa en que el intérprete habitó de niño, Nieves. Era la hija del dueño y empezó a ayudar en la tienda a los trece o catorce años. Era una niña preciosa y cuenta el narrador que siguió siendo preciosa durante unos años más y que nunca le dirigió la palabra para otra cosa que para comprarle los artículos que necesitaba. Cuando ya la vio de mayor, hacia sus treinta años, ya no era tan bonita, a pesar de seguir siendo joven, y el narrador, persona sensible, empieza a considerar que quizá la pobre no ha tenido una vida excesivamente apasionante, recluida siempre en su negocio, limitada por las pocas oportunidades que ofrece la vida a la mayoría de las gentes. Y piensa que con él, que era de buena familia, quizá todo habría sido diferente, habría vivido una vida más llena de comodidades, viajes y lujos. En eso es casi seguro que llevara razón. No tanta en cuanto a la posible felicidad de la chica, de Nieves, en los diferentes escenarios; en eso podría equivocarse, que ese es un asunto extremadamente complejo y caprichoso y hay gente que se lo pasa divinamente en los sitios más insospechados. O yendo a una película de tiros o de las de amor y lujo. O leyendo una mala novela. También depende de cómo la trate el marido en la casa, en el dormitorio, etc. Lo de viajar puede ser también una lata, como sabe cualquiera que haya viajado un poco.