25 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (II)


En Otoño ya empiezan las filosofías, mala cosa. Cuando se es feliz, la vida —la naturaleza, la esencia de la vida— no preocupa gran cosa: se vive, simplemente. En el primer poema de este apartado, ya se ponen límites al amor, ya se habla de cosas imposibles. Durante una buena parte de la vida, lo imposible, en un cierto sentido, no existe. Un buen día se instala tal noción entre nosotros y ya no puede ser desterrada. Amamos lo imposible. / Buscamos más allá / de lo que ven los ojos / la última verdad / y nunca la encontramos, / se evade una vez más. Y un poco más tarde, aparece la odiosa, la obscena palabra: Envejecer es irse despidiendo / de todos y de todo. Envejecer es irse / poco a poco. La vejez puede ser otras cosas —puede ser la ocasión para vivir vidas que no fueron posibles antes—, pero repito lo que ya dije al principio: la poesía no demanda, ni tolera, ser analizada. La poesía es la gran sugeridora de temas, la ganzúa, la falsa llave, que es capaz de abrir puertas muy diversas, esa es su virtud.

En Invierno, se concretan los malos augurios avanzados en otros momentos; llega el final, el que se presume y anticipa desde el mismo principio. El poeta confiesa: No estaba preparado / para el final. Nunca lo estamos. /Llegó por la mañana. […] Vino la enfermera… / Se pararon dos ciervos / en el jardín. / Cuando nos lo dijeron / ya no estaban. Tú también te habías ido. No se puede aludir de forma más alígera y elusiva a la muerte. Unas páginas más adelante, Carmen ya está ausente, presente de otro modo, para siempre, definitivamente: Eres ahora / ya presencia encantada, / ceniza de aquel fuego / que nunca se apagara, / calor en el invierno / y murmullo del agua / en la tierra sedienta, / luz en la noche clara…

El libro es un lento canto a Carmen, cuyo rostro aparece sobre un fondo negro en la portada. Es una confesión sincera, una profesión rotunda e incondicional de amor, como quizá sólo hacemos a alguien que está ya en la otra orilla. Porque la percepción del amor se acrecienta y magnifica con la ausencia definitiva y uno se libera del pudor que impone la cercanía, el que permanece incluso en la entrega más rendida. En el libro, sin embargo, la tristeza nunca parece excesiva, está embellecida por el consentimiento y una resignación generosa y lúcida. Es una tristeza bella, una dulce melancolía, como corresponde a un poeta enamorado y agradecido, que conoce y valora el privilegio de una relación intensa, excepcional. La contención verbal y la delicadeza acompañan cada página del libro. Nada es exagerado o excesivo. Los recursos verbales son los justos y apropiados. Si alguien ha sugerido que el buen estilo literario está hecho de renuncias, aludiendo a la exclusión de lo innecesario y superfluo, se puede afirmar que ese es el estilo del poeta, sereno, horaciano.

Es también, sin proponérselo, una breve biografía, la historia de una vida, o de dos, como la de cualquiera de nosotros; por eso es tan entendible, tan compartible. Los detalles, los acontecimientos se narran sin intención, sólo para acompañar, para situar lo que va aconteciendo con los años, en torno a lo principal, a lo que de verdad cuenta, a lo único que importa: la permanencia del amor, la unión sagrada entre dos seres.

En una carta de hace bastantes años, la recientemente fallecida Carmen Balcells mencionaba a Jaime Ferrán, de quien era amiga desde su juventud, y me anunciaba el envío de ese libro suyo, Libro de Horas, al que calificaba como “pequeña joya”, el que he utilizado para espigar mis citas. Doña Carmen entendía de literaturas y me adhiero a su calificación del libro. En mi contestación le escribí: “Lleva usted razón, el libro es una joya. Su estilo es el de siempre: íntimo, tierno, sencillo y amable. Como él mismo. Leo sus poemas y vuelvo a oírle. Siempre nos saludaba llamándonos ‘viejo’, ‘maestro’, etc. En el Colegio, era un poco nuestro hermano mayor, el de todos. Le puedo asegurar que se le quería como a tal. En su casa eran diez hermanos, nosotros éramos doscientos”.

Porque yo había coincidido con el poeta, hace casi sesenta años, en un Colegio Mayor de Madrid. Al principio, era yo de los más jóvenes allí y él quizá el mayor, con su carrera terminada. Ya había publicado libros y eso le revestía, ante mí y ante todos nosotros, de una irrebatible magnificencia. Era además extraordinariamente accesible. Recuerdo que en una ocasión le pregunté que si sabía de la existencia de un Jaime Ferrán famoso —yo pensaba en Jaime Ferrán y Clua, el ilustre médico catalán que había diseñado algunas vacunas— y me contestó enseguida: Claro que sí, viejo, soy yo.

Mencioné antes un poema de Jaime que conocíamos todos en el Colegio. Era muy sencillo y corto y, cuando nos poníamos estupendos, lo que sucedía con frecuencia, lo recitábamos coralmente, en noches inolvidables, quizá después de haber asistido todos juntos a algún episodio de Los intocables, de Elliot Ness, que daban entonces en la incipiente televisión española. Eran impresionantes las doscientas voces declamando:              

Viento
de
Tejas.
Amor
en el
aire.
Jamás
podré
olvidarte.
Y dejo
mi corazón
en prenda.

Oigo el poema, todavía, con una acuidad que no tienen las voces y sonidos de ahora. No lo he olvidado; ciertas cosas no se pueden olvidar. Jaime estaba allí, sonriente y complacido. Nos había dicho muchas veces que el poema lo había escrito durante un concierto al aire libre, una noche de verano en Tejas, que era ya, también para nosotros, inolvidable, insuperable. Lo había escrito en el estrecho margen del programa y por eso era de versos tan cortos. Lector, créeme, si cierro un momento los ojos, lo vuelvo a oír, exactamente como entonces. ¡Qué misterio el de nuestros recuerdos!

Ese viento de Tejas era ya también nuestro, incorporado a nuestro inocente y virginal pasado. Y en Tejas, según certificaba nuestro querido Jaime, que tenía mucha más experiencia en todo que nosotros, el amor —ese amor por el que suspirábamos y que nos hostigaba entre clases y exámenes y siempre— estaba allí, en el aire; es decir, libre, ubérrimo, permeándolo todo, ofrecido a todos, para quien quisiera abrazarlo y apropiárselo. ¡Ah, Tejas, Estados Unidos…! ¿Cómo sería, en verdad, el viento de allí? ¿Y ese amor que habitaba en el aire? Habría que ir a ese país alguna vez, como había ido ya Jaime. Sí, habría que ir...
(continuará)