24 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (I)


No hay manera de embridar y domeñar este blog. Antes me estaba sugiriendo temas continuamente y decidí callarlo un poco y hacer menos frecuentes y más cortas mis entradas, mis posts. Con lo primero sólo he logrado que se me acumulen los temas pendientes y en lo segundo he fallado con clamor. Además, de momento he de cambiar la estrategia y publicar dos o tres entradas seguidas de extensión desusada, porque llevan versos y esto las alarga, aunque casi siempre trataré de escribirlos en línea.

Se trata de algo excepcional, claro: ha muerto, el seis de febrero, un excelente y querido poeta, Jaime Ferrán y Camps, a quien ya mencioné en mi entrada del 6 de julio del 2014, y tengo que hablar de él, del único libro suyo que tengo ahora a mano, Libro de Horas, y de un cortísimo poema, al que me referiré después. No podría, ni es mi intención, escribir un estudio serio sobre su poesía. No sabría distinguir un ‘primer Ferrán’, ‘un segundo Ferrán’, etc., esas sutilezas que encantan a los críticos sesudos. Pero puedo hablar un poco de él como persona, porque tuve el privilegio de conocerle; y del libro que menciono, que es una joya. Es del año 2008 y está dividido en cuatro partes, las cuatro estaciones del año.

Lo escribió el poeta unos ocho años después de la muerte de su esposa, Carmen Rodríguez de Velasco. No existe una correspondencia exacta entre el tono de los poemas y la estación del año en que están encuadrados, más bien revelan un cierto orden cronológico, con versos que remiten a su juventud agrupados en Primavera, a su madurez en Verano, etc. Los versos de Invierno, en los que se refleja, y hasta se cuenta, la muerte de Carmen, son sin duda los más tristes. En conjunto, es un libro triste, impregnado de una única ausencia-presencia, en el que se refrenda y justifica la cita inicial, del gran poeta portugués Luis Vaz de Camões: Vi que todo o bem pasado não e gosto mas é mágoa (Vi que todo bien pasado no es gozo sino tristeza).

El primer poema del libro, en el apartado Primavera, describe de manera tajante el contraste entre lo que persevera y lo que se desvanece (reproduzco, sólo en este caso, la disposición tipográfica original, que no respetaré en el futuro, para no complicar y alargar excesivamente la longitud de la entrada):

No pasa la pasión,
                               pasa la vida.
El tiempo pasa
                         y al pasar
                                          nosotros
con él pasamos.
                           Pero
no pasa la pasión.
                              El mismo fuego
me abrasa todavía
cuando te veo,
                        cuando te recuerdo.

Digo que es un libro triste, pero se trata de una tristeza mitigada, suave, esa que algunos han llamado tristeza poética. Pasa la vida, pero hay cosas que permanecen. En realidad, también puede ocurrir justamente lo contrario, que pase la pasión y la vida se haga larga y pesada. Este es el tipo de análisis que no se puede hacer en poesía, en la que cuenta, no la estricta racionalidad, sino lo hondo y peculiar del sentimiento, lo que canta el poeta. Aquí lo único que importa es la música y la belleza, el descubrimiento de un mundo personal, profundo, no pautado y acomodado a la lógica. La expresión íntima e incontaminada de una realidad, que nace y se impone en las palabras. Jaime y Carmen vivieron en Estados Unidos: en un país distinto / que se ha ido / haciendo nuestro noche a noche… Y ya está dicho, ahí está ya todo, no hay nada más que explicar.

Todavía en Primavera, hay unos versos muy machadianos, de los de don Antonio: Pasan las mañanas / y las tardes lentas / en la sala clara, / en la oscura escuela / de bibliotecarias / donde tú me esperas / cuando el día acaba / y la noche empieza… Son versos sencillos, frescos, con la rima y el repiqueteo del ritmo bien presentes. Hay otros muchos así en el libro. Y otros distintos, de ‘arte mayor’, entre los que muestro uno de los más alegres, con Carmen siempre en el cuadro. Aquí se canta su presencia: Nuestro primer viaje fue a Granada, / que descubrí, de nuevo, a tu costado: / la roja Alhambra, el dédalo / de cámaras secretas, los jardines, / el laberinto del Generalife / entre fuentes que cantan, el palacio / del César, la oscura catedral / con los Reyes dormidos, las tendillas / el alegre Albaicín, la mansa vega, / los cármenes al pie de la sierra…

En Verano la felicidad se hace perfectamente posible y sólo se torna huidiza y frágil al recordarla, tantos años después; de momento es sólida, maciza, indestructible: Verano en Santander. La Magdalena / es como un barco lleno de estudiantes… Y entonces surgió la noticia: un profesor de la Colgate University visita Madrid en busca de licenciados españoles para impartir enseñanzas en Estados Unidos. Y cuenta Jaime, como si fuera un asunto menor: Así se interrumpió nuestro verano. / Así cambió de rumbo nuestra vida. Permitidme añadir aquí unos versos míos: Y el destino, / o el puñetero profesor americano, / nos robó a Jaime. Desde entonces, / sólo pudimos verle en ocasiones, / cuando venía a restañar la herida, / la deuda que contrajo con nosotros, / que lo quisimos tanto, cuando éramos / tiernos devotos de él y lo admirábamos. / Bueno, lo que cuenta, es que fuera feliz. / Con eso solo, estábamos contentos.

Pasó algún tiempo, con la felicidad intacta aún. Volvían los dos, Carmen y Jaime, a Madrid alguna vez: De regreso a Madrid, / en la vieja colina de los chopos / hallamos la paz resucitada, / el jardín recoleto / y en él “sólo el amor” / que encontró Juan Ramón. Vinieron una vez en barco, en el Covadonga, de Nueva York a Bilbao, y se trajeron su coche americano, un Chevrolet Corvair, de moda entonces: Llevábamos a bordo / el Corvair, nuestra casa / pues que no la teníamos. […] En el blanco Corvair / íbamos y veníamos / de Barcelona al mar. ¡Cómo entiendo estos recuerdos del poeta! Mi coche en Nueva York era un Rambler. Cuando alguien me pregunta ahora si deseo todavía alguna cosa, respondo: Sí, volver a tener veinticinco años y recuperar mi viejo Rambler, que tiene que estar todavía en alguna parte; lo demás no me interesa.
(continuará)