29 de julio de 2016

Mito de Endimión y Selene

En mi entrada anterior conté que había leído una novela, Endimión, de Verner von Heidenstam, y pensaba escribir sobre el famoso mito de Endimión y Selene, tal vez uno de los más bellos de la mitología griega, que, pese a sus diversas variantes, no es de los más complejos. Me enzarcé luego en elucubraciones políticas de actualidad y me desvié del tema. Resumiré ahora la historia.
Endimión era un pastor de Caria de origen divino, nieto de Zeus, que había sido rey en Elida, pero fue destronado. Vivía en una cueva del monte Latmos, realizando las faenas propias de su nuevo oficio durante el día y contemplando los astros por la noche. Dormía mucho, eso sí, y hay varias leyendas sobre esto. Unos cuentan que Zeus le ofreció cualquier cosa que deseara —los dioses eran entonces así de espléndidos— y Endimión escogió un sueño prolongado que lo mantuviera siempre joven. Otros afirman que esa somnolencia persistente fue un castigo que le infligió Zeus, por haberse enamorado de su esposa Hera. Nadie debería ser castigado por enamorarse, ¿no?
Latmos tenía, como tantos lugares pretenden hoy día, un microclima mejor que el de ningún otro sitio del mundo y el tiempo era bueno, en general, lo que permitía al joven dormir desnudo, in puribus, al aire libre, a la puerta de la cueva, bajo la suave luz de la luna, cuando la había. En fin, aunque uno le eche lirismo al asunto, vivía una vida tranquila y feliz, pero algo aburrida. Y era guapo el condenado hasta decir basta.
Un buen día, la diosa lunar Selene, hermana de Helios, el dios del Sol, en su infatigable recorrido por los cielos nocturnos, lo vio durmiendo y tan ligero de equipaje. Selene era una diosa hermosísima, de pálido rostro, que conducía un carro de plata tirado por un yugo de bueyes blancos y vestía una túnica alba hasta los pies; llevaba una media luna sobre su cabeza, como adorno y para que se supiera quién era, y portaba una antorcha con una luz discreta, mitigada, dulce e íntima.
Selene, que hacía lo mismo todas las noches y quizá estaba también ya un poco aburrida de la rutina, cuando vio al bellísimo Endimión, repito que dormido y desnudo, fue gratamente sorprendida, para decirlo fino. En realidad, a la diosa se le revolvieron todas las divinas hormonas y, sin poder resistirse, se acercó al bello durmiente y lo besó, suavemente primero y con creciente atrevimiento después, que es como se suelen hacer estas cosas, si se tiene un poco de mundo y experiencia. Trabajó tan en firme la diosa que Endimión se despertó y ella huyó, desapareció. De manera que el buen pastor pensó que todo había sido un sueño y volvió a dedicarse a lo suyo, la arrobada contemplación de los astros y en particular de la Luna.
Selene pensó en lo ocurrido y lo encontró muy satisfactorio, como suele ocurrir. Tanto como para repetir al día siguiente y muchos días más, mientras el pastor dormía. Endimión, al final, reconoció ya a su visitante nocturna, se enamoró de ella y, respetando su deseo de acercarse a él sólo cuando dormía, pidió al dios Hipnos que le otorgara la virtud de dormir con los ojos abiertos para gozar de la visión de la diosa cruzando los cielos y, más importante aún, para verla cuando se posara en tierra, junto a él. En otra variante del mito la diosa visitante es Artemisa, que había jurado permanecer casta —hay que tener cuidado con lo que se jura o promete— y es esta la que le pide a su padre, Zeus, que mantenga dormido al pastor para “poder disfrutar de sus labios”, sólo eso, sin pasar a mayores. Variante difícil de creer literalmente, ya que con estas visitas la diosa tuvo cien hijos e hijas. Por ello, yo supongo que la amante fue Selene, que no había prometido ninguna tontería.
Lo de dormir pudiendo ver es una fruslería para cualquier dios griego. Lamia, hija de Poseidón, fue condenada a no poder cerrar nunca los ojos, pero Zeus le otorgó el don de poder quitárselos y ponérselos, como hace hoy día mucha gente con las lentillas. Las Grayas eran tres hermanas, hijas de Forcis, que vivían en una cueva situada muy lejos hacia el ocaso, en un lugar donde siempre era de noche. Tenían sólo un ojo y un diente para las tres y se los pasaban de una a otra cuando querían mirar algo o comer —esto ocurre también con ciertas brujas de las mitologías germánicas y nórdicas—. Para colmo, Perseo les robó el ojo único, cuando perseguía a Medusa para matarla.
Sobre los ojos es que hay mucho que decir. Leo en alguna parte que, para los sirios, la mujer ideal debe tener el porte de la palmera, el color de la aurora, los ojos de la serpiente, la elasticidad del tigre y una boca que sea un edén de pasión al reír y morder. Lector, tengo que fijarme más en los ojos de las serpientes, que a lo mejor me estoy perdiendo algo. Más cercano y entendible me parece a mí lo de Ekto, mujer de ficción amiga de Polixene, la hermana de Paris, que era “de rara belleza, con largos cabellos rubios y ojos de color cambiante, según el momento”. Esto lo comprendo mucho mejor. De hecho, la señal inequívoca, patognomónica, del amor en todo su esplendor, es cuando se percibe que los ojos de la persona amada cambian como en un calidoscopio y tienen un color indefinible. Cuando esto acaba, el amor está a punto de huir, de marcharse, como ocurre tantas veces.
Termino. Endymion es un bello poema de John Keats —aquí la amante nocturna es Artemisa—, que empieza con el conocido verso: A thing of beauty is a joy for ever (una cosa bella es un gozo para siempre). Está en Internet, claro, como todo, como casi todo.

25 de julio de 2016

Mitos griegos y actualidad española

Cada uno escribe y se inspira como Dios le da a entender; ya dije una vez que la literatura de ficción está hermanada con la libertad. En cambio, los ensayos y escritos académicos, exigen rigor y la verdad ha de ser el fruto de una muy cuidada alquimia, que requiere constancia y esfuerzo. Los hechos de actualidad son de carácter tal que no demandan inasequibles conocimientos o expertise, pero sí una reflexión sosegada.
Muchos españoles empezamos a vivir la coyuntura actual como preocupante hasta la angustia; pensamos que nuestro país no está para dilaciones y juegos malabares. Un grupo de exministros, periodistas e intelectuales ha firmado un manifiesto en el que reclaman soluciones prontas e inmediatas a la ya excesiva interinidad del gobierno en funciones. Innumerables ciudadanos, no versados en politología, estamos de acuerdo.
Mi blog casi permanentemente neglige (el verbo ya está por fin en el DRAE) la actualidad y, sin embargo, llevo ya unas cuantas entradas metido en temas políticos, aunque trato de hacerlo de manera distinta, desenfadada y con algo de humor. Acabo de leer una obra, Endimión, del premio Nobel del año 1916, el sueco Carl Gustaf Verner von Heidenstam. La novela no es nada buena, pero no pretendo con esto juzgar la obra del literato, que es amplia. Pensaba escribir sobre el mito helénico del bello pastor y Selene, en otras versiones con Artemisa. Metido en el mundo helénico, releo viejos apuntes míos, que me devuelven a nuestra situación actual. Me explico.
Me encuentro con Ate, la diosa del error, de los actos irreflexivos, hija de Zeus y de Eris (la Discordia). Fue castigada por su propio padre y arrojada del Olimpo. Desde entonces, Ate no apoya sus pies sobre la tierra, sino que camina pisando las cabezas de los hombres a los que induce a cometer errores sin que ellos se percaten y puedan evitarlos; provoca así eternamente el desorden y el caos. Así la presenta Homero, aunque es verdad que autores griegos posteriores la califican y describen de otra manera, como ocurre tantas veces con esta peculiar mitología. Y me pregunto yo, ¿no andará metida ahora esta diosa Ate por aquí, enredando, tan sin necesidad?
En mi entrada anterior mencioné a la diosa Tetis, madre de Aquiles, que velaba por él continuamente. Algunos piensan que quien mató a Aquiles no fue realmente Paris, sino el propio Apolo, porque “el de los pies ligeros” había matado a su hijo Cicnos de un golpe en la nuca, su único punto vulnerable. Tetis, que preveía este triste final, había puesto a Aquiles, desde que era niño, un sirviente, llamado Mnemón, con la exclusiva misión de recomendarle prudencia cada media hora. Mnemón se descuidó en esto y Tetis lo mató por haber descuidado su deber. Y me pregunto otra vez, ¿no podría arbitrarse, con cargo a los presupuestos del Estado, una legión de consejeros recomendando continuamente la prudencia y el sentido común a todos los candidatos al Gobierno.
A Pedro Sánchez le diría que, de momento —sólo de momento— se olvidara de querer ser presidente del gobierno. Y aduciría los razonamientos de Leonte de Gaudos a su tío Antifinio, que trataba de arrebatarle el reino: Después de todo, gobernar no es tan agradable. Me parece justo que seas rey. Eres viejo, eres feo, estás maltrecho, no puedes pretender que una mujer joven y hermosa se enamore de ti. Quédate, pues, con el reino y sé feliz. Yo, en cambio, me quedaré con Calimnia, la rubia, la sublime, la cándida Calimnia de labios de coral. Nada quiero del mundo más que a ella. Aquí, la situación no es ni remotamente similar y pido que no se me interprete al pie de la letra. Pero hay algo en esas palabras de Leonte que rezuma buen sentido y sabiduría, si se considera con lo que los griegos llamaban sofrosine, σωφροσύνη, templanza. Virtud que supongo en los que firmaron el manifiesto, porque el peor suplicio es ver en medio de ciegos, que te creen tan ciego como ellos.
Es forzoso llegar a acuerdos y que estos estén bien cimentados y se cumplan. Han de ser como el artificio que usó la diosa Hera para inmovilizar a su inquieto e infiel marido, Zeus, en la cama matrimonial: cien correas con cien nudos, inventados por Hefaistos, que tenían la propiedad de que cuando se desanudaba uno se anudaban los otros. Sólo el gigante Briareo, que tenía cien brazos,  pudo liberar al padre de los dioses de esta portentosa atadura. Pues nudos de esos aquí.
He visto hace poco, y esto me apena sin tregua ni sosiego, a Mónica Oltra, política valenciana que se queja de que los españoles gustan de votar a delincuentes, despojada de su sonrisa, que creí yo imperecedera. No se ríe ahora, no como antes. En este mundo griego encuentro también la solución: el elenion, el sedante que inventó la bella Helena y hace olvidar todo lo ingrato del mundo. Lo obtenía de sus propias lágrimas y fue el que utilizó para serenar a Telémaco, el hijo de Ulises, cuando la visitó en Esparta, desesperado por no tener noticias de su padre. Se puede leer en la Odisea, canto IV: En el vino que estaban bebiendo ella echó velozmente un fármaco que ahuyenta el dolor, la ira y el recuerdo de todos los males. Aquel que lo bebiese, una vez mezclado en la crátera, ya no derramaría lágrimas ese día, ni aunque muriesen su madre y su padre. Que alguien busque el remedio y se lo dé a la otrora riente (lector, aunque no lo creas, no está en el Drae) mujer.

19 de julio de 2016

Laodamia, Protesilao y las 'Dutch wives'

Leo en la prensa algo sobre las muñecas japonesas llamadas Dutch wives, de las que hablaré al final, y me acordé de la historia de Laodamia. El mundo de la mitología griega es fascinante. Todos los sueños, anhelos, perversiones, temores y venganzas de los humanos están reflejados en él. Hay infinitas leyendas, de las que muchas, además, tienen múltiples variantes. La que quiero contar ahora es relativamente sencilla y trata sobre la conocida como ‘maldición de Protesilao’, una superstición muy antigua y extendida entre los aqueos que vaticinaba que, cuando las naves se dirigían a la guerra, el primero en desembarcar era también el primero en morir, lo que no deja de tener su lógica.
El nombre viene de Protesilao, un príncipe tesalio que tomó parte en la guerra de Troya. Tuvo que embarcar al día siguiente de su boda con la ya citada Laodamia, la bellísima hija del rey Acasto, a la que había deseado durante años, porque su padre se opuso durante mucho tiempo al enlace. Sólo pudo poseerla una vez, en la noche de bodas. Al tocar tierra troyana las naves tesalias, el impetuoso Aquiles quiso saltar el primero a tierra, pero su madre, la diosa Tetis, que conocía el infausto augurio, lo retuvo de un brazo, mientras empujaba a Protesilao para que saltara del barco. Las madres, siempre tan atentas. Tan pronto como este pisó tierra, fue muerto por la lanza de Héctor, hijo de Priamo, rey de Troya. El nombre, la identidad, del matador varía con las distintas versiones.
Cuando Laodamia conoció la muerte de su añorado esposo, casi enloqueció y pidió ayuda a la diosa Perséfone, la de blancos brazos, hija de Zeus y Demeter, que había sido raptada, cuando cogía flores junto a algunas ninfas, por Hades, el dios del inframundo griego, y habitaba allí con él. El dios surgió de repente de una grieta del suelo y se la llevó. Su madre la buscó por todas partes, hasta que Zeus obligó a Hades a devolverla. Hades sólo puso la condición de que no comiera nada durante el viaje; luego la engatusó, la engarbulló, y le hizo comer unos granos de granada (seis, en otras versiones cuatro), con lo que la obligó a volver al inframundo un mes por cada grano. Cuando Demeter y su hija estaban juntas, la tierra era ubérrima y producía toda clase de frutos; los meses que Perséfone moraba con Hades en los infiernos, la tierra se convertía en un erial. El matrimonio fue estéril. No ella, que, seducida por su propio padre, Zeus, que no se fijaba mucho en los parentescos, y en forma de serpiente, porque era muy ocurrente en esto de los disfraces, tuvo un hijo: Zagreo.
Por todo esto, Perséfone, víctima también, era a veces amable con los condenados. A Orfeo le dejó llevarse a su esposa Eurídice al mundo de los vivos, con la condición de que no la mirase. Orfeo incumplió la orden y perdió a su esposa. Perséfone también tuvo una historia con el bello Adonis, al que Afrodita, por su extraordinaria belleza, tomó bajo su protección. Lo confió a Perséfone para que lo cuidara un tiempo y esta se encaprichó con el chico y se negó a devolverlo. Discutieron las diosas y Zeus decretó que Adonis pasara cuatro meses con cada una de las dos diosas y otros cuatro meses estuviera solo. Eran los meses en que se lo pasaba mejor. Esto pasa por ser demasiado guapo. 
Cuando Laodamia le pidió a Perséfone que le permitiera gozar otra noche de amor con su marido muerto, que lo había catado sólo durante la noche de bodas, Perséfone permitió a Protesilao que volviera al mundo de los vivos, pero sólo por un día, más exactamente por tres horas, para que cumpliera como un hombre. No mucho tiempo, pero suficiente. Se apareció, pues, el difunto, con las lógicas prisas, y dijo: Date prisa, oh, amada, y déjame entrar en el deseado tálamo, que tenemos sólo tres horas. Laodamia respondió, atendiendo sólo a sus intereses y no a los de Protesilao, cosa no infrecuente en las mujeres —igual que en los hombres— y le dijo: Quédate quieto para que pueda modelar tu estatua; sólo así podré poseerte hasta el fin de mi pobre existencia. Lo modeló en cera, en la situación de un hombre abrazando a una mujer. Habría que ver esa estatua y estudiarla, sobre todo de cintura para abajo, dado que Protesilao venía a lo que venía, ya encelado y preparado.
Pasaron las tres horas, el marido se fue intacto por donde había venido, lamentando seguramente el viaje en balde —estas cosas les pasan a los varones más de una vez— y desde entonces, eso sí, Laodamia estaba siempre refugiada en su cuarto, sin salir, abrazada de continuo a la estatua de su marido. El padre pensó que algo raro pasaba, la hizo espiar y, descubierto el entretenimiento, mandó fundir la estatua en aceite hirviendo. Cuando esta empezó a disolverse, la pobre viuda se arrojó al caldero y murió allí.
Lo que leí en la prensa es que una empresa japonesa fabrica muñecas de silicona, de tamaño natural y listas para su disfrute por hombres atareados. Algunas hablan, gimen, tienen articulaciones móviles y hacen las quisicosas pertinentes en la consumación del amor; seguramente igual que Laodamia con su muñeco de cera, pero todo más sofisticado. La propaganda afirma que se prueba una vez con la muñequita y se olvida uno de las mujeres de carne y hueso. Las llaman Dutch wives, porque en la antigua Indonesia las mujeres de los colonizadores holandeses, a las que sus maridos dejaban abandonadas a menudo por sus negocios, parece que los echaban de menos y estaban siempre prestas a reemplazarlos más o menos momentáneamente. Nihil novum sub sole.

13 de julio de 2016

De encuestas y adivinaciones

Prometí hablar de los sondeos en las últimas elecciones, que tanto fallaron. En la antigua Grecia los adivinos se equivocaban menos y cuando lo hacían se lo tomaban muy en serio. Había muchos oráculos en aquellos tiempos; en Beocia, el oficio de mantis  (mantis, adivino) era el más difundido, después del de labriego, ejercido casi siempre  por hombres, aunque también había mujeres.
Esaco, primogénito de Príamo y de Arisbe —su primera esposa, hija del adivino Mérope—, era un personaje curioso y exaltado, que heredó de su abuelo materno la facultad de predecir el futuro. Se enamoró de una joven troyana, Astérope, que no le hizo caso, por lo que se quiso suicidar muchas veces, tirándose al mar desde un peñasco poco elevado. Nunca lo logró y los dioses, hartos ya de tanto histrionismo, lo mutaron en pájaro pescador para que se zambullera cuanto quisiera en el mar.
Otro adivino fue Tiresias. Zeus le otorgó la clarividencia para compensar que la diosa Hera, su mujer, lo había dejado ciego total por darle la razón a él, en una tonta disputilla que tenían: quién gozaba más en el acto amoroso. Zeus decía que la hembra y Hera que el varón. Tiresias sentenció que el placer se repartía así: nueve décimas para la mujer y una décima para el varón. Tiresias tenía que saberlo porque había tenido los dos sexos sucesivamente. Quizá cuente esa historia otro día.
La hermanastra de Esaco, Casandra, hija de Príamo y Hécuba, profetizaba el futuro y su historia es más complicada. Era bellísima y Apolo —que como otros dioses griegos en lo del amor estaba a lo que cayera— le prometió el don de la profecía si se entregaba. Ella aceptó el trato, pero conseguido el don siguió haciéndose la estrecha; el dios se enfadó tanto que le escupió en los labios, condenándola así a que no se creyeran sus profecías. O sea, que profetizaba y nadie le hacía caso. Estas cosas pasan y por eso se dice que no basta con tener razón, sino que hace falta que te la den. Acabó mal la pobre: esclava de Agamenón, fue asesinada junto a él por Clitemnestra y su amante Egisto.
Lo de Calcas, un adivino aqueo, tampoco resultó bien. Aconsejó el sacrificio de Ifigenia para calmar a la diosa Artemisa, enfadada con Agamenón, padre de Ifigenia, por un bobo comentario de este. Ulises urdió entonces una de sus trampas: llamaron a Ifigenia, diciéndole que se iba a casar con Aquiles, mientras el sacerdote preparaba ya su cuchillo para hundírselo en el níveo pecho. Calcas vaticinó con acierto que Aquiles moriría en combate. Pero en un concurso para ver quién adivinaba más y mejor —como los que hay ahora en la tele para los chefs—, se enfrentó a Mopso de Colofón. Había que predecir cuántas crías pariría una cerda y cuántos higos daría una higuera. Calcas marró y predijo un lechón de más y un higo de menos, mientras que Mopso lo acertó todo. Calcas decidió entonces suicidarse, que no es la mejor manera de arreglar las cosas, me parece a mí. ¿Deberían haberse suicidado los que fallaron las encuestas en la últimas elecciones? Hay diversas opiniones.
Otra clase de adivinación se menciona en el Mahábbarata —epopeya de gran antigüedad, cuya presente versión es probablemente del 400 d. de C. —. Nala es un príncipe enamorado de una dulce princesa que le corresponde. Kali, un semi-dios rival, se apodera por venganza mediante un veneno del cuerpo y alma de Nala, quien, preso del frenesí por el juego, pierde su reino. Vagabundea perdido durante años hasta que se coloca de sirviente con un extranjero capaz de averiguar el número de hojas y frutos de un árbol, por el simple examen de dos pequeñas ramitas del mismo. Hay, dice, 2095 frutos. Nala se pasa toda la noche contándolos y encuentra que su jefe ha acertado. Estimar, a partir de una muestra, un par de ramitas, el número de frutos de un árbol, es un avance de gran calado en el nacimiento del concepto de probabilidad. Recordaré ahora que, para mí, quizá es tan difícil adivinar el futuro como descifrar correctamente el pasado.
Quiero hablar, aprovechando la visita al mundo griego, de las Erinnias. Eran tres, Megera, Alecto y Tisífone (odio, cólera y venganza), y tenían rostro de perro, alas de murciélago, cabellos serpentiformes y un látigo en la diestra. Atormentaban sin piedad a los que habían cometido crímenes o faltas graves. Pero cuando lograban el arrepentimiento del transgresor, se transformaban en tres jóvenes hermosísimas y cariñosas, las Euménides. No me imagino a los tres candidatos que perdieron las pasadas elecciones haciéndole mimitos a Rajoy, incluso si este se corrige, pero sí deberían facilitar la formación urgente de un gobierno, por el interés supremo del país.
Una última reflexión: el pueblo, especialmente en circunstancias adversas, tiende a escuchar más a los que atacan el orden establecido, aunque no tengan razón, y se ha de ser cuidadoso con su veredicto. La oclocracia, o gobierno de la muchedumbre (del griego ὀχλοκρατία), es una de las tres formas específicas en las que, según la visión aristotélica, puede degenerar la democracia. La muchedumbre, al abordar los asuntos políticos presenta una voluntad confusa e irracional, que hace escorar sus decisiones hacia el error. Algún sólido pensador ha sostenido que la inteligencia de una masa es siempre igual a la del más necio de sus integrantes. Podría ser.

8 de julio de 2016

Todo se debe a la neofobia

Un partido, al que no le fue bien en las últimas elecciones, se propuso hacer un análisis approfondi de las causas. Tras unos pocos días de meditación, han dado en achacar el relativo fracaso a los de siempre: a los demás, a los otros. Nadie de ellos es responsable y concluyen que todo viene de que los electores son neófobos. No, no es que sean culpables los electores; son, simplemente, seres humanos y se sabe que, como tales, tienen miedo a lo nuevo, a lo diferente, que eso es la neofobia. Fobos (Miedo), uno de los hijos de Ares y Afrodita —al que Alejandro Magno se encomendaba antes de cada batalla— asedia a veces sañudamente a los mortales.
Sin embargo, no está tan claro que la neofobia sea consustancial con la naturaleza humana. Cuenta Listodemo de Samos (siglo II a. C.), en el libro IX de su Ελληνική ιστορία (Historia de Grecia), que los focenses, tras recapturar Delfos a mediados del IV a. C., formaron un ejército mercenario y lucharon contra Beocia y Tesalia, hasta que fueron expulsados de esta última región por Filipo II de Macedonia. Permanecieron en Delfos diez años más en los que agotaron las riquezas del templo. Acompañaban a los soldados innumerables pornai, prostitutas baratas que merodeaban los campamentos. Apareció entonces Telón el Cretense con un cargamento de esclavas abisinias bellas y refinadas y las ofreció como novedad a los soldados. Eran hembras de ensueño, escribe ilusionado Listodemo, como aquellas hetairas de Corinto que turbaban la razón del propio Sócrates o las cortesanas romanas que hacían estremecer al mismísimo Catón el Viejo. Los soldados se decidieron unánimemente por lo nuevo. El astuto cretense tomó entonces a las pornai que quedaron ociosas y las llevó a Áulide, donde siglos atrás estuvieron varadas las naves aqueas antes de navegar hacia Troya, en la que también había tropas acantonadas, que habían raptado a doncellas tracias, todas rubias y de ojos azules. Propuso el cambio, la novedad, a los soldados, pero estos no aceptaron y se reían del cretense y de su pobre mercancía. O sea, que los seres humanos no siempre temen al cambio o tienen miedo a lo nuevo, sino que lo aceptan cuando merece la pena, que la gente no es boba.
Por lo tanto, lo de que el resultado de las elecciones fue consecuencia directa del miedo a lo nuevo pudiera no ser verdad y conviene estudiar qué es lo que se ofrecía. Quizá lo propuesto no era tan diferente ni tan nuevo y las ofertas, y los oferentes, no pasaron el examen que cualquier persona racional hace antes de tomar una decisión. ¿Cómo se esfumaron los votantes que habían depositado su confianza seis meses antes? Bueno, en esos seis meses se han visto muchas cosas en los nuevos dirigentes, en sus actuaciones en el congreso, en sus fluctuantes declaraciones, en sus programas, en sus posiciones políticas. En seis meses se aprenden muchas cosas y se desvelan muchos misterios. El pueblo español es sabio y no se equivoca, ¿no lo decían ellos mismos? Se ha pasado de la euforia excesiva a una actitud peligrosa, por lo que en inglés se designa self-fulfilling prophecy, o cómo la previsión de un resultado adverso alimenta el cumplimiento de la propia profecía. Lo dijo uno de sus líderes con esa oratoria suya deslumbrante: “Podemos darnos una ‘hostia’ de proporciones bíblicas”.
El análisis fue, pues, ligero y erróneo. Este mismo líder ya confesó que los de su grupo se dedican al fornicio y quizá no tienen tiempo de hilar más fino en la politología, porque todo lleva su tiempo. La única cópula regular de Zeus, con Hera, fue en la noche de bodas, en Samos, y duró trescientos años. En una ocasión, el dios Morfeo durmió a la humanidad entera durante tres días y tres noches, para que Zeus yaciera sin prisas con la esposa de Anfitrión. Cuando los argonautas llegaron a la isla de Lemnos —donde cayó Hefaistos, arrojado por Zeus desde el Olimpo, y se rompió las piernas—, las mujeres de la isla, que un año antes habían matado a sus maridos por su infidelidad notoria, pensaron que debían unirse a ellos para engendrar nuevos varones. Eran mil y los argonautas sólo cuarenta y ocho. Descontadas las viejas, incapaces ya de procrear, a cada uno le tocaron catorce hembras y el asunto requirió siete días y siete noches de dedicación.
Estos ritmos se pueden acelerar, me dirás, lector. Y es verdad, sobre todo en período electoral en el que el líder de este grupo se siente especialmente motivado, según contó a la bella periodista Susanna Griso, a la que le hizo la confidencia, estando justamente en campaña, quizá inocentemente o quizá tanteando una improbable colaboración o ayuda, lo que no hubiera sido ninguna desgracia, hay que reconocerlo, ni para el confeso, ni para cualquier varón de buen gusto sobre la Tierra.
Dejo el tema, pero diré algo sobre los sondeos, tan equivocados, que precedieron a las últimas elecciones. Me referiré a otras adivinaciones en la antigua Grecia.

30 de junio de 2016

Política y racionalidad

Ya dije que no me entiendo bien con mi blog. Me propone temas constantemente y puede llegar a ser importuno. No quería hablar de política por algún tiempo, pero me trae a la cabeza hechos e ideas que me obligan a hacerlo; se trata de una parcela en la que la racionalidad y el sentido común están a menudo ausentes. Tras las recientes elecciones, el Partido Popular está contento con sus resultados y todos los demás esgrimen su justificación, banal casi siempre. Uno de los líderes explica que habían salido “para ganar”, aclaración seguramente innecesaria. Y todos afirman que han venido para quedarse —siempre que lo dicten las urnas, se supone—, que el futuro es suyo, que lo mejor está por venir y que pronto traerán la felicidad a la Tierra, ‘la delicada flor que la produce’.
Tenía la esperanza de que, pasadas las elecciones, los temas, los argumentos y los eslóganes cesarían. Pues, no, todo sigue igual, como si la campaña no hubiera terminado. Alguien protesta por el sistema electoral, que le ha restado votos —se escogió así, como en otros países, para evitar una excesiva fragmentación del Congreso—. Muchos no saben perder, les falta la elegancia de aceptar la derrota. Hablaron a veces del “sabio pueblo español”, pero ahora no repiten el piropo los perdedores; precisamente en una ocasión en la que los votantes han actuado con sensatez, huyendo de extremismos, de novedades viejas, de líderes engreídos y tenaces hasta aburrir. El español corriente —el que, por definición, gana las elecciones—, no se dejó seducir por ciertos populismos simples, para que nadie pueda reprocharle después: “Sabías que soy populista. Si te has equivocado con tu voto, la culpa es tuya, por creerme”. Alguien, de un partido casi nacido en un plató de TV, ha criticado, no obstante, su desmedida presencia en los medios. Estamos llegando a un punto en que la democracia podría ser sustituida por la ‘telecracia’. Otro habla de “extirpar las malas hierbas”, en el partido, con lenguaje beligerante que recuerda viejas ideologías y purgas. En cuanto se descuidan, se les nota de donde vienen.
Yo no sé si los españoles son sabios o no, pero lo son más que estos políticos profesionales. Propongo una explicación demasiado simple para ser del todo verdadera, pero que encierra algo de verdad: en los círculos de la política activa, el ambiente es pasional y acrítico. Cuando los líderes, recién derrotados ahora en las elecciones, acudían ante sus seguidores, se oían voces de “presidente”, “sí se puede”, etc., negando la realidad. En momentos así, la racionalidad y el buen sentido individual son reemplazados por la emoción colectiva de pertenecer a un grupo, a un clan, lo que no deja de ser una primigenia pretensión de ciertos seres humanos. El reverbero continuo de las propias ideas, la dedicación total a hacerlas triunfar, el abandono de la objetividad al juzgar los complejos entramados sociales, llevan a la pérdida de la perspectiva y a un aislamiento intelectual empobrecedor y letal.
No ha llegado el merecido descanso. Los perdedores inician sesudos estudios para analizar los resultados, cuando una evaluación imparcial de sus programas, sus estrategias y sus líderes, los explicaría fácilmente. Las soluciones que encandilan a las inocentes víctimas de una crisis, no se implantan con el mismo vigor en el conjunto del cuerpo social. Cuando un determinado líder, por su aspecto, por su conducta, por su agresividad, no es visto como deseable Presidente de Gobierno por un alto porcentaje de españoles, no hacen falta más indagaciones para explicar el fracaso.
Mis reflexiones se dan en el marco de un país, y hasta de un mundo, en situación crítica, que demanda una óptica nueva para resolver sus problemas. No es momento de indagar si son galgos o podencos. Tampoco para las recriminaciones interminables, la exposición de agravios, la venganza por conductas anteriores. Hace falta altura de miras para llegar a la formación de un gobierno. Todo el mundo lo dice, pero son palabras escritas en el agua. Hay que embridar los egos. Se tiene la desfachatez de vetar a quien ha sido preferido por ocho millones de españoles, invocando errores y políticas que sólo juzgándolas intencionadas e intrínsecamente malvadas justificarían un rechazo tan frontal, que más bien revela una incompatibilidad personal por la que se castiga a una nación entera. Kurt Schneider, psiquiatra alemán anti-nazi, autor de Klinische Psychopathologie, escribió que la psicopatía es una anomalía de la personalidad por la que se hace sufrir a los demás o sufre uno mismo.
He andado por algunos países y sus políticos eran algo distintos a estos nuestros. No creo que haya que buscar las causas de las derrotas en la ley de D’Hondt, o en la irrupción del Bréxit en la campaña. Recomendaría a nuestros jóvenes políticos que se estudien, que no se sitúen au-dessus de la mêlée, que sean humildes y observadores, que no les ciegue su autosuficiencia. Leo que Mónica Oltra pregunta, ¿por qué todavía los ciudadanos votan a presuntos delincuentes? ¡Y yo que la quería, que estaba embrujado por su sonrisa levantina y eterna, mucho más vital y feliz que la de la Gioconda!

25 de junio de 2016

De mi blog y de los referendos

Amigos lectores, permitidme unas breves reflexiones sobre mi blog. No acabo de entenderme muy bien con él. Ya en otra ocasión dije que quería hacer más cortas las entradas, y he fracasado clamorosamente. No sólo eso, a veces salen en ristras de cuatro, seis o más. Es culpa mía, que cuando toco algunos temas me gusta documentarme un tanto y no sé enmendarme. Me consuelo pensando que quizá a algunos de mis lectores no les importe esa meticulosidad mía. De hecho el número de visitantes es bastante invariable y de todo el mundo: España, Estados Unidos, Rusia y Alemania son las más asiduas: 8331, 4231, 1359, 806, de un total de unos 21500 (ver tabla adjunta). Es lo que más me ilusiona y me anima a perseverar. De todas maneras, ahora estamos ya en verano y trataré de frivolizar mis prédicas.
Para que no quede demasiado corta esta entrada, añadiré algo más, con motivo del Bréxit, que ayer decidió Gran Bretaña. Hay algo perverso en casi todos los referendos: la pregunta ha de ser forzosamente escueta y clara, y se ha de votar in toto. Esto, en casos complejos como el que cito, es casi imposible de lograr. Además, como sucedió en este caso, se suele recurrir a ellos cuando la opinión pública está muy dividida. El resultado casi siempre es muy ajustado, deja a la población partida más o menos en dos mitades e introduce una fractura social que deja secuelas indeseables. Una consulta así en Cataluña, por ejemplo, produciría probablemente una división análoga. Hay pocas soluciones; una podría ser la de exigir mayorías cualificadas: 60%, dos tercios...
Para algunos políticos, sin embargo, es una forma óptima de democracia: directa, llena de virtudes. Creo que se equivocan. Leo que Ada Colau ha dicho que “hace vida de activista desde 2001” y que “votar cada cuatro años es totalmente insuficiente”. Eso puede ser deseable para algunos, no para la mayoría de los ciudadanos, que lo único que quiere es ser regida por gobernantes honrados y capaces, que gestionen con acierto los asuntos públicos. No fatigaré ninguna biblioteca buscando argumentos. Por nuestra idiosincrasia peculiar, muchos españoles son dueños de un piso y deben acudir puntualmente a las juntas de vecinos. A pesar de no ser muy frecuentes, casi todos tratan de eludirlas, salvo en casos excepcionales de gestión pésima o fraudulenta. Esta actitud es trasladable a la cosa pública, a pesar de la diferencia de escalas. Asistir a los mítines puede resultar divertido para algunos, pero es complicado para cirujanos, arquitectos, comerciantes, trabajadores empleados, etc.
No quiero decir que Ada Colau no lleve razón, desde su punto de vista. A ella, esta su manera de ser le ha dado sus frutos. Me entero —no sé cómo, porque leo poco la prensa— de que en Palma de Mallorca disfrutó, con Pablo Iglesias y otros amigos, de una mariscada, en un restaurante bastante exclusivo de la isla, a 160 euros el cubierto. No es nada intrínsecamente pecaminoso, ya lo sé. Pero tengo el convencimiento de que Dios no aprueba el consumo de mariscos y por eso los hizo tan endiabladamente difíciles de comer. Y yo, a quien alguien inevitablemente calificará de derechas sin remisión, hace siglos que no he comido por ese precio, en España.
Comprendo que estar en campaña influye en las conductas. Susanna Grisso ha revelado que a Iglesias las campañas electorales “le ponen” y necesita sexo en ellas —¡a santo de qué le confesaría esto a la buena señora!—. El peligro de esta peculiaridad conductual, es que por ella corramos el riesgo los españoles de permanecer continuamente en campaña. A ver si, por esta minucia, vamos a tener unas terceras elecciones o erecciones, que ya no sabe uno qué palabra usar con este hombre. Aunque hay que reconocer que sabe hacer las cosas y su jefa de Gabinete es también su novia, lo que simplifica mucho la solución del problema. Iglesias es claro en este asunto, ya que no en los demás. En mi entrada del 9/2/2016, conté cómo la expresión ‘hacer el amor y no la guerra’, le parece kitsch, frangollona: “Nosotros no hacemos el amor, nosotros follamos”, dijo. Lleva razón el hombre; hacer el amor es equívoco —hasta podría referirse a escribir algún sonetillo apasionado—, lo que queda felizmente resuelto con el agudo distingo del brillante político. La precisión es importante; lástima que no la use en otros temas, aunque no sean tan importantes como el del fornicio.



21 de junio de 2016

Eonofobia, miedo a la eternidad (revisitada)

Hace tiempo, el 25 y 26 de abril del año 2014, publiqué dos entradas en mi blog, Poniatowska, Kahlo y eonofobia y Eonofobia, miedo a la eternidad, en las que propuse un  neologismo, eoniofobia o eonofobia, horror a lo eterno, de raíces griegas: αιώνιος, eterno y φοβία, temor. Escogí eonofobia, más corto, más pronunciable.
Esta segunda entrada es la que ha suscitado más comentarios en mi blog. Todo venía de que Poniatowska, en la entrega del Premio Cervantes de ese año, citó a Frida Kahlo, quien dijo alguna vez: “Espero alegre la salida y no volver jamás”, refiriéndose a este mundo nuestro. Entristece una confesión tan desgarrada. Pero te pregunto, lector, si te visitara un ángel y te propusiera vivir otra vez en este mundo, ¿aceptarías, sin preguntar dónde, cómo y algún otro detalle más? Y sin esa información, ¿dirías que sí o que no? Yo lo tengo claro; con la más fina cortesía, contestaría: Vade retro, Angele.
Pero eso, para los que declinaran la oferta, no es eonofobia; es, simplemente, miedo a habitar de nuevo esta Tierra en la que gran parte de sus moradores viven existencias duras y hasta horribles. Lo que describí como eonofobia es muy distinto; es el horror ante la pura idea de ser inmortal, de vivir eternamente. La idea abstracta de eternidad, produce un cierto desasosiego por lo que tiene de inimaginable. El cerebro humano se desenvuelve en el marco del tiempo y es incapaz de concebir la cesación del transcurrir de las cosas. Intenté dar nombre a esa inquietud mental con mi neologismo.
Immanuel Kant, en su Crítica de la razón pura,  ya describió el tiempo como una forma a priori de la sensibilidad interna. Avanza del pasado al futuro, según la llamada ‘flecha del tiempo’. La teoría de la relatividad general define la “gravedad como una propiedad geométrica del espacio-tiempo y postuló que el tiempo se dilata con la velocidad”. Esto ya se entiende peor, ¿verdad?
Hay muchos más misterios en la ciencia y la tecnología. Los púlsares son estrellas muy pequeñas, de materia tan comprimida que una cucharada pesa más de cien millones de toneladas. Hay estrellas tan masivas cuya gravedad hace que ni la luz pueda escapar de ellas, constituyendo un agujero negro. Dos galaxias pueden chocar y fundirse en una, lo que se ha denominado ‘canibalismo galáctico’. Andrómeda colisionará con nuestra Vía Láctea dentro de unos dos mil millones de años. Tampoco concebimos el espacio infinito. Ni cómo se creó el Universo, ni lo que existía cuando estaba increado. Somos incapaces de entender la naturaleza de Dios o muchos de los mitos y misterios que han creado todas las religiones. Lo que ocurre, afortunadamente, es que esos desconciertos existenciales son puntuales, no pensamos en ellos y la vida sigue su curso.
La mecánica celeste exigió tiempo hasta ser comprendida. En tablas de arcilla del primer milenio a. C., hay dibujos de constelaciones. Filolao fue el primero que aseguró que la Tierra se mueve y gira, con el Sol, la luna y los planetas, alrededor de un Fuego Central, núcleo del Universo. Anaxágoras, pensó que no estamos solos en el Universo y fue condenado a muerte, aunque se le conmutó la pena. Heráclides de Ponto, afirmó que la Tierra se mueve y la dotó de eje de rotación. Aristarco de Samos, en Alejandría, desarrolló una teoría heliocéntrica y fue acusado de “alterar la calma del Universo”. Hiparco de Nicea, en el 134 a.C., observó una estrella nueva en la constelación de Escorpión, una nova.
Entre mis comentaristas de esas dos entradas, alguien refiere que al pensar en la eternidad tiene ataques de pánico. Otro cuenta que desde niño tiene esa inquietud. Otro explica que siente angustia cuando piensa en ello; se imagina viviendo eternamente y se desespera. Alguien confiesa que sufre diariamente y no sabe qué hacer, llora mucho y está desesperada. Otro distingue entre la asfixiante eternidad de ser o de no ser, sin saber, dice, qué le da más pavor. Otra resume sus elucubraciones: Intentaré vivir esta vida de la mejor manera posible, sin hacerme problemas.
Esa es la actitud correcta. Renunciar a lo que no está hecho a medida del hombre y no puede ser entendido, aceptar las limitaciones de nuestra capacidad pensante. Creo que si se llora por eso, es que pasa algo más, que quizá pueda resolverse fácilmente o demande alguna ayuda. Afortunadamente, la vida está llena de cosas que sí podemos entender. Tenemos que concentrarnos en lo que está hecho a nuestra medida y olvidar lo demás, lo incomprensible. En una obra teatral, Sens Interdit, de Armand Salacrou, los personajes nacen viejos y viven hacia atrás, hacia la juventud y la niñez. Para mí, lo mejor sería una vida que fuera como un camino de ida y vuelta: madurar, sin llegar a una vejez extrema e incómoda, y luego rejuvenecer. Estas variantes son entendibles, humanas, no remiten a ninguna inquietante idea de eternidad.
Escribo estas líneas porque me ha sorprendido el número y el talante de los comentarios. No trato de hacer ningún estudio psicológico, inapropiado aquí. Sólo quiero enfatizar que lo normal es aceptar nuestras limitaciones y vivir la vida con la limitada claridad que ha sido otorgada a los humanos. Sospecho que mis comentaristas son jóvenes, más bien hipersensibles y evolucionarán en ese benéfico sentido.

17 de junio de 2016

La taimada y traviesa apóphasis (II, fin)


Un portavoz de cierto grupo del Congreso habla con el desparpajo y aplomo de un  Dios omnisciente. ¿No hay nadie que estudie sus vídeos y se lo haga ver? Otro joven líder hace la seráfica (afectar virtud y modestia, DRAE) sin tregua. Con aspecto de apóstol de algún rito extremadamente salvífico, parece próximo a levitar, a ascender limpiamente a los Cielos. Se pasó a la política, renunciando a su carrera académica en la que había llegado a ser, a sus 38 años, profesor titular interino. En Estados Unidos se sugiere esta pregunta para juzgar a un candidato: ¿le compraría usted un coche usado? A este, no le compraría yo ni un sonajero. No me lo imagino junto a gobernantes de países civilizados. Cambia de ideario según los vientos y las encuestas, y es marxista, versión Groucho: si a alguien no le gustan sus principios, ofrece enseguida otros.
Hay un candidato cuya pasión por ser Presidente de Gobierno, sin importarle los votos que consiga, se ha convertido en tal obsesión, que pudiera rozar lo patológico. Esta anomalía de la personalidad, la negativa a declararse vencido, se puede dar en deportistas. Se conoce el caso de un equipo de fútbol, de una hermosa ciudad levantina,  que jamás perdía la moral y se popularizó una frase que lo reconocía así. Y se cuenta que el jugador más pugnaz de ese equipo, no recuerdo ahora el nombre, lanzaba los córner y corría hacia la portería para rematarlos él mismo. Este político es así y parece haber seducido a otro joven líder, que se ha tornado imprevisible y voluble. No estoy en contra de las ambiciones o los sueños de nadie, pero fijaciones tan extremas pueden conducir a sus víctimas a pactar con el diablo, lo que nunca es bueno. Incluso ahora, que los diablos son todos unos pobretes, unas antiguallas, que ni pinchan ni cortan.
Hablo ya —confieso que escogí el misterioso título para incitar a la lectura— de la apóphasis o apófasis. Es una figura retórica, en la que se pretende no hablar de algo que, sin embargo, se insinúa claramente. Un ejemplo jocoso, de un orador despechado: No voy a hablar hoy de la voracidad sexual de nuestra compañera de curso Julieta, que se cepilló a media Universidad Complutense y a mí me hizo ascos la muy imbécil, que se la tengo jurada desde entonces… No, hablaré de su reciente incorporación a un prestigioso bufete de abogados. Como en esta campaña electoral se pretende abogar sólo por los aspectos positivos de la contienda, estoy seguro de que más de uno no podrá aguantarse y se refugiará, sin saberlo, en la apófasis, para herir en lo que pueda.
Los eslóganes más vulgares se celebran como frutos de genio. El soniquete “progresista-reformista” se repitió, como panacea mágica y omnipotente, en la pasada campaña. Los nuevos políticos entienden que están desvelando los secretos del mundo y que por fin han encontrado la clave oculta de la felicidad y la utopía. Se critica al Partido Popular, plagado de corrupción. No los voy a disculpar, pero en La corrupción, sus momentos clave, 1986-1996, de Ricardo de la Cierva —se me dirá que es franquista, ya lo sé— se cita al cardenal Tarancón, nada desafecto al socialismo, refiriéndose a su época de gobierno: “Jamás en España, en ningún tiempo anterior, se ha visto una corrupción comparable”. Esto ya no lo recuerda nadie. La corrupción, la de todos, ha sido por desgracia un acompañante asiduo en la moderna democracia española.
Se atribuye a J. K. Galbraith la sentencia de que “la política es el arte de elegir entre lo desagradable y lo desastroso”. Me parece oportuno recordar ahora la frasecilla, la dijera quien la dijera. Para un observador imparcial, no deja de sorprender el cerco inmisericorde al Partido Popular, el deseo de borrar todo lo que hizo. Es un juego en el que todos van contra él. Me pregunto: durante su mandato, ¿no resultó nada bien, alguna pequeña cosa? Aparte de sus pecados, lo acerbo de la censura, ¿es porque la urdimbre sociológica del país se escora a la izquierda? No lo creo. Más me parece el perverso deseo de tumbar entre todos al primero y repartirse el botín.
En casos que exigen determinación y coraje, muchas mayorías, enervadas, van casi siempre en contra de las medidas que demanden esfuerzo y sacrificio y son las minorías las que tienen razón. También estoy convencido de que la capacidad crítica desaparece cuando los hombres se reúnen en masa. Estas son elucubraciones genéricas mías y no se refieren a ningún caso concreto. Aunque pienso que, hic et nunc, muchos anteponen sus intereses personales o de partido a los de España y sus ciudadanos.
Frente a la insulsa e inevitable palabrería de las campañas, una cita del prólogo del Teatro crítico universal, de Feijoo: La grandeza del discurso está en penetrar y persuadir las verdades; la habilidad más baja del ingenio es enredar a otros con sofisterías. En esta labor ínfima y mediocre del pensar, han surgido nuevos, jóvenes, maestros. Vivimos tiempos duros y difíciles, que podrían agravarse. La estructura de un país puede resquebrajarse y hundirse en muy corto plazo; hay muchos ejemplos.
Ya conté que vi parte del famoso y esperado debate a cuatro y que oí exactamente lo que esperaba oír. Sólo resaltaré otra vez la exagerada agresividad de uno de los contendientes. No querría un presidente así. Hago constar de nuevo que no busco temas políticos para mi blog. He escrito estas dos entradas obligado, ex necessitate rei. Estoy muy preocupado por el presente de mi país y decidí exponer mis ideas o, si se quiere, mis sentimientos y temores personales, que sé que mucha gente comparte. No debatiré sobre ellos y espero no reincidir en esta temática en mucho tiempo.

14 de junio de 2016

La taimada y traviesa apóphasis (I)


Lector, prometo explicar lo de la apóphasis al final. Ahora digo que en la portada de mi blog se lee, tras la definición de ‘sobretarde’ (lo último de la tarde, antes de anochecer, DRAE), una sincera y rotunda declaración: Creado para tratar temas que vayan surgiendo de mis lecturas o meditaciones, sin preocuparme demasiado por la actualidad. Esta ha sido mi intención y la norma en casi todas las entradas del mismo. Entre los temas de actualidad, ningunos menos atractivos, para mí, que los de índole política. Aclaro, sin embargo, que pocos oficios me parecen tan nobles como el de político, cuando quien lo ejerce lo hace por auténtica vocación de servicio, renunciando quizá a puestos mejor remunerados y sin los inconvenientes de un cargo público. No me refiero a los que se arriman para medrar o por pura ambición de poder.
Ha empezado ya la campaña electoral del 26-J. En realidad, llevamos años de campaña ininterrumpida, si se entiende como tal la descalificación tenaz del adversario o el insulto directo a los responsables de los distintos partidos. No comentaré aspectos concretos de esa lucha sin cuartel. Simplemente, por mi edad, tiendo a comparar la situación actual con la del pasado relativamente reciente, que me tocó vivir: transición de la dictadura a la democracia, con los artífices de entonces.
Lo que escriba estará inevitablemente influido por mi edad y mis sentimientos y no siempre se ajustará a una lógica estricta. Igual que prefiero el cine y la música de antes, también creo que los nuevos políticos, los más jóvenes para entendernos, son inferiores a los antiguos. Critican la corrupción de algunos de estos, con toda razón, y presumen de incorruptibilidad. Estoy dispuesto a aceptar esa presunción; se les supone, como en el ejército el valor al soldado. Pero alardear de ella, sin haber tenido ocasión de corromperse, es otra cosa. Sobre todo cuando hay indicios de que algunos de los nuevos podrían ser muy buenos en el extendido arte del trinque y el tejemaneje.
Odio esa nueva política que se fragua cada vez más en la televisión, ventana tantas veces abierta a rincones sórdidos y estúpidos del mundo. Su influencia la confiesa en un periódico de hoy mismo, uno de los más beneficiados por esta perversión. Aparecen políticos en los más diversos programas, en los que se suele ofrecer una imagen bonancible y hasta tierna de los mismos. Se les ve sencillos, sonrientes y amables. Debería haber un límite, un equilibrio para estos cameos. Una política valenciana, desde que obtuvo un puesto de cierta relevancia, muestra una imperturbable sonrisa, de oreja a oreja; está encantada. Uno se pregunta qué puede haber en la dura y cainita vida política que la haga tan feliz. Me gustaría que en las próximas elecciones esta buena mujer siguiera, en lo que sea, para que no se malogre su inextinguible sonrisa.
La formación cultural de los nuevos políticos deja a veces bastante que desear. En los mítines, llenos de simpatizantes más o menos desocupados, prestos a aplaudir cualquier simpleza que diga el orador, con algunos colocados detrás de él para afianzar con gestos guiñolescos las banalidades que exponga, cualquier palurdo puede llegar a la conclusión errónea de que está llamado a jugar un papel histórico en el país. Este adjetivo, histórico, se prodiga mucho ahora: hay reuniones, programas, acuerdos, así calificados, aunque sólo sean eslóganes vacuos y ocurrencias de amiguetes.
Una famosa alcaldesa dejó sin terminar una carrera sencilla: En casa no había dinero y pronto tuve que buscarme la vida, revela afligida. Oír esto, cuando he conocido casos en mis tiempos de universidad en los que se simultaneaba el trabajo y una carrera tan exigente como Medicina, me produce una leve hilaridad. Son mensajes falaces diseñados para suscitar la compasión y el arrobo entre gente no conocedora. La alcaldesa hizo bien en colgar estudios que no conducen a nada. ¿Para qué estudiar, para qué empeñarse en nada que exija esfuerzo? Sin ellos, ha llegado a donde ha llegado.
Una digresión, quizá obligada; luego seguiré con mi plan de ruta.  Ayer atendí por algún tiempo al anunciadísimo ‘debate a cuatro’ de TV, en donde volví a oír las viejas consignas y algunas botaratadas. No fue demasiado bronco, aunque en ocasiones se interrumpían los candidatos y hablaban a la vez. Daban datos muy contradictorios, sin que se esforzarse nadie en estudiar cuáles eran los correctos; cada uno soltaba los suyos y en paz. El lenguaje, decía Ortega, es por esencia diálogo y se espera, añado yo, que de él surja, si no un acuerdo, sí un esclarecimiento. El formato de este tipo de encuentros hace imposible la discusión sosegada de cualquier asunto. En El libro de Job, 28-12, se formulan las preguntas: ¿Mas en dónde se halla la sabiduría? ¿Y cuál es el lugar en que reside la inteligencia? No, ciertamente, en un plató de TV.
La mayoría de los ataques dialécticos se centraron en Rajoy. Eso ya, a los que de niños vimos en las películas del Oeste cómo el pistolero bueno, cuando varios atacaban a un hombre solo, ayudaba siempre al solitario, podría predisponer a su favor. Por otra parte, Rajoy representa la continuidad y habrá gente que piense, como escribió el francés Charles Brook Dupont-White, socialista y crítico radical del sistema capitalista, en el prólogo de La Liberté, que tradujo de Stuart Mill, que “la continuité est un droit de l’homme: elle est un hommage à tout ce qui le distingue de le bête”. Por supuesto, no se definieron los pactos postelectorales. Un candidato estuvo, como siempre, agresivo y querulante. Algún inteligente asesor le habrá aconsejado que se muestre así.
Al día siguiente, tampoco hubo sorpresas. Preguntados cargos de los diferentes partidos, todos proclamaron vencedor a su candidato; como ocurre en las elecciones, que todos las ganan. Uno de los organizadores, después de su análisis, aventuró que no creía que el debate fuera a influir significativamente en el voto final. Eso ya lo sabíamos algunos. La agobiante promoción del espectáculo, el señuelo de que un tercio del electorado decidiría su voto gracias a él, las fanfarrias del mismo, todo forma parte de ese mundo irreal y ficticio, que la televisión consigue instalar en bastantes cerebros.
(continuará, y hablaré de la apóphasis)