22 de febrero de 2014

Sobre blogs, precedencias y abades


Llevo ya unas cuantas entradas muy serias e historiadas, con más fórmulas y números de los que son menester y es el momento de cambiar un tanto. Yo quiero hacer un blog sencillo y modesto, sin pretensiones y, sobre todo, distraído. Lo que ocurre es que siendo un escritor aficionado, eso no es tan fácil. Me explico.

Si eres un escritor famoso, ya puedes escribir sobre cualquier fruslería. Conozco un blog de un premio Nobel que es caligráfico, no mecanografiado, en el que se puede ver una escritura muy aseada, en papel rayado de pauta estrecha, y con expresiones corrientes y familiares, como “Mi mamá me mima”, o “El ama amamantaba al mamoso”, etc. Está teniendo un éxito arrollador. Si no eres Nobel, pero has tenido otros premios importantes, puedes hablar de cómo cocinas y de las comidas que te gustan, como la tortilla de patatas, las ensaladas, las croquetas y todo eso, y el punto que hay que darle a los guisos. En cambio, si no eres conocido, te ves obligado a hablar del teorema de Kolmógorov y cosas así, lo que no deja de ser una lata —lector, confío en ti; tú sabrás distinguir mis bromas y mentirijillas—.

Hoy querría escribir como si estuviera ya por encima del bien y del mal. He leído una parte de las Memorias del Duque de Saint-Simon y me ha llamado la atención su desparpajo en otorgar títulos o precedencias. Dice, por ejemplo, que el conde Aguilar era el hombre más feo de España; que el Marqués de Mancera era el más caballero de España, docto y muy inteligente, etc. Vamos, que no se callaba sus valoraciones. En una película de José Luis Garci se decía de un antiguo político que era la persona más triste de Europa…

A mí no me parece mal esto de etiquetar al personal. La mujer más guapa de España se sabe perfectamente que es de Palencia y se conoce su lugar de trabajo, ¿por qué no se publicita esto convenientemente? Así sabe uno a qué atenerse. El más intenso opinante de España, y sobre los más variados temas, es, muy probablemente, el abad de Montserrat, ¿por qué no se reconoce este mérito más ampliamente?

Tengo alguna experiencia de abades. Estudiando en la Universidad, algún año hice una especie de ejercicios espirituales, modernos, nada ortodoxos, en un monasterio. Éramos un grupo, asistíamos a los rezos de los monjes y comíamos con ellos. En las comidas, uno de los frailes leía textos, como no he sabido o podido encontrar después. Eran sobre la Edad Media española y veíamos allí —lo veíamos— el bullicio en los estrechos burgos, la mezcla de razas, de lenguas, de religiones, el comercio de los judíos, el refinamiento de los árabes, el áspero furor de los cristianos en la reconquista. Era una delicia escuchar aquello. El abad era un reconocido especialista en Historia Medieval y seleccionaba los textos. Luego, en una sala que llamaban de las vacas, porque los sillones estaban tapizados con piel de esos animales, el buen abad nos contaba cosas aún más interesantes. Ah, si uno pudiera volver atrás, rebobinar.

Lector, yo quiero este blog amistoso y ameno. Lo que ocurre es que a veces me gustan cosas no tan simples. Y también, eso lo tengo muy dicho, que pretendo inducir levemente a asomarse a algún saber, a interesarse por alguna cosa particular.