19 de marzo de 2014

Al-Mútamid, Ben Ammar y Rumaykiya


Lector amigo, ¿qué hace uno cuando se halla frente a dos caminos distintos, igualmente sugestivos y amables, y es forzoso escoger? Decidirse por uno es dejar escapar el otro, tal vez para siempre. Decía Ortega que, hasta cuando renunciamos a tomar una decisión, es que hemos decidido no decidir. La vida para los mortales es una renuncia constante, punzados por lo que los franceses llaman l’embarras du choix (la molestia de escoger). Para algunos, no para todos, habría que añadir inmediatamente. Para otros, para muchos, puede ser una derrota sin alternativas, sin esperanza.

La decisión que debo tomar ahora, al escribir sobre la bellísima Zaida, como prometí en una entrada anterior, es si quiero seguir estrechamente los datos históricos o perderme discretamente por los caminos de la leyenda. Quizá tampoco sea necesaria una separación estricta de los dos mundos. En este caso, el corazón me lleva por el sendero de los sueños y las leyendas. Dejemos para el historiador la tarea de ajustarse a los hechos reales. Hablé yo de Zaida, porque algunos comparaban su romance con Alfonso VI, con el de Carlomagno y la Galiana. Y de Zaida me remonté al rey poeta de Sevilla Al-Mútamid, su amada Rumaykiya y el visir Ben Ammar. Y a la novela de don Claudio Sánchez Albornoz, Ben Ammar de Sevilla.

¿Cómo conoció Al-Mútamid —era un joven príncipe entonces— a Rumaykiya? De eso se sabe todo, hasta las primeras palabras que se cruzaron. El príncipe iba con su amigo del alma (algunos piensan que eran hasta demasiado amigos) Ben Ammar, paseando por las orillas del Guadalquivir e improvisando poemas. El príncipe declamó: El viento transforma el río / en una cota de malla, y pidió a Ben Ammar que siguiera. Bueno, pues este, con lo gran poeta que era, aquí anduvo un poco lento y una muchacha que pasaba por allí fue la que continuó: Mejor cota no se halla / como la congele el frío. Quizá estos dos versos no te entusiasmen demasiado, lector. Los del príncipe tampoco eran como para desmayarse. La que sí estaba que tiraba de espaldas era la muchacha; su nombre era Itimad, pero la llamaban Rumaykiya, porque era esclava de un tal Rumayk.

¿Y qué tiene esto que ver con Zaida? Pues que el príncipe compró a Rumayk su bella esclava y se casó con ella y Zaida fue hija de ambos. Eso no es verdad, lector, pero ya te dije que me iba a ir por el sendero de la leyenda. Por otra parte, en la realidad histórica era su nuera y es bien sabido que hay nueras que se quieren como si fueran hijas. Especialmente si son como Zaida, que era una belleza más allá de toda ponderación, y culta y cantaba y bailaba como las huríes del paraíso. Si no estás viendo ya a Zaida, querido amigo, no sé yo si vas a seguir bien mis pobres relatos, que cuentan siempre contigo. Piensa que yo trato de anovelar (no viene en mi DRAE, 21ª ed.) aunque viene anovelado), pero la imaginación tienes que ponerla también tú.

Ben Ammar en algún momento tuvo una esclava llamada Zaida, que no tiene nada que ver con la otra. Ben Ammar estaba mucho menos interesado en el amor que Al-Mútamid y un día dijo, que lo oyó don Claudio y lo puso en su novela, que “por cima del amor está la gloria”. La gente es como es. Pero era un buen poeta, en un momento de grandes poetas: Ben Suhayd, Ben Házam, Ben Zaydún, Ben al-Labbana, Abi Ishak, Sumaisir, etc. Y jugaba al ajedrez de manera extraordinaria, lo que le sirvió para evitar una guerra con Alfonso VI y salvar a Sevilla. Lo apostaron en una partida y Ben Ammar la ganó. Y paro, que de quién he de hablar es de Zaida. Lo haré en una próxima ocasión.