17 de marzo de 2014

Un estadounidense y un catalán


No, no es uno de esos chistes en que hay personajes de varios países. En un breve circuito turístico por España, he coincidido con un matrimonio de Estados Unidos, que no hablaba nada de español. Aunque el guía se dirigía a ellos en inglés, mi esposa y yo tuvimos ocasión de ayudarles con el idioma y se inició así una relación.

El marido, ya jubilado, fue profesor en una Universidad americana —no daré datos innecesarios— y es experto en Software Architecture, un concepto desconocido hasta ahora por mí y no inmediatamente entendible. Se refiere a las estructuras de más alto nivel en un sistema de software, a la disciplina para crear dichas estructuras. Su experiencia docente le permitió exponer el tema y hacerlo medianamente comprensible. Cuando ya empezó a hablar de niveles de abstracción la comunicación se hizo más fluida y, finalmente, pudimos charlar ampliamente sobre la utilización inconsciente por parte de los médicos de algoritmos numéricos en el proceso diagnóstico, idea en la que he insistido en algunas publicaciones mías.

Al despedirnos ocurrió el normal intercambio de direcciones y los deseos y casi promesas de vernos en el futuro, con invitaciones sinceras a los hogares respectivos. Todo muy agradable, muy educado y muy internacional; muy propio del mundo en que nos ha tocado vivir, que tiene también sus aspectos positivos.

También había en el grupo una pareja de catalanes; él era abierto y algo lenguaraz. Durante una comida, compartiendo mesa, le pregunté, con una sonrisa: ¿Y qué, se van a independizar ustedes? Contestó, también sonriendo, que era imposible la independencia para un país pequeño y habló de Andorra, que vive, dijo, sólo gracias al turismo de esquí. Estas fueron sus palabras y no entraré en la ligazón lógica o el carácter rebatible de su pensamiento; trato únicamente de describir un personaje, unas escenas. Lector, en esta narración no hay ni una sola palabra que no sea verdad.

Sin embargo, afirmó que en el referéndum, cuya celebración daba por segura, votaría que sí, para cargarse de razón frente a Madrid. No utilizó la expresión “Madrid nos roba”, pero dejó claro que en lo de las cuentas salían perdiendo. Lo traté con guante de seda, utilizando ese rincón del cerebro que uno guarda para las conversaciones mundanas o vulgares y al que no se debe renunciar jamás. Como era simpático, le conté que algunas personas divertidas que yo había conocido eran catalanas. Me dio la razón con entusiasmo y expuso su idea de que los mejores cómicos que se podían ver —en la tele, por ejemplo— eran catalanes. No hablo de payasos, para eso están los andaluces, aclaró con indisimulable desdén. Con esa parte del cerebro de la que hablé antes, mencioné a Albert Boadella, lo que no le hizo gracia. Ese se vende al mejor postor, sentenció. Yo creo que es inteligente, me atreví a decir. Para venderse hace falta ser inteligente, me ilustró, con la convicción de haber dicho algo memorable y profundo. También ironizó  sobre la mirada de Oriol Junqueras, que no se sabía a dónde la dirigía. O algo así, no le entendí bien esto.

Estuvo, dicho en castizo, sobradísimo, casi como el señor Artur Mas. Estaba claro que me consideraba un privilegiado por poder charlar con él. Menos mal que no le dije que yo era andaluz; a veces ni me acuerdo de este detalle importantísimo. La esposa escuchaba en silencio, con ese aire de mártir de las mujeres que llevan una vida entera oyendo desvariar al cónyuge. Yo adopté alborozado el apropiado papel de discente. Fue todo absolutamente divertido e inocuo. No nos intercambiamos direcciones, eso no.

Estos son el norteamericano y el catalán de mi historia, conocidos en un viaje de turismo, en un ambiente relajado y proclive a la comprensión y al perdón. ¿De dónde han surgido estos nuevos catalanes? Antes no eran así. Seguramente, la culpa será de Madrid. ¿Y cuántos son? Eso no se sabrá con el referéndum que se planea, si se celebra, sesgado y metodológicamente inválido desde el principio.