21 de abril de 2014

Belleza, arte, Schoenberg y triskaidekafobia


Me acerco a las cien entradas del blog y el azar me lleva a insistir sobre una de sus ideas centrales. Leo una anécdota de Arnold Schoenberg, cuando un magnate de la industria de Hollywood trató de halagarle, diciendo que su música era deliciosa —es la traducción que escojo aquí para lovely—. Schoenberg le replicó inmediatamente: “mi música no es deliciosa”. La historia viene en Art and the arts, de Theodor W. Adorno.

No soy un experto en música, pero doy decididamente la razón al célebre músico en cuanto a su obra, a la reducida parte de su obra que he podido conocer. Schoenberg, también un apreciable pintor, propuso y defendió cambios en la estructura tonal de la composición musical, desarrolló la técnica dodecafónica y fue extraordinariamente influyente en la cultura musical del siglo XX. Su original estilo no fue entendido por todos. Maurice Ravel, según cuenta Alma Mahler en su libro Mein Leben (Mi vida), afirmó: Non, ce n'est pas de la musique... c'est du laboratoire (No, esto no es música, esto es cosa de laboratorio).

Traigo aquí a Schoenberg como paradigma de una cierta manera de entender la creación artística. Para él lo importante en una obra de arte es la pura aportación del artista y el placer del espectador no debe ser un objetivo en ningún caso. Lo que cuenta es la perfección de la obra en sí, su harmonía interna, la propia satisfacción del creador. Richard Taruskin, un musicólogo americano nacido en Nueva York en 1945, califica esta idea como una pura ‘falacia poyética’.

En mi modesta opinión, lo que resulta obligatorio es la creación de belleza, una belleza que pueda ser percibida y gozada por el espectador. Naturalmente, habrá casos en que se requiera una especial formación de este y admito que no todas las obras son para todos los públicos. Lo que me resulta inadmisible, en una obra de arte, es que esté orientada a la mera y simple distracción del público, a hacerle pasar el rato. Eso puede existir, no está prohibido, pero no es arte.

Schoenberg es uno de los casos más conocidos de triskaidekafobia. Con ese nombre tan raro —tan sencillo también: es el número trece en griego y el término fobia. O sea, temor al trece— se designa una extendida superstición, presente en muchas culturas, que considera nefasto dicho número. En el caso de nuestro músico, la fobia era extrema. Se piensa que hasta pudo tener algo que ver con su muerte real.

Tenía pavor a los años múltiplos de 13. Ya en 1939 —en realidad, 1939 no es múltiplo de 13, aunque 39 sí lo sea, pero los supersticiosos no suelen ser muy científicos— estaba tan preocupado que para tranquilizarse encargó un horóscopo, en el que el astrólogo le certificó que sería un mal año, pero no fatal. Para esa predicción no hace falta ser astrólogo, ¿verdad?

En 1950 Schoenberg tenía 76 años y un amigo —para eso están los amigos— le avisó de que sería un año crítico, porque 7 + 6 = 13. Lógico, ¿no? El músico no había pensado en ello, pero ya sí lo hizo. De forma que el día 13 de julio de 1951, con setenta y seis años, y viernes —ya sabe todo el mundo que en USA el día nefasto es trece y viernes, no martes— estuvo todo el día en cama, angustiado y deprimido. Eran las 23.45, su pobre esposa Gertrud se decía que ya casi había pasado lo peor, cuando Schoenberg, tras un ruido extraño en su garganta, murió de repente. Todo muy triste, como en cualquier muerte. Pero aquí más dramático y hasta turbador.

Arnold Schoenberg había nacido un día trece y murió también un día trece. Pero nacer no es nada aciago. Y en muchas ocasiones, morirse, seguramente tampoco.