25 de abril de 2014

Poniatowska, Kahlo y eonofobia


Escribí hace poco en este blog que, para mí, nada hay más aterrador que la idea de ser inmortal. Era un apotegma abstracto, sin referencia a ninguna realidad concreta. Un poco más tarde circunstancié algo más mi pensamiento y, dirigiéndome a un lector imaginario, le decía: Imagínate viviendo cien, doscientos años…, eternamente; con esta vida de aquí, con la que conocemos.

En su sencillo y bello discurso, Elena Poniatowska, en la entrega del Premio Cervantes, cita a su compatriota la pintora Frida Kahlo, que dijo alguna vez: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”, refiriéndose a este mundo nuestro. Frida fue una hermosa y elegante mujer que tuvo una existencia difícil, asediada sin tregua por problemas de salud y que murió joven. Quizá no le dio tiempo a amar apasionadamente la vida, sentimiento que demanda una clase de conformidad que se adquiere sólo en la vejez, cuando uno empieza a pensar, de verdad, que se acaba.

En cambio, porque los seres humanos somos así de diversos, nuestra escritora dijo: “Yo espero volver, volver, volver y ese es el sentido que he querido darle a mis ochenta y dos años. Pretendo subir al cielo y regresar con Cervantes de la mano para ayudarlo a repartir, como un escudero femenino”.

Pues por allí nos veremos, Doña Elena, porque yo escogí el mismo destino y lo hice constar en mis Apuntes de Literatura, refiriéndome a don Quijote: “Cuanto hubiera dado por servirle, por ponerme a sus órdenes, por cuidarlo, por intentar protegerle. Con el buen Sancho, hermanado humildemente al sencillo escudero, los tres juntos. Ese podría ser mi paraíso o uno de mis paraísos. Aunque también pienso que, en cuanto a confortarle, poco podría añadir a lo tan sabiamente expresado por Sancho, animando a vivir a su amo, en el último capítulo del libro inmortal: No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía”.

Es triste escuchar una confesión tan desgarrada como la de Frida Kahlo. Pero yo te hago una pregunta, lector. Si algún enviado del Alto Cielo, con los debidos poderes y autorizaciones, te propusiera vivir otra vez en este mundo, ¿aceptarías, sin preguntar en dónde y cómo y algún pertinente detalle más? Y si no te diera esa utilísima información, ¿dirías que sí o que no? Yo es que lo tengo muy claro.

Confieso que he pensado algo sobre todo esto. Y hasta se me ha ocurrido un neologismo que lo traigo aquí: eoniofobia o eonofobia, horror a lo eterno —de αιώνιος, eterno en griego, y φοβία, fobia, temor, horror—. Podría ser hasta eonotetafobia, más largo, horror o temor a la eternidad, αιωνιότητα. Mis conocimientos de griego son muy reducidos y estoy dispuesto a modificar el nombre, en cuanto me lo aconseje algún experto. Escojo de manera provisional eonofobia, más corto, más pronunciable. Eón también era un dios de la mitología fenicia, Señor de la eternidad. Se asociaba dicha divinidad a la imagen de una serpiente que esconde su cola con su cuerpo, formando un círculo. No idéntica a la del ouroboros, en la que la serpiente no esconde su cola, sino que se la muerde.

Hablando de cosas más mundanas y agradables —llenas de esa felicidad esquiva y rara, que elude implacable a tantos—, fue una delicia oír y ver a Elena Poniatowsca, todavía no en su punto de belleza y gracia, que le vendrá con los años, pero ya próxima a él. Con su dicción dulce, graciosa y acariciante, su sencillez altiva, su vistoso vestido, típico de alguna región de Méjico, tejido por admiradoras.

Citó también la autora a Octavio Paz, un cortísimo diálogo de su obra El laberinto de la soledad, y esto me recordó otro escrito mío, que contaré en una próxima entrada. Hasta entonces.