20 de abril de 2014

Gabriel García Márquez, la muerte, la inmortalidad


En mi anterior entrada citaba unas palabras de Gabriel García Márquez, “la muerte es una trampa, es una traición, que le sueltan a uno sin ponerle condición”, y prometí comentarlas. Mario Benedetti dijo algo parecido, “la muerte es una traición de Dios”, y no sabría yo ahora resolver la importantísima cuestión de quién habló de esto primero, si Márquez o Benedetti.

Pudiera ser que ninguno de los dos, excelsos como eran, meditaran con rigor sobre las alternativas a la muerte. Incluso las personas más dotadas no pueden razonar continuamente sobre todos los temas posibles y, como el resto de los mortales, hablan a veces alegremente. Si lo que insinúan es que estaría bien que la vida fuera más larga, muchos seres humanos, no todos, estarían de acuerdo. Si lo que se plantean es la pura inmortalidad, eso es completamente distinto.

Porque, y entro en la materia, para mí, nada más aterrador que la idea de ser inmortal. De un relato mío, El reino de Ta, copio las cogitaciones de Roberto, su protagonista: “Se había preguntado alguna vez, en abstracto, si sería tolerable cualquier tipo de eternidad. Estaba convencido de que los seres humanos hemos sido diseñados para morir, no se trata de algo surgido por azar. Cualquiera que conozca los procesos de envejecimiento celular lo comprenderá perfectamente. La caducidad está inscrita en nuestras vidas, inserta en el mismo núcleo de nuestra existencia.

De hecho, pensaba que nada sería tan insoportable como la inmortalidad. Había escrito una vez algo sobre el tema y sus palabras habían sido: Hay que ser indulgentes con el dios o los dioses, que permiten tantos desarreglos en el Universo, porque se comportan así aloquecidos por su inmortalidad, por la imposibilidad del olvido, por la eterna repetición de los aconteceres, por la insistente presencia de todo lo creado, por la imposibilidad de imaginar un futuro desconocido o distinto. Roberto se identificaba más con los que postulan que tras la muerte sólo hay el olvido y la nada”.

Lector, medita un poco sobre lo que te cuento. Imagínate viviendo cien, doscientos años… eternamente; con esta vida de aquí, con la que conocemos. Ni el más malvado de los dioses querría tal suplicio para sus criaturas. Otra cosa es, ya digo, pretender que la vida no fuera tan escandalosamente breve. A eso muchos humanos, entre los que afortunadamente me cuento, sí nos apuntaríamos.

En mi obra de teatro, Don Juan de Bergerac —y perdón por tanta autocita—, se habla también algo de todo esto. Transcribo, abreviadamente:

Don Juan — Platón, en un pasaje de su Político, recoge un antiguo mito griego y habla de una época en que el universo giró en sentido inverso y todos los seres mortales cesaron de envejecer y se hicieron cada día más jóvenes, hasta llegar a recién nacidos, tanto en el cuerpo como en el alma; tras de lo cual continuaban consumiéndose y se aniquilaban totalmente. En un mundo así, el destino del hombre sería infinitamente más amable, porque marcharíamos hacia la juventud, hacia la belleza, hacia la inocencia. Al final, también desapareceríamos en la nada, pero sin la angustia del envejecimiento y de la muerte. Inés, si yo pudiera vivir así ahora y hacerme más joven contigo.

Inés — (Bromeando) O sea, tú cada vez más joven y yo cada vez más vieja. Pues sí que estamos bien. Tú me cuidarías cuando yo fuera mucho mayor que tú.

         Don Juan —Quizá lo mejor sería que la vida fuera un camino de ida y vuelta: madurar, sin llegar a una vejez extrema e incómoda, y luego rejuvenecer. Sin repetirse las cosas, claro, “lo bailado, bailado”. O repitiendo lo que uno quisiera. En fin, todo podría ser, todo podría haber sido, de otra manera. Los gnósticos pensaron que la creación fue un error, la obra de una divinidad inferior que se creyó Dios.

Inés — Para mí, Don Juan, ya estás viviendo así, hacia atrás. Quisiera verte cada día más optimista, más feliz, más joven. También es hermoso entregarse de lleno a recoger lo que la vida ofrece todavía. Fin de la cita y de la entrada.