Amigo lector,
prometí contarte una nueva hazaña del inteligentísimo Zadig, un personaje de un
relato de Voltaire, y me propongo hacerlo. Déjame antes hacer una pequeña
precisión. Cuando empecé este blog, ni sabía si me leería alguien. Aun así,
adopté un tono coloquial, dirigiéndome a un posible lector, porque siempre
escribo pensando en alguien. Ahora, si las estadísticas del blogger son fiables, tengo miles de
visitantes. Sin embargo, me sigo dirigiendo al lector (o lectora, claro) en
singular, porque quiero que mi charla sea íntima y privada, como murmurada por
lo bajo a cada uno de los que me leen. Cuando se habla alto, parece que uno se
dirige a los oídos; en cambio, hablando suave le habla uno al corazón.
Lector, esa
frase inmortal la pronunció un Obispo de Jaén, en Úbeda, cuando recibí la
confirmación. Yo tenía unos once años y nunca había visto hasta entonces a un
obispo. Previamente, se nos había ponderado infinitamente su sabiduría, su
dignidad inimaginable y, al mismo tiempo, su amabilidad, su inagotable bondad.
Cuando el señor obispo dijo eso de hablarle al corazón, yo quedé maravillado y
aturdido. ¡Qué mundo este en el que empezaba a vivir, en el que se decían cosas
como esa! Bueno, pues me quedé con la frasecilla y guardo un cariñoso recuerdo
de aquel obispo y de aquel acto, ¿por qué no? Ocurrió, como casi todo ya, hace
demasiado tiempo.
Años más tarde,
en circunstancias muy diversas, tuve la ocasión de saludar reverentemente a un
cardenal italiano en Bolonia. No es lo mismo un cardenal italiano, en Italia,
que uno español. En aquel país, en el que la Iglesia ha sido más poderosa que
en ningún otro, se da en sus gentes un singular respeto hacia estos príncipes
purpurados. Yo era colegial en el Real Colegio de San Clemente, fundado por el
cardenal español Gil Álvarez de Albornoz (1310-1367) y vivía en un palacio del
siglo XIV. Hice allí mi doctorado y forjé quizá un cierto imaginario que me
permite ver mejor al joven marqués de Bradomín, cuando era guardia noble y llevó
el capelo cardenalicio a Monseñor Gaetani, rector del Colegio Clementino, en la
piadosa ciudad de Ligura, según cuenta Valle en su Sonata de primavera. El joven y fogoso marqués —fogoso toda su
vida— se enamoró entonces, casi sacrílegamente, de María del Rosario, la hija
mayor de la Princesa Gaetani, que iba a entrar en un convento en los días siguientes.
En la Festa della Madonna di San Luca, durante la procesión, el cardenal entra
cada año en el Colegio para ser recibido en el recinto. Llega con el esplendor
escénico propio de una corte del Renacimiento. A territorio papal, en cierto
sentido, porque es el Papa el único que puede cambiar los seculares estatutos
colegiales. La Virgen es bajada desde su Santuario, al que se llega a través de
un pórtico de 666 arcos —un número no casual, porque el pórtico simboliza la
serpiente, el demonio— y casi cuatro kilómetros, del que se dice que es el más
largo del mundo. La fiesta fue instituida para conmemorar el milagro de la lluvia, ocurrido el cinco
de julio de 1433. Ese día el icono de la Virgen (pintado por el apóstol San
Lucas, de ahí el nombre) fue llevado en procesión para pedir el cese de las
continuas lluvias que amenazaban con arruinar las cosechas. Nada más llegar a
Porta Saragozza, apareció el sol en el cielo y dejó de llover.
El cardenal
Albornoz fue dos veces legado pontificio en los tiempos del cisma de Avignon y
puso orden en los díscolos territorios sujetos a la Iglesia, levantiscos por la
lejanía de los Papas. El agradecimiento de estos fue sincero y sus dádivas enormes.
Todo lo dejó en su testamento al Colegio que, desde entonces, subsiste de esa
herencia, sin ninguna ayuda de otro tipo. Su historia es interesantísima y la
de su fundador también. Algo se puede conocer de ellas, buscando en Internet. Por
ser útil, diré que este año el plazo para solicitar las becas termina el uno de
septiembre.
Me he
entretenido y tendré que hablar del gran Zadig en otro momento. Dejo unas fotos
del Colegio, del palacio. En él pasé una época agradable de mi vida.
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