24 de junio de 2014

Un campeón español en la antigua Roma


Los españoles que se extasían con las victorias de nuestros campeones mundiales de motos, harían mal en creer que esta supremacía deportiva de compatriotas es algo único y moderno. Jorge Lorenzo, Marc Márquez, Dani Pedrosa son sólo los continuadores de hazañas realizadas por hispanos de otras épocas. En los días de la antigua Roma, en el siglo II concretamente, un hispano fue el triunfador indiscutible, durante muchos años, en las carreras de carros circenses. Me estoy refiriendo, como todo el mundo habrá adivinado, a Cayo Apuleyo Diocles.

Las carreras de carros llegaron a ser muy populares entre los romanos. Había diversas categorías, como ocurre ahora con las de motos, según el número de caballos del tiro; los carros tirados por dos eran llamados bigas, los de tres, trigas, los de cuatro, cuadrigas, etc. En alguna parte veo el resultado de una carrera con siete caballos en línea. Podía llegarse hasta los diez caballos.

Correr una carrera de carros era agitare y los conductores eran llamados agitatores o también aurigas, la palabra griega equivalente. Llegaron a ser personajes famosos, receptores de envidiables ganancias, admirados y venerados por el público. Primitivamente, la palabra auriga designaba a los esclavos de máxima confianza que conducían los carros de los comandantes militares. Luego se aplicó a cualquiera que condujera un carro. En la obra de E. K. Guhl, The life of the Greeks and Romans described from Antique Monuments, leo que los aurigas griegos corrían desnudos, mientras que los romanos lo hacían con una túnica corta ajustada al cuerpo.

Parece que con esta misma palabra se designaba también al esclavo que sostenía la corona de laurel en los famosos ‘triunfos’ romanos y estaba encargado de susurrar de vez en cuando al general victorioso estas sabias palabras: “Recuerda que eres sólo un hombre”. Para represar su posible soberbia, para que no se acostumbrase demasiado al honor y la gloria, caprichosos y fútiles. Inapreciable consejo. Quizá hasta podría haberle dicho: “Recuerda que eres sólo un pobre hombre, un ser condenado a muerte”.

De Diocles han llegado hasta nosotros dos informes epigráficos; dos lápidas, una procedente de la misma Roma y otra de Praeneste (la actual Palestrina). Por ambas sabemos que era español, de la provincia lusitana —natione hispanus lusitanus, dice la  romana—, probablemente de Emérita Augusta, aunque ninguna señala el lugar concreto del nacimiento. Nació el año 104 d. C. y abandonó el deporte hacia el 146, con cuarenta y dos años. Había obtenido 1462 victorias y había llegado a ganar treinta y cinco millones de sestercios. Sus compañeros y admiradores erigieron un monumento en su honor en las cercanías del circo de Calígula (cerca del Vaticano actual), en donde había corrido y vencido tantas veces. En estas carreras había cuatro bandos o factiones, cada una con su color distintivo, que eran verdaderas empresas con enormes capitales invertidos en caballos, carros, sueldos, etc. Eran la blanca, la verde, la azul y la roja. Diocles perteneció, cómo no, a la roja.

Se retiró Diocles a tiempo, según mi parecer, y vivió alejado de la gran Roma, en Praeneste, disfrutando de su inmensa fortuna, de su familia y de sus recuerdos. Allí murió, dejando un hijo y una hija, Cayo Apuleyo Nimfidiano y Nimfidia, que le dedicaron una estatua.