24 de agosto de 2014

De los cielos de estío


Seguimos en agosto y urge publicar esta entrada, antes de que cambie demasiado el cielo nocturno. Paso parte del verano en la sierra madrileña y algunos días, en la sonochada, hay en la plaza del pueblo actos culturales a los que suelo asistir. Son ya muchos años que vengo haciéndolo y era aquí donde me encontraba, como he contado, con mi querido amigo, el poeta ubetense Antonio Parra y su esposa. Esta costumbre mía es una especie de rito que se fue insertando en mi vida, como tantos otros. Durante el espectáculo, cuando miro al cielo, veo a Vega sobre mi cabeza. Como siempre, como estará hasta el final de mis noches, como estará para otros cuando yo me haya ido.

Vega es la estrella más brillante de Lira y la segunda en brillantez de todo el hemisferio norte celeste, después de Arturo, en la constelación del Boyero. Es una estrella cercana, está ahí mismo, a sólo veinticinco años luz de la Tierra. Forma parte de lo que se ha llamado el Triángulo del Verano —se le nombró así a mediados del XIX—, con dos estrellas más: Deneb, de Cisne y Altair de Águila. Se ve en el hemisferio norte, en latitudes medias. En primavera, el triángulo también se ve, pero hacia el Este, en la madrugada, y en otoño al Oeste, en la sonochada (repito la palabra). En verano, en agosto, Vega está literalmente encima de nuestras cabezas. Como entonces solemos ser más nocherniegos, estas tres estrellas son de las más conocidas.

Vega fue la estrella polar, la situada aproximadamente en la prolongación del eje terrestre, hacia el año 12000 a. C., y volverá a serlo hacia el año 13700 de nuestra era. Yo ya soy mayor y no lo veré, pero si tú, lector, eres joven, puede que la veas. Depende de cuántos yogures de esos que bajan indefectiblemente el colesterol te tomes. Esos alimentos tan sabiamente elaborados pueden llevar a la vida eterna. He hecho algunos cálculos y, si tomas unos doscientos yogures de cierta marca al día, podrás ver cómo la estrella Vega ocupa el lugar que tiene ahora la estrella polar.

Porque tienes que saber que los cielos cambian y se alteran. Nada es estable en el Universo y Shakespeare tuvo que escribir esto alguna vez, porque es muy de su estilo, pero no sé ahora dónde. En un relato sobre la estancia del emperador Carlos en Yuste, De la Fortuna y el Tiempo, yo sentencié, hablando del Tiempo: “Incluso los astros, imperturbables y ajenos, aparentemente situados fuera de su dominio, se alteran con su transcurso. Porque Juanelo sabe muy bien que hasta los cielos se transforman y las constelaciones modifican sus constituciones”. Las estrellas no son fijas, todos los cuerpos celestes andan a la deriva, aloquecidos y errantes, en direcciones no idénticas, con el cosmos en perpetua expansión, al menos por ahora. El cambio de estrella polar es la consecuencia de la precesión de los equinoccios, que cuento enseguida.

La Tierra gira —sobre esto ya diré algo en una entrada próxima— como un trompo que estuviera a punto de pararse. Ya sabrás, si has tirado un trompo alguna vez y no naciste con el smartphone en la mano, que al final se desequilibra, se bambolea un poco —en inglés hay una muy buena palabra para designar esto, wobble, de la que diré algo también en su día—, su eje ya no está vertical y el extremo superior describe circunferencias cada vez mayores, hasta que el trompo cae. La Tierra no cae, su eje describe una circunferencia fija en unos 26.000 años y su extremo apunta a lugares distintos durante el ciclo. Por ello, la estrella que está en su prolongación imaginaria, la polar, no es siempre la misma.

Vega es una estrella joven, su edad es la décima parte de la del Sol, pero su esperanza de vida es la también la décima parte. Está ahora en la mitad y deberá morir en unos 450 millones de años. En el mas de agosto, en nuestras latitudes, está casi en el zenit celeste y ya dije que forma parte del triángulo del verano, que se identifica muy bien porque no hay otras estrellas tan brillantes cerca.

El cielo y sus estrellas están plagados de historias, muchas de origen griego, pero existen en todas las culturas. En la mitología china, por citar alguna, un hombre, Niu Lang (Altair) y sus dos hijas están separados de su esposa y madre, Zhi Nu (Vega) por un río, que es la Vía Láctea. Sólo una vez al año, el séptimo día del séptimo mes de calendario chino, las urracas construyen un puente y la familia pueda encontrarse por un breve tiempo.

He querido hablar de esto antes de que se pase el verano y sea ya demasiado tarde.