27 de agosto de 2014

Sobre la literatura esteticista y sobre cine


Lector, se acaba agosto y también la estación de la luz, del descanso y la despreocupación, aunque sean imperfectos y pasajeros. Quizá es el momento de hacer una importante confesión. No amo cualquier literatura; amo, sin renuncia posible, sin libertad de elección, la literatura esteticista. Me gustaría decir que he vivido sólo movido por la belleza, pero no sería la verdad, porque la vida es complicada y tuve que defenderme de su escabrosidad como pude, como otros, como todos. Pero en ese reino en el que uno es libre, en el que puede escoger casi sin límites, en el de las bellas letras, ahí sí me rijo irreductiblemente por la belleza y no puedo ver o valorar otra cosa. Sé muy bien que por ello no comentaré aquí jamás ciertas obras que quizá son valiosas, que tienen éxito, que son emocionantes, intrigantes, divertidas, pero ya digo que soy víctima de esa fatal perversión. No sólo en la literatura, también en otras artes y en el cine. Hablaré hoy de una película y mostraré unos textos literarios, como corolario de lo que cuento. Todo habría que matizarlo, circunscribirlo debidamente, pero no es ahora el momento.

Respecto al cine, copio de mis Apuntes sobre literatura. Yo llegué a estudiar a Madrid en otoño de 1954, con quince años, y venía de una antigua y bella ciudad, pobre y triste, como tantas de entonces. Al poco tiempo, no recuerdo cuándo, vi una película, Cuentos de Hoffmann, de 1951, adaptación de la ópera del mismo nombre de Jacques Offenbach. La banda sonora fue grabada por la Royal Philarmonic Orchestra, dirigida por Sir Thomas Beecham. Me sumergí por unas horas en un mundo de ensueño, inesperado e imprevisto, preñado de una belleza que era casi imposible soportar.

Todavía recuerdo las secuencias del cuento segundo, cuando Hoffmann está en Venecia y es seducido por la espléndida Ludmilla Tchérina, en el papel de la cortesana Giuletta. El satánico Dapertutto, coleccionista de almas, se vale de ella para robar el reflejo, el alma, del joven poeta. Aquel viaje en góndola, en un paisaje deliberadamente irreal, mientras se oye la deliciosa barcarolle, se grabó en mi memoria para siempre y no creo que ninguna disfunción o aturdimiento de mi cerebro pueda arrancarlo de ahí. Y pienso, sinceramente, que mis ideas o sentimientos respecto a la belleza en la literatura, o a la belleza en general, vienen influenciados muy poderosamente por esa y otras vivencias parecidas, que se fueron prendiendo poco a poco en mi corazón.

La Tchérina, nacida en Francia y de la nobleza circasiana, fue luego en su vida pintora, escultora y hasta escribió dos novelas. Todo eso vino después, nada de eso contaba entonces, o sabía yo entonces, cuando la contemplaba, embelesado, en la pantalla. Yo sólo la veía con un pañuelo verde en la cabeza, envuelta en los rebrillos del agua en los canales venecianos, con sus labios perfectos, moviéndolos lentamente para cantar una muy bella y triste melodía. Me engolfaba en su rostro distante y altivo, de mujer o diosa inalcanzable y tal vez terrible, surcando un falso mar, mucho más bello que cualquier otro mar auténtico, en una navegación oscura, imposible o secreta. Iba de pie, sobre una góndola adornada con telas y sedas de fantasía, con un fanal de proa que se desliza encendido en la noche, cruzando pettini inconcretos, esbozados, de proas de otras góndolas, en un ambiente onírico, feérico.

Vestida con una ajustada malla negra, desciende de la embarcación, siempre acompañada de la bellísima música, despreciando la mano de Schlemil, un amante ya antiguo y condenado al olvido, que intenta inútilmente ayudarla a bajar, cuando ella abandona la nave, tras un giro lento y solemne de escorzos cambiantes de la góndola, y ni siquiera alcanza a tocar la larga cola de su vestido. Nunca olvidaré los hermosos y malvados ojos de Dapertutto, su elegante vestimenta, sus mínimos gestos a Giuletta, que revelan la perfecta compenetración de ambos para perpetrar el mal. Y su discreta orden para que la cortesana consiga el alma de Hoffmann y la intensa mirada de animal felino de ella. Ahora, cuando rememoro esta escena, también me vienen las rotundas y tristes palabras del libreto de Jules Barbier: le temps fuit et sans retour emporte nos tendresses (el tiempo huye y sin retorno se lleva nuestras ternezas).

Lector, te dejo el vínculo (http://youtu.be/t6zcAzZGUjQ) para que veas esas escenas. Si te emocionas intensamente, si te marea su belleza, tal vez nos podamos entender. Dejo los textos literarios para una próxima entrada.