25 de agosto de 2014

¿Se mueve realmente la Tierra?


Escribí en mi entrada anterior que la Tierra giraba como un trompo que estuviera parándose. No era el momento de andar con disquisiciones y admití sin más lo del movimiento de nuestro planeta. Ahora, lector, te confiaré mis dudas, que ya expresé al empezar este blog. Copiaré lo que decía en la segunda entrada del mismo: “Te contaré mis fundadas razones para defender la inmovilidad de la Tierra, frente a tantas suposiciones erróneas”. Pues ha llegado el momento.

Las gentes son muy crédulas y se dejan llevar por la corriente, sin ocuparse ni poco ni mucho en pensar. Si les dicen que los niños vienen de París o les cuentan maravillas sobre los Reyes Magos, se lo creen a pies juntillas y no se les ocurre disentir durante años. Alguna cambió de opinión sólo al notar que estaba embarazada.

La Tierra se mueve, dicen todos. Y te pregunto yo, lector, ¿notas tú que se mueva? ¡Anda que no se nota cuando se mueve una cosa! Recuerda cualquier viaje en coche, en tren, en barco… ¿Sientes tú algo parecido, fuera o dentro de casa? Y, según afirman, la Tierra no para ni un momento, aunque estés tranquilamente en tu cama. ¿Tiene eso sentido, se puede sostener que estemos tan en continuo movimiento?

Algo de números, que ya sabes que me gustan. En una latitud de 40º, el paralelo tiene una longitud de unos 30.640 km (40.000 km, que es la circunferencia ecuatorial, por 0,766, que es el coseno de 40º). Cualquiera en esa latitud, y sólo por la rotación de la Tierra, se movería ya a una velocidad de casi 1.300 km/h. Eso no es nada, hay aviones que van más rápidos. Pero, por el movimiento de nuestro planeta alrededor del Sol y asumiendo una órbita elíptica no muy excéntrica, hay que sumar a esta velocidad otra de unos 107.000 km/h. Eso ya es bastante más. Además, resulta que nuestro sistema solar entero gira alrededor del centro de nuestra galaxia, que está a unos 28.000 años luz en la dirección de Sagitario, tardando unos 240 millones en una vuelta (hemos dado ya unas veinte desde el nacimiento del Sol). Haced las cuentas de este último movimiento o consultad una enciclopedia: la Britannica señala una velocidad de 792.000 km/h. En total, unos 900.000 km/h.

La Tierra tiene otros movimientos, pero añaden muy poco a los cálculos anteriores: el de precesión de los equinoccios, el de nutación y el conocido como bamboleo de Chandler, de los que no diré nada más. Hay que contar, ese sí, el debido a la expansión general del Universo, mucho más difícil de cuantificar. En resumen, sin considerar el último, nos desplazamos todos a una velocidad próxima al millón de km/h. Lector amigo, ¿te lo crees tú?

El astrónomo Ismaël Boilliau, autor de la Astronomia Philolaïca, en 1645, la obra más importante entre Kepler y Newton, aún defendía el movimiento de la Tierra, porque no era creído por mucha gente, incluso astrónomos. Esto, un siglo después de la publicación de De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de las esferas celestes), de Copérnico, cuyas ideas circularon antes en su opúsculo De hypothesibus motuum coelestium a se constitutis commentariolus, no editado hasta 1877. En mi ya citado relato De la Fortuna y el Tiempo, sugiero con fundamento que Carlos V tenía ese manuscrito en Yuste y se lo regaló a Juanelo Turriano al morir.

Hasta los astrónomos de mediados del siglo XVII desconfiaban. Como sigue ocurriendo ahora, entre las gentes con sentido común, que cada vez somos menos. La Tierra se mueve... ¿Por qué, desde cuándo? Yo no la veo moverse y tampoco noto ningún movimiento. Pues, entonces. Si eso se le había ocurrido ya a un griego, un tal Aristarco de Samos (310 – 230 a. C.), según contó Arquímedes, y nadie le hizo caso en aquellos tiempos dorados. Los pitagóricos parece que sí lo creían, pero eran tipos bastante extraños, que no comían carne ni habas, ni usaban prendas de lana, etc. Pasaron luego unos dos mil años y nadie se acordaba de todo eso, porque las gentes de entonces tenían más sesera y no creían las cosas tan fácilmente como ahora, que parecemos bobos y nos tienen como atontados con la televisión, que es la que tiene la culpa de todo.