4 de septiembre de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (fin)


Los puros nombres de países, regiones o ciudades pueden ser también muy bellos. De joven, haciendo autostop, estuve cierta vez más tiempo del que era menester en las afueras de un pueblo con un nombre que parece arrancado de los antiguos libros de caballería: Peñaranda de Bracamonte. Escribí, en una obra mía: “Damasco... Sólo la palabra me había embrujado desde siempre. Las palabras encierran muchas veces la esencia, el secreto de las cosas”. Pablo Neruda confesó que vivía en los bellos nombres, “gozando de cada sílaba, en el nombre de Singapur, en el de Samarkanda. […] Deseo que cuando me muera me entierren en un nombre, en un sonoro nombre bien escogido, para que sus sílabas canten sobre mis huesos, cerca del mar”.

De todos estos nombres, el que para mí tiene un atractivo más irresistible es el de Samarkanda. Una ciudad de unos tres mil años, en la legendaria Ruta de la Seda, en la que se fundó la primera fábrica de papel del mundo islámico y en la que hay un barrio que se llama Madrid. Porque muy a principios del siglo XV llegó hasta ella una embajada castellana, a cargo de Ruy González de Clavijo, que escribió a la vuelta su Embajada a Tamorlán. Allí está la bellísima mezquita mandada construir por la hermosa y frágil princesa china Bibi Janum, esposa de Tamerlan, de quien ya hablé en este blog. Una ciudad poblada de ensueños, en la que la Muerte se pasea libre por plazas y mercados y habla con respeto y maneras al califa, como también conté.

A nuestro alcalde, en su retiro y soledad forzosos, le vino a la memoria, sin saber por qué, aquella encendida divisa, escrita en lengua persa y grabada sobre el Salón del Trono del palacio de los Grandes Mogoles de Delhi, en la India: “Si el cielo ha descendido alguna vez a la superficie de la Tierra, es aquí, es aquí, es aquí”. Y pensó que también de España, desde Rosas a Ayamonte, desde Fisterra a Cabo de Palos, se podría decir algo parecido, expresándolo más modestamente; que también España podía considerarse con justicia un país privilegiado, dentro del siempre imperfecto mundo en que vivimos. A pesar de nuestros problemas, uno de los cuales es precisamente el de algunos fenicios insaciables y equivocados. Las tres cosas más dulces para los poetas árabes son el murmullo del agua, la voz de la mujer querida y el tintineo del oro. Estos modernos fenicios adoran el secreto silbo de los euros, que ellos son capaces de percibir, aunque se produzca en Andorra, Suiza o las islas Cayman. Y son habilísimos en distraer la atención de la gente con asuntos alejados, en crear y fomentar problemas inexistentes, para esconder y proteger sus negocios y corruptelas.

En definitiva, se dijo, el modo de crear comunidades orgullosas y ciegas no es demasiado difícil; pasa por descerebrar un par de generaciones. La suerte, la mala suerte, puede hacer que se caiga en manos de algún demagogo de los que gustan embarcarse en descabelladas aventuras o en las de un soñador que crea poseer el elixir mágico que transforma a los pueblos. Estas prédicas fáciles prenden en patriotas sencillos, que no conocen el daño que pueden causar con sus trivialidades. Sanchez Albornoz ya escribió sobre “los desgarrones de la unidad hispana, que sólo en daño de los pueblos españoles todos y en beneficio de sus émulos se han realizado siempre y pueden realizarse todavía” (Españoles ante la historia).
 
Habla, pues, don Claudio de “los grandes daños que las secesiones han ocasionado a la comunidad histórica peninsular”. ¿Habrá muchos entre estas huestes soberanistas que hayan leído al insigne historiador? ¿O se quedaron sólo con la historia y leyendas de Guifré el Pilós? David era optimista, a pesar de todo, y recordaba y hacía suyas las palabras de Pablo Neruda, en otras circunstancias muy diversas: “Entrará la luz definitiva por los ojos entreabiertos. Nos entenderemos todos. Progresaremos juntos. Esta esperanza es irrevocable”.
 
Remembró igualmente aquella inolvidable visita que hicieron al pueblo, recién nombrado él alcalde, el presidente Artur Mas y su invitado el barón Cósimo Piovasco de Rondò. El barón andaba siempre con las mismas ideas, que le venían de cuando su familia luchó ardientemente para forjar la unidad de Italia, y que soltaba en cuanto podía, vinieran o no a cuento: “Si vas a construir un muro, piensa en lo que queda fuera”. Pero que eran muy verdad, pensó David, porque, cuando levantas una muralla para aislarte, lo que queda dentro no es lo importante, aunque de momento pueda resultar tranquilizador o ventajoso. Es lo que queda fuera lo que se pierde para siempre, lo que nos empobrece fatalmente, aquello a lo que se renuncia sin necesidad, sin justificación.

Sumido en estas consideraciones, David se quedó plácidamente dormido en la sobretarde del domingo estivo. Muy poco después llegaban Montse y Roberto Enrique, ambos relativamente contentos, como ya se ha dicho. Montse había recibido el constante y callado homenaje de los chicos, sin ninguna consecuencia molesta, y eso tampoco es tan desagradable. Roberto Enrique había gozado de la cercanía de Jordi. Entendió desde el principio que no podía aspirar a otra cosa, lo aceptó así y se contentó con admirar devotamente, con culto de dulía, la radiante belleza del mozo. Y, como siempre, la vida, esa mezcla de frustraciones y deleites renovada incansablemente, siguió su invariable curso, amable a veces, triste en ocasiones y engañosa siempre. FIN DEL RELATO.