2 de septiembre de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (III)


Entretanto, el contencioso se había afianzado en la calle, en los pueblos cercanos, en la comarca, en la comunidad entera. De hecho, el abad de un monasterio próximo le dedicó una homilía, en la que establecía el derecho a decidir de los afectados en cualquier litigio como uno de los derechos fundamentales de la persona humana (sic, de la persona humana). Se basó el buen abad en datos que manejaba ya desde hacía mucho tiempo y que por fin se había decidido a hacer públicos. Se trataba de que, como se recogía claramente en Deuteronomio 9, 17, hubo una primera versión de las Tablas de la Ley dadas a Moisés, que este rompió con sus propias manos en un ataque de ira. Esta primera versión era más amplia que la segunda, la que conocemos hoy día, afirmaba el abad, y en ella se recogía escrupulosamente el derecho a decidir. Por cierto, continuó, esta primera versión estaba escrita muy probablemente en catalán, aunque confesó no tener todavía las pruebas definitivas.

No se avistaba una solución pronta al conflicto y las posiciones parecían inmodificables. Continuaron las interminables conversaciones. El alcalde empezó a temer que esta espinosa controversia acabara influyendo negativamente en las próximas elecciones municipales y trató de buscar una solución. Confiaba infinitamente en Montse, pero también tenía muy mala impresión de los tres pretendientes. En realidad, de dos de ellos, según manifestó a Roberto Enrique en privado:

— Roberto Enrique, de estos tres mozos, Jordi es un guapazo, tiene todas las hembras que quiere y lo que le resulta difícil es quitárselas de encima. Sin embargo, los otros dos me parecen verdaderos menesterosos sexuales, que en su vida no se van a ver en otra. Se han negado a que yo esté presente en esa celebración del fin de semana en la costa y aseguran que eso es innegociable. Voy a proponerles que tú sí estés presente y veremos si llegamos a algún tipo de arreglo.

Montse seguía distraídamente todo el proceso, casi como si no fuera con ella. Recordaba confusamente a muchos de sus paisanos y cuando vio en un periódico la fotografía de los tres porfiadores, con sus nombres de pila, se llevó una sorpresa mayúscula. Porque a este Jordi, que era hijo de una vecina y unos diez años menor que ella, recordó haberle tenido en su falda y jugar con él, cuando ella era todavía casi una niña y él un rapazuelo de dos o tres años, una ricura de niño, conocido y querido en todo el barrio. ¡Por Dios bendito, cómo es ahora Jordi!, se dijo para sus adentros, ¡qué pedazo de angelote se ha hecho! Y la manía esa que le ha entrado de pasar un fin de semana de fiesta conmigo, se volvió a decir para sus adentros, olvidada completamente de que los sujetos con tal pretensión eran tres, exactamente tres, y no sólo el espléndido rubio; la mente humana funciona así. Veremos en qué queda todo este asunto, se dijo otra vez para sus adentros, ya con cierta resignación y un poco harta de hablar siempre para sus adentros, en vez de poder hacerlo con alguna amiga de confianza, que es mucho más divertido. Es que el Jordi, aquel Ganimedes al que había visto desde que nació, la había descolocado un poco, la verdad. Y se le veía tan desvalido… Bueno, eso de desvalido me lo acabo de inventar yo ahora mismo y no hay razón alguna que lo sustente, reconoció Montse, que no era tonta, siempre para sus adentros.

Las negociaciones siguieron avanzando hasta que se llegó trabajosamente a un cierto acuerdo. Aceptando las normas de la democracia circunstanciada, se dio vía libre a una celebración conjunta de fin de semana en Arenys de Mar, sin la presencia del alcalde, pero sí la del Secretario del Ayuntamiento, que actuaría como organizador, mediador y, en caso necesario, moderador, en cualquier sentido posible.

Cuando se le comunicó el resultado a Montse, la principal afectada después de todo, se sorprendió de la resolución final, que concedía prácticamente todo lo solicitado, pero lo tomó con filosofía, pensando que hacía un gran favor a su esposo, a su carrera política. La presencia de Roberto Enrique la tranquilizaba, en el sentido de que excluía la posibilidad de un ataque masivo e indiscriminado de los jóvenes y la protegía incluso de una, por otra parte impensable, debilidad suya frente a aquel bello Jordi, que había cambiado tanto desde que ella lo había conocido y tratado. Montse era bien consciente de su cordura y entereza frente al acoso de los hombres, que había padecido desde que tenía uso de razón, pero también sabía que el Demonio en las cosas de la carne es capaz de enredar las cosas muy sutil e irreparablemente. Cuando su marido le preguntó al final, si estaba dispuesta a jugar su papel en el acuerdo, respondió que sí, que lo haría con mucho gusto. Lo dijo así, con estas palabras, y el marido quedó un poco extrañado de esa extrema disponibilidad, que él había considerado difícil de conseguir. Montse se dio cuenta de este error subliminal, trató de enmendarlo y se corrigió:

— Bueno, quiero decir que me sacrificaré, que una ya no sabe ni lo que dice, con estas proposiciones tan alocadas y tan sin sentido.

Se celebró la reunión festiva y todo se pudo resolver pacíficamente, sin graves consecuencias para nadie. Jordi, sin negar la rotunda belleza de Montse, tenía problemas de agenda para atender sus propios líos y la consideró además ya algo mayor y demasiado intelectual para sus gustos y querencias. Tuvieron tiempo, eso sí, de recordar el pasado y reírse con lo que le contaba ella, de manera absolutamente maternal, sobre algún detalle de su vida de niño. Jordi tuvo más bien que dedicar la mayor parte de su tiempo a defenderse de los suaves y discretos ataques de Roberto Enrique, que le aconsejaba constantemente y aprovechaba cualquier ocasión para estar junto a él e intentar algún levísimo toqueteo. Los otros dos aspirantes, cuando se vieron en la cercanía de la mujer, comprendieron en un momento, por muchas razones, que era una meta inaccesible, que pertenecía a un Olimpo de diosas imposibles y se contentaron con gozar de su presencia y retratarse con ella en todas las ocasiones que pudieron. El alcalde, al final de la prueba, recibió alborozado a su esposa y la vida continuó plácida y feliz en aquella parte privilegiada del mundo.

Mucho de lo que he relatado se ha conocido también por las noticias de prensa. Sólo he querido reconstruir, brevemente, la historia completa, para dar una idea de cómo hablando se entiende la gente y de cómo el diálogo es una fuente inagotable de bendiciones. Y mostrar esa nueva forma de democracia, la circunstanciada, que hace furor en algunas áreas del Estado español, como ya dije.

Sólo algunos detalles más. Explicaré cómo vivió el alcalde el episodio final del enmarañado asunto. Durante la dichosa celebración, Montse y él hablaron alguna vez, como era lo acordado por las partes, y también recibió los informes pertinentes del Secretario. Ese fin de semana, David resolvió algunos expedientes en el Ayuntamiento y el resto del tiempo se refugió en su casa, oyendo música, como hacía otras veces, cuando la idiocia e insensatez del mundo se le hacían demasiado evidentes. Con su bebida preferida: agua de Vichy catalán, ese invento formidable, bien fría.
(continuará)