3 de septiembre de 2014

Singular odisea de un alcalde del Maresme (IV)


Oyó el alcalde los tres cuartetos para cuerda que el desgraciado conde, después príncipe, Andreas Kirillovich Razumovski comisionó a Beethoven en 1806, los llamados por ello cuartetos Razumovski. Recordaba David la historia de este noble: construyó a sus expensas un suntuoso palacio junto al Danubio y en la Nochevieja  del 1814, para honrar al zar Alejandro I, dio allí un baile. Los invitados eran tantos que se hubo de habilitar un espacio adicional, calentado con tubos que venían del edificio principal. Tras la fiesta empezaron a arder estas tuberías, el fuego se propagó con rapidez y buena parte del palacio quedó destruida. El príncipe apareció enajenado y perdido, vagando solo y sin rumbo entre las ruinas al amanecer, con la vista seriamente dañada. Lo que le estaba pasando a él, pensó David, era una minucia comparada con esa tragedia. Porque, además, confiaba totalmente en Montse, en su inteligencia, en su buen sentido. Recientemente, cuando cierto político catalán había reconocido públicamente la ocultación de un capital, David le hizo ver que era un caso concreto y no se podía aplicar a todos. Montse le recordó entonces el pasaje de La vida de Lazarillo de Tormes, cuando el ciego acusa a Lázaro de comer las uvas de tres en tres y este le pregunta maravillado que cómo lo sabe. A lo que el sagacísimo ciego contesta: “Porque yo comía de dos en dos y callabas”. No, a Montse no la iban a engatusar, a engañar.

Siguió después con música más mundana, pero no menos agradable. Como aquella canción, una de sus preferidas,  Paloma blanca (Coloma blanca, en catalán), que cantaban al alimón María Dolores Pradera y María del Mar Bonet. Le gustaba la voz fluida y ajustada de la Pradera cantando en castellano, pero se confesó que aún le gustaba más la dulcísima y delicada voz de la Bonet. Y cuando esta cantó en catalán, admitió sin reservas la musicalidad de esa lengua, que era también la suya, porque era perfectamente bilingüe. Sería una pena que lenguas así se perdieran. Sobre todo esta, relacionada con el occitano, la lengua en que los antiguos trovadores medievales empezaron a cantar la destilación del amor, el amor cortés, descubierto por entonces.

El problema surge, pensó, cuando se hipertrofian los afectos y las querencias, cuando nos empeñamos en hacer de lo nuestro lo mejor, lo inigualable, y empezamos a desdeñar lo ajeno. Si pensamos que el catalán es la más lengua más perfecta del mundo, tropezaremos, antes o después, con los que otorgan esa preeminencia al vascuence, por poner un ejemplo. Esta última fue, para el padre Pablo de Astarloa, la primera lengua hablada en el mundo, anterior al hebreo y fue Túbal, nieto de Noe, quien la trajo a España. El jesuita Manuel de Larramendi creía igualmente que era una de las setenta y cinco lenguas —ni una más, ni una menos— que surgieron después de Babel. Todo eso, en el fondo, son naderías, porque el abate Dominique Lahetjuzan (1766-1818) afirmó que era la lengua hablada en el Paraíso Terrenal, y el también abate vasco francés, Diharce de Bidassouet, aseguró un poco después que era la lengua que manejaba el Creador. Un catalán y un vasco, proclamando ambos esta supuesta supremacía de sus respectivas lenguas, no pueden tener razón los dos. Forzosamente, la razón ha de ser de uno o del otro o de ninguno de los dos. Son las irrebatibles cosas de la lógica.

Lo mismo ocurre si alguien opina que el enclave urbano más bello y recoleto del mundo es la Plaça de Sant Jaume, en Barcelona. Porque entonces se enfrentaría a la opinión del sabio y polígrafo italiano Edwin Cerio, convencido de que “la obra maestra de Dios es la plaza de Capri”. Una opinión difícil de rebatir, además, porque Cerio era historiador, ingeniero, arquitecto, botánico, etc. Fue quien proyectó el ferrocarril transandino, que comunicó Santiago de Chile y Buenos Aires, y fue también alcalde de Capri, la ciudad en la que había nacido. Hablaba seis idiomas, escribió ficción y fue editor de una revista literaria, Tra il riso e il pianto.

Es que hay que tener cuidado con lo que se dice o con lo que se sueña. No debería uno consubstanciarse con ninguna realidad, porque la realidad la aprecia cada cual a su manera y las impresiones subjetivas pueden resultar falaces. Un madrileño podría estar tentado de afirmar que el aire de la sierra del Guadarrama es el más delgado y limpio del planeta. Haciéndolo, se opondría inevitablemente al gran escritor, periodista y diplomático mejicano Alfonso Reyes, quien ponderaba que era precisamente la meseta de Anáhuac la región del mundo en la que el aire es más transparente.
(continuará)