26 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (III, fin)


El poema aún permanece en todos nosotros, los colegiales de entonces, a más de medio siglo de distancia. Se cuela en nuestros sueños, en nuestros escritos, sin que nos demos cuenta. Junto al nombre de Jaime, aquel poeta que conocimos de jóvenes, el primer poeta que conocimos, que andaba despreocupado por el Colegio, con cierto desaliño bohemio, habitante ya del Parnaso y tan accesible. En unos versos en broma, ripiosos, que escribí a un amigo, eminente médico y poeta —ahora conozco a bastantes—, se coló de rondón el famoso viento tejano, agazapado en el recuerdo, siempre esperando, pronto a renacer. Contaba yo a mi amigo, Francisco Loredo (Floredo en su antiguo e-mail), mis venturas de amor en Nueva York. La primera fue precisamente con una tejana, que trabajaba junto a mi Servicio en el hospital. Quizá es algo divertido y copio una parte; así me desvío un momento hacia lo liviano en esta última entrada:

La primera flor
de este largo cuento
de amores lejanos
era de un desierto;
porque era de Tejas,
¡qué tiempos aquellos!
Trabajaba al lado
y ahuyentó al invierno.
Yo la fui cercando,
andaba al acecho.
Un día propicio
la ataqué certero.
“Flor —le dije, impávido—,
aquí está tu tiesto”.
Luego el resultado
fue justo el inverso.
No sé si me explico,
pero yo me entiendo.
Ella me miró
y cedió, riendo.
¡Si no cegué entonces,
nunca seré ciego!
Viento
de
Tejas.
Amor
en el
aire.
Jamás
podré
olvidarte.
Y dejo
mi corazón
en prenda.
Todo está muy bien,
pero en estos versos
has pulverizado
las rimas en e, o,
puede que me digas,
querido Floredo.
Y ante tal reproche,
presto te contesto:
Es que no son míos,
estos van en serio.
Son de un poeta amigo,
del mismo Colegio,
que se llama Jaime
y Ferrán lüego.

No era el viento de Tejas, pero en Nueva York también el amor endulzaba el aire. El azar me lo trajo con una chica tejana. ¿Quién sabe qué vueltas dio el famoso viento de Jaime? Quizá lo respiró allí mi amiga y por eso fue amable conmigo. Los vientos son libres, soplan cuando quieren y hacia donde quieren y lo único que cabe hacer es aprovecharlos cuando vienen de cola y tratar de arreglarse con ellos cuando son de cara. Y encontrar, si hay suerte, el que nos envuelva y lleve durante toda la vida.

Digo otra vez que aquellos viejos versos están bien interiorizados, asimilados y rebrotan en cualquier momento. Se me asomaron a mí, contemplando no hace tanto tiempo los olivos de mi tierra:
Úbeda,
al caer
la tarde.
Azogue y plata,
los olivares.
El esfuerzo
en los surcos
y el amor
en el aire.
Volveré siempre
y dejo
mi corazón
garante.

Son versos inspirados en los de Jaime, sin su gracia. Pero no son plagio, porque, en este caso, se cumple lo que decía de las coplas el otro Machado, Manuel: y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor. Aquí, el pueblo somos todos aquellos jóvenes estudiantes, que un día aprendimos un pequeño poema, escrito por uno de nosotros, una especie de hermano mayor, y ya no lo hemos querido o podido olvidar.

He escrito muy recientemente de una desviación que puede darse, más o menos consciente, en algunos obituarios: que sirvan de ocasión, con el pretexto de recordar al difunto, para hablar de uno, aunque sea al explicar la relación con el fallecido. No querría, en manera alguna, que este fuera mi caso. He hablado de Jaime, de mi relación con él, porque es la más poderosa razón que me ha llevado a traerle a estas páginas. Como dije al principio, no me atrevería a analizar el conjunto de su obra, porque no la conozco con el debido detalle. En los tiempos del Colegio me la sabía mejor, y pienso que su estilo se ha mantenido más o menos constante. De todas maneras, me siento obligado a dar algunos datos de su biografía, que resumiré muy brevemente.

Jaime Ferrán y Camps nació en Cervera (Lérida) en 1928 y en su juventud formó parte del grupo de poetas catalanes que integraron la llamada ‘generación del Medio Siglo’: Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goitysolo, Alfonso Costafreda, etc. Cuando vivió en el Colegio, ya había publicado algunos libros de poemas: Desde esta orilla (1952), Poemas del viajero (1953), Descubrimiento de América (1957), Canciones para Dulcinea (1959). Por el primero obtuvo un accésit en el prestigioso premio de poesía Adonais, de Editorial Rialp, en 1952, con sólo veinticuatro años.

En 1960 marchó como profesor de literatura a la Colgate University y en 1963 empezó en la Syracuse University. Ha publicado también en prosa, ha escrito ensayos sobre Lope y Josep Vicenç Foix y traducido, con su esposa Carmen, a Yeats, Ezra Pound y Mary McCarthy. En el 2001, Ferrán reunió sus recuerdos personales y literarios en Memòries de Ponent, escrita en catalán y galardonada con el Premio Gaziel, en donde cuenta su infancia, sus tiempos de estudiante en Barcelona y Madrid y sus años de profesor en Estados Unidos.

Es triste escribir obituarios. Llevo muy mal que se mueran mis amigos. Morirse uno es más sencillo, menos complicado, más cómodo. Y no hay que asistir a ningún funeral en donde alguien, sin gran experiencia personal directa, hable de lo bien que se pasa de muerto. En este tema, la suprema sabiduría la condensó la señora aquella que argüía: Bonito el cielo, sí, pero como en casa no se está en ninguna parte.

Más en serio: ir quedándose solo tampoco es nada bueno. En un relato mío, El reino de Ta, cuento lo siguiente: Piasta, el rey de los veranos gaélicos, en una edad ya avanzada quiso viajar a Tirnanoge, la tierra de la perpetua juventud, nunca visitada por la Muerte. Preparaba el viaje cuando se le presentaron unas hadas y le preguntaron: Rey Piasta, ¿te gustaría seguir viviendo cuando ya hayan muerto tus caballos y tus canes, los maestros que te guiaron en la vida, las mujeres que te dieron su amor, los armados compañeros de las batallas? ¿Te gustaría vivir en un mundo en el que no tendrás a nadie con quien compartir un recuerdo de infancia y mocedad? El rey se llegó hasta la ribera de un río y meditó las preguntas de las hadas. Al final, después de haberlo pensado mucho, decidió no ir a Tirnagoge, y dejarse morir, cuando le llegase su hora.

Sólo queda ya la esperanza de encontrar a Jaime en algún otro sitio. De que, finalmente, el viento de Tejas nos encuentre juntos y nos arrebate a los dos. Y a Carmen, claro. Y a los colegiales que pasaron por el Colegio y lo conocieron u oyeron hablar de él. Y a las mujeres que nos acompañaron en nuestras vidas. En fin, a todos. Con el amor ya afianzado y dueño definitivo e indiscutible del aire.

25 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (II)


En Otoño ya empiezan las filosofías, mala cosa. Cuando se es feliz, la vida —la naturaleza, la esencia de la vida— no preocupa gran cosa: se vive, simplemente. En el primer poema de este apartado, ya se ponen límites al amor, ya se habla de cosas imposibles. Durante una buena parte de la vida, lo imposible, en un cierto sentido, no existe. Un buen día se instala tal noción entre nosotros y ya no puede ser desterrada. Amamos lo imposible. / Buscamos más allá / de lo que ven los ojos / la última verdad / y nunca la encontramos, / se evade una vez más. Y un poco más tarde, aparece la odiosa, la obscena palabra: Envejecer es irse despidiendo / de todos y de todo. Envejecer es irse / poco a poco. La vejez puede ser otras cosas —puede ser la ocasión para vivir vidas que no fueron posibles antes—, pero repito lo que ya dije al principio: la poesía no demanda, ni tolera, ser analizada. La poesía es la gran sugeridora de temas, la ganzúa, la falsa llave, que es capaz de abrir puertas muy diversas, esa es su virtud.

En Invierno, se concretan los malos augurios avanzados en otros momentos; llega el final, el que se presume y anticipa desde el mismo principio. El poeta confiesa: No estaba preparado / para el final. Nunca lo estamos. /Llegó por la mañana. […] Vino la enfermera… / Se pararon dos ciervos / en el jardín. / Cuando nos lo dijeron / ya no estaban. Tú también te habías ido. No se puede aludir de forma más alígera y elusiva a la muerte. Unas páginas más adelante, Carmen ya está ausente, presente de otro modo, para siempre, definitivamente: Eres ahora / ya presencia encantada, / ceniza de aquel fuego / que nunca se apagara, / calor en el invierno / y murmullo del agua / en la tierra sedienta, / luz en la noche clara…

El libro es un lento canto a Carmen, cuyo rostro aparece sobre un fondo negro en la portada. Es una confesión sincera, una profesión rotunda e incondicional de amor, como quizá sólo hacemos a alguien que está ya en la otra orilla. Porque la percepción del amor se acrecienta y magnifica con la ausencia definitiva y uno se libera del pudor que impone la cercanía, el que permanece incluso en la entrega más rendida. En el libro, sin embargo, la tristeza nunca parece excesiva, está embellecida por el consentimiento y una resignación generosa y lúcida. Es una tristeza bella, una dulce melancolía, como corresponde a un poeta enamorado y agradecido, que conoce y valora el privilegio de una relación intensa, excepcional. La contención verbal y la delicadeza acompañan cada página del libro. Nada es exagerado o excesivo. Los recursos verbales son los justos y apropiados. Si alguien ha sugerido que el buen estilo literario está hecho de renuncias, aludiendo a la exclusión de lo innecesario y superfluo, se puede afirmar que ese es el estilo del poeta, sereno, horaciano.

Es también, sin proponérselo, una breve biografía, la historia de una vida, o de dos, como la de cualquiera de nosotros; por eso es tan entendible, tan compartible. Los detalles, los acontecimientos se narran sin intención, sólo para acompañar, para situar lo que va aconteciendo con los años, en torno a lo principal, a lo que de verdad cuenta, a lo único que importa: la permanencia del amor, la unión sagrada entre dos seres.

En una carta de hace bastantes años, la recientemente fallecida Carmen Balcells mencionaba a Jaime Ferrán, de quien era amiga desde su juventud, y me anunciaba el envío de ese libro suyo, Libro de Horas, al que calificaba como “pequeña joya”, el que he utilizado para espigar mis citas. Doña Carmen entendía de literaturas y me adhiero a su calificación del libro. En mi contestación le escribí: “Lleva usted razón, el libro es una joya. Su estilo es el de siempre: íntimo, tierno, sencillo y amable. Como él mismo. Leo sus poemas y vuelvo a oírle. Siempre nos saludaba llamándonos ‘viejo’, ‘maestro’, etc. En el Colegio, era un poco nuestro hermano mayor, el de todos. Le puedo asegurar que se le quería como a tal. En su casa eran diez hermanos, nosotros éramos doscientos”.

Porque yo había coincidido con el poeta, hace casi sesenta años, en un Colegio Mayor de Madrid. Al principio, era yo de los más jóvenes allí y él quizá el mayor, con su carrera terminada. Ya había publicado libros y eso le revestía, ante mí y ante todos nosotros, de una irrebatible magnificencia. Era además extraordinariamente accesible. Recuerdo que en una ocasión le pregunté que si sabía de la existencia de un Jaime Ferrán famoso —yo pensaba en Jaime Ferrán y Clua, el ilustre médico catalán que había diseñado algunas vacunas— y me contestó enseguida: Claro que sí, viejo, soy yo.

Mencioné antes un poema de Jaime que conocíamos todos en el Colegio. Era muy sencillo y corto y, cuando nos poníamos estupendos, lo que sucedía con frecuencia, lo recitábamos coralmente, en noches inolvidables, quizá después de haber asistido todos juntos a algún episodio de Los intocables, de Elliot Ness, que daban entonces en la incipiente televisión española. Eran impresionantes las doscientas voces declamando:              

Viento
de
Tejas.
Amor
en el
aire.
Jamás
podré
olvidarte.
Y dejo
mi corazón
en prenda.

Oigo el poema, todavía, con una acuidad que no tienen las voces y sonidos de ahora. No lo he olvidado; ciertas cosas no se pueden olvidar. Jaime estaba allí, sonriente y complacido. Nos había dicho muchas veces que el poema lo había escrito durante un concierto al aire libre, una noche de verano en Tejas, que era ya, también para nosotros, inolvidable, insuperable. Lo había escrito en el estrecho margen del programa y por eso era de versos tan cortos. Lector, créeme, si cierro un momento los ojos, lo vuelvo a oír, exactamente como entonces. ¡Qué misterio el de nuestros recuerdos!

Ese viento de Tejas era ya también nuestro, incorporado a nuestro inocente y virginal pasado. Y en Tejas, según certificaba nuestro querido Jaime, que tenía mucha más experiencia en todo que nosotros, el amor —ese amor por el que suspirábamos y que nos hostigaba entre clases y exámenes y siempre— estaba allí, en el aire; es decir, libre, ubérrimo, permeándolo todo, ofrecido a todos, para quien quisiera abrazarlo y apropiárselo. ¡Ah, Tejas, Estados Unidos…! ¿Cómo sería, en verdad, el viento de allí? ¿Y ese amor que habitaba en el aire? Habría que ir a ese país alguna vez, como había ido ya Jaime. Sí, habría que ir...
(continuará)

24 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (I)


No hay manera de embridar y domeñar este blog. Antes me estaba sugiriendo temas continuamente y decidí callarlo un poco y hacer menos frecuentes y más cortas mis entradas, mis posts. Con lo primero sólo he logrado que se me acumulen los temas pendientes y en lo segundo he fallado con clamor. Además, de momento he de cambiar la estrategia y publicar dos o tres entradas seguidas de extensión desusada, porque llevan versos y esto las alarga, aunque casi siempre trataré de escribirlos en línea.

Se trata de algo excepcional, claro: ha muerto, el seis de febrero, un excelente y querido poeta, Jaime Ferrán y Camps, a quien ya mencioné en mi entrada del 6 de julio del 2014, y tengo que hablar de él, del único libro suyo que tengo ahora a mano, Libro de Horas, y de un cortísimo poema, al que me referiré después. No podría, ni es mi intención, escribir un estudio serio sobre su poesía. No sabría distinguir un ‘primer Ferrán’, ‘un segundo Ferrán’, etc., esas sutilezas que encantan a los críticos sesudos. Pero puedo hablar un poco de él como persona, porque tuve el privilegio de conocerle; y del libro que menciono, que es una joya. Es del año 2008 y está dividido en cuatro partes, las cuatro estaciones del año.

Lo escribió el poeta unos ocho años después de la muerte de su esposa, Carmen Rodríguez de Velasco. No existe una correspondencia exacta entre el tono de los poemas y la estación del año en que están encuadrados, más bien revelan un cierto orden cronológico, con versos que remiten a su juventud agrupados en Primavera, a su madurez en Verano, etc. Los versos de Invierno, en los que se refleja, y hasta se cuenta, la muerte de Carmen, son sin duda los más tristes. En conjunto, es un libro triste, impregnado de una única ausencia-presencia, en el que se refrenda y justifica la cita inicial, del gran poeta portugués Luis Vaz de Camões: Vi que todo o bem pasado não e gosto mas é mágoa (Vi que todo bien pasado no es gozo sino tristeza).

El primer poema del libro, en el apartado Primavera, describe de manera tajante el contraste entre lo que persevera y lo que se desvanece (reproduzco, sólo en este caso, la disposición tipográfica original, que no respetaré en el futuro, para no complicar y alargar excesivamente la longitud de la entrada):

No pasa la pasión,
                               pasa la vida.
El tiempo pasa
                         y al pasar
                                          nosotros
con él pasamos.
                           Pero
no pasa la pasión.
                              El mismo fuego
me abrasa todavía
cuando te veo,
                        cuando te recuerdo.

Digo que es un libro triste, pero se trata de una tristeza mitigada, suave, esa que algunos han llamado tristeza poética. Pasa la vida, pero hay cosas que permanecen. En realidad, también puede ocurrir justamente lo contrario, que pase la pasión y la vida se haga larga y pesada. Este es el tipo de análisis que no se puede hacer en poesía, en la que cuenta, no la estricta racionalidad, sino lo hondo y peculiar del sentimiento, lo que canta el poeta. Aquí lo único que importa es la música y la belleza, el descubrimiento de un mundo personal, profundo, no pautado y acomodado a la lógica. La expresión íntima e incontaminada de una realidad, que nace y se impone en las palabras. Jaime y Carmen vivieron en Estados Unidos: en un país distinto / que se ha ido / haciendo nuestro noche a noche… Y ya está dicho, ahí está ya todo, no hay nada más que explicar.

Todavía en Primavera, hay unos versos muy machadianos, de los de don Antonio: Pasan las mañanas / y las tardes lentas / en la sala clara, / en la oscura escuela / de bibliotecarias / donde tú me esperas / cuando el día acaba / y la noche empieza… Son versos sencillos, frescos, con la rima y el repiqueteo del ritmo bien presentes. Hay otros muchos así en el libro. Y otros distintos, de ‘arte mayor’, entre los que muestro uno de los más alegres, con Carmen siempre en el cuadro. Aquí se canta su presencia: Nuestro primer viaje fue a Granada, / que descubrí, de nuevo, a tu costado: / la roja Alhambra, el dédalo / de cámaras secretas, los jardines, / el laberinto del Generalife / entre fuentes que cantan, el palacio / del César, la oscura catedral / con los Reyes dormidos, las tendillas / el alegre Albaicín, la mansa vega, / los cármenes al pie de la sierra…

En Verano la felicidad se hace perfectamente posible y sólo se torna huidiza y frágil al recordarla, tantos años después; de momento es sólida, maciza, indestructible: Verano en Santander. La Magdalena / es como un barco lleno de estudiantes… Y entonces surgió la noticia: un profesor de la Colgate University visita Madrid en busca de licenciados españoles para impartir enseñanzas en Estados Unidos. Y cuenta Jaime, como si fuera un asunto menor: Así se interrumpió nuestro verano. / Así cambió de rumbo nuestra vida. Permitidme añadir aquí unos versos míos: Y el destino, / o el puñetero profesor americano, / nos robó a Jaime. Desde entonces, / sólo pudimos verle en ocasiones, / cuando venía a restañar la herida, / la deuda que contrajo con nosotros, / que lo quisimos tanto, cuando éramos / tiernos devotos de él y lo admirábamos. / Bueno, lo que cuenta, es que fuera feliz. / Con eso solo, estábamos contentos.

Pasó algún tiempo, con la felicidad intacta aún. Volvían los dos, Carmen y Jaime, a Madrid alguna vez: De regreso a Madrid, / en la vieja colina de los chopos / hallamos la paz resucitada, / el jardín recoleto / y en él “sólo el amor” / que encontró Juan Ramón. Vinieron una vez en barco, en el Covadonga, de Nueva York a Bilbao, y se trajeron su coche americano, un Chevrolet Corvair, de moda entonces: Llevábamos a bordo / el Corvair, nuestra casa / pues que no la teníamos. […] En el blanco Corvair / íbamos y veníamos / de Barcelona al mar. ¡Cómo entiendo estos recuerdos del poeta! Mi coche en Nueva York era un Rambler. Cuando alguien me pregunta ahora si deseo todavía alguna cosa, respondo: Sí, volver a tener veinticinco años y recuperar mi viejo Rambler, que tiene que estar todavía en alguna parte; lo demás no me interesa.
(continuará)

18 de febrero de 2016

Elogio de la lengua latina


Palabras clave: Horacio,  Odas, Epodos, Padres Escolapios en Úbeda.

No era la primera vez, había ocurrido ya algunas otras veces, a la misma hora intempestiva, dos o tres de la mañana. Los diez vecinos de la casa conocían la causa del escándalo y eran benévolos con el alborotador. Se oía una voz infirme, temblorosa, pero potente; al principio, el discurso era incoherente, errático, siempre desolado, de una profunda tristeza. Se notaba claramente que el hombre que daba gritos y gemía estaba borracho, aunque jamás profería palabras sucias o malsonantes.

Luego, poco a poco, se iba serenando, disminuían en intensidad las voces, si bien se seguían oyendo en casi toda la casa. La ventana de la habitación de donde provenían, un dormitorio que daba a un patio interior común, estaba abierta y había luz. A veces hasta se podía ver al hombre que la ocupaba, de edad bastante avanzada. Al final, como en otras ocasiones, se oyeron nítidamente los versos latinos, pausados, solemnes:
Macies et nova febrium
terris incubuit cohors,
semotique prius tarda necessitas
Leti corripuit gradum.

(La miseria y una desconocida legión de enfermedades sobre la tierra cayeron, y la muerte inevitable, antes lejana, apresuró su paso).

El joven que vivía en el piso de enfrente, flamante doctor en Filología clásica, reconoció enseguida la oda de Horacio y no pudo evitar un estremecimiento, porque nunca la había oído recitar con tanta hondura, con tanto sentimiento. La dicción del recitador era ya perfecta, el ritmo delicado y exacto. Cómo debe de estar sufriendo el pobre don Gerardo, pensó. Ni un reproche se le vino a la mente; al contrario, se llenó de conmiseración por aquel hombre, que había sido su profesor de Latín en la Universidad y era reconocido como un brillantísimo experto en literatura clásica; uno de los hombres más nobles y educados de la ciudad. Hasta que vinieron las desgracias, la muerte del único hijo en un accidente de tráfico y, poco después, la de su esposa. No supo resistir el embate brutal del destino y se refugió en el alcohol.

El joven latinista continuó escuchando, porque sabía que vendrían nuevos versos. Don Gerardo comenzó otra vez, con voz grave, desgarrada y plañidera:

Eheu fugaces, Postume, Postume,
labuntur anni, nec pietas moram
rugis et instanti senectae
adferet indomitaeque morti.

(¡Ay, qué deprisa, Póstumo, Póstumo, se van los años!; y la piedad no hará que se retrasen las arrugas, ni la vejez que acosa, ni la indomable muerte).

Tras una pausa, siguieron otros versos, también de Horacio, de Epodos, 17:

Nullum ab labore me reclinat otium;
urget diem nox et dies noctem, nequest
levare tenta spiritu praecordia.

(No hay descanso que calme mis fatigas. La noche acosa al día, el día a la noche, y no es posible aliviar la angustia de mi pecho jadeante).

El joven pensó por un momento en acercarse al piso y tratar de confortar al pobre viejo, pero, por lo sucedido otras veces, supuso que todo terminaría pronto y optó por no hacer nada. Estos episodios se repitieron por un corto tiempo.

El joven doctorado de entonces, el que me contó la historia, que es totalmente real, fue luego catedrático de Latín en la Universidad y acaba de jubilarse. En un acto de homenaje y despedida que se le hizo, habló y, como era esperable, hizo algunas citas en latín, más bien jocosas, como conviene en estas circunstancias. Al pronunciarlas, la mayoría de los asistentes, profesores y alumnos de lenguas clásicas, reía con buen humor. Sentí mortal envidia por no entenderlas inmediatamente como ellos.

Si fuera forzoso escoger, comprendo que los jóvenes se dirijan a ciencias de las que depende la capacidad, no ya de inventar, sino hasta de utilizar lo que inventen otros. Pero, por fortuna, todo es conciliable y una buena base de latín incluso ayuda a la comprensión de términos científicos y neologismos. El latín fue vínculo universal durante gran parte de la historia de Occidente; en esa lengua están escritas algunas de las obras cimeras de la cultura humana. En ella resumo mi nostalgia, mi añoranza de un tiempo ido, no tan lejano. Leo, gracias al amable archivero don Valeriano, actas de los Escolapios de Úbeda, de hace cien años, escritas aún en latín. Acta capituli localis habiti in Domo Idubedensi die 17 mensis Martii anni 1912. Convenerunt ad sonum campanulae in Aula Capitulari infrascripti Patres, Rector et Vocales… Una delicia.

9 de febrero de 2016

De las infinitas variantes de la zafiedad


Palabras clave (key words): Chefs, vulgaridad extrema y coprolalia, Camilo J. Cela.

Hace casi exactamente un año, en febrero del 2015, me ocupaba yo en mi blog de los chefs, por los que siento una pasión difícil de controlar, y les dedicaba algunas entradas. Se paseó el Sol por el Zodiaco alrededor de la Tierra —o al revés, que nunca me acuerdo—, ajeno como siempre a las veleidades y estupideces de los seres humanos, y ahora un triste suceso me devuelve al mundo de los cocineros. Se trata de la muerte, quizá suicidio, de Benoît Violier, famoso chef suizo del restaurante Hôtel de Ville de Crissier, en el cantón de Vaud, en cuya principal ciudad, Lausanne, trabajé algún tiempo, estudiando el flujo cerebral en los ancianos y su respuesta a fármacos.

Buscando inocentemente en Internet datos sobre Violier, me encuentro con que otro famoso chef, este español, ha dicho, por no sé qué cosa, que “nos han ‘follao’ el culo” (sic), expresión de significado evidentísimo, pero que, sólo por culpa de no estar yo al día en esta excelsa literatura, tuve que congelarla mentalmente un momento para entenderla bien. Lo mismo ha dicho, con las mismas palabras, el técnico de un equipo de baloncesto. Esto me ha desviado de mi objetivo inicial y me lleva a escribir sobre verbo tan descriptivo, que parece gozar de mucho predicamento últimamente. Está documentado su uso desde 1732, con el significado de “soplar con fuelle”, y sólo a partir de 1905 designó la operación, casi siempre más distraída, de “practicar el coito”.

Pablo Iglesias recordó no ha mucho que en el mayo aquel famoso del 68, de hace ya siglos, los indignados de entonces preferían ‘hacer el amor’ y no la guerra. A este Pablo esa expresión le parece cursi, kitsch, frangollona: “Nosotros no hacemos el amor, nosotros follamos”. Lleva razón el hombre; hacer el amor es equívoco —hasta podría referirse a escribir algún soneto apasionado—, lo que queda felizmente resuelto con el distingo del brillante político. Ni siquiera emplea el verbo joder, aún ambiguo. Cela hizo ver que estar jodido era muy diferente de estar jodiendo. Sentidos opuestos que no se dan entre estar follado y estar follando, salvo en la forzosa distinción temporal: en el primer caso el ‘gustirrinín’ pertenece al pasado, por el carácter marcadamente efímero del asunto, que podría haberse diseñado mejor, más prolongado. En una novela mía, una vidente afirma que en los extraterrestres del planeta SK08, sospechosos de la abducción de un médico en Úbeda, la culminación del amor dura noventa minutos y ocurre en dos tiempos, con un pequeño descanso entre ambos. Tal que el fútbol, que naturalmente allí no existe.

El estar follado es un estado en el que podrían darse ciertas habilidades. Cela cuenta —no sé dónde, cito de memoria— el caso de una moza que, recién follada, era capaz de atravesar nadando cierta laguna en un santiamén, según testimonios. Aunque otro testigo lo niega y mantiene que la rapaza no era capaz de hacerlo “ni recién follada, ni follada de vísperas”.

Un sagaz crítico literario hizo en su tiempo una recensión del libro de un autor español contemporáneo. Apenas incide sobre su estilo, el lenguaje, la composición de la obra, etc. Casi todo el tiempo lo dedica a alabar con perseverancia al autor, manejando el botafumeiro a gogo, con energía y determinación. Siendo el autor no despreciable, no me gustó nada la recensión. En otro lugar el crítico afirmó también que “si folláramos más, escribiríamos menos”. Lo que sería bueno para los escritores y en bastantes casos para los lectores, pienso yo.

Hay que reconocer que aquí el crítico lo bordó, llegó con su mente hasta la misma médula del conocimiento. En efecto, si se hace una cosa no se puede, o es muy difícil, hacer la otra. Leer es diferente y se sabe la historia de un viajante de tejidos de Terrassa que, alejado a veces demasiado tiempo de su amante esposa, por razón del negocio, recalaba esporádicamente en alguna casa de tolerancia. En un caso, mientras el viajante desfogaba su pasión largo tiempo retenida, al observar que su compañera hojeaba el periódico, fue intolerante él, y le dijo, en plena faena: Ya sé que por doscientas pesetas no se puede exigir un amor verdadero, pero, collons, un poco de atención al acto. Llevaba razón. Mucho más que cuando se ponía la barretina y peroraba sobre el derecho a decidir, que también empezaba así las sesiones con el pretexto de que eso “le ponía”.

31 de enero de 2016

Acertijo francés y clases de inferencia


Palabras clave (key words): acertijo francés, clases de inferencia, Charles Sanders Peirce. 

La entrada de hoy empieza con un acertijo en francés; me consta que algunos de mis lectores manejan bien ese idioma. Se trata de leer lo siguiente:

C3 M355493 357 B13N DIFF1C1L3 4 L1R3
M415 VO7R3 C3RV34U 5’4D4P73 R4P1D3M3N7.
4U COMM3NC3M3N7 C’357 D1FF1C1L3,
M415 M41NT3N4N7 VOU5
Y P4RV3N3Z 54N5 D1FF1CUL73.
C3L4 PROUV3 4 QU3L PO1N7
VO7R3 C3RV34U L17 4U7OM4T1QU3M3N7
54N5 3EFFOR7 D3 VO7R3 P4R7.
5OY3Z F13R C3R741N35 P3R50NN35
3N 5ONT INC4P4BL35.
P4R7A93R 51 VOU5 4V3Z REU551 4 L1R3 C3 73X73.

        Preparar algo parecido con un texto español, me resulta tedioso. Para los lectores a los que resulte también fatigoso el buscar la solución, muestro el texto francés:
 
Ce message est bien difficile à lire,
mais votre cerveau s’adapte rapidement.
Au commencement c’est difficile,
mais maintenant vous
y parvenez sans difficulté.
Cela prouve à quel point
votre cerveau lit automatiquement
sans effort de votre part.
Soyez fier, certaines personnes
en sont incapables.
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Lo que me interesa señalar ahora es que, al descifrar este enigma, el cerebro va un poco por libre. No lo resuelve mediante un proceso lógico, pautado, exhaustivo, aunque tampoco es en modo alguno un desarrollo irracional. Supone un razonamiento rápido, directo, que podría calificarse de intuitivo. Se identifican unas pocas palabras iniciales y ya se sigue casi sin pensar. Esto me lleva a hablar un poco sobre las clases de inferencia. Inferir consiste en sacar una consecuencia de unos datos o conocimientos previos, de acuerdo con principios formales, lógicos. Para algunos pensadores esto no está tan claro con cierto tipo de inferencias; tan importantes, que merece la pena detenerse.

El lector conoce los términos de deducción e inducción y no me detendré en ellos. Pero hay otro tipo de inferencia, la abducción —término introducido por Charles Sanders Peirce en el XIX, aunque hay antecedentes en Aristóteles y Platón—, que representa la máxima potencia para ampliar nuestro horizonte cognitivo. En la abducción, pasamos de la observación de ciertos hechos a proponer un principio general que los explique; es una inferencia que va de un conjunto de datos a una hipótesis explicativa, de los efectos a las causas, por lo que ha recibido también el nombre de retroducción, un “razonar hacia atrás”. Una operación mental que crea ideas nuevas; de ahí su importancia para la ciencia. El cerebro da un salto adelante y vuela libre. Remedando la inscripción en un grabado de la serie Caprichos de Goya, podría decirse que “el vuelo de la razón produce hipótesis”. El mecanismo de resolución del acertijo francés no es ese, pero lo recuerda levemente y sirve de pretexto para estas elucubraciones mías.

Es imposible tratar el tema aquí y me limito a insinuarlo para quien quiera completar su desarrollo en otro lugar. Pondré sólo el ejemplo de Peirce:

DEDUCCION : Regla: Todas las judías de esta bolsa son blancas (lo sé). Casos: Tomo unas judías de la bolsa, sin verlas. Resultado: Las judías son blancas.

INDUCCION: Casos: Tomo unas cuantas judías de una bolsa. Resultado: Las judías son blancas (lo veo). Regla: Todas las judías de la bolsa son blancas.

ABDUCCION: Regla: Todas las judías de una bolsa son blancas. Casos: Veo unas judías blancas junto a la bolsa. Resultado: Estas judías son de esta bolsa.

La seguridad, la certeza, del resultado no es la misma en estas tres situaciones; hay una gradación de la misma. De la deducción a la inducción a la abducción hay una progresiva pérdida de certeza. Pero hay también un aumento de la productividad del pensamiento, de la “ubertad” (traduzco del inglés uberty; en latín, existe ubertas). La deducción explica y prueba que algo tiene que ser; la inducción evalúa y muestra que algo es y, finalmente, la abducción meramente sugiere que algo puede ser.
 

24 de enero de 2016

De números grandes, de la divina proporción


Palabras clave (key words): Gúgol, Universo, biblioteca de Borges, Luca Pacioli.

Uno de los grandes números más conocidos es el llamado Gúgol, que tiene mi edad, ya que fue en 1938 cuando lo definió el matemático americano Edward Kasner, con el nombre que le dio su sobrino Milton, de nueve años. Su valor es 10^100, un uno seguido de cien ceros. En mi entrada del 5/1/2016, hablando sobre la probabilidad de un empate en una votación, escribí cantidades mucho mayores, como 1.914563504E+910, en donde figura un uno seguido de 910 ceros. Hablaré hoy de un acertijo frecuente entre matemáticos: ¿cuál es el número más alto que se puede escribir con sólo tres dígitos?

La respuesta es así: con tres nueves, escribiendo 9^9^9 (el signo ^ quiere decir potenciación) se obtiene el número 1.966270505E+77. Es lo mismo que 9^81, ya que 9*9=81 (el asterisco indica multiplicación). ¿Incómodo con estas cifras? ¡Bah!, yo, modestamente, me manejo con estos números como si hablara de docenas de huevos, con la misma facilidad. Lector, un momento, antes de seguir: no me creas todo lo que te digo. Ahora bien, si escribo 9^(9^9), con un paréntesis, entonces la cosa cambia. Porque no se trata de elevar 9 a la potencia 81, sino a la (9^9). O sea, 9^387420489. Esto ya es un número de 370 millones de dígitos. Tampoco son tantos, ¿verdad? Una futesa.

Para ir clarificando un poco, hablaré de cosas más concretas y diré el número de átomos que hay en el Universo. Diversas estimaciones lo cifran en unos 10^80, mucho menos de un gúgol. Pero no hay que fiarse, porque la materia oscura (~25 %) y la energía oscura (~70 %) dejan sólo un ~5 % de materia ordinaria, visible (bariónica). En todo caso, 9^387420489 excede cualquier cálculo de las partículas del Cosmos. Es que el Universo, en cierto sentido, es pequeñito, comparado con otros reductos imaginados por el hombre, y además está casi vacío. Borges soñó una biblioteca con libros de 410 páginas y cuarenta líneas de ochenta caracteres; o sea, 1312000 símbolos cada libro. Como hay 25 símbolos distintos para cada carácter (22 letras, el punto, la coma y el espacio), el número de libros posibles es 25^1312000, igual a 1.956*10^1834097, o, en notación científica, 1.956E+1834097. Cifra impensable, desconcertante, pero de ningún modo infinita; una pamema para cualquier Dios que se precie.

Entre esos libros habrá uno sin letra alguna, en blanco, y otros que tendrán sólo una letra. Otros repetirán la misma letra de principio a fin. Otros no tendrán puntos ni comas, como algunos de narrativa ‘moderna’. Muchos no tendrán sentido, pero todas las grandes obras escritas por el hombre estarán allí. Esta entrada, desgraciadamente, no estará. ¿Sabes por qué?, lector. Porque tiene números y Borges no los consideró.

Esta amenazante entrada empezó a fraguarse esta mañana, al leer en alguna parte que las tarjetas de los bancos, dinero plástico que llaman, tenían dimensiones de acuerdo con la razón áurea. Si veo algo así tengo que comprobarlo con urgencia; no lo puedo evitar, cada uno es como es. Lo hice y no es verdad, sus medidas no son las de la razón áurea. Pero ya me metí en números y me perdí. Digo dos palabras más sobre esto y acabo.

Un segmento puede dividirse en dos, a y b, de tal manera que el cociente entre la longitud total (a+b) y la del más largo (a), sea como la de a al más corto, b. Y esa razón, que se designa con la letra griega Φ (phi), por el escultor griego Fidias, que la utilizó en sus obras, se dice que dota de una especial elegancia o belleza a las figuras que la cumplen. Longitud y ancho de las tarjetas bancarias se acercan a esa proporción áurea, pero no exactamente. Claro que, una tarjeta de esas ‘black’, con crédito ilimitado y gratuito, también tiene su gracia y su aquel. Φ vale 1.618…, y es un número irracional con infinitos decimales. Su inverso, 1/Φ, es igual a 0.618… y Φ^2 es 2.618…, y los decimales son los mismos siempre. De razón o proporción áurea, número áureo, divina proporción, etc., está llena la Red. Pregunta allí por Luca Pacioli, un fraile franciscano del XV-XVI, que escribió De divina proportione, un libro, ilustrado nada menos que por el mismísimo Leonardo, que yo he mencionado en alguna ocasión.

14 de enero de 2016

Dos etimologías curiosas


Palabras clave (key words): etimología, rebeca, nostalgia, Johannes Hofer, Resusci Anne.

La etimología es la ciencia que trata del “origen de las palabras, razón de su existencia, de su significación y de su forma” (DRAE, primera acepción). Con una tal definición, es obvio que también estudia términos modernos, que han sido creados por personas o instituciones (neologismos) y palabras que nacen de una moda, una obra literaria, una película, etc. La indagación tiene así, en ocasiones, un recorrido corto y no precisa remontarse a tiempos muy antiguos. La palabra española ‘rebeca’, que designa una chaquetilla femenina de lana, deriva del nombre de la protagonista de una película con ese título (Rebecca, en inglés) de 1940, del director Alfred Hitchcock, inspirada en una novela de la escritora inglesa Daphne du Maurier, que tuvo once nominaciones y consiguió dos Oscar: mejor película y mejor fotografía.

Hablaré sólo de dos términos: Nostalgia, un neologismo, aunque serán pocos los que lo sospechen, y Resusci Anne, nombre de un equipo de reanimación para formación de socorristas, que tiene una historia curiosa. Nostalgia tiene étimos griegos, νόστος ‎(nóstos, vuelta a casa) y ἄλγος (álgos, dolor), pero fue creada por un todavía estudiante de Medicina de Alsacia, Johannes Hofer (1669-1752), en un trabajo médico de 1688. La consideró una enfermedad tratable, que puede ser tan intensa que produzca síntomas psicosomáticos. Se da en personas alejadas de su país de origen: estudiantes de Berna viviendo en otros cantones, sirvientes suizos en Alemania y, sobre todo, soldados suizos mercenarios, que militaban en Francia o Italia. Se reconocieron casos en otros países y recibió el nombre de ‘mal du pays’ en Francia, ‘mal de corazón’ en España, ‘Heimweh’ en AlemaniaSe trataba, en la época, de un diagnóstico estrictamente médico, no emocional.

La nostalgia era un “estado de tristeza, originado por el deseo de retornar a la patria, al país de uno” y fue más tarde el objeto de una tesis que Hofer publicaría en Basilea, en 1745. Los pacientes se desconectan del ambiente en que viven, llegan a confundir el presente y el pasado y pueden sufrir alucinaciones. Otros médicos trataron de encontrar las raíces fisiológicas que explicaran el cuadro. Solían prescribir remedios como purgas, opio, sanguijuelas, etc., aunque afirmaban que lo mejor era volver a la patria. En 1733 un oficial del ejército ruso encontró otro tratamiento: enterró vivo a un soldado que padecía la enfermedad y logró inmediatamente que su regimiento fuera el más sano del ejército, inmune a cualquier enfermedad posible. Siguió la consigna clave de la disciplina militar: que la tropa tema más a sus propios oficiales que al enemigo.

Como me sucede tantas veces, casi no queda tiempo para hablar de Resusci Anne. Resumiré la historia, tomada del doctor Fernando A. Navarro, al que ya cité en este blog. A finales del XIX se encontró en París, en el Sena, el cadáver de una adolescente sin signo alguno de violencia. Se pensó en un suicidio y sus restos mortales permanecieron algún tiempo en la morgue, mientras se buscaba obtener información sobre la víctima. Era una bella  joven en la que perduró tras la muerte una dulce y enigmática sonrisa y a la que nadie reconoció ni reclamó. El suceso tuvo una amplia repercusión en la ciudad, con colas de gente tratando de identificarla. Un modelador hizo una máscara de su rostro, de la que se hicieron copias y un grabado, l’inconnue de la Seine, que se llegó a vender y adornó buhardillas de pintores y bohemios en la ciudad. Se equiparó a la Gioconda y poetas como Rilke, Nabokov y Louis Aragon se refirieron a ella, convirtiéndola en una especie de icono romántico.

Mucho tiempo después, hacia 1958, una empresa de aparatos médicos fabricó el primer equipo para prácticas de reanimación y decidieron que el maniquí tuviera la apariencia de un ahogado real. Utilizaron como modelo a la joven francesa, a la que bautizaron como Anne. El muñeco de ese equipo, de Resusci Anne, ha sido desde entonces el más besado de la historia en el aprendizaje de las maniobras de reanimación. Claro que —opino yo, lector, modestamente— es mucho mejor ser besado en vivo y a lo vivo, que después de muerto y en efigie. No sé si me explico.

5 de enero de 2016

Probabilidad del empate en votos, del amanecer…


Palabras clave (key words): coeficiente binomial, modelo de Laplace, Thomas Bayes.

He escrito en alguna ocasión que lo que realmente amo son los números. Hay una cierta exageración en esto, pero es bastante verdad. La matemática es la exactitud, la certidumbre, un paraíso sin la serpiente de la duda. Buena parte de mi vida la dediqué a evaluar y explicar, por medios matemáticos, la incertidumbre en el diagnóstico.

Las gentes confiesan sin pudor que no recuerdan el teorema de Pitágoras, aunque no reconocerían fácilmente no haber leído el Quijote. Ahora, con motivo del empate en las votaciones de un partido político catalán, la CUP, han circulado por la red y algunos periódicos notorias inexactitudes sobre la probabilidad de tal resultado, de personas de distinta formación, hasta profesores. Esto me lleva a escribir un poco sobre el asunto, quebrantando una vez más mi propósito de tocar temas más bien risueños y llevaderos. Me gustaría resumir algunos detalles pertinentes.

El empate (1515 vs 1515) no era imprevisible; su probabilidad es baja (~1.45 %), pero es el resultado más probable de todos los posibles. Un suceso puede ser poco probable y ser, no obstante, el más probable de un conjunto. Diré, para explicarlo, que hay una sola manera de que todos los votos sean positivos, solo una. Por el contrario, hay muchas de llegar al empate, lo que lo hace mucho más probable. ¿Cuántas maneras? Las he calculado y son 1.914563504E+910, en notación científica. ¿Se entiende esto? Es muy fácil, imagínate, lector, un uno seguido de 910 ceros…, pues casi el doble. Fácil, ya dije. La probabilidad de cada una es muy pequeña, 7.5703E-913 (asumiendo los votos equiprobables, sin nulos, etc., lo que se ajusta al resultado de la votación). Ya se entiende mejor, ¿verdad? Ahora tienes que multiplicar las dos cantidades; esto sí que es fácil, de verdad. Hazlo. El resultado es 14.49E-3; o sea, 0.01449 (~1.45 %).

Este porcentaje ha sido recogido en algún periódico y se calcula fácilmente; basta con obtener los factoriales de 3030 y 1515 y calcular el llamado coeficiente binomial. Multiplicándolo por 0.5 elevado al exponente 3030, se tiene la probabilidad buscada. Pero también aparecieron en la prensa cifras inexactas, como 0.033 %, por ejemplo. Porque alguien recurrió a la “llamada regla de Laplace” que no es aplicable, ya que, si bien el voto singular, el de cada votante, es equiprobable en este caso, los resultados de las votaciones totales no lo son.

Deberían haber hablado del “modelo de Laplace” —la regla, teorema o desarrollo de Laplace es otra cosa—. Este modelo es el que da la probabilidad 0.00033 (1/3031). Muy fácil, pero muy erróneo. La vida es así. Del genial Laplace, el Newton francés, sólo diré que con su “regla de sucesión” enseñó a calcular la probabilidad de que amanezca, igual a (d +1) / (d +2), siendo d el número de días que amaneció hasta ahora. La edad de la Tierra es de unos 1 642 500 000 000 días, por lo que la probabilidad de que amanezca mañana es 0.99999999999939. La de que no amanezca, 0.61E-12; o sea, menos de uno por billón. Mañana amanecerá, casi seguro; habrá que comprar pan.

Claro que podría ser que amaneciera para los demás y no para uno. Y hasta se podría pensar que, a cierta edad, los amaneceres ya no son como antaño. Un escritor español joven, menciona en una de sus obras a “un anciano, un jubilado en espera de la muerte”. Los habrá, lector, pero también te digo que se pueden tener los más gozosos amaneceres de la vida. Con la libertad de hacer cada día lo que quieras, sin plazos, sin obligaciones, casi sin rencores, con tiempo para disfrutar como antes, más que antes.

         Con lo del empate, hubo también quién habló de probabilidades bayesianas, que no vienen a cuento —cosa c’entra?, que diría un romano del Trastévere—, aunque sean perfectamente válidas en otras situaciones. Thomas Bayes (1702-1761), ministro anglicano, estableció las bases para la inferencia de probabilidades, con un algoritmo que permite adecuar su estimación a nuevos datos o evidencias. No era el caso aquí.

Los señores Mas y Baños, por los que siento una ilimitada admiración intelectual, no corrigieron estos errores. Estaban muy ocupados; si no, lo habrían hecho.

29 de diciembre de 2015

Sobre el 'zampone', las lentejas y el Capodanno


Palabras clave (key words): zampone, Pico della Mirandola, capodanno, lentejas.

Ya conté en este blog que gocé del pan y el vino del cardenal Albornoz por haber sido alumno del Real Colegio de San Clemente de los Españoles en Bolonia, fundado en el siglo XIV por este ilustre prelado, del que Menéndez Pelayo escribió que fue “uno de los españoles más grandes de todos los tiempos y, como talento político, el primero”.

Y allí gusté por primera vez el llamado zampone, que, desgraciadamente, no dejaba de ser comida inhabitual y algo extraordinaria en el colegio. También supe entonces que era, asociado a las lentejas, una cena típica de fin de año en Italia, sobre todo en la Lombardia y la Emilia-Romagna. Su nombre deriva de zampa, la pata delantera del cerdo y es justamente esa parte del animal, deshuesada —salvo unos pequeños huesos de los pesuños para remedar la anatomía original—, rellena y reconstruida. El relleno puede variar, pero suele ser carne magra seleccionada de la espalda, pata y cuello del cerdo, junto a piel tierna, carrillada y panceta.

El zampone tiene su leyenda, ya que habría nacido exactamente en el año 1511 en Mirandola, provincia de Modena, plaza fuerte de Giovanni Pico della Mirandola, aliado de los franceses, durante su asedio por las tropas del papa Julio II. El sitio se prolongó durante semanas con las consiguientes penurias entre los sitiados. Estos, esperando la guerra, habían guardado bastantes cerdos en la ciudad, pero era imposible alimentarlos y se decidió sacrificarlos, aunque no se pudiera conservar una gran parte de su carne. Fue entonces cuando uno de los cocineros de Giovanni se presentó a él y propuso embutirla en la piel de sus propias patas, con lo que se evitaría la pudrición. Parece que sucedió así, aunque finalmente se capituló el día veinte de enero y quizá las tropas papales se dieron también el gran festín, junto a los sitiados. Si ocurrió esto, no habría sido un mal final para esa guerra, para cualquier guerra. Mucho mejor, no empezarlas nunca.

En las leyendas no hay que extrañarse de nada y tolerarlo todo. Porque la verdad es que Giovanni Pico della Mirandola, el famoso humanista, en el 1511 llevaba ya diecisiete años muerto. Seguramente se trata de otro Giovanni, aunque en donde leo la noticia se le llama Fenice degli Ingegni y eso sólo puede apuntar al eximio filósofo, al personaje histórico, que murió en el 1494, con treinta y un años, ingresado en un convento de dominicos, cuyo hábito vistió al final de su vida.

Lo de las lentejas de la cena de capodanno es otra historia. Una tradición que se remonta al tiempo de los romanos, las consideraba como alimento que trae buena suerte, sin que se sepa bien la razón. Galeno las consideró de alto valor nutritivo, el filósofo Sopatro creyó que tenían propiedades cosméticas y el propio Ovidio las menciona como utilizadas en máscaras de belleza y, mezcladas con miel, en cremas contra quemaduras causadas por el sol. Catón y Plinio remarcan igualmente sus virtudes nutritivas. Parece que los romanos solían regalar saquitos llenos de lentejas para desearse buena suerte. También guardaban con el mismo fin granos de trigo en los bolsillos. En griego clásico, la mala suerte es nombrada kakôs y el nombre de la lenteja es phakôs. Por cierta clase de magia, el cambio de una palabra a la otra podría hacer que cambiara el destino, que la mala suerte se trocara en buena. Simplemente, por comer lentejas. No parece muy lógico todo esto, pero no se pretenda una racionalidad extrema en estos asuntos.

En cuanto a su riqueza en hierro, su valor ha sido exagerado, pero es cierto que este metal se encuentra en las lentejas, en forma inorgánica y junto a otras sustancias, que pueden dificultar su absorción en el intestino. Es mucho más beneficioso el hierro llamado hémico, el proveniente del hemo, el grupo prostético de la hemoglobina, mioglobina  y otras proteínas animales. Así se encuentra en la sangre y en todos los alimentos ricos en fibras musculares.

Un dato más: el zampone se puede conseguir en Madrid; si alguien quiere saber dónde, le informaré encantado. Amigos lectores, ¡feliz año nuevo!