22 de mayo de 2014

Cabaret: breves, profundas secuencias


Lector, el cine podría ser ese espectáculo total que los artistas han buscado más o menos en vano. Para eso haría falta la labor de un genio y esto se da raramente. Apenas he hablado de cine en este blog y no soy muy conocedor del mismo. Pero hoy me gustaría recordarte una película excelente: Cabaret. Las obras de arte hay que gustarlas pausada y repetidamente y yo querría que vieras con mucha atención esa escena en que un adolescente de las Hitlerjugend (Juventudes hitlerianas), un ario perfecto, canta una bella canción, que se presenta como tradicional alemana; una especie de himno o canto a la patria —esos cantos a los que temo tanto, que han causado tanto dolor a la humanidad—. Su título en inglés es: Tomorrow belongs to me (el mañana me pertenece), y estaba incluida en el musical de 1966 y también en la película de 1972. Algunos la criticaron por considerarla antijudía. Resulta, sin embargo, que la canción fue escrita para el musical precisamente por un par de judíos, John Kander and Fred Ebb. Como ocurre tantas veces, la realidad es esquiva y engañosa.

Te copio el vínculo a un video de Youtube: http://youtu.be/lv0jav4lNsk, que dura tres minutos y veinte segundos. Fíjate en el viejo con gorra marinera y gruesas gafas, que aparece en un par de breves secuencias. Parece aturdido, inseguro y en sus gestos hay un contenido disgusto, e inquietud o nerviosismo. Seguramente —ahora deja volar tu imaginación; sin la colaboración del lector o el espectador, cualquier obra de arte carece de sentido y hasta de existencia— ha vivido los horrores de la primera guerra mundial y es capaz de anticipar el desastre que viene. Son unos segundos de proyección, pero, para mí, en ellos están condensados el espanto y el anuncio de la tragedia que se avecina inexorable, sin que los demás se den cuenta. Al final de la escena, fíjate también en la leve y supremamente irónica sonrisa, en el discreto cabeceo, del Maestro de Ceremonias de la película, el presentador de los varios números del cabaré, como vaticinando aún más claramente el desastre. Son gestos, insinuados apenas, que buscan la complicidad del espectador, que le hacen meterse en la película.

América, Estados Unidos, dista mucho de ser un paraíso —en algún momento, cuando yo era joven, me lo pareció—, pero en algunas cosas son dignos de ser tomados como ejemplo. El maestro de ceremonias del Kit Kat Club, fue Joel Grey, que ya lo había sido en el musical de Broadway. Al planear la película, los productores dijeron al director, Bob Fosse: Si prescindes de Grey, nos veremos obligados a prescindir de ti. Esa espontaneidad, esa firmeza, expresada como una broma, es típicamente americana. Naturalmente, Grey tuvo el papel, lo hizo insuperablemente y ganó un Oscar.

Yo creo que en España, en ocasiones, si hay que escoger entre dos personas, no se escoge al más dotado. Una invencible inclinación al amiguismo y a la componenda lastra pesadamente el funcionamiento de nuestra sociedad y es causa de muchos de nuestros desequilibrios. Esto puede ser irrelevante a veces, aunque se trate siempre de una injusticia, pero cuando hay que competir, es necesario escoger el mejor, no basta con tomar al simplemente bueno. Por no hablar del que es malo.

Aunque me alargue un poco, querría traducir la canción, cantada en inglés en la película. Para que quizá se pueda disfrutar más. Ahí va, sin pretensiones:

El sol en el prado es ya de verano, / el ciervo corre libre en el bosque, / pero se juntan para recibir a la tormenta. / El mañana me pertenece…
La rama del tilo es verde y hojosa (sic, llena de hojas), / el Rhin da su oro al mar, / pero en alguna parte la gloria espera escondida. / El mañana me pertenece…
Ahora Patria, Patria, muéstranos la señal / que tus hijos han esperado ver. / La mañana vendrá, / cuando el mundo será mío. / El mañana me pertenece…
El niño en su cuna cierra sus ojos, / la flor abraza a la abeja, / pero pronto dice un susurro, arriba, arriba, / el mañana me pertenece...

Al final, el hermoso coche arranca y se aleja de la amenazante realidad, para refugiarse en un mundo feliz y ajeno que se derrumbará muy pronto. Todo eso se cuenta con la marcha lenta y supremamente elegante del vehículo. Pronto será tarde.