20 de mayo de 2014

Cuando el azar se disfraza de destino

En mi entrada anterior hablé del azar. Con la palabra destino se pueden significar cosas distintas; es un término polisémico. Puede entenderse una especial conjuración de los astros, de los hados o de los dioses, que marca desde el nacimiento y señala o dirige ineludiblemente la vida de los mortales. Yo no creo demasiado en ese destino esotérico. Lo que sí ocurre es que, en ocasiones, el azar puede conducir a acontecimientos extraños o improbables, que parecerían obedecer a un designio previo, regido por causas oscuras y desconocidas. De ahí el título de esta entrada.
 
Lector, te copio, muy abreviado, un fragmento de mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos: “Te voy a contar la historia de Roustem, en la que podrás ver cómo el destino trabaja infatigable, tejiendo la red en la que, al final, los hechos ocurren como tenían forzosamente que ocurrir, sin posibilidad de otro desenlace. Roustem era un héroe de las antiguas leyendas persas que en una ocasión se acercó al reino de Semengan, en donde el monarca le dio la más exquisita hospitalidad.
 
La cena fue abundante y deliciosa y Roustem se embriagó. Cuando estaba en su cuarto, en las tinieblas ya del sueño, entró una mujer bellísima, Tehmimeh, la hija única del rey, que quería, simplemente, un hijo del visitante. El caballero, para no violar las reglas de la hospitalidad, manda un sirviente al padre para que pida formalmente en matrimonio a la caprichosa hija. El padre la otorga al forastero, según las costumbres del país, no demasiado exigentes o puntillosas. Quizá porque todos sabían que cuando una mujer decide entregarse, no hay manera alguna de evitarlo.
 
El viajero parte al día siguiente hacia su lejana tierra y desde entonces sólo tiene vagas noticias de Tehmimeh y del hijo que les nació de aquella noche. Ese hijo, Sohrab, es bello y fuerte como un león y cuando llega a la edad de diez años ya no encuentra quien quiera batirse con él en toda la corte. El joven ansía realizar hazañas guerreras y junta un gran ejército. Roustem llega al campo de batalla, porque se le ha requerido para luchar, y, al saber que el ejército enemigo es mandado por un joven tan valiente, tiene un pálpito de que pudiera tratarse de su hijo. Pero lo rechaza enseguida, porque su hijo sólo puede tener muy pocos años y “en sus labios habrá todavía el sabor de la leche”.
 
A la mañana siguiente, Sohrab contempla al ejército enemigo, con sus estandartes extendidos. Un prisionero capturado le da detalles de los jefes allí reunidos, pero elude dar el nombre de Roustem, porque teme que el hermoso doncel lo ande buscando, por ser el más famoso, trate de luchar con él y pueda resultar muerto en el encuentro. La belleza tiene esas consecuencias: hasta un prisionero busca preservar la vida de su enemigo. Así que el soldado capturado calla y oculta el nombre de Roustem, para proteger al valiente y encantador joven. Roustem no ha venido, llega a decir.
 
Entonces el poeta, el narrador, Firdousi, viendo que la fatalidad va a imponerse, escribe: ¿Cómo quieres tú, lector, cambiar lo que tiene que suceder? ¿Cómo quieres tú gobernar este mundo, si es Dios quien lo maneja? Es el Creador el que ha determinado, desde el principio, todas las cosas. La suerte está escrita de otra manera, no es como Sohrab o Roustem, o tú mismo, la hubierais querido. Por donde Dios te lleve, es preciso que tú le sigas.

Llega la hora del combate. Al clarear el día la lucha empieza y no habrá tregua. Roustem acaba clavando su puñal en el pecho de su hijo, quien finalmente confiesa su estirpe, cuando está ya a punto de morir. El poeta termina previniendo a los jóvenes, que piensan que la muerte les es ajena y acecha sólo a los viejos: El soplo de la muerte es como un fuego devorador: no se libran de él ni la juventud ni la vejez. ¿Por qué los jóvenes se despreocupan, como si la vejez fuera la única causa de muerte? Para todos es preciso partir, y sin tardar, cuando la muerte llega y empuja el caballo del destino”.

Lector, esto es ya muy largo. Te contaré en una próxima entrada algo parecido, esta vez real y con el papel del azar más claro, que cuenta el historiador Cornelio Tácito.