19 de mayo de 2014

Sobre el azar, el Eclesiastés y las traducciones


En este blog ya he hablado del azar, usando esta palabra en el más común de sus sentidos. Todo lo que sucede de manera no reglada, no predecible, decimos que ocurre por azar. Sin embargo, puede que acontecimientos que creemos que ocurren por azar, ocurran por causas concretas y determinadas, pero que no conocemos. Para alguien que conociera esas causas, estos acontecimientos serían predecibles, no sujetos al azar.

En la ruleta —en una ruleta ‘honrada’— la bola cae por puro azar en cualquiera de los números. Siempre habrá algún jugador empecinado en descubrir alguna regla o norma para predecir los resultados. Los falsos conceptos en este terreno son muy numerosos. Si ha salido, por ejemplo, el número siete tres veces seguidas, alguien puede pensar que ya es más difícil de lo normal que salga otra vez en la tirada siguiente. Se equivocaría en esto, aunque tal vez no sería fácil convencerle de su error.

El concepto de azar está íntimamente ligado al de probabilidad. A pesar de ello, el estudio cuantitativo y formal de la probabilidad no se inicia hasta el siglo XVI, en Europa y más concretamente en Italia. Por el contrario, la idea abstracta del azar, de su influencia en los seres humanos, es mucho más antigua. Existe en China desde tres mil años antes de nuestra era y también en la literatura sapiencial bíblica de hace unos dos mil trescientos años. En ese bellísimo libro, Eclesiastés, se puede leer (9,11): I have seen something else under the sun: The race is not to the swift or the battle to the strong, nor does food come to the wise or wealth to the brilliant or favor to the learned; but time and chance happen to them all (he visto algo más bajo el sol: la carrera no la gana el rápido o la batalla el fuerte, ni el alimento va al sabio o la riqueza al brillante o el favor al estudioso; el tiempo y el azar cuentan para todos). 

He tomado el texto inglés por dos razones. La primera, porque, en ese idioma, en la inexhaustible —no está en el DRAE, aunque sí inexhausto, que no es lo mismo; qué cosas, ¿verdad?— Internet, puedo leer diecinueve versiones del párrafo en cuestión. La segunda, porque me da pie para alguna consideración sobre el tema de la traducción.

Todas las versiones inglesas tienen aproximadamente la misma extensión, excepto la de New Living Translation, algo más larga, que copio en español: Observé algo más bajo el sol. El corredor más veloz no siempre gana la carrera y el guerrero más fuerte no siempre gana la batalla. Los sabios a veces pasan hambre, los habilidosos no necesariamente son ricos y los bien instruidos no siempre tienen éxito en la vida. Todo depende de la suerte, de estar en el lugar correcto en el momento oportuno.

Esta versión inglesa persigue, según proclaman sus autores, trasladar el “sentido” del hebreo y griego antiguos al lector moderno y se basa en las recientes ideas sobre la teoría de la traducción. La meta del traductor es crear un texto que produzca el mismo impacto en la vida de los modernos lectores que produjo el original en los antiguos. Esto se logra traduciendo “pensamientos enteros” y no simples palabras.

Nada más opuesto a lo que yo busco al traducir. A mí me gusta la traducción lo más literal posible, salvo cuando se pueda escapar el sentido de lo que se traduce. Es difícil conocer el impacto del texto en los antiguos lectores y tratar de reproducirlo. Y el lector tiene el derecho de elaborar sus pensamientos en base a lo que está escrito, sin intermediarios. Reconozco que la traducción más larga de New Living Translation se entiende mejor o más rápidamente. Aun así, supone una interpretación del primer autor y eso no me gusta, no es mi manera de traducir. No me puedo imaginar al autor del Eclesiastés —Cohélet, hijo de David, rey en Jerusalén; alude a Salomón, pero esto es imposible— usando esa expresión tan americana de “in the right place at the right time” (en el lugar correcto en el momento oportuno). Me duelen los oídos.