21 de mayo de 2014

Cuando el azar se disfraza de destino (final)


Quedé en hablar de algo que recoge Cornelio Tácito. En realidad, fue un texto suyo el que me sugirió el tema de ese tortuoso azar que puede parecerse al destino. Me hizo recordar otro escrito más extenso, más literario, el que se halla en la epopeya del gran poeta persa Firdousi (934-1020) —o Firdausi o Ferdowsi; la transliteración de los nombres árabes o chinos es un problema—, titulada Shah-nameh (Libro de los Reyes), que consta de 120000 versos y narra el remoto pasado de Persia. Decidí empezar por el segundo y sigo ahora con el historiador romano. Dos palabras antes sobre Galba.

Servio Sulpicio Galba, que luego sería emperador romano, estaba en España en el año 68 de nuestra era, cuando el Imperio era regido por Nerón. Vindex, en las Galias, se había sublevado contra este y pidió al más prestigioso Galba que se pusiera al frente de la rebelión. Por su avanzada edad, setenta y seis años (setenta y uno para otros), Galba no pensaba asumir esa carga, hasta que le llegó la noticia, no muy divertida, de que Nerón quería asesinarlo y entonces cambió de parecer. Fue proclamado emperador en Carthago Nova, el seis de abril, aunque no aceptó el título y se llamó sólo Legado del Senado y Pueblo Romanos. Para marchar sobre Roma creó rápidamente una legión, integrada por gentes de Hispania, como aclara Suetonio, quien indica que “reclutó entre los plebeyos de la provincia legionarios y tropas auxiliares” (al alistarse se les concedía la ciudadanía romana). Se formó así la Legio VII Gemina, el diez de junio del año 68.

Llegó Galba a Roma con dicha legión y fue proclamado emperador. La legión fue enviada inmediatamente a Pannonia (actual Hungría) y luego luchó contra las legiones germánicas de Vitellius en la batalla nocturna de Cremona. Todo esto es, lector, para tratar de situarte un poco. Galba fue asesinado en el Foro la mañana del quince de enero del 69 y fue el primero de los emperadores que tuvo el Imperio ese año, conocido como  el año de los cuatro emperadores.

Y ya habla Tácito: Referiré el caso y citaré los nombres, según noticias y datos de Vipsanius Messala: Iulius Mansuetus, de España, incorporado a la Legio Rapax, había dejado en su casa un muchacho aún muy niño. Este, apenas adulto, fue reclutado por Galba para la Legio VII. La casualidad hizo que se enfrentara con su progenitor, al que hirió y derribó. Cuando ya en el suelo miró con atención, reconoció en él a su padre y este al hijo, que abrazó a  su padre ya expirante. El hijo suspiraba llorando a los manes paternos que no le abandonasen, que no se volviesen contra él por parricida. Vipsanius Messala fue un autor que escribió libros sobre la corrupción de la elocuencia y era amigo de Tácito, que lo elogia repetidas veces.

Aquí el episodio es más corto y nítido, y el papel del azar más obvio, que en la epopeya de Firdousi, de mi entrada anterior. Son dos ejemplos muy distintos que sólo tienen en común el hecho de que las circunstancias llevan a enfrentarse a un padre y un hijo, con la muerte de uno de ellos (en Tácito, el padre; en Firdousi, el hijo).

Es imposible, en estas entradas, extenderse más. Pero hoy día, afortunadamente, se pueden ampliar los datos con enorme facilidad. Para eso sirve Internet. Los relatos o ideas o elucubraciones no suelen empezar ahí en mi caso, sino en otras lecturas. Lo de Tácito lo encontré en un libro del prestigioso arqueólogo Antonio García y Bellido (1903-1972), de hace casi cincuenta años (no confundir con su hijo, el científico Antonio García-Bellido). Lo de Firdousi lo leí hace tiempo en un largo artículo de la revista francesa Causeries du lundi, de 1830, de hace casi doscientos años. Lector, hay que frecuentar las librerías de viejo. Si te arriesgas con cosas modernas, puedes llevarte muchas sorpresas. Naturalmente, hay que leerlas también, pero con tino. Hay excelentes escritores contemporáneos. No son muchos.