29 de junio de 2014

De los diversos vientos (I)


Lector, lectora, lectores —esta vez, excepcionalmente, empezaré así, para que nadie pueda sentirse excluido—. No lo haré más. Me chirría el cerebro, cuando oigo a los políticos dirigirse a los ciudadanos y ciudadanas, compañeros y compañeras… Se llegó hace tiempo a la convención de que el masculino plural engloba a los dos géneros, salvo en casos en que importe mucho descartar cualquier posible ambigüedad. Es una convención, como tantas otras, de la sociedad y aun de la ciencia. Lo de lector, en singular, aplicado también a lectora, no está tan establecido, pero ya expliqué que en este blog será así y no me voy a desdecir.

Prometí hablar de vientos y lo voy a hacer, lector, hasta que te aburras. Me tomaré algunas libertades y lo voy a hacer a mi manera, con las divagaciones pertinentes, apartándome tal cual vez del camino recto. Es verano y querría ser especialmente ameno e íntimo; contarte algunas cosas que me pasaron en la vida. Porque quizá te hayan pasado a ti también, para meditarlas juntos. Escribiré lo que se me vaya ocurriendo cada día, sin un plan, sin pensar en el mañana. Un proverbio japonés dice, y ya empezamos, que el “viento de mañana soplará mañana”.

La primera vez que hable de un cierto viento, fue en una reunión de antiguos compañeros médicos, formados todos en un determinado hospital madrileño. Todavía nos acompañaban algunos de nuestros maestros y, después de la comida, cada uno de nosotros encadenó unas sencillas palabras. Yo había leído algo en Herodoto que me apeteció contar. Era de un viento.

Un viento al que los psilos (hay otras grafías) —un pueblo de Libia, que ocupaba las orillas de la Gran Sirte (actual Golfo de Sidra)— llamaban Noto. No existían ya en los tiempos de Herodoto, quien escribió que “desaparecieron durante una guerra contra el viento del Sur”. Sí, lector, los psilos declararon la guerra a ese viento maligno que había secado por completo las cisternas y pozos de su país y los dejó sin una gota de agua. Celebraron consejo y decidieron ir a luchar contra el viento felón. Cuando las tropas, en el debido orden de batalla, con las espadas en alto, preparados para el combate, llegaron a un territorio de dunas, aquel viento arremetió contra ellos con tal violencia que los enterró a todos y perecieron bajo las arenas, según fuentes libias.

Cerca de ellos vivían los nasamones, sigue Herodoto, de extrañas costumbres. Cuando uno de ellos tiene ganas de una mujer, planta su bastón ante ella y la toma, sin más trámites. Bueno, esto hasta puede entenderse, cada pueblo se lo monta como quiere. Además, en nuestras modernas sociedades, hay sitios en donde pones un billete de cien o doscientos euros y también puedes tomar una mujer sin más requisitos, digo yo. Lo de sus bodas es más chocante, porque la costumbre exigía que la novia se acostara con todos los comensales en su noche de bodas, al recibir los regalos. Esto es ya excesivo, claramente una barbaridad. Lo único bueno que puede deducirse de tales costumbres es que, seguramente, a estos nasamones no les quedaba mucho tiempo para, o ganas de, guerrear. Probablemente eran gentes pacíficas, que preferían el amor a la guerra, y no se metían con nadie. En el fondo, si te pones a mirar de manera imparcial, todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes.

Más al sur estaban los gazamantas, el pueblo más extraño del que tengo noticia. Según Herodoto, no poseían ni una sola arma de guerra y no sabían defenderse. En toda mi vida no he encontrado a nadie que no sepa defenderse. Al contrario, lo hacían todos muy bien y también sabían atacar muy pasablemente. Eran seres humanos normales.

Lector, te he hablado ya de dos vientos: el puñetero Noto, nada de fiar, como otros que te referiré pronto, y el viento japonés que sopla al día siguiente, cuando le toca; ni antes, ni después. Que tengas un feliz verano.