30 de junio de 2014

De los diversos vientos (II)


Hablé en mi entrada anterior de una comida de antiguos compañeros médicos, hace tiempo, en la que estuvieron algunos de nuestros primeros maestros. Hoy esto sería imposible ya que no vive ninguno de estos y hasta falta algún compañero. Todo esto me desazona; no soporto nada bien la muerte de mis amigos y pienso que el mundo se está poblando de desconocidos. Cuando voy a los lugares en que trabajaban, me sorprende no encontrarles allí y los veo ocupados por gente que no me conoce y que me parecen verdaderos intrusos. Es lo que más me irrita de haber llegado a una cierta edad. Me acuerdo entonces de un pasaje de un relato mío, El reino de Ta, que reduzco y copio:

“El rey Piasta, de edad ya avanzada, quiso viajar a Tirnanoge, la tierra de la perpetua juventud, nunca visitada por la Muerte. Se acercaron a él unas hadas y le preguntaron: ¿Estás seguro de que te gustaría seguir viviendo, cuando ya hayan muerto tus caballos y tus canes, los maestros que te guiaron en la vida, las mujeres que te dieron su amor, los armados compañeros de las batallas? ¿Te gustaría vivir en un mundo en el que no tendrás a nadie con quien compartir un recuerdo de infancia y mocedad? El rey meditó las afiladas preguntas de las hadas y, después de pensarlo mucho, decidió no ir a Tirnagoge, y dejarse morir, cuando le llegase su hora”.

En alguna de esas muertes no dejó de estar presente la irremontable tristeza, la propia voluntad de acabar. El más asequible y más querido de nuestros mentores tuvo un final inesperado y trágico. Algún tiempo antes yo había estado comiendo a solas con él, notorio fumador, y pudo más el afecto que el respeto que seguía inspirándome. Le pregunté, de la manera más amable, por qué no lo dejaba. Me contestó educadamente y ahora creo que debió de pensar: ¿Qué más da ya, qué importa ahora? Si yo hubiera sospechado lo que vino después, ¡cuántas cosas habría podido decirle! Tres de los dioses griegos estaban asociados a la locura: Até, Manía y Dionisos. Los helenos pensaban que no andaban lejos los dioses cuando la locura estaba cerca. Yo pienso que, en la locura a la que me refiero, lo que está casi siempre presente es la ingratitud, la injusticia y una cierta incapacidad para sufrir. Espero que en la apocatástasis —si Orígenes acierta en sus predicciones— encuentre otra vez a este profesor amigo, regresado de la muerte, feliz y seguramente fumando.

Ya dije que me permitiría ciertas licencias, por ser verano, y no he hablado nada de vientos. Para enlazar con el tema de ayer, diré algo más de los psilos, aquellos valientes que decidieron luchar contra el viento del Sur. Cuenta Plinio el Viejo, en su Historia Natural (libro VII, cap. II), que su cuerpo “tenía ponzoña natural, mortífera contra las serpientes y, ansí, con sólo su olor, las adormecían. Tenían costumbre de echar sus hijos en naciendo a las más crueles dellas y desta manera hazer prueva de la castidad de sus mujeres, porque las serpientes no huían de los adulterinos. Fue esta gente destruida de los nasamones […] aunque todavía quedaron y aún hoy día permanecen algunos pocos de aquel linage”. No habla de guerra contra ningún viento malvado. Otros autores señalan que estos psilos tenían gran habilidad como encantadores de serpientes. Cassius Dio, en su Historia de Roma, revela que Octavio buscó a alguien de los psilos para que combatiera el veneno de serpiente con que se había suicidado Cleopatra.

Notarás, lector, que el texto de Plinio está en castellano antiguo; es la traducción del latín que hizo Francisco Hernández de Toledo, un gran médico y botánico español del siglo XVI. Procede de manuscritos existentes en nuestra Biblioteca Nacional y acoge sólo los veinticinco primeros libros, de los treinta y siete de Plinio. Con los doce libros finales, procedentes de la traducción que el también médico Gerónimo de Huerta hizo de la obra entera y publicó en 1624, forman un hermoso libro de Visor Libros, de 1999. No todo va a ser Internet, Wikipedia y presentación digital, claro.