1 de julio de 2014

De los diversos vientos (III)


Quiero hablar  de vientos y trataré de no extraviarme. Hay centenares de ellos, pero sólo me referiré a los que tienen alguna historia o leyenda aneja, algunos de los cuales aparecen a lo largo de los nueve libros de la Historia de Herodoto (o Heródoto) de Halicarnaso (484-425 a. C.), de quien no diré nada más.

Ya vimos cómo el viento Noto arrasó a los psilos. Los vientos pueden ser terribles y en lengua castellana la expresión “correr malos vientos” indica que las circunstancias no son favorables para lo que sea o para nada. Cuando los persas de Cambises II fueron enviados a luchar contra los amonios, hacia el año 525 a. C., se dirigieron desde Tebas de Egipto hasta la ciudad de Oasis, habitada por los Samios —sigo el texto de Herodoto— para proseguir después hasta su objetivo final. Eran unos cincuenta mil soldados; jamás llegaron a su meta y ninguno de ellos retornó. Leyendas de los propios amonios cuentan que, cuando el potente ejército persa estaba a media distancia entre Oasis y los elusivos enemigos, en medio del desierto y sin saber qué dirección tomar, un violento viento del Sur los sorprendió mientras comían y los enterró en la arena, de manera que nunca más se supo de la enorme tropa. Muchos exploradores han buscado los restos de la misma —entre ellos el famoso conde Almásy—, sin que hasta ahora se haya encontrado nada realmente definitivo.

Lo de luchar con armas contra el viento parece algo casi frecuente cuando se leen las historias antiguas. En el sur de Marruecos, había también un viento, el aajej, frente al que los fellahin (los campesinos) se defendían con cuchillos. Y el hijo del faraón Sesostris, Pheros —Herodoto aclara que esta es una historia de oídas—, muy poco después de recibir el trono, tuvo un accidente, que narro enseguida. El Nilo había llegado a una altura sin precedentes y había inundado los campos. Entonces se levantó un viento furioso que agitó las aguas del río y provocó un gran oleaje. Pheros enloqueció de ira, asió su lanza y la arrojó contra los remolinos del río. Inmediatamente quedó ciego, castigado por el viento.

Estuvo ciego diez años, hasta que un oráculo de la ciudad de Butona le comunicó que había terminado el tiempo de punición y que en adelante podría ver, si se lavaba los ojos con orina de una mujer que hubiera conocido sólo a su marido, a ningún hombre más. Inició el tratamiento con su esposa, pero continuó ciego. Probó fortuna, sin éxito, con muchas otras y, al fin, cuando recuperó la vista, reunió en una ciudad, Eritrebelos, a todas las mujeres con las que hizo el experimento, excepto la que le había curado, y “mandó quemarlo todo: mujeres y ciudad”. Se casó con la mujer que le había devuelto la vista, lo que siempre es un castigo menor que quemarte. Digo yo.

Los vientos en el mar no son menos dañinos, aunque depende de para quién. Los atenienses, estando en guerra con los bárbaros, sigue contando Herodoto, tenían sus barcos anclados en Chalkis, en Euboea, y ofrecieron sacrificios a Bóreas, el viento del Norte, para que les ayudara en la lucha. Es que Bóreas estaba casado con Oreithuia, hija de Erechtheus, y nacida en Ática (una paisana, vamos) y eso les hizo pensar que el viento les ayudaría. Y así ocurrió, porque Bóreas parece que era un viento que hacía caso siempre, o por lo menos algunas veces, a su mujer. Mira, lector, cayó Bóreas sobre los bárbaros y arrojó sus barcos contra el monte Athos como si fueran plumas. Se dice que destruyó trescientas embarcaciones y que murieron más de veinte mil hombres. Unos atrapados por los numerosos monstruos que hay en aquel mar, otros despeñados contra las rocas, otros porque no sabían nadar y se ahogaron, otros por el frío.

Lector, hay vientos más amables. Los pilotos arábigos guardaban algunos de ellos en tubos de plata y los abrían cuando, ya mayores y retirados forzosos del navegar, tenían añoranza de la mar. Lo cuenta Álvaro Cunqueiro en Los otros caminos. De esos vientos amigos, te hablaré otro día.