15 de septiembre de 2014

Un personaje de mi novela (fin)


¡Qué lejanos le parecían a D. Fernando los años de Londres! Cómo había podido desbordarse el tiempo tan sin mesura, qué monstruos insensibles manejaban el discurrir del mundo y el destino de los mortales. Le costaba trabajo reconocerse ahora, cuando rememoraba su vida, en aquel joven despreocupado y feliz. No, no era el mismo, no podía ser el mismo de entonces; era una superchería que siguiera llevando el mismo nombre y fuera considerada la misma persona. La vida no dejaba de ser una gran incongruencia, un baile alocado de identidades sucesivas que sólo el desconocimiento y la superficialidad podían percibir como una unidad, una progresión con sentido. Con el azar jugando un papel excesivo, componiendo y descomponiendo incansablemente la tenue y falaz continuidad de los aconteceres, mezclando lo aún vivo con lo que ya quedaba en el pasado y hasta en el olvido.

Y envidió terriblemente al otro, al que había muerto, al gaucho libre y robacorazones londinense. Como había muerto también su propia esposa, su querida Ana, iba ya para quince años, a la que constantemente echaba de menos y a la que todavía creía oír en algunas ocasiones, con su serena voz de siempre, dándole un consejo o haciéndole alguna recomendación.

D. Fernando ya había leído desde muy joven, porque era un lector impenitente, el Martín Fierro, y textos de Concolorcorvo, Leguizamón, Echeverría y otros escritores autóctonos. Tenía una idea romántica de los gauchos, de su frugalidad, de su amor por la libertad y la independencia; cualidades que también habían sido percibidas por algunos de los pocos viajeros que en los tiempos remotos del poema se habían internado en las pampas. Incluso Charles Darwin escribió en su día: “Los gauchos son muy superiores a los que habitan en las ciudades. El gaucho es siempre muy atento, cortés y hospitalario...”.

Fue de mayor cuando leyó devotamente a Borges. Y ya, desde entonces, entre unas lecturas y otras, le fue imposible conocer la Argentina prístina y original, la real, la no creada o contaminada por la palabra y los sueños. Cuando, después de algunos años, viajó a aquel país y al vecino Uruguay, se sentía rodeado por las figuras que aparecían en los libros del escritor y esperaba encontrarse inesperadamente con aquel Ireneo Funes, el gran memorioso, que vivía en Fray Bentos y que era capaz de recordarlo todo; el que confesó que tenía más recuerdos, él solo, que los que habían tenido todos los hombres juntos, desde que el mundo fue mundo. O con el desdichado Juan Dahlmann, que seguramente murió en el Sur del país ―aunque Borges no quiso describir su lucha, su herida y su agonía― en una ciudad sin nombre, en un mísero almacén, en una pelea desigual e injusta, porque estaba todavía enfermo, con un cuchillo en la mano que ni sabía manejar, frente a un matón vulgar, que lo había provocado sin motivo y ante el cual no quiso aparecer cobarde. O con Carlos Argentino Daneri, el pedante poeta en cuya casa, en uno de los ángulos del sótano, había un Aleph, uno de esos puntos del espacio que contienen todos los puntos. O con el propio Jorge Luis Borges, paseando por Adrogué o Palermo. Le fue imposible ya, quizá tampoco lo intentó, conocer otro país que el que dejó descrito, o creado, el maestro.

En cualquier caso, le gustaba aquella tierra y por la noche le desconcertaban y maravillaban las nuevas y desconocidas estrellas a las que intentaba ordenar y catalogar de alguna manera, para orientarse en un universo nuevo y como recién estrenado. Revivía allí la profunda emoción de enfrentarse por primera vez a la inmensidad del cosmos, perdido entre astros extraños, que le demandaban con urgencia un nombre, como debió de ocurrir en los primeros tiempos de los hombres. Por el contrario, también era tranquilizador divisar algunas de las constelaciones de siempre, las próximas al ecuador celeste, las que discurren junto a la eclíptica, las del zodíaco, que se podían ver también desde allí, desde el hemisferio Sur.