14 de septiembre de 2014

Un personaje de mi novela (I)


¡Qué tranquilidad, qué paz, qué sosiego! Abandonar la actualidad, tantas veces ingrata e irracional, y refugiarse en la literatura, en la ficción, en la fantasía… ¡en la libertad! Lector, querría presentarte ahora a uno de mis más queridos personajes, de mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, a don Fernando. Es el tío de Roberto, el protagonista, y es honrado, generoso e inteligente. Se complace en realizar ciertos experimentos de ingeniería social para demostrar la validez de sus pesimistas ideas sobre el turbio funcionamiento de las sociedades. Copio del libro:

“D. Fernando tocaba algún instrumento; concretamente, la guitarra. Si se puede llamar tocar la guitarra a conocer en qué trastes hay que poner los dedos para conseguir algunos acordes y acompañarse con ellos al cantar unas pocas canciones. En su tiempo de Londres, soltero y libre, trataba de embaucar a las blancas y tiernas compañeras de trabajo inglesas —semejantes a aquella Melisenda de los romances, hija del emperador, de labios de coral y carnes de leche, como atestiguan todos los que la vieron— y con esa laudable finalidad solía transmutarse repentinamente en gaucho, entonando tangos con desgarro y gestos muy capaces de conmover y deslumbrar a cualquiera que no conociera mucho del asunto.

Todo ello, con cierto e incluso bastante éxito, en cuanto a las intimidades ganadas con las prójimas, más debidas a la innegable simpatía y riqueza de recursos del trovador y a la permisividad general del ambiente, muy diferente al de la España de los tiempos, que a los méritos musicales intrínsecos del cantante. Desde entonces, don Fernando, relacionando erróneamente los efectos y las causas, como ocurre tantas veces en la vida, era un amante entusiasta y fidelísimo de ese tipo de música, testigo y cómplice de sus hazañas y de sus victorias sentimentales. Pensaba que pocas canciones eran tan bellas como aquella de Adiós, pampa mía, una de las que llegó a interpretar de más lograda manera. Era difícil sustraerse al inmediato encanto de aquellas sentidas estrofas, que remitían a un territorio inmenso, de horizontes lejanos e inciertos, a una naturaleza grandiosa, solemne y callada, que parecía haber sido especialmente creada, como los océanos, para colmarnos con el abrumador sentimiento de lo infinito:

Al dejarte, pampa mía,
ojos y alma se me llenan
con el verde de tus pastos
y el temblor de las estrellas;
con el canto de los vientos
y el sollozar de ‘vigüelas’,
que me alegraron a veces;
y otras me hicieron llorar.

D. Fernando se veía a sí mismo entonces como un auténtico gaucho, como un payador o coplero nombrado, vestido con un poncho de lana y unas bombachas embutidas en la caña de sus botas de cuero, con el facón en la cintura y la guitarra siempre a mano. Con el corazón libre y nómada, llevando las tropillas de ganado por el inmenso territorio y frecuentando regularmente las escondidas y peligrosas pulperías, hablando y hasta porfiando con toda clase de gentes: con soldados, con desertores, con negros, con indios, rastreadores y baqueanos, con gentes de frontera, difíciles de sujetar o mandar”.

Lector, termino de mostrártelo en una próxima entrada. Mientras, te dejo con el vínculo a la canción mencionada, cantada por Francisco Canaro, su compositor junto a Mariano Mores; la letra es de Ivo Pelay: http://youtu.be/m_8L6MWgbc8.
(continuará)