30 de septiembre de 2014

La Paulina, Escocia y Cataluña


Estoy persuadido de que con cualquier nacionalismo la razón se toma unas largas vacaciones. Esperar de los oficiantes del secesionismo catalán declaraciones llenas de lógica, de sentido, revelaría un optimismo absolutamente impropio. Lo que sí se puede encontrar son piezas de pensamiento tremendamente originales. Resumo unas recientes declaraciones del señor Artur Mas, refiriéndose al resto de los españoles: Nos quieren. Muy bien. Pues si nos quieren que nos respeten y dejen votar.

Tan enhebrada argumentación me hizo recordar el caso de un conocido mío, que tenía una muy bella esposa y una joven criada, de nombre Paulina, también de buen ver. El marido un día, casi sin querer y porque estaba aburrido, le tocó distraídamente el antifonario a la doncella, sin que esta diera inequívocas señales de disgusto o enfado. Animado por el resultado del experimento, continuó estas exploraciones preliminares con el resultado de que la joven perdió a los pocos días su doncellez. Desde entonces, el buen hombre repartió sus deberes entre las dos mujeres, sin grandes problemas y en una situación vital personal cercana, próxima a la felicidad.

Hasta que la legítima se enteró. Entonces se armó el consiguiente barullo y el hombre tuvo que estructurar su pensamiento, para decirle a su esposa: Afirmas que me quieres y deseas lo mejor para mí. Pues si es así, ¿por qué no aceptas que me acueste con la Paulina, sabiendo lo mucho que me gusta eso? En el fondo, mi felicidad te importa un pimiento. Si me quisieras, dejarías que siguiera disfrutando del privilegio de la Paulina. Es la misma certera lógica de Artur Mas. Bueno, pues con tan meditado razonamiento, no pudo convencer a la cónyuge. Es que nunca se avienen a razones.

Otras joyas de pensamiento se relacionan con el referéndum escocés. Algunos catalanes dicen, para molestar y enredar, que admiran y envidian la sabiduría, el fair play, del primer ministro británico, David Cameron, al permitirlo. Algunos españoles arguyen, igualmente para molestar, que admiran y envidian la sabiduría del pueblo escocés y que con pueblos así se puede ser liberal y permisivo, no con otros. En realidad, si lo miras bien —y hasta mirándolo de cualquier manera posible— el caso escocés y el catalán se parecen como un huevo a una castaña.

Jamás en mi vida me había yo ocupado de Escocia y andaba tan contento en esa ignorancia. Ahora lo he hecho y aprendí muchas cosas. Para empezar, Escocia tiene unas ochocientas islas, muchas más que Cataluña. Es un estado soberano independiente desde la alta Edad Media —de hecho, a principios del siglo XVII el rey escocés Jaime VI devino también rey de Inglaterra e Irlanda— y sólo en 1707 se unió voluntariamente a Inglaterra, para formar la Gran Bretaña. Y resulta que, con  sólo un poco más de cinco millones de escoceses, tienen diez premios Nobel —el más conocido de ellos es, sin duda, Alexander Fleming—. Las aportaciones de este pueblo han sido notabilísimas en todos los campos de la ciencia, la ingeniería, las comunicaciones, la cultura. Para quien quiera saber algo más de todo esto, le sugiero que lea, como paso inicial, un artículo de Wikipedia, Scottish Inventions and Discoveries (Invenciones y descubrimientos de los escoceses). Se trata, en verdad, de un caso extraordinario y peculiar.

No tienen en cambio un plantel de premios mundiales de motociclismo que se pueda comparar al catalán (creo yo que muchos de estos campeones son catalanes; de esto no sé nada, nunca vi una carrera de motos). Ni tienen un entrenador de fútbol que haya conseguido tantos trofeos como el que hasta hace poco lo fuera del Barça. Y que haya logrado, lo que es mucho más difícil, aburrir con el juego que postula a espectadores de toda Europa. Vayan unas cosas por otras. No se puede tener todo.

Qué fastidio tener que hablar de todo esto. Trataré de no hacerlo más, de verdad. En el fondo, el problema estricto del secesionismo catalán no me importa gran cosa. Lo que soporto mal es la irracionalidad, el engaño, la demagogia y el recurso más o menos permanente a las masas. En cuanto a sus adalides, ¿no pudieron encontrar otros?