29 de septiembre de 2014

La pequeña y verde Holanda


Nunca oculté algunas veleidades didácticas de este blog. Ayer expliqué un poco la confusa nomenclatura de cierta parte de Europa a lo largo de la historia (Holanda, Netherlands, Países Bajos, Flandes, etc.). Seguramente no fue excesivamente divertido, pero tiene que haber de todo. También afirmé que era poco necesario escribir cualquier croniquilla de viaje, con tanta información asequible en Internet. A pesar de todo, contaré algo de mis recientes impresiones sobre Holanda.

A veces erramos en nuestras apreciaciones; tendemos a pensar que la hierba es mejor al otro lado de la verja. La imagen de valquirias rubias atravesando en bicicleta, con la melena al viento, los verdes y llanos campos de Holanda puede no ajustarse a la realidad. En las ciudades hay tantas bicicletas que el tráfico se embarulla y hay ciclistas desconsiderados, que invaden las aceras y molestan a los peatones. El clima acompaña poco y, aun considerando todas las ventajas de este modo de locomoción, no hay que olvidar que existen ciudades que por su tamaño pueden negociarse a pie, caminando. Quiero decir, que la felicidad no consiste en ir en bicicleta a todas partes.

En Amsterdam hay novecientas mil bicicletas y encontrar sitio para aparcarlas es difícil. Se roban unas doscientas mil al año, según la información de un guía. Otro guía dijo que el promedio de estos robos era de tres por ciudadano y año, lo que me parece excesivo. Incluso admitiendo que el ciclista robado recurriera al sencillo expediente de robar a su vez otra bicicleta, los holandeses pasarían una buena parte de su tiempo robándose estos vehículos unos a otros. Además, el tiempo en Holanda es muy variable. La recomendación que cabe hacer a cualquiera, al salir cada mañana de su casa, es: No olvides coger algo de abrigo, que puede hacer frío; ni la gabardina por si llueve. Y toma también el bañador, por si el tiempo se pone bien y quieres acercarte a la playa.

El paisaje sí tiene mucho de encantador y le recuerda a uno los conocidos cuadros de la pintura holandesa. La mirada se esparce en paz y sin tropiezos, la paleta de verdes es riquísima, en los canales estancados es como el jade. En primavera, cuando florecen los tulipanes, el campo es un tapiz delicado y precioso. Los animales están quietos, pastando incansables todo el día. No porque sean glotones, sino porque la hierba es un alimento pobre y son necesarias grandes cantidades para satisfacer las necesidades energéticas. Se ven sobre todo vacas, caballos y ovejas, cada uno a su bola, como se dice ahora. Al atardecer, vuelven ordenadamente al establo para su ordeño.

Ya dije que, nos guste o no, la organización social del país es a la que tienden otros países de nuestro ámbito cultural. El 67 % de los matrimonio acaba en divorcio, porcentaje no único en Europa. En La Voz de Galicia se cuenta hoy mismo que en esa comunidad se divorcian dieciocho parejas cada día. Una de las características más acusadas del ser humano es su extrema susceptibilidad al aburrimiento. Todas las fórmulas ensayadas para soslayar este inconveniente en las parejas, incluyendo la más ortodoxa y ritual, han sido un fracaso. El problema no tiene una solución fácil.

En Amsterdam se pueden comprar semillas de marihuana y hay pasteles y helados que contienen esa sustancia y se pueden adquirir libremente. Mi pregunta frente a esto, es siempre la misma. ¿Qué falta hacen en un mundo pletórico de belleza, de misterios y de interés? Entiendo que la vida puede ser también insoportable a veces. Hay que luchar para que esto no ocurra, para que no pueda ocurrir jamás. Es una tarea difícil, a la que no se coopera desde la evasión con las drogas.

A pesar de la permisividad general, hay sexo mercenario y el llamado Barrio Rojo de Amsterdam es un lugar irrenunciable para los turistas. Como el Reeperbahn de Hamburgo —los Beatles actuaron en algún club de allí antes de ser famosos—, como tantos otros. No ofrece nada nuevo, es lo mismo en todas partes. Sin embargo, hay un afán perentorio en visitarlo; también en las señoras. Para ver cómo son esas ‘otras mujeres’, qué ocultos atractivos pueden tener, estudiar algún pequeño ardid o atuendo que pueda ser honestamente copiado para encandilar de nuevo a los maridos, para mantenerlos eternamente enamorados. ¿Cómo son? ¿Son irresistibles bellezas? Hay de todo, como en todas partes. En esto, el mundo es bastante homogéneo y repetitivo. Infinitamente más interesante: el mercado de flores.