1 de octubre de 2014

De un mundo que se fue


¡Qué alegría, escribir de lo que a uno le gusta, sin atender a cualquier actualidad estúpida! Me referiré hoy, con cariño y nostalgia, por lo de las novatadas en los colegios universitarios al comenzar el curso, ahora en otoño, a cosas de mi pasado, de un mundo que ya se fue, que desapareció. Todos tenemos un mundo así, el de cada uno, que no pudo aguantar el soplo poderoso y ciego del tiempo.

Hablar de uno mismo tiene varias exigencias. La primera, la más importante, la de ser veraz. Consideraría una hecatombe moral el distorsionar, el embellecer espuriamente el pasado y transmitir una idea falsa y edulcorada de la propia historia. Sólo un vanidoso y tonto e inmoral puede hacer algo así. En la vida de cualquiera ha habido episodios poco honrosos, que no querríamos que fueran conocidos. Con no contarlos basta. Pero tergiversarlos, suplantarlos, eso jamás; eso me repugna. Y conviene contar lo que sea, sin tomarse demasiado en serio, tratando de unir el humor a lo que se vaya desvelando. Por último, hablar de uno, sólo un poquito.

Conté cosas de Amsterdam hace poco. Pero no dije nada de mi llegada a un concierto allí, aupado en la bicicleta de una amsterdanesa joven y bastante guapa —no viaja uno de París a Amsterdam por una cualquiera—. La conocí, con otra amiga suya, cuando hacían autostop. Iba yo con mi R-8 (un antiguo coche Renault, para los que tenga pocos años) a París y las subí. Yo tenía poco menos de treinta años, no era exactamente un muchachito. Al terminar mi estancia en París, salí disparado para Holanda, avisando previamente. A esa edad, qué cordura se puede exigir. En cualquier caso, yo no la tenía, no la había reunido aún.

Llegué a la casa en que vivía sola la chica y no recuerdo siquiera si dormí allí. Sí recuerdo perfectamente que había comprado entradas para un concierto y me llevó en el asiento de atrás de su bicicleta. Y recuerdo muy bien que tenía en gato y que todas sus caricias fueron para él —un gato odioso, naturalmente— y que a mí me olvidó, me postergó injustamente. Fue educada y hospitalaria, pero nada más. Mi cerebro se ha vengado de tanto desafuero, olvidando su nombre y sus facciones. Sólo recuerdo mi llegada al centro de la ciudad a lomos de esta holandesa, fuerte, hábil con la bicicleta y amante suprema de gatos.

Cuando hablé ayer de mi conocido, el de la Paulina, no me extendí en ciertas consideraciones pertinentes, de índole moral. Ya dije que su esposa era muy bella; el personaje de un relato mío, Kitza, que murió en un accidente de coche, está inspirado en ella. La real, era bastante mal bicho, para entendernos. Si hubiera tenido un accidente, seguramente le habría pasado lo que a aquel conde francés que se cayó con su caballo por un terraplén y recibió cientos de llamadas interesándose por el caballo. Era guapa pero perversa, que no tiene nada que ver una cosa con la otra.

No habría metido yo esa mujer en mi vida por nada del mundo. Ahora bien, lo de acompañarla un buen fin de semana en un lugar tranquilo es muy distinto. Y mi pregunta es la siguiente: ¿Hubiera sido eso pecado? Porque yo no deseaba a esa mujer del prójimo de ninguna manera, sólo tenerla para un ratito libre.

Los diez mandamientos vienen explicitados en el Pentateuco, en Éxodo 20:2-17 y en Deuteronomio 5:6-21. En ambos, se dice claramente: no codiciarás la mujer de tu prójimo […], ni su siervo, ni su sierva. Pero no se habla de un préstamo temporal, discreto. Sí extiende la prohibición a los siervos; o sea que de la Paulina, la criada, a olvidarse. Se habla también del adulterio, pero no se veda nada a un hombre y mujer libres. Lo tengo que charlar con mi párroco; no quiero que me acusen de corruptor de los  mayores que me lean. Los jóvenes están ya suficientemente corrompidos en esto.

Quería comentar lo de las novatadas y me alargué demasiado. Son tan distintas de las de mi época, que por eso hablo del tiempo que se fue. Lo contaré todo en mi próxima entrada.