2 de octubre de 2014

Un mundo que se fue (fin)


Mi entrada de ayer, Un mundo que se fue, se entenderá mejor hoy. Escribí influido por la noticia de una iniciativa consensuada en el Senado para prohibir las novatadas universitarias. En la actualidad, suponen, con cierta frecuencia, tratos vejatorios, humillaciones, amenazas o maltratos. En nada se parecen a las de mis tiempos, a las de ese mundo que desapareció. Contaré algunas.

Relatar algo que a uno le hace gracia, porque lo vivió y conoció las circunstancias, comporta el riesgo de errar en la apreciación y aburrir. Espero que no sea este el caso. Lo hago para que quede constancia de una manera de vivir, de entender la vida, que, desgraciadamente, cambió. Alguien dijo que cuando se muere un viejo es como si se quemara una biblioteca, por la información que se pierde. Yo querría ahora dejar testimonio de algunas novatadas de las que fui testigo en mi juventud.

En mi Colegio Mayor las mesas del comedor eran de seis. La sirvienta ponía lo que fuera en el centro de la mesa y cada uno cogía la sexta parte. A veces alguien calculaba mal y tomaba de más, lo que originaba leves protestas. Un amigo mío decía: ¡Coño, pero si es muy fácil! Se divide por seis, se coge un poco más y ya está. Un poco más, ese era el secreto, no mucho más. Como en la vida, quizá.

En una de las bromas a los novatos, los recién llegados, nos sentábamos a la mesa, con él, cinco veteranos, uno de los cuales se había lavado escrupulosamente las manos y se ofrecía a repartir, por ejemplo, los filetes con salsa que estaban en la bandeja central. ¿Quieres salsa, nos preguntaba, a los otros veteranos primero? Decíamos que sí, y con la mano echaba la salsa sobre nuestro plato. Al novato se le preguntaba lo mismo y solía decir que no, que no quería salsa. Entonces el oficiante cogía el filete y con las dos manos lo escurría muy bien para quitarle la salsa. El novato, resignado, comía su porción, espantado sin duda por nuestros curiosos hábitos.

Otra broma, más ingeniosa, era como sigue. Llegaba el novato por primera vez a su habitación, abría su maleta y ordenaba y distribuía sus cosas. Cuando veíamos que bajaba a cenar, nos reuníamos allí unos veteranos, escondíamos cuidadosamente todo en el armario y nos poníamos a hacer algo. Volvía el novato, abría la puerta y se excusaba por haberse confundido de habitación. Cuando no encontraba su habitación por ninguna parte, su perplejidad iba en aumento. Hasta que le informábamos del asunto, siempre entre risas. Y ya quedaba insertado en el grupo, en el Colegio.

Otra, algo más macabra. El novato iba a cenar y le acompañábamos unos veteranos. Mientras, uno de nosotros se colocaba en su armario, aparentemente colgado de una cuerda en la barra para las perchas, como si se hubiera ahorcado. Volvíamos juntos, con algún pretexto, a la habitación y en el momento oportuno alguien abría el armario ante la vista del novato y aparecía el cadáver. El susto solía ser mayúsculo.

Menos elaborada, la broma más extendida era algún tipo de relato que permitiera la exageración progresiva. Los veteranos hablaban entre sí de las portentosas facultades de alguien, en cualquier actividad, mientras el novato atendía a la conversación. ¡Cómo comía Fulano!, decía un colegial viejo, por ejemplo. Se comió una vez un pollo en una sentada, en un momento. Yo le he visto, añadía otro, comerse dos pollos en quince minutos. Eso no es nada. Yo le vi… Y así hasta que el novato se daba cuenta de que todo era mentira, de que le estaban tomando el pelo. Unos tardaban más y otros menos en descubrir el engaño. Teníamos así una idea de su candidez, de su credulidad.

Nunca vi otras violencias ni humillaciones. Entonces éramos así. No éramos santos, pero no éramos agresivos, con las naturales excepciones. Era un mundo más tranquilo, más sosegado, más respetuoso, más ordenado. Teníamos que esforzarnos con ahínco para conseguir las cosas. No nos habían atiborrado de regalos, de caprichos. Un mundo que se fue. Espero no haber escrito bajo los efectos turbadores de la catatimia. De ese palabro, de la catatimia, hablaré el próximo día.