10 de octubre de 2014

El príncipe condenado


En mi entrada de anteayer hablaba de cómo algunas personas dejan encargos, a veces de difícil o imposible cumplimiento, para el momento de su muerte. Lector, como sé que te gustan las leyendas y las historias orientales —lo vislumbro así en las estadísticas de lectura de mi blog—, te voy a contar hoy un cuento árabe en el que su protagonista no tiene demasiadas opciones respecto a su forma de morir y sólo pretende que su muerte sea rápida y súbita, como las que proclamaba Plinio el Viejo que eran la postrera felicidad de la vida.

Empezaré como en mis tiempos de niño. Érase una vez un príncipe, joven y atrevido, que había hecho una guerra y la había perdido. Las guerras se pierden siempre, hasta cuando se ganan, pero esto él no lo sabía; ya he dicho que era joven. Este príncipe, derrotado y hecho cautivo por el vencedor, otro príncipe que tuvo algo más de suerte, sabía muy bien que, de acuerdo con las leyes que imperaban entonces, habría de ser decapitado sin posible perdón.

Sin embargo, se trataba de un príncipe y el vencedor no tenía más remedio que tener ciertas elevadas consideraciones con él, aunque se tratase de un vencido, de un prisionero condenado a morir. Se le instaló en un palacio dedicado exclusivamente a su persona y se ordenó a todos que se le tratara de acuerdo con su alto rango. Todo el personal de esta corte asignada estaba a su servicio. En realidad, el príncipe hasta podría haberse olvidado de que estaba cautivo, si no fuera por la amenaza segura e imprescriptible de su condena. El prisionero era consciente de que sería decapitado sin remedio, indefectiblemente.

Como es de suponer, a pesar de tantos honores y delicadezas, el príncipe estaba triste y su rostro mostraba las huellas de su infortunio. Ni las músicas, ni las danzas, ni la compañía de las más seductoras esclavas puestas a su disposición, conseguían ahuyentar la sombría máscara de la muerte, su constante ronda. Pasaron meses así y un buen día, cuando ya no pudo aguantar más, pidió a su vencedor que, por piedad, lo matara cuanto antes:

— La vida en estas condiciones me es más insoportable que la propia muerte, le dijo. Te lo ruego, haz que esto acabe de una vez. Sólo te pido que sea una muerte que no me haga sufrir demasiado, que sea una muerte limpia y rápida.

Muy pocos días después, el vencedor invitó al desgraciado príncipe a su propio palacio y participaron ambos en una fiesta suntuosa en la que los alimentos, la música, los artistas que cantaron y bailaron fueron de una calidad única, sublime, reconocida así por todo el mundo. Sólo el príncipe perdedor no se sumó al gozo de la celebración. En un momento se acercó a su anfitrión y le pregunto: ¿Cuándo me darás la muerte?

— Ya viene, le contestó este, impasible. Tu verdugo ya está aquí.

Empezaron  de nuevo los bailes. Un danzante enorme, que portaba un sable resplandeciente en su mano derecha, empezó a dar los primeros pasos de una danza. Lo hacía muy lentamente, con una elegancia extraordinaria. Todos lo miraban fascinados, incluso el príncipe condenado.Sus movimientos eran de una gran armonía y agitaba con suprema gracia el sable, que al cortar el aire producía agudos silbidos semejantes a los de una serpiente enfurecida. Poco a poco el ritmo de la danza se fue haciendo más rápido y al final era ya frenético.

El baile duraba ya mucho tiempo, pero todos los espectadores seguían incansables los pasos del danzarín, que se acercaba a veces hasta ellos en sus acrobáticos saltos. El príncipe, cansado de la inútil espera, angustiado, preguntó al vencedor:

— ¿Cuánto tiempo va a durar esta inquietante danza? ¿Cuándo me cortarás la cabeza por fin?

Entonces, el vencedor le sonrió y le contestó:

— He cumplido ya mi palabra, tu cabeza está ya cortada. Inclínate un poco hacia delante y verás como cae inmediatamente.