9 de octubre de 2014

Sobre el asunto ese de morirse (fin)


A estas alturas no será preciso descubriros, amigos lectores, que la concisión no figura en el corto repertorio de mis virtudes. No imagináis cómo he implorado esta gracia. Porque estoy de acuerdo con el conocido dicho de nuestro Gracián de que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. También, y esto ya es más preocupante, con lo que asegura Chejov de que “la brevedad es hermana del talento”.

Me resulta difícil —me resulta imposible— reducir el tamaño de las entradas del blog. Quería que ocuparan sólo unas líneas y no he podido lograrlo. Ante este fracaso, me puse un límite: un folio en interlineado sencillo, al que sí me he acomodado, y es la extensión usual de mis entregas (unas setecientas palabras). A veces me da por continuarlas, con lo que se descuajeringa el invento. Acaba de pasarme ahora, con la entrega de ayer.

Es que leyendo a don Claudio, del que ya dije ayer que quería morir en Ávila entre tañidos de campanas, encuentro un largo párrafo que no puedo dejar de transcribir, respetando su puntuación: “Disculpad si el solo nombre de Ávila me embarga el alma de emoción. ¡Ávila lejana y amada a cuya historia va unida la historia de los míos desde hace muchas décadas, Ávila en cuyos templos aprendí a rezar con mi madre y entre cuyas iglesias, palacios y casonas recibí el humano maestrazgo paterno, Ávila donde han transcurridos los días más felices y más tristes de mi vida, donde reposa para siempre la mujer que fue madre de mis hijos, Ávila cuyas piedras doradas, cuyo cielo purísimo nos arrebataban de la envoltura carnal y miserable que encierra nuestro cuerpo para llevarnos a las regiones serenas del espíritu, Ávila plegaria en piedra elevada por mis mayores al Altísimo y amurallada fortaleza por ellos levantada en los caminos del hacer de España, Ávila lejana y amada y hogar hoy añorado de los míos del que la vida me ha privado, quiero dormir el sueño eterno al amparo de tus agudas torres, al pie de una de las encinas que te cercan y bajo el alto cielo castellano que te cubre, y mientras llega ese instante de tránsito fatal, vaya hoy para ti con mis requiebros mi oración!”.

Don Claudio me cae bien. Con esta parrafada —no es literatura, es amor—, me lo imagino al otro lado del Atlántico, reventando de afecto y nostalgia por su tierra. Quiero a la gente que, como él, dedicada a otras tareas, encuentra tiempo para escribir una novela. Esas obras son hijas del amor, casi de la necesidad. Era testarudo, perdonador difícil, perseguidor infatigable de sus oponentes. Quiero creer que era tierno con los que lo merecen e implacable con los que no. Me placen los caracteres así.

En un relato mío, el protagonista quería morir en Nueva York. Contempla su esplendor nocturno y dice: “Aquella maravilla terminaba lenta y no completamente cada noche, pero te quedaba la certeza de su eterna y cotidiana renovación. Y lo mismo al pasar por los innumerables puentes o al subir al Empire State o al delicioso bar del último piso del 666 de la Quinta Avenida. Verdaderamente, sería un privilegio tener esa imagen en los ojos al despedirse del mundo, llevarla en la retina cuando se hubiera acabado todo”. Cuando lo escribí, ese personaje podría haber sido yo.

A una buena amiga le escribí una carta, tratando de intrigarla, de asustarla un poco: “Al salir de Úbeda, paramos en el cementerio, para visitar los muertos de la familia. El mundo parecía en paz. No había nadie, sólo un hombre que fijaba con tornillos unas letras de un metal brillante, las de un apellido, sobre la lápida horizontal de una tumba. Nos saludó muy amablemente; quizá se alegraba de no estar completamente solo.

Yo lo observaba disimuladamente, mientras mi esposa arreglaba unas flores. En un momento, el hombre se distrajo y empezó a colocar una V tras una R. Me pareció oír entonces unos golpes desde abajo, desde la tierra. El lapidario dio las gracias —de eso sí que estoy completamente seguro—, quitó la V y puso una I. Nos saludó otra vez cuando salimos. Por cierto, desde nuestra tumba, la de mi familia, se tiene una buena vista: mirando hacia el norte se ven los olivos, descendiendo mansamente hacia el valle del Guadalimar. A Serrat le gustaría el sitio”. Mi amiga ni se inmutó por la historieta. Me conoce bien; sabe que me invento cosas.