8 de octubre de 2014

Sobre el asunto ese de morirse


 A la gente, en general, le preocupa lo de morirse, ese avatar insoslayable. Unos versos del siglo XVI ya avisan: Que tengo de morir es infalible. Son de un poeta anónimo, aunque hay muchos candidatos. Investigando un poco la posible autoría, recuerdo que también es anónimo el célebre y más elevado soneto, que empieza: No me mueve, mi Dios, para quererte, del mismo siglo, atribuido a Santa Teresa de Ávila, San Juan de le Cruz, San Ignacio de Loyola y otros. Hay hasta quien rastrea en él ciertas influencias del místico murciano Abu Bark Muhammad ibn Arabi (1164-1240).

 Muchas personas hacen planes o dejan instrucciones muy precisas para cuando llegue el momento de su muerte y en ocasiones parece que quisieran complicar la vida a los prójimos, pidiendo cosas raras o extravagantes. Como aquel campesino que vivía entre Porrosillo de Arriba y Porrosillo de Abajo, dos pueblos próximos, y dejó dicho: si muero en Porrosillo de Abajo quiero que me entierren en el de Arriba y si muero en el de Arriba que lo hagan en el de Abajo. Cuando le preguntaron la razón, el porqué, se limitó a contestar: para jorobar (u otro verbo análogo).

Mezclo alguna broma, pero también hay poetas que hacen recomendaciones sobre el tema. Ya conté que Pablo Neruda confesó que “vivía en los bellos nombres, gozando de cada sílaba, en el nombre de Singapur, en el de Samarkanda”. Pues deseaba que al morir lo enterraran “en un nombre, en un sonoro nombre bien escogido, para que sus sílabas canten sobre mis huesos, cerca del mar”. Vivía en bellos nombres y en ellos quería ser enterrado. Las dos cosas son complicadas, ¿verdad?

El tierno, inmenso, irrepetible Federico García Lorca, también escribió algunos versos en el mismo sentido:
Cuando yo me muera,
enterradme si queréis
en una veleta.

¡Cómo puede ser irónico y cruel el destino! Quién le iba a decir al pobre que tendría una muerte absurda y trágica y que sus restos tal vez no serían encontrados e identificados nunca. Se cuenta que Julio César Escalígero, un médico humanista del siglo XVI, no podía leer el relato de la muerte de Sócrates, en el Fedón platónico, porque se echaba a llorar. Os digo que se me encoge el alma cuando pienso en el vil asesinato de Federico, ese inocente que vivía y creaba la felicidad.

Otro poeta andaluz, profundo en su sencillez, Manuel Alcántara, con el que ni la Muerte se atreve —tiene ya ochenta y seis años y ojalá cumpla muchos más—, quizá se ha inspirado, para cuando muera, si muere, en esos carteles que se ponen a la puerta de las habitaciones en los hoteles, para no ser molestado:
Cuando termine la muerte,
si dicen ¡A levantarse!,
a mí que no me despierten.

El historiador Claudio Sánchez-Albornoz también tenía algún capricho. No en cuanto al lugar, que quería que fuese su Ávila natal. Pero sí pedía ir acompañado del tañer de campanas. “Cuando me lleven a enterrar con los míos, que anuncien mi deceso en las torres abulenses con campanas, como era habitual en mi mocedad”. Supongo que se hizo así. A mí, de don Claudio, aparte de sus ensayos históricos, me gusta una bella y breve novela, Ben Ammar de Sevilla, que ya mencioné.

Es para pensarlo bien, ese viaje final a Ítaca que hacemos todos los mortales. Cuando el mundo se despuebla de caminos y sólo queda el que nos devuelve al punto de partida. Cuando se torna uno sembrador involuntario de soledades y va ya vencido, memorando, como de un sueño ajeno, la huidiza juventud, la felicidad esquiva. Cuando se busca con urgencia esa palabra justa que uno quiere decir, y decirse, antes de morir. En verdad, la vida, la de cualquiera, es la historia de una derrota.