6 de octubre de 2014

Más sobre el olvido (fin)


El temor a olvidar puede llegar a angustiarnos. Los recuerdos son el hilo que vertebra nuestra conciencia, los materiales con los que  edificamos nuestra personalidad. Cuando en el año 138 a. C. las huestes romanas llegaron al río Limia, en Galicia —al que llamaban Lethe e identificaban con el Letheo, el río del Hades de la mitología griega, que borraba la memoria de los que lo cruzaban—, los legionarios se negaron a proseguir. El general que los mandaba, Décimo Junio Brutus Gallaicus, tuvo que cruzarlo el primero y ya en la otra orilla habló a sus veteranos en su lengua latina de siempre y los llamó por sus nombres, para disipar en ellos el miedo a la amnesia producida por sus aguas.

Para algunos, en el Hades había otro río, el Mnemósine, que tenía justamente los efectos contrarios: sus aguas hacían recobrar la memoria de todas las cosas. Después de la muerte, a cada uno se le ofrecería la posibilidad de elegir el agua de uno de los dos ríos para beber. O bien olvidarlo todo o bien recordarlo todo. Una elección quizá nada fácil, amigo lector, para muchos de los humanos.

Existen muchas fantasías sobre los medios para lograr el olvido. Aprovecho para recordar a mis lectores un escritor español del XVII, Cristóbal Lozano, del que no diré nada más, cuya biografía se puede leer fácilmente en la red. En el primer tomo de un curioso libro suyo, Historias y Leyendas, leo la de Moisés y Taibis, sin ninguna base histórica o documental. Según esta, Moisés habría permanecido en la corte del faraón, llegando a mandar el ejército egipcio. Derrotó a los etíopes y los persiguió hasta su país, en donde sitió la ciudad de Sabá, en la que se habían refugiado. Tenía el rey de Etiopía “una hija agraciada; aunque morena, donosa en el aseo, bizarra en el talle, briosa en las acciones”. Taibis, que ese era su nombre, enamorada de la fama de Moisés, andaba ansiosa por verle y lo logró, “dejándose cautivar de su gala y gentileza”.

Una noche, acompañada de una fiel criada y disfrazadas como varones, pudieron llegar hasta Moisés, quien, al saber que era la princesa, la trató con la debida cortesía. Confesó ella que “le estaba, por la fama, aficionada mucho, y habiéndoos visto, claro está que estaré más”. En fin, le dijo, “si lo inmenso de mi amor, si el extremo de mi arrojo, si lo grande de mi fe pueden recompensar y suplir la blancura que me falta, la beldad de que carezco, admitidme esclava con el honroso título de esposa, y yo pondré a vuestros pies esta ciudad y el reino de mi padre”. La princesa sabía hablar y ofrecerse.

Moisés quedo pasmado del suceso, sigue contando Lozano, y tras pedir consejo se avino a los propuesto. Con magnífica pompa fue recibido con los  suyos en la ciudad, en donde se casó y en tálamo real gozó de su enamorada etiopisa (sic). No duró mucho el casorio, porque, como apunta certeramente el escritor, “una negra, por más que le adornen los aseos es siempre cara de noche” —es que Lozano no conoció a la Naomí Campbell ni a otras bellezas de su raza—. Moisés empezó a preparar su vuelta a Egipto y cambió ostensiblemente en su comportamiento con la princesa. Esta reaccionó, como ocurre a veces, redoblando sus caricias y halagos.

Viendo Moisés que con desvíos y desaires no podía desasirse de ella, procuró valerse de  su ciencia, como famoso astrólogo que era. Fabricó un anillo de oro y en una piedra preciosa que le puso por engaste pintó su retrato. Taibis lo recibió gustosa y apenas lo miró “se llenó de olvidos del que idolatraba tanto”. Tan eficaz fue el tratamiento que cuando partía Moisés con sus soldados y con sus riquezas no hizo la princesa la menor demostración de sentimiento, sino que, olvidada de que era su esposo el que se ausentaba, le despidió con  mil agrados y se quedó contenta. Talmente como la hija de una amiga mía, que acaba de divorciarse, que se quedó como perro al que le quitan pulgas. Y sin necesidad de ninguna clase de anillo. Lo que son las cosas.

García Márquez habla en Cien años de soledad de ‘tiempos reservados al olvido’. Otros son dedicados al recuerdo. La vida nos va dictando sabiamente, en cada momento, lo que conviene. Es desolador saber que hay seres humanos que apenas tienen cosas felices que recordar. Quizá algo en su infancia. Demasiado poco. Nada.

Para terminar, como puro estrambote, una cita de William Bernbach, el conocido publicista estadounidense: La diferencia entre lo que se olvida y lo que permanece es el arte.