18 de diciembre de 2014

Templo de Hera Lacinia en Capo Colonna


Palabras clave (key words): templo de Hera, Zeuxis, Helena de Troya, Milón, columna de oro, Aníbal

Dije que hablaría del templo dedicado a Hera Lacinia —esposa de Zeus, diosa protectora de las mujeres y de la fertilidad—, junto a Capo Colonna, en las cercanías de Crotone, en la Magna Grecia, la parte de Italia y Sicilia a la que llegaron inmigrantes helenos. Los primeros colonos provenían de Graia, en Hélade, y de ahí los romanos derivaron en latín la palabra Grecia. Ulises, al regresar de Troya, anduvo perdido diez años por esa tierra, buscando sin descanso el retorno a su patria, a Ítaca.

El templo estaba cubierto de mármol blanco y el célebre pintor Zeuxis (siglo V a. C.) colgó en él su retrato de Helena de Troya, para el que sirvieron de modelo las cinco doncellas más bellas de la ciudad de Crotona, a las que el pintor pidió que le dejaran reproducir la parte más cautivadora y perfecta de cada una —partes todas honestas, se entiende—. También nació en la ciudad, un siglo antes, el famoso atleta Milón, seis veces vencedor absoluto de los Juegos Olímpicos, que casó con una hija de Pitágoras. El filósofo le estaba agradecido porque en una ocasión, mientras impartía una lección, el techo del recinto se vino abajo y el fortísimo Milón lo aguantó hasta que todos los asistentes salieron sanos y salvos. Y luego, encima, le colocó una hija.

Ese templo, del que ahora queda sólo una columna, era riquísimo. El historiador Tito Livio cuenta, en el capítulo III del libro XXIV de su Historia de Roma (abrevio el texto): Había allí un denso bosque y en el centro un claro con pastos, para el ganado consagrado a la diosa, del que no cuidaba nadie. Al acercarse la noche, en la sobretarde, los distintos rebaños se separaban y volvían a sus establos, sin que ningún animal de presa los acechase ni humano alguno los robase. Con las grandes ganancias obtenidas, se fabricó una columna de oro macizo dedicada a la diosa. El templo se hizo famoso tanto por su riqueza como por su santidad y se le atribuyeron muchos milagros.

Lector, esto no es un tratado de historia y no tengo obligación de ser siempre veraz. Pero que había una columna de oro macizo, eso me parece seguro. ¿Que por qué? Pues porque frente a tanta columna expoliada y tanta desolación, también tiene que haber algo alegre y esperanzador en esta vida. Te digo que existió esta columna de oro. Es más, alguien, seguramente, tuvo la buena idea de enterrarla en alguna parte y debe de estar todavía por allí, esperando al afortunado que la encuentre, que no todo van a ser desgracias y calamidades. Y habrá más columnas parecidas, de oro, en el mundo.

Aparte de su función religiosa, el templo servía también tradicionalmente como lugar de cobijo para navegantes y mercaderes. Por ser lugar sagrado ofrecía protección frente a los ladrones y muchos fieles guardaban allí sus riquezas. La práctica de utilizar los templos como bancos era normal. En Roma, las vestales eran depositarias de testamentos y contratos, y en el templo de Saturno Erario estaba depositado el tesoro de la ciudad. O sea, templos y riqueza unidos, hermanados. Nihil novum sub sole.

Aníbal retornó desde este lugar a Cartago, al final de la segunda Guerra Púnica. Mandó colgar en las paredes del templo unas placas de bronce contando sus gestas en tierra italiana y de paso saqueó el tesoro para resarcirse de los gastos de las mismas, que nada es gratis y todo tiene su contabilidad.

15 de diciembre de 2014

Templo de Hera Lacinia en Capo Colonna


Palabras clave (key words): Templo de Hera Lacinia, Capo Colonna, desolación, Agrigento

El corazón humano es caprichoso y también certero. Tiene sus razones propias; se apasiona y burbujea en el pecho por motivos que no aparecen claros al entendimiento. Yo diría más bien, que fuerzan al entendimiento a esclarecerlos. Cuento esto tras haber leído el relato de un viajero francés del siglo XIX en Calabria y ver después una foto que me ha conmovido profundamente, que me ha hecho pensar. He visto ruinas de muchas clases en diferentes países; sé que hay ciudades antiguas que ni siquiera podemos localizar, que no se sabe dónde estuvieron… Aun así, lo que muestra la foto es, para mí, mucho más desolador e inquietante. Se trata de lo que queda del templo de Hera Lacinia, en Capo Colonna (cabo de la columna), en la Calabria italiana.


Hasta el siglo XVI este cabo se llamaba “Capo delle Colonne” —antes de que hubiera allí templo alguno, su nombre era Lacinion—, porque, si hemos de creer a otro viajero de esa época, todavía quedaban cuarenta y tres columnas en pie. Las columnas eran de estilo dórico, de unos ocho metros de altura y las derribaban para utilizarlas en otras construcciones.  El templo fue construido a finales del siglo VI a. C. , en lo que se ha llamado la Magna Grecia. En 1638 ya sólo quedaban dos columnas y una de ellas fue derruida ese año por un terremoto. Ahora queda una y, como dijo un rústico del lugar: E col tempo anche questa caderà.

Te das cuenta, lector, sólo una columna. Ella sola, arañada por el viento, roída por el tiempo, da una idea, por remota que pueda ser, de lo que fue el templo. Se conserva bella, altiva, representante del supremo arte griego, testimonio de la vulnerabilidad de las obras humanas, a la orilla misma de un mar azul intenso, como de zafiro fundido. Tal vez es una prueba de la determinación de la diosa de no abandonar el lugar donde fue adorada y honrada durante siglos. Y sirve como señal a los pescadores que se buscan trabajosamente la vida en estas aguas no siempre calmas.

Si esa columna cae, por la razón que sea, ningún viajero encontrará ya nada que estimule su imaginación; tendrá que recurrir a las enciclopedias o a los museos… y no es lo mismo. Yo no siento la necesidad incoercible de descubrir ninguna de las ciudades que se han perdido. Pero conservar esa columna sí me parece que me concierne. Porque no es sólo la columna. Es toda la melancolía que despierta, las enseñanzas que revela, lo aleccionador de su presencia. Contemplar esa imagen es conocer lo que es la vida, lo que nos aguarda a todos, es descubrir la urdimbre del tiempo y la terrenidad.

No sé si me hago entender. Lector, te muestro otra foto de otro templo, también atribuido a Hera, en el Valle de los Templos, en Agrigento, en Sicilia. En ella se puede ver todavía lo que fue la fábrica original, se adivina claramente su estructura. Nada de eso ocurre con esa columna aislada que nos habla de destrucción sin límites y sugiere los peores augurios. El sentimiento de que esa columna está llamada a desaparecer, que sucumbirá indefectiblemente un día, del que sólo falta la fecha, es lo que prevalece aquí y es una emoción triste y desesperanzada. Por eso conmueve tan sin descanso.

Otro día te hablaré de lo que fue ese viejo templo condenado a desaparecer del todo, ese templo del que sólo queda una columna.

12 de diciembre de 2014

La impotencia del poder (fin)


Palabras clave (key words): coronación, Carlos V, Bolonia, Papa Clemente VII

Lorenzo de Médici, el emperador Federico II Hohenstaufen, el dominico Savonarola, pudieron comprobar que el poder nunca es absoluto, siempre es inestable, evanescente. Ni los emperadores, ni los Papas acaban de dominarlo, de poseerlo enteramente. En una ensoñación mía —en un relato, La Fortuna y el Tiempo— sobre la coronación del emperador Carlos V en Bolonia, lo contaba yo así. Lector, te ofrezco un fragmento; es un día de febrero del año 1530:

Cruzan de cuando en cuando raudas bandadas de pájaros. Tiemblan las veletas con el vientecillo delgado de la campiña romañola. Voltean las campanas enloquecidas, heridas por los rayos del sol y desangrándose en fulgores bermejos. Desde el palacio en el que reside Carlos V hasta la iglesia de San Petronio, lugar en donde tendrá lugar la  coronación, se ha construido un pasadizo abierto, que atraviesa toda la plaza y por el que se puede llegar al interior del templo. El laurel abraza los escudos imperiales y papales; banderas y oriflamas se agitan al viento; el estrépito es ensordecedor. Se oyen sin cesar gritos de ¡Imperio, imperio! ¡Libertad, libertad!

Ya sale el séquito de la iglesia. Los primeros son los familiares de los cardenales y de los príncipes. Siguen después los regidores de la ciudad, los rectores de las Universidades, los doctores de los Colegios, en lugar muy destacado los españoles del Colegio de San Clemente. Después los clérigos, los acólitos con hachones de cera encendidos, los príncipes, duques, marqueses, condes. Los cardenales, de dos en dos. Nacen luceros fugaces en las armaduras de los caballeros. Se oye el roce cortesano de las sedas y los tafetanes, de los brocados, de los terciopelos, de los nobles tejidos de oro y de plata. Cruzan la puerta del templo el marqués de Monferrato, el duque de Urbino, el duque de Baviera y el duque de Saboya, que llevan, en ese orden, acompañados cada uno de quince criados, los signos de la majestad imperial: el cetro, la espada, el orbe y la corona.

De la iglesia sale, por fin, el emperador y, tras él, el papa, que le había traicionado primero y coronado después. Se prepara un palio para cubrirlos. Siguen detrás los embajadores, los obispos, los altos prelados. Desfila pesadamente el cortejo bajo los arcos triunfales recubiertos de hiedra y de flores, entre el ruido trepidante de los tambores y timbales. Va precedido por los toques marciales de las trompetas incansables, quebrantadas por la furia de las bocas febriles. El sol golpea e incendia los vitrales enmarcados en plomo.

Todo el poder y la gloria reventando en una plaza rebosante de hombres y mujeres, que apuran anhelantes la visión fugaz e imperecedera. Todo el poder y la gloria del mundo y de los cielos. En la enorme ciudad, quizá sólo dos personas son realmente conscientes de la última banalidad del espectáculo: el papa y, sobre todo, el propio emperador, que ha sabido ya muchas veces de la impotencia de su poder.

Sí, exactamente: de la impotencia de su poder.

11 de diciembre de 2014

La impotencia del poder (II)


Palabras clave (key words): poder, Savonarola,  Federico II Hohenstaufen, muerte

El de Lorenzo era sólo un poder terrenal frente a otro infinitamente más fuerte, tocado de eternidad, el de Savonarola, que lo maldijo en vez de absolverlo y lo dejó inconfeso en los mismos umbrales de la muerte. Sin el consuelo del perdón, justamente cuando le llegaba la hora de dar cuenta de todos los actos de su vida, incluida la masacre de Volterra, ante el severo tribunal de Dios.

Poder terrible, el de Savonarola, que no le sirvió a él tampoco cuando, seis años más tarde, fue hecho prisionero por orden del Papa, declarado hereje y condenado a morir. Savonarola se había amparado en el poder de Carlos VIII de Francia; poder que se esfumó, en un momento, cuando el rey murió, con sólo veintisiete años, tras un accidente en un partido de pelota. El ejército del Papa Alejandro VI entró en Florencia y el monje hubo de esconderse en el convento de San Marcos. Lo hicieron prisionero y lo torturaron durante cuarenta y dos días, hasta que firmó una confesión de la que se arrepintió enseguida. El veintitrés de mayo en la Piazza della Signoria, fue estrangulado por garrote vil y luego llevado a la hoguera, en la que, según testigos, tardó en quemarse varias horas y se le sacó y devolvió al  fuego varias veces hasta convertirlo en cenizas, que fueron arrojadas al río Arno. Ese fue el fin del poderoso dominico.

¡Ah, los Papas, el terrible poder de los Papas! Sobre todo esto meditaba yo el otro día, cuando recordé el libro del senador Fulbright, La arrogancia del poder, y me perdí por esos caminos. Pero ya conté hoy las pesadillas que asediaron a Lorenzo en su muerte. Para comprobar, una vez más, que nada hay más inestable y engañoso que el poder; ni siquiera el amor, ese brillante fuego de artificio creado por la Naturaleza para asegurar la perpetuación de los humanos. Hace tiempo que descubrí esa característica del poder y lo plasmé en un relato histórico, La Fortuna y el Tiempo.

Otro grande del mundo, Federico II de Hohenstaufen (1194-1250), al que se llamó stupor mundi (pasmo del mundo), rey de Sicilia, Chipre, Jerusalén y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se quejaba de ese poder de los pontífices, contra el que batalló toda su vida. Por su atuendo y costumbres parecía uno de los sultanes de Oriente a los que había conocido y tratado durante su participación en la sexta cruzada. Refiriéndose a ellos decía, cargado de ironía: “¡Que felices son por no tener delante a ningún Papa!”. Federico II murió en Castel Fiorentino, el trece de diciembre de 1250, en su cama, vestido con el hábito cisterciense. No tomó parte en la última campaña contra Inocencio IV, porque probablemente estaba ya cansado de batallar, de intrigar, de tratar de convencer, de pactar, de amenazar, de castigar. Estaba cansado de vivir y decidió refugiarse en esa paz que trae siempre la Muerte.

Era inteligente, culto, soñador y escéptico; hablaba nueve lenguas y era capaz de escribir en siete. Tenía sólidos conocimientos de astronomía, medicina, matemáticas y filosofía. Seguramente compartiría el espíritu del epitafio en versos latinos que un famoso escritor francés, hacia el fin del siglo XIX, pudo ver en Brindisi, la ciudad portuaria situada en el extremo final de la Vía Apia. Estaba inscrito en la tumba de un navegante y decía: “Caminante, detente. He recorrido muchas veces los mares con las velas al viento, he pisado tierras desconocidas y aquí he llegado a mi fin. Ahora no temo ni los vientos, ni las tormentas, ni el mar cruel, ni los piratas. A ti, oh, Muerte, que me has liberado de mis preocupaciones, te saludo, Diosa bienhechora”.

(continuará)

10 de diciembre de 2014

La impotencia del poder (I)


Palabras clave (key words): Lorenzo de Médici, muerte, absolución, Savonarola

Prometí hablar de la muerte de Lorenzo de Médici, el Magnífico, cuya vida coincide con el esplendor máximo de la república florentina. No mencionaré ahora su importante mecenazgo en todas las artes, su contribución al inicio del Renacimiento italiano y su difusión a otros países europeos. Como político, trató en muchas ocasiones de ser conciliador y buscar la paz. No era un personaje sediento de sangre, pero la situación de Florencia era tan convulsa que hubo de permanecer constantemente a la defensiva y recurrir a la guerra en ciertos casos.

Uno de ellos fue contra la vecina ciudad de Volterra. Al hacerse inevitable el enfrentamiento, Lorenzo contrató los servicios del condottiere Federico da Montefeltro, duque de Urbino, que unió sus tropas a las florentinas y a otras milanesas. Cuando la ciudad se vio definitivamente perdida, aceptó la rendición, el dieciséis de junio de 1472, con garantías explícitas de Lorenzo, asegurando la paz sin castigo o venganza. Sin embargo, dos días más tarde la tropas del Montefeltro entraron y masacraron un gran número de ciudadanos. Eran actos corrientes en la época, pero el saqueo de Volterra fue, según todos los indicios, especialmente cruel y despiadado.

Se cargó la culpa sobre el duque de Urbino, los mercenarios milaneses y hasta sobre los mismos volterranos, que, para algunos, habrían roto la tregua y atacado primero. Sin embargo, la mayoría culpó, quizá con toda razón, a Lorenzo, que había urgido a terminar la lucha “con menos interés en la seguridad de la ciudad que en ganar la guerra del modo que fuera, [...] para hacer entender a los volterranos su error al no haber tenido miedo al saqueo”. Montefeltro se excusó diciendo que no pudo controlar a los soldados, no todos suyos. Pero no se compadece esta afirmación con el hecho probado de que decretara que el saqueo no debería durar más de doce horas. ¡Cuánto horror, destrucción y muerte se puede producir en doce horas! Cuando Lorenzo conoció la noticia, se entristeció y dijo: “No hablemos más de eso y tratemos de olvidarlo lo antes posible”.

No lo olvidó tan rápidamente; no siempre es fácil olvidar. Cuando Lorenzo moría en su espléndida villa de Careggi, en las afueras de Florencia, viendo desde su ventana el bellísimo jardín, plantado de cedros siempre verdes y rosales siempre en flor, los recuerdos lo asaeteaban sin piedad y las crueldades de su poder le hacían temblar en el momento de entregar el alma. Llegó a pensar que la absolución que ya le habian dispensado los prelados amigos podría haber sido dictada sólo por el respeto o el miedo y por lo tanto inválida. Pidió entonces la absolución a alguien infinitamente alejado de él, a un monje dominico, implacable enemigo de su familia, Girolamo Savonarola. Este, que había empezado a estudiar Médicina, pero abandonó los estudios para dedicarse a la teología, fustigaba constantemente la vida y costumbres de la nobleza y el clero y llegaba a congregar en sus misas hasta quince mil fieles. Lorenzo le hizo venir y le pidió el perdón de sus pecados, la absolución total y definitiva. Savonarola no accedió a perdonarle tres pecados, uno de los cuales fue el saqueo de Volterra.

¡Qué membranzas debieron de agolparse en la mente de Lorenzo, enfebrecida por la agonía y asustada por la incansable ronda de la Muerte! ¡Cómo el pánico ante la condenación eterna debió de instalarse en su alma, ya sin arreglo posible! ¿En qué había quedado el poder del que disfrutó ávidamente en su vida? ¿Qué poder era ese que se desvanecía cuando más lo necesitaba? Un poder sin raíz, sin consistencia, expuesto a los vaivenes y caprichos de la fortuna, aniquilado por la certeza e inmediatez del castigo.

(continuará)

6 de diciembre de 2014

La arrogancia del poder


Palabras clave (key words): William J. Fulbright, política, arrogancia del poder.

Ya he visto que un gorrión atrevido escribió una entrada en este blog. No me importa; yo también soy atrevido al exponer aquí mis ideas, sentimientos o recuerdos, sin especiales méritos o razones para hacerlo. El gorrión dijo una cosa muy verdadera: que me lío escribiendo. Fíjate, lector, pensaba contarte algo de la muerte de Lorenzo de Medici, el Magnífico, en 1492, y, meditando sobre la fútil naturaleza del poder, recordé el interesante libro de 1966, The arrogance of power, del senador americano William J. Fulbright. Y dejo al Medici para otra entrada y te hablo del senador.

Estaba yo en Estados Unidos cuando la publicación del libro y conocía al autor de verlo en televisión. Era uno de esos políticos que piensan y, sinceramente, no sé si, aquí en España, son muchos o pocos así. Creo que los habrá en la misma proporción que en el resto de la población. Como sucederá con la corrupción; los políticos son una muestra del conjunto poblacional. Con más oportunidades para corromperse que la mayoría, eso sí. Es que hay mucha gente que no es corrupta porque no puede, no sabe, no ha aprendido.

El análisis de Fulbright es brillante. Escribe de los Estados Unidos, pero también de la historia: “La cuestión que me intriga es si una nación tan extraordinariamente dotada como los Estados Unidos podrá vencer esa arrogancia del poder que ha afligido, debilitado y, en algunos casos, destruido grandes naciones del pasado”. Y expone, a mi juicio muy sagazmente, el mecanismo psicológico que explica el origen de dicha arrogancia: “El poder tiende a confundirse con la virtud y un gran país es sensible a la idea de que su poder es un signo del favor de Dios”. Cuando se llega a esta convicción, las consecuencias son inmediatas e imparables. Un país tocado así por la gracia de Dios, recibe al mismo tiempo una responsabilidad especial hacia las otras naciones: “Hacerlas más prósperas, más felices y más sabias; rehacerlas a su propia brillante imagen”.

Fulbright luchó contra la campaña del senador McCarthy y se opuso después a la intervención en Vietnam, cuando el apoyo popular a la guerra no había disminuido todavía. Era un senador respetado, impulsor de un programa de becas para estudiar en USA, con un lado mucho más oscuro en cuanto a la integración racial. Me concedieron una de esas becas, pero renuncié, porque obtuve otra del Gobierno español. Me quedó el agradecimiento; en mi vida he tratado de ser agradecido.

Ya hablé en este blog de otro senador americano, exquisito de lenguaje y maneras: Everett M. Dirksen. Y hablaré pronto de Lorenzo el Magnífico. De su muerte, cuando comprendió por fin la fatuidad del poder, su banalidad, su evanescencia.

3 de diciembre de 2014

Insólito apoyo a este blog


Lectores de Sobretarde, perdonen la irrupción de un desconocido, aprovechando uno de esos días en que el responsable del blog no escribe ninguna entrada, dándose un descanso y, lo que es más de agradecer, dándoselo a ustedes. Escribo en nombre de un grupo de entre seis y ocho miembros (el número puede variar un poco), que vivimos en la ciudad de Madrid y somos relativamente felices. Todo lo que se puede ser en este mundo imperfecto y en esta vida tan breve. Hemos nacido aquí, encontramos nuestro sustento aquí y casi con toda seguridad aquí moriremos.

En donde habitamos existe una especie de jaula bastante grande, una de cuyas paredes es de cristal y da a nuestro lugar, lo que nos permite ver todo el interior. En ella hay un par de animales de gran tamaño, que se mueven de manera un tanto torpe. Vivimos frente a esa jaula y vemos a sus ocupantes todos los días. A veces no aparecen por algún tiempo —debe de haber una puerta que no divisamos por la que pueden salir y entrar— y esto nos obliga a cambiar nuestros hábitos.

El mundo de Dios, tal como está, es manifiestamente mejorable, por decirlo suavemente. Siendo minúsculas nuestras necesidades, nos cuesta trabajo encontrar el alimento de cada día, cuando los habitantes de la jaula se ausentan. Es distinto cuando están; entonces, se abre la pared de cristal, la ventana, y poco después aparece todo lo necesario. Esto nos resulta muy agradable, ya que nos permite dedicar más tiempo a lo que nos gusta de verdad, que es ir de aquí para allá, viendo todo lo que el mundo, imperfecto como es, tiene de deleitoso y espléndido.

Nuestra inteligencia es limitada, pero estamos seguros de que el alimento viene de los animales de la jaula, que son ellos los que lo proveen, por la razón que sea. Quizá les divierte vernos, como a nosotros nos distrae verles a ellos. Lo cierto es que, en la medida que comprendemos la situación, les estamos todos muy agradecidos.

El autor del blog se lía escribiendo y me ha contagiado a mí esa mala condición. Acabo en un momento, con algún detalle más para que nos sitúen. Aunque somos libres, nuestra residencia habitual, por las ventajas que cuento, es una de las dos terrazas de la casa del autor; la abierta, porque en la cerrada no podemos entrar. Somos un grupo de gorriones, agradecidos a los que nos ponen la comida cada día y un plato de agua bien lleno, para beber y para que alguno de nosotros chapotee, aletee, si le apetece.

Por todo ello, recomendamos este blog. Y yo, el que tiene mejor pluma del grupo —me hace gracia esta expresión—, me he permitido escribir esta entrada en el mismo.

29 de noviembre de 2014

Segunda carta al señor Artur Mas (fin)


El grandullón un poco llorica, que apareció un día en la tele, podría hasta conmovernos. ¡Cuánto ama a su país!, ¿no es enternecedor? Ocurre, sin embargo, que estos amores excesivos al terruño son vanos y peligrosos. Detrás de todo eso, están los que lloran por haber llegado a esta situación; los que abandonaron Cataluña, porque atisbaron pronto los vientos (conozco casos); los que no entienden que haya que escoger entre ser catalán y español; los que se cuidan con familiares y amigos de ser demasiado explícitos en sus opiniones sobre el proceso soberanista; proceso que, afirman de nuevo, sigue adelante.

Señor Mas, cada noche, cuando se encuentre usted solo frente a sí mismo, tal vez se pregunte si este embrollo era necesario, imprescindible; quizá se le desvele alguna duda o remordimiento. Aunque no parece usted el tipo que se cuestione mucho sus convicciones, más bien anda como muy seguro de todo. No escribo el adjetivo más apropiado a su carácter, no porque pudiera ser injusto, sino por pura ‘urbanidad’. Se refiere a la cualidad menos deseable en un hombre público y puede conducir a terribles desastres. Hay ciertos héroes que, para sus pueblos, sería mejor no haberlos tenido.

Lo que ustedes quieren, lo único que de verdad quieren, no están dispuestos a conseguirlo según los cauces legales establecidos, sino que quieren arrebatarlo con ardides, aunque se puedan generar gravísimos problemas. Ojalá no haya que lamentar desgracias mayores. Nunca les he oído hablar de soluciones federales o algo parecido. Estas sólo las airea constantemente Pedro Sánchez, que da consejos muy alquitarados. En un viaje del presidente Mitterrand a Madrid, alguien le preguntó qué consejo había dado a Felipe González respecto a las elecciones y aquel respondió: “Le he aconsejado que las gane”. Un entrenador de fútbol también presumía de conocer la mejor táctica para ganar los partidos: meter más goles que el contrario. Las ideas y propuestas del nuevo dirigente socialista son muy parecidas.

¡Tanta energía derrochada para alumbrar y afianzar el nacionalismo! Tantos esfuerzos para instaurar el pensamiento único. Francis Fukuyama, autor de The end of history and the last man, escribe que “en el pensamiento político, la endogamia lleva a la pérdida de sentido”. Dice también que “el control de los medios de comunicación ha exacerbado el aislamiento de las visiones políticas. La audiencia puede hoy escuchar solamente a medios de derechas o medios de izquierdas que están sirviendo sus propios intereses, sin prestar atención a quien piensa distinto. Eso impide la sana formación de una opinión pública crítica”.

Todo esto, cuando las condiciones sociales y económicas son sumamente difíciles y críticas. Y cuando hay tantas nobles tareas que esperan ser resultas, de una vez y con urgencia, por la humanidad entera. En la historia, el espectáculo de masas realmente felices y enardecidas corresponde muchas veces a momentos en los que se festeja el cese de una separación (caída del muro de Berlín, etc.). En las celebraciones que promueven cualquier tipo de ruptura o discriminación, se vislumbra, detrás de las fanfarrias, la sinrazón, la mediocridad y algo inconcreto y tenebroso.

Puede haber una psicopatología de los pueblos. Un escritor español, hoy casi olvidado, habló del complejo de inferioridad de los españoles. Quizá se podría hablar de un complejo de superioridad de los catalanes. Los medios de comunicación son capaces de modular poderosamente la idea que ciertos grupos humanos tienen de sí mismos.

28 de noviembre de 2014

Segunda carta al señor Artur Mas (I)


Molt honorable senyor Artur Mas: Es la segunda carta que le escribo en este blog, que no está dedicado a temas de actualidad. Entre nosotros, esto puede aburrir a las ovejas. No objeto que los catalanes, pocos, muchos o todos, quieran ser independientes: las querencias son libres, aunque sería útil saber cómo surgen, qué argumentos las motivan, que alcance tienen, que consistencia, qué volatilidad… Lo que molesta es el constante insulto a la inteligencia en que se han instalado.

Frente a la reciente querella de la fiscalía, ya ha clamado alguien que “España es la que nos empuja a la independencia”. No espero grandes dosis de razón en ningún nacionalismo, pero esto es imposible tomárselo en serio, por lo que, si me permite, le contaré un chiste: En el desierto, un león, un camello y una tortuga, se habían dado la norma de que, en caso de que faltara el agua de consumo, se decidiría por sorteo quién habría de ir a buscarla. Esta norma había sido refrendada por una aplastante mayoría de leones, camellos y tortugas. Un día faltó el agua, se procedió al sorteo y correspondió a la tortuga la tarea del aprovisionamiento. La tortuga, apenas separada unos metros del lugar, removió la arena y se sepultó. Pasaron dos semanas y, ante la tardanza de la tortuga, el león comentó: “Parece que la tortuguita se está retrasando un poco”. Emergió entonces la buena de la tortuga y dijo: “Ah, conque criticándome. Pues ahora no voy”.

Hizo bien la tortuga, tenía toda la razón del mundo, ¿no es verdad, amigos catalanes? Cualquier observador imparcial podría certificar que jamás han hablado ustedes de independencia. Han propuesto fórmulas de reajuste fiscal, cambios en su inserción en España, etc., pero jamás pensaron en la separación. Ustedes quieren, simplemente, votar; están poseídos de furor suffragandi. Es verdad que podrían votar sobre si creen que existe el tan perseguido punto G de la sexualidad femenina, por ejemplo. Pero también se puede votar sobre otras cosas. Sin embargo, en la propaganda animando a votar se decía algo como Tu decideixes, y esto es ya algo diferente. Porque para decidir hace falta, además de votar, tener la necesaria capacidad legal.

Responsabilizar a todos los españoles de su deseo de independizarse, es un insulto a la inteligencia. Si ustedes no comprenden esto, andan poco sagaces; si lo comprenden, no entiendo por qué esgrimen tal argumento. No van a convencer así a ningún catalán rezagado, que tampoco son tontos. Señor Mas, usted se preguntaba hace poco qué pensarían en el extranjero al ver que España prohíbe votar. No sé si ha vivido algún tiempo fuera de Cataluña. Sepa que, en ese extranjero al que usted se refiere, no se preocupan excesivamente por lo que ocurra en España entera y no digamos en Cataluña. Especialmente, con la que está cayendo, con la que siempre está cayendo.

Siempre me han parecido los catalanes, al menos los de antes, laboriosos y serios. No me pida que añada otros calificativos que pudieran indicar alguna neta superioridad con respecto al resto de los españoles, porque, honestamente, tendría que mentirle. Tampoco ocurre lo contrario, claro. Ustedes disfrutan todavía de la gran ventaja de haber comenzado antes su desarrollo económico e industrial. Y no sé de dónde han surgido sus políticos nacionalistas exaltados, que no son, ciertamente, para deslumbrar a nadie. Muchas veces hasta llama la atención su falta de madurez y la ingenuidad de sus argumentos, en comparación con los de otros dirigentes más sólidos.

(continuará)

26 de noviembre de 2014

Sobre realidad y ficción


Hacer breves las entradas no deja de tener inconvenientes; al menos para mí, que estoy poco dotado para la concisión. Quedan cosas por decir, se toman atajos… En mis dos entradas anteriores trataba de contestar esa pregunta que muchas veces me hacen, legos y cultísimos por igual: ¿Te amparas para tus ficciones en hechos reales? Mostré en este blog mi relato, Un viaje a Baviera, y conté luego un hecho real que podría tener cierta relación con él. Sólo cierta relación, se constata enseguida que se parece muy poco lo vivido a lo imaginado. Yo creo que casi siempre es así con los escritores. Por no hablar de la mayoría de los casos, en que no existe ningún suceso real que inspire, ni siquiera remotamente, al autor. En mi relato, de no ser por haberme asomado a la obra de Moisés de León, al que menciono, y a textos de la tradición mística judía, no habría podido vertebrar ninguna trama a expensas de lo que me ocurrió en algún lugar de Baviera, que sigo —eso sí es verdad— sin poder localizar.

Mi conclusión es que pocas veces la ficción debe gran cosa a la realidad; casi siempre nace libre e independiente. En una reunión de médicos escritores, leí otro relato mío, De Beirut a Damasco, y todavía recuerdo el fingido y gentil enfado de la esposa de un amigo, al confesarle después que jamás había existido ese viaje, que todo era inventado por mí.

Mencionaba también en mis entradas un libro médico en el que se citaba al rabí Akiva ben Yosef. Añado ahora que era el Samson Wright’s Applied Physiology, un espléndido y universalmente famoso libro de fisiología. Samson Wright era judío y había nacido en Pinsk, Bielorrusia, aunque llegó con dos años de edad al Reino Unido. Fue profesor de la Universidad de Londres con treintaiún años y un docente vocacional. Era sionista convencido y ayudó a muchos científicos judíos que huían de los nazis. Su salud se afectó gravemente al morir su esposa. Él murió de un infarto, en 1956. La sesión necrológica en la Universidad “was attended by the great and the good”, expresión inglesa equivalente a la crème de la crème francesa o la flor y nata española.

De lecturas y conocimientos se nutre más bien la ficción. Mucho más que de los avatares concretos de la vida del escritor. Quod erat demonstrandum.