30 de mayo de 2015

Más sobre monjas del antiguo Madrid


Palabras clave (key words): monjas endemoniadas de San Plácido, herejía iluminista.

Conviene no perder de vista que el objetivo principalísimo de este escrito es el servir de guía y consuelo a la monja catalana, tan perdidamente enamorada de Artur Mas. Y hacerle ver que si no se ve correspondida, no es por su falta de méritos o virtudes, sino porque, desgraciadamente, ha venido a colocar sus afanes amatorios en un ser casi mítico, o directamente mítico, forjador de pueblos, alumbrador de naciones. El amor humano en personas así, ocupa necesariamente un lugar secundario y su despego es el producto de sublimes compromisos, nunca del desdén o la maleficencia.

Otros sucesos, ocurridos en el convento mencionado en mi entrada anterior, dieron lugar a uno de los más sonados procesos de la Inquisición, el de las monjas endemoniadas de San Plácido. En el año 1628, cuatro años después de la fundación, la abadesa era doña Teresa Valle de la Cerda y el párroco y confesor, el padre Francisco García Calderón, natural de Barcial de la Loma, en Tierra de Campos, reconocido como uno de los varones más santos de la iglesia o, si se prefiere, uno de los santos más varones, y ya se verá por qué digo esto. Una de las monjas presentó entonces síntomas de lo que podría ser una posesión diabólica, dando voces extrañas y haciendo gestos obscenos, por lo que el padre Francisco realizó un exorcismo, que resultó ineficaz. Síntomas parecidos se extendieron pronto a otras monjas, que manifestaron ser poseídas por el demonio, al que dieron en llamar el Peregrino Raro. La presa predilecta fue la propia abadesa, demostrando el diablo, en esto, modales y respeto de la jerarquía.

Al mismo tiempo, el padre Francisco, con fama de teólogo sapientísimo, enseñó a las  novicias un agradable modo de alcanzar la gloria de Dios a través de actos carnales hechos en caridad —como por hacer un favor, digamos— y por tanto no pecaminosos. A la primera que convenció fue a la abadesa, que, pese al cargo, tenía a la sazón menos de treinta años. En total, parece que el padre Francisco, ya de cincuenta y cuatro, se la llevó por delante, junto a veinticinco de las treinta monjas recluidas.

La tortura reveló estos hechos lascivos, ocurridos en terreno sacro, y rasgos de superstición, libertinaje y herejía iluminista. El Padre Francisco negó el cargo de iluminado, aunque reconoció que había embaucado a las monjas por puro placer carnal, sin fin alguno de adoctrinamiento en herejía —para distraerse, para pasárselo bien juntos, como si dijéramos— y esto le rebajó en mucho la pena, dado que en esta bendita España este tipo de pecados tiene fácil y casi automático perdón, quizá porque los jueces envidian sincera y secretamente a los afortunados reos. La sentencia lo condenó a la reclusión por vida en un convento, privación de cargos, a pan y agua tres veces por semana y alguna cosilla más. Tal vez el condenado pensó que, una vez pasado el temporal, podría continuar con sus chiquilladas conventuales y compensar los ayunos en los días libres. La abadesa fue enviada al convento de Santo Domingo el Real de Toledo, perdonada en breve y restituida en su cargo y puesto. Las otras monjas tuvieron penas menores: tras abjuración, se las dispersó a diversos conventos.

El proceso fue revisado más tarde; se alegó que el fraile ejecutor de la denuncia, fray Alonso de León, era enemigo personal del Padre Francisco y que se tergiversaron las declaraciones de las monjas. Se abrió nuevo juicio, con una sentencia favorable y absolutoria en 1638. El único que no recibió el indulto fue el confesor.

Es una historia muy conocida y por eso la cuento. Pero lo que quiero mostrar, al sugerir un cambio de aires a Sor Lucía Caram, es el ambiente amoroso que endulzaba la vida de las monjas en el Madrid de siglos pasados y atraerla así a la capital, que parece proclive a estas inocuas felicidades. Y hacerle ver que, si en alguna parte no se corresponde adecuadamente a su amor, aquí podría ocurrir justamente lo contrario. Escribiré más de la grata vida monjil en Madrid, pero habrá de ser en otra entrada, avisando de que aquí no me he preocupado mucho en deslindar historia y leyenda.

28 de mayo de 2015

Monjas que hacían enloquecer de amor


Palabras clave (key words): Sor Margarita de la Cruz, convento de San Plácido, Felipe IV.

El caso de la monja que se ha declarado enamorada de Artur Mas, Sor Lucía, podría tener su lado tenebroso y triste: el del amor no correspondido o imposible, que ha sido, es y será uno de los más acerbos e injustos sufrimientos que el destino puede deparar a un ser humano. Me conmuevo ante esta posibilidad y me pregunto si, en el caso de que Sor Lucía fuera víctima inocente de esa desgracia, no haría bien tornando su mirada a otras tierras. Porque, ¿hay vida fuera de Cataluña? Yo creo que sí.

Lo digo, porque aquí, en Madrid, hay una cierta tradición de monjas arrasando en esto del amor y volviendo locos de pasión incluso a los mismos reyes. El caso de Sor Margarita de la Cruz fue tan sonado que casi no habría que contarlo. Un protonotario del siglo XVII, Jerónimo de Villanueva, un día se fue de la lengua y ponderó con entusiasmo la belleza de la monja, en presencia del monarca, que encandeció de amor al instante. Había que tener cuidado con estas alabanzas ante Felipe IV, que estaba muy atento a estos asuntos. Este era un Austria, no un Borbón, pero malicio yo que en estas cosas todos los reyes son parecidos y, a más a más, para emplear un catalanismo, son iguales que otros muchos humanos, aunque no pertenezcan a la realeza ni por asomo.

En Madrid quizá los aires son más propicios a este tipo de enredos. O sea, que si el señor Mas no responde como noble caballero a la sincera y apasionada confesión de Sor Lucía, podría la pobre venirse por aquí. Como será la cosa por estos lares, que Felipe IV no cejó hasta que, por un pasadizo secreto, pudo llegar al convento en el que vivía Sor Margarita, el de San Plácido, y a su mismísimo dormitorio.

La que no estaba por la labor era la monjita y, sabedora de las intenciones del rey, se lo contó a la abadesa, doña Teresa Valle de la Cerda, que habló con los nobles para que disuadieran al rey. Estos debieron de contestar algo así como “Madre Teresa, no conoce usted al pájaro”, por lo que la abadesa no vio otra solución que poner un ataúd en la celda de la monja, en el que colocó a Sor Margarita amortajada, con una cruz en las manos y rodeada de cirios ardientes. Cuando llegó el rey, pensó, con buen criterio, que llegaba tarde y a deshora y se torció el suceso. El engaño no duró mucho, que todo acaba sabiéndose, y el monarca entró de nuevo al convento. La monja pensó que lo de morirse dos veces el rey no se lo iba a creer, se rindió y este consumó sus deseos. ¿Cuántas veces? Y yo qué sé, lector. Me preguntas unas cosas…

Luego el rey se arrepintió un tanto —a buenas horas— y como desagravio mandó al convento el famoso Cristo yacente de Velázquez, que estuvo en la sacristía de la iglesia conventual hasta que fue trasladado al Museo del Prado. También se cuenta que envió un reloj que cada quince minutos tocaba a muerto y estuvo sonando todos los días, con sus noches, hasta que murió Sor Margarita, lo que no dejaría de ser un incordio. Quizá hasta la propia monja pensara que habría sido mejor entregarse de primeras, no hacerse la estrecha, y librarse así del dichoso reloj.

Estos rechazos monjiles no son raros. En mi novela Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, tengo yo contado que, en el barco en el que peregrinos se dirigían a Tierra Santa, “viajaba un caballero de Mandovi, que, enloquecido por el amor, había querido raptar a una monja en Fossano. A punto de conseguirlo, ella pidió a Dios que le mandara la lepra, para conservar intacta su pureza, lo que ocurrió e hizo huir al caballero, que se tornó pesaroso y penitente tras la milagrosa mudanza”. Es que el cambio no fue ninguna tontería. De abrazar las, se supone, tiernas y rosadas carnes de la monja, a quedarse con unos harapos humanos entre las manos, hay una diferencia. Aunque hay hombres, aviso, que una vez encarrilados no se paran en nada.

Tengo que hablar algo más del convento de San Plácido, porque ocurrieron allí otros sucesos menos conocidos. Pero será otro día.

23 de mayo de 2015

De Argentina a Cataluña, sin pasar por España


Leo en la prensa las palabras de una buena monja en un acto de la campaña electoral para el municipio de Barcelona. Y se trasluce un cierto rechazo del cronista frente a su intervención, que no acabo de entender del todo. Es verdad que la monja es dominica y quizá no dedica demasiado tiempo a la contemplación; es verdad que la monja es argentina de nación, lo que no empece sus éxtasis al reclamar una Cataluña libre e independiente; es verdad que la citada monja se autocalifica de ‘monja cojonera’, signifique eso lo que se quiera; es verdad que se declara también enamorada de Artur Mas, el actual presidente de la Generalitat y hombre casado. Todo eso es verdad.

¿Y qué?, me pregunto. La monja en cuestión, Sor Lucía Caram de nombre, ¿es que no puede extasiarse con lo que sea y enamorarse de quien quiera? O la querrían sus críticos siempre enfrascada en cánticos y rezos, en el coro de su iglesia conventual eternamente. Los tiempos han cambiado, no son los de antes. La citada monja ejerce una labor humanitaria digna de aprecio y alabanza en la ciudad condal. Es verdad que labor parecida la ejercitan cientos de miles de españoles y españolas, en los tiempos actuales y en otros, sin necesidad de andar incordiando a la ciudadanía y sin pensar que el hecho de hacer alguna cosa buena les autorice a cualquier clase de impertinencia.

Ni siquiera los tiempos de antes eran como antes. Hubo una famosa monja alférez, Catalina Erauso, nacida en San Sebastián en el año 1592, que en América, y ocultando su sexo, participó en bastantes guerras de conquista y fue promovida al empleo de alférez. No diré nada más, porque su caso es sobradamente conocido.

Y en mi mismísimo pueblo, en el 1617, hubo una novicia, en el convento, también de dominicas, de la Coronada, de nombre Magdalena Muñoz, de veintidós años, que según cuenta Fray Agustín de Torres, “era mujer varonil y echaba mano de la espada y disparaba un arcabuz y hacía otras cosas de hombre”. Trabajaba de ‘granera’ (encargada del grano) en el convento, en tareas que demandaban gran esfuerzo físico. Es muy poco conocida, pero la traigo aquí porque vivió en mi país, en mi nación, que es Úbeda. Por no citar otros casos de los que quizá hable otro día.

Quiero decir, resumiendo, que Sor Lucía Caram es, a mi juicio, muy libre de enamorarse de quien juzgue merecedor de tan extendida y banal devoción. El amor es ciego, se perora con razón, esta monja usa gafas... Con tal combinación, está claro que puede enamorarse perfectamente del muy honorable Artur Mas e incluso, si fuera ciega del todo, de Oriol Junqueras. Sor Lucía lo mismo enseña a preparar unas croquetas en la televisión que fabrica crucigramas de ambientación bíblica. Su amor a Mas, ¿será la causa última, el motor, de su portentosa actividad? Se conoce de antiguo la virtud ergogénica de esa pasión irrefrenable.

Es que todo el mundo tiene su corazoncito. Me llegan unos versos, dedicados a Artur Mas, que podrían ser escritos por la mentada monja, imitando algo a otros de don Francisco de Quevedo y Villegas. Los copio:

Te vi en un mitin y quedé transida,
como si todo se tornase en nada,
como si el mundo no tuviera vida
cuando tú callas la consigna alada,
esa que un ángel te dejó prendida
en la suave luz de una alborada.
Yo era monja ya, e iba vencida
por la dura y áspera jornada.
El encontrarte fue la presentida
llamada del pastor a la manada.
Monja soy, Mas mío, enternecida;
monja seré, mas monja enamorada.

7 de mayo de 2015

De las notas musicales y teclas del piano


Palabras clave (key words): Guido d’Arezzo, notas musicales, frecuencias del piano.

En mi anteriores entradas mostré vínculos para música del Padre Antonio Soler (1729-1783). En cualquier enciclopedia se puede consultar su vida y obra. Y, de paso, leer sobre el italiano Domenico Scarlatti (1685-1757), que vivió los últimos veinticinco años de su vida en Madrid, a donde vino por haber enseñado música a la princesa portuguesa Bárbara de Braganza, que casó luego con Fernando VI de España. Y buscar algo sobre Luigi Boccherini (1743-1805), italiano de Lucca, que llegó a España por amor, persiguiendo desde Paris a Clementina Pelliccia, que venía a nuestro país con la Compañía de Ópera del boloñés Luigi Marescalchi. Boccherini vivió aquí desde los veinticuatro años hasta su muerte, nombrado violoncelista y compositor de la capilla real del infante Luis Antonio. Los tres músicos forman un destacadísimo grupo de compositores de la España del siglo XVIII, con formas y estilos parecidos.

Querría decir algo muy elemental sobre los nombres de las notas musicales: do, re, mi, fa, sol, la, si. Provienen del siglo XI, cuando el monje benedictino Guido d’Arezzo, que creó un sistema de notación musical bastante similar al actual, las tomó de las primeras sílabas de los versos de un himno a San Juan Bautista, Ut queant laxis, escrito por otro monje benedictino del siglo VIII, Pablo el Diácono. Al principio eran seis notas y luego se añadió la nota Si. En el siglo XVII, se cambió la Ut por Do. La notación musical en el mundo anglosajón, en cuanto a los nombres de las notas, es totalmente diferente. Comenzando la octava en la nota La, a esta se le asigna la letra A y luego van las siguientes letras del alfabeto: B (Si), C (Do), D (Re), etc.

Quizá es menos conocida la relación entre las frecuencias de las distintas notas y, sin embargo, se trata de un asunto muy sencillo. Entre esas notas, la diferencia es un tono, excepto entre Mi y Fa, y entre Si y Do, que es un semitono. En un piano, las teclas blancas corresponden a esas notas. Ahora bien, entras las teclas separadas por un tono, hay otras teclas, negras, que son un semitono más alto que la nota blanca anterior. La tecla negra entre el Do y el Re es el Do sostenido, etc.

Un piano de 88 teclas, los más corrientes, tiene siete octavas; es decir, siete grupos de doce teclas (siete blancas y cinco negras), más una tecla blanca al final y tres teclas (dos blancas y una negra) al principio. 7 x 12 = 84 + 4 = 88. En un piano ideal, la frecuencia teórica de cualquier tecla de uno de esos grupos es justamente el doble de la tecla homónima del grupo u octava anterior. La frecuencia La4 (el La de la cuarta octava) es el doble de La3 (el La de la tercera octava).

Y la frecuencia de cada tecla, considerando las blancas y negras juntas, es igual a la frecuencia de la precedente multiplicada por la raíz duodécima de 2, que es igual a 1,05946… La nota La4, que está en la posición 49 del teclado, al afinar se ajusta a la frecuencia 440 Herz (ciclos por segundo). La frecuencia del La4# (el La sostenido, la tecla negra entre La y Si) es 440 x 1,05946… La frecuencia de la tecla en la posición n del piano es: f(n) = 1,05946 n-49 x 440 Herz. O, si se quiere, 2 (n-49)/12 x 440 Herz.

La tecla que corresponde a una determinada frecuencia (f) del piano es:

n = 12 x log2 (f / 440) + 49.

No hay por qué asustarse. Los logaritmos de base 2, o logaritmos binarios, muy utilizados en informática, teoría de la información, etc., son muy fáciles de calcular, con cualquier calculadora científica elemental, porque ocurre que:

log2(n) = log10(n) / log10(2). Y también, log2(n) = ln(n) / ln(2), donde ln quiere decir logaritmo neperiano. Esta entrada tiene números; ya sabéis que me gustan.

3 de mayo de 2015

Clave y piano, modos de actuar sobre las cuerdas


Palabras clave (key words):Fandango para clave, mecanismos para hacer vibrar la cuerda.

En mi última entrada di el vínculo para Fandango, del padre Soler, ejecutado al piano. Doy ahora otro para clave o clavecín (harpsichord), por si alguno prefiere la interpretación en este instrumento: https://youtu.be/LMvgGUGn1-E. El artista es Rafael Puyana, un ilustre clavecinista colombiano, muerto en París en el año 2013. Está ilustrado con un cuadro de Goya, El quitasol, de 1777.

Ya dije que meterse con las diferencias entre los diversos tipos de instrumentos musicales es tarea difícil, complicada. No obstante, me gustaría insistir en la radical diferencia entre el clavecín —y otros instrumentos relacionados, como el virginal, la espineta, etc.—, por una parte, y el piano, por otra, en cuanto al modo de producir el sonido, de inducir la vibración de la cuerda.

En el clave, muy utilizado durante los períodos renacentista y barroco, las cuerdas son punteadas, rasgueadas, como en el arpa o la guitarra. En estos dos últimos instrumentos se hace directamente, con los dedos de la mano, mientras que en el clavecín la pulsación es indirecta y mediante un mecanismo de cierta complejidad. Dicho mecanismo, a su vez, es distinto del utilizado en el piano.

El piano fue inventado hacia el año 1700 por Bartolomeo Cristofori, que lo llamó clavicémbalo col piano e forte, aludiendo a su capacidad de producir sonidos de distinta intensidad, suaves o fuertes, que deriva de su mecanismo peculiar para hacer vibrar las cuerdas, distinto al del clavecín. Esto es muy importante porque permite modulaciones acústicas que son imposibles con el clavecín. Luego se llamó sólo pianoforte y finalmente el nombre se redujo a piano.

En las figuras que he escogido para acompañar esta entrada, se ven claramente los dos mecanismos. En el caso del piano, la presión de la tecla lleva a golpear la cuerda, mientras que en el clavecín la cuerda es punteada por un pico de pluma de ganso, cuervo o cóndor, al que se llama plectro, que protruye de una pieza de madera, llamada martinete, que es la que se mueve al ser presionada la tecla. La acción se asemeja a la de hacer vibrar la cuerda en la guitarra mediante una púa. El volumen, la intensidad, del sonido apenas varía con la fuerza que se ejerza sobre las teclas, cosa que no ocurre con el piano. A cambio, el clave tiene una sonoridad metálica, un regusto antiguo y exótico, que lo puede hacer muy atrayente.

En el clavicordio —con el clavecín los dos instrumentos de cuerda más importantes desde el siglo XV al XVIII—, aunque el nombre pueda inducir a error, el sonido de la cuerda se produce por percusión, como en el piano. Aquí se trata de una pieza de metal, llamada tangente, que golpea directamente, sin recubrimiento, la cuerda, al ser accionada la tecla. En el piano, la pieza que percute la cuerda, el martillo o macillo, está revestida de cuero o fieltro. En el clavicordio, el sonido varía también según la presión ejercida sobre la tecla, pero por su mecánica tiene poca intensidad y no puede utilizarse en unión con otros instrumentos o para acompañar a la voz. En realidad, fue usado sobre todo para tocar en solitario o hacer prácticas con él.

Muestro dos figuras, tomadas de Wikipedia, que ilustran el mecanismo que induce la vibración de la cuerda en el clavecín y en el piano. Se intuye fácilmente cómo uno de ellos, el del piano, es capaz de modificar la intensidad del sonido, según la presión que se ejerza en la tecla.
 
Piano, percusión

 
Clave, punteo
 
 
 

29 de abril de 2015

Frederick Marvin y su Fandango del Padre Soler


Palabras clave (key words): fandango, Frederick Marvin, Padre Antonio Soler.

Repasando, y repensando, mis últimas entradas, en las que me referí a médicos e investigadores, cavilo que tal vez me excedí en asuntos demasiado técnicos o aburridos. No era, ciertamente, mi intención. Mencioné científicos con los que tuve algún leve contacto y que se me aparecen en cuanto trato de memorar mi vida. Hoy pretendo ser ameno y hablaré de música, aunque también mi relato irá trufado con recuerdos personales, con algún jirón de mi pasado.

La primera vez que oí entero el Fandango en D minor (re menor), del padre Antonio Soler, fue hace muchos años, al pianista Frederick Marvin, en un disco del sello Decca, que aún conservo. Nunca he encontrado otra versión que me gustara más, aunque estoy dispuesto a admitir que eso podría deberse al especial fulgor de nuestras primeras experiencias en los más diversos terrenos. También en el amor se proclama esta gran ventaja de las primicias. Un refrán español dice que “no hay luna como la de enero, ni amor como el primero”. Può darsi, es posible, que diría un italiano.

De todas maneras, Marvin, nacido en Los Angeles, pianista y musicólogo, cobra especial relieve en este caso. Debutó con gran éxito en el Carnegie Hall y recibió el premio que otorga la institución al mejor debutante de cada temporada... Pero, además, contribuyó al renacimiento de ese olvidado músico español del siglo XVIII, que fue Antonio Soler (1729-1783). Estudió más de dos años su obra, la presentó en Nueva York, en 1957, y atrajo poderosamente la atención sobre el compositor. Marvin recibió, entre otros muchos honores, el título español de Comendador de la Orden del Mérito Civil. Vivió algún tiempo en España, fue amigo de Salvador Dalí, etc.

Mervin recogió los manuscritos de más de ciento cincuenta sonatas del buen fraile, que con 23 años fue nombrado organista y maestro de capilla del monasterio de El Escorial y vivió allí hasta su muerte. Soler también escribió minuetos, rondós, polacas, etc. En el caso del fandango, sorprende la gracia, frescura y ritmo de la composición y cuesta trabajo pensar que surgiera en el ambiente frío y austero del sombrío edificio. Para mí —otra vez recuerdos personales— fue especialmente emotivo oírlo una noche de verano en el bello auditorio barroco situado enfrente del monasterio.

Hay diferentes preferencias en cuanto a escuchar la obra en piano o en clavecín. Meterse en los detalles de estos instrumentos sería un dislate. A mí, quizá por esa devoción hacia las primicias, me gusta mucho la interpretación de Marvin para piano. Cuando Soler llegó al monasterio, en el 1752, ya había ya allí un pianoforte (antiguo nombre del piano) y luego llegaron más. Soler lo conocía bien y escribió muchas de sus sonatas para piano. Ni puedo entrar en todo esto. La diferencia esencial entre el piano y el clavecín y análogos es que en aquél las cuerdas son percutidas, mientras que en estos son punteadas. Los sonidos de ambos tipos de instrumentos son parecidos, aunque perfectamente diferenciables. Entiendo que alguien pueda preferir uno de ellos.

Me alegró comprobar, curioseando en Internet, que Frederick Marvin sigue vivo, a sus 95 años, y felizmente casado. Se casó hace apenas cuatro años con Ernst Schuh, de 89, sobreviviente de la batalla de Stalingrado, cuando las leyes lo permitieron,—eran hombres los dos—. Llevaban 52 años juntos, desde que se encontraron en la abadía de San Florián, en Austria, a donde llegaron para acercarse a la tumba de Anton Bruckner. Se pelean a veces, confiesan, como todos los matrimonios.

El fandango de Soler es una delicia, en el que, para mí, destaca ese crescendo del ostinato de la mano izquierda, cada vez más rápido, hasta la apoteosis final. No diré una palabra más. En YouTube hay otras muchas versiones, para piano, harpsichord, etc. Lector, ojalá te guste esta de Frederick Marvin que te ofrezco, para piano. Ahí va el vínculo: https://youtu.be/_hzlfKJmeyU (el sonido no es óptimo). Encontrarás muchas más.

25 de abril de 2015

Adrian Kantrowitz, mecánico del corazón


Palabras clave (key words): cirugía experimental, balón intraaórtico, LVDA, Glick.

Ya conté que Adrian Kantrowitz trató de realizar un trasplante de corazón en junio de 1966, sin que finalmente se llevara a cabo. En noviembre de 1967 otro recién nacido, con malformaciones cardíacas incorregibles, fue considerado un buen candidato para trasplante y se comenzó a buscar un donante. Kantrowitz, que había hecho más de cuatrocientos trasplantes experimentales en cachorros de perros y gatos, cuenta que, en esta espera forzosa, su hija le despertó un tres de diciembre para anunciarle que Christiaan Barnard, con mucha menos preparación previa, había logrado el primer trasplante de corazón en el mundo, en Suráfrica. El cirujano del Maimónides se lo tomó con filosofía: “No se puede ser siempre el primero. Unas carreras se pierden, otras se ganan”.

En esa carrera también perdieron los doctores Lower, Shumway y algún otro. Kantrowitz, tres días después, cuando se encontró el donante, un recién nacido con anencefalia, realizó el segundo trasplante mundial, el primero en un niño y en Estados Unidos, tras aguardar a que el  corazón del donante cesara de latir, como era obligado en ese tiempo. La operación transcurrió sin incidencias y el corazón trasplantado empezó a funcionar. El receptor tenía diecinueve días y sobrevivió sólo seis horas y media.

A pesar del resultado de esta primera experiencia, Kantrowitz realizó dos meses más tarde, en enero de 1968, un nuevo trasplante —era ya el quinto en los Estados Unidos—, esta vez en un adulto, que sobrevivió también muy poco tiempo. No hizo ya más trasplantes y pensó que había que esperar a que surgieran fármacos anti-rechazo más efectivos. Se dedicó otra vez a las ayudas mecánicas al corazón de pacientes con insuficiencia intratable, que era su área de investigación de siempre y para lo quizá estaba mejor dotado. Ya en los primeros años cincuenta, trabajando con su hermano Arthur, un físico, empezaron a diseñar un balón intraaórtico para facilitar lo que se conoce como contrapulsación, que impele sangre en las coronarias durante la diástole y ha ayudado a salvar miles de vida; se han tratado así más de tres millones de pacientes desde los años ochenta. Desarrolló igualmente más de veinte artilugios electrónicos y mecánicos para ayudar a enfermos de corazón y también a parapléjicos. Quizá los más conocidos son los left ventricular assist devices (LVADs), prótesis implantables que bombean sangre del ventrículo izquierdo a la aorta y mejoran la función cardíaca.

Kantrowitz era capaz de trabajar dieciséis horas diarias y aún encontraba tiempo para montar en moto y pilotar su propio aeroplano. Tenía también sentido del humor. En una conferencia, discutiendo precisamente sobre los LVADs dijo: “Cuando empezamos a trabajar con ellos la gente pensó que era una estupidez. No se tiene realmente una buena idea hasta que la gente piensa que es estúpida”.

En 1970 decidió cambiar de hospital para potenciar sus investigaciones y marchó de Nueva York a Detroit. No era un simple cambio de barrio y, sin embargo, veinticinco miembros de su equipo, cirujanos, ingenieros y enfermeras, se trasladaron con él a Detroit. Esto da idea de su liderazgo, de su capacidad para entusiasmar a su gente. Dejo aquí dos fotos suyas.

No puedo extenderme más, es un tema árido. Volviendo a Seymour Glick —yo estaba bien atento a sus progresos en RIA—, diré que él era bastante joven cuando coincidimos en Nueva York. Miré hace días en Internet y veo que emigró a Israel, su nombre ahora es Shimon Glick, y tiene 45 nietos y 23 bisnietos. Ha recibido un Lifetime Achievement Award (premio por los logros de toda una vida). ¿Cómo pudo cambiar tanto el mundo? Leo que es opuesto a las huelgas de médicos. En el judaísmo, dice, el tratamiento a un paciente no es un contrato privado, sino una obligación religiosa, un mandato bíblico. Aunque por otras razones, estoy plenamente de acuerdo con él.


23 de abril de 2015

Portada del Quijote, tomo I, del año 1604.


Hoy, día de la Fiesta del Libro, se conmemora la muerte de Miguel de Cervantes, e interrumpo mi ciclo o serie sobre el cirujano americano Adrian Kantrowitz, del que queda sólo una entrada más —¡ánimo lector!—, para insertar una pequeña curiosidad, que me llegó hace ya unos años.

El primer tomo del Quijote fue impreso en la imprenta de Pedro de Madrigal, regentada desde su muerte por su viuda, María Rodríguez de Rivalde, aunque quien figuraba comercialmente como responsable fuera su yerno Juan de la Cuesta, el nombre que nos resulta familiar a casi todos. Se publicó en 1605, pero, naturalmente, los ochenta y tres pliegos de que constaba empezaron a imprimirse con anterioridad, en el verano de 1604, o quizá antes. La licencia es de septiembre y la impresión debió de terminarse hacia noviembre, porque el testimonio de erratas tiene fecha de uno de diciembre. Hubo que esperar, sin embargo, la Tassa, la fijación del precio, que se rubricó el veinte de ese mismo mes. La composición final todavía requirió algún tiempo y el libro apareció por fin a primeros del año 1605.

Antes se debieron de hacer algunas pruebas, de algún pliego o partes, y en una de ellas estaba la portada, con fecha todavía de 1604. Esa hoja, impresa sólo por una cara, se encontró envolviendo un legajo de manuscritos, que no tienen nada que ver con el Quijote. Estaba arrugada y con la tinta algo borrada, pero fue “amorosamente lavada, cuidadosamente planchada y orgullosamente reproducida”. Una de estas reproducciones, numeradas, me llego a mí y la ofrezco hoy como simple dato curioso a mis lectores. La fecha que aparece es 1604.

He obtenido estos datos de uno de los envíos periódicos, Aguinaldos, nº 8, de Gráficas Almeida, imprenta madrileña de más de sesenta años, situada en pleno barrio de las Letras, no lejos de donde vivió Cervantes y de donde se imprimió por primera vez el inmortal libro.

22 de abril de 2015

Fallido trasplante cardíaco de Kantrowitz (1966)


Palabras clave (key words): Medicina Nuclear, Adrian Kantrowitz, failed heart transplant.

Seymour M. Glick, uno de los primeros colaboradores de Berson y Yalow, trabajaba sobre hormona de crecimiento, oxitocina, etc. en el Maimonides Medical Center, Servicios de Coney Island Hospital. Resultó que el laboratorio de RIA formaba parte del departamento de Medicina, del que Glick era el Jefe, y yo llegué adscrito al de Medicina Nuclear. Pero también allí se hacían cosas nuevas, con las gamma cameras, que empezaban entonces para los estudios de imagen, investigaciones sobre la cinética de diversos procesos biológicos, etc. Y empezamos a buscar oro en la sangre —quiero decir que tratábamos de medir su concentración en pacientes de artritis reumatoide tratados con sales de oro— mediante una técnica de nombre arcano y magnífico, X-ray fluorescence, que demandaba aparatos que no existían en ningún hospital, pero sí en una gran empresa con la que colaborábamos.

 La cooperación con el núcleo central del Maimonides era intensa y a veces trasladábamos alguna ‘vaca’ —todos llamaban así, moly cow, a los generadores de 99mTecnecio a partir del 99molibdeno—, y lo hacíamos en una ambulancia, con la sirena funcionando sin necesidad. Yo,  nacido en una pequeña ciudad andaluza, no acababa de creerme que anduviera en estos trajines en la que era entonces, sin duda, la capital del mundo. La vaca se ‘ordeñaba’, haciendo una elución (ordeño) para obtener el 99mTecnecio.

El verde de indocianina era una buena sustancia para estudiar el funcionamiento hepático, pero resultaba demasiado cara. Llegó entonces al hospital un químico lleno de ilusiones, que podía producirla a bajo coste. “El procedimiento es algo explosivo, pero lo vamos a lograr”, decía divertido. Se formó en mí, ya para siempre, una idea del espíritu pionero y arriesgado de ciertos científicos, una imagen confiada y risueña de lo que podía ser la investigación, un sentimiento fáustico de que todo era posible, la optimista convicción de que el mundo era inmenso y ubérrimo, la vida casi eterna y había tiempo para todo. Sí, eso era lo que pensaba. Me pareció interesante conocer esa especialidad naciente, la Medicina Nuclear; de hecho, proseguí con ella luego en Suiza.

El mundo me parecía recién estrenado. Yo y todos mis amigos éramos jóvenes y en aquel orbe íntimo nunca tuve que asistir a un funeral; no existía la muerte. Sí apareció en la lejana España, hurgó con sus descarnados dedos los pulmones de mi padre y creció allí un tumor maligno, un cáncer ya intratable. Entendí por fin que el mundo no era un paraíso y que había que volver a la vieja tierra. Pero eso fue al final, el ensueño americano duró unos años.

Ya dije que en el Maimonides estaba Adrian Kantrowitz, el cirujano que hizo el segundo trasplante de corazón del mundo y pudo haber hecho el primero. En efecto, en mayo de 1966, dieciocho meses antes de la hazaña de Barnard, nació en ese hospital un niño con graves malformaciones cardíacas congénitas. Un mes después, en junio, se encontró en Oregon un donante apropiado, un niño anencefálico (sin cerebro), que fue trasladado en avión hasta Nueva York, y los dos niños fueron preparados para la cirugía. Según las normas de entonces hubo que esperar hasta que el corazón del donante dejara de latir, no bastaba el criterio de ‘muerte cerebral’, y cuando el corazón paró, los cirujanos comprobaron que estaba deteriorado y el trasplante y no se realizó.

Dejo una foto, tomada de la colección Profiles in Science, de la National Library of Medicine, para que se tenga una idea del tamaño del corazón de un niño de días; es como una castaña. En otra entrada contaré más sobre el primer trasplante de Kantrowitz y sus inventos en el campo de la cardiocirugía.

Volviendo a Solomon Berson, precisamente hoy, 22 de abril, habría cumplido 97 años, una edad no imposible. Murió con sólo 53. La Muerte se equivoca a menudo.

(continuará)


 
Corazón del donante, un niño de días

20 de abril de 2015

El pequeño laboratorio de Rosalyn Yalow y Solomon Berson


Palabras clave (key words): un pequeño laboratorio en el Veterans Hospital del Bronx.

He hablado de Rosalyn Yalow y Solomon Berson y dije que fueron científicos excelsos; eso lo sabe ya todo el mundo. Eran, además, de los que a mí me gustan más. Trabajaban en un pequeño equipo, sin apenas ayudas, sin grandes grants o fondos para investigación, con relativa calma, en un ambiente extraordinariamente grato, en un hospital no volcado especialmente a la investigación. Ros Yalow lo cuenta: “Ni Sol (Solomon) ni yo tuvimos un aprendizaje postdoctoral en investigación. Aprendimos y nos corregimos el uno al otro y éramos críticos muy severos con nosotros mismos”.

Berson estuvo en el Veterans de Bronx de 1950 a 1968, cuando marchó a la recién fundada Mount Sinai School of Medicine. En abril de 1972 fue elegido miembro de la National Academy of Sciences (NAS) y ese mismo mes murió de un infarto masivo. Yalow quiso que su servicio en el hospital llevara su nombre. La vida no se detuvo —no lo hace nunca— y de 1972 a 1976 el laboratorio publicó sesenta artículos. Yalow ingresó en la NAS en 1975 y fue premio Nobel en 1977. Se jubiló en 1991 y murió en el 2011.

En mis años de Nueva York, percibí lo que creo que es un rasgo típico de muchos científicos americanos: la espontaneidad y confianza en sus relaciones, estrechas en muchos casos, utilizando entre ellos los nombres familiares, etc. En 1947 Yalow conoció a Gioacchino Failla, nacido en Italia y un personaje entre los físicos médicos americanos. Tras charlar un rato, Failla telefoneó: “Bernie, si quieres montar un servicio de radioisótopos, tengo alguien aquí a quien tienes que contratar”. Así, sin más. Bernie era Bernard Roswith, Jefe de Radioterapia del Veterans de Bronx. Así se hizo.

Berson y Yalow tenían una dedicación llena de afecto hacia sus colaboradores. Sigue Ros: “Todos estos años, Sol y yo, hemos disfrutado del tiempo dedicado a los ‘hijos profesionales’ que se formaban en el laboratorio. Tratamos de que aprendieran, no sólo nuestras técnicas, sino nuestra filosofía”. En los primeros años sesenta, dos de ellos, médicos, fueron Jesse Roth y Seymour Glick. El cuarteto Yalow, Berson, Roth y Glick firmó un buen número de trabajos entonces. Más tarde Roth fue uno de los pioneros en el naciente campo de los receptores celulares de superficie, en los National Institutes of Health (NIH) y Glick marchó al Maimonides Medical Center.

Roth trabajó con Berson porque lo recomendó el profesor Irving London. Berson llamó a Roth y le dijo: “He recibido una carta del doctor London y me dice que debo contratarle. Ya está contratado. Dr. Glick llegó recomendado por el doctor Goldman. Advierto de que se trata de recomendaciones ‘americanas’, muy diferentes de las españolas. Como las cartas de recomendación, que son muy tenidas en cuenta. Allí, en general, se recomienda al que vale, no al sobrino, etc.

Roth cuenta que eran tratados like Pharaoh’s children (como hijos del faraón). El espacio era tan reducido que había que disputarlo a veces. Una mañana Glick y él llegaron a trabajar a las 5.30 y los jefes llegaron a las 6.30 y todo estaba ocupado por nuestras cosas, cuenta con humor. En un congreso, Glick presentó un trabajo común que tuvo un gran éxito. Muchos congresistas felicitaban a Berson: “Oh, Sol, qué gran trabajo has hecho.No, no, the boys did that(No, no, han sido los chicos), repetía él.

¡Qué delicia habría sido trabajar con ellos! Bueno, aún me quedaba Seymour Glick, en el Maimonides. Me reprocho no haber ido nunca, como en peregrinación, a visitar el pequeño laboratorio del Veterans y tratar de lustrarle los zapatos a alguien, al que se dejara. Habría sido fácil; un buen amigo mío, Ben Hadar, trabajaba allí como radiólogo. No lo hice, me lo perdí, como tantas cosas. Podría contar muchas más anécdotas, pero hay que parar. Enseguida hablaré de mi llegada al Maimonides y de Adrian Kantrowitz. No me pierdo, lector; sigo el hilo. Porque el hilo existe, créeme; me gusta enredarlo, enmarañarlo.

(continuará)
 
 
Rosalyn S. Yalow

 
Solomon A. Berson