9 de noviembre de 2013

Clases de versos


Ya dije alguna vez que no me gustaba dejar cabos sueltos. En la entrada anterior hablé de los endecasílabos y, para completar algo lo expuesto allí, querría escribir dos palabras sobre las diversas clases de versos.

Mostré entonces la estrofa de Esteban Manuel de Villegas:

Dulce vecino de la verde selva,
huésped eterno del abril florido,
vital aliento de la madre Venus,
céfiro blando.

Se ve claramente que no hay rima en ella. Si alguien pensara que la rima es consustancial a la poesía, se equivocaría. Por supuesto, hay estrofas compuestas por versos rimados. Pero incluso en ellas puede haber algún verso que, de manera intencionada, no guarde la rima y se le llama verso suelto. Pueden ser numerosos, como en los romances típicos, donde todos los versos impares lo son, mientras que los pares riman. En un soneto, en cambio, todos los versos son rimados.

De estos versos que no tienen rima, los hay que son medidos (versos blancos), como los de la estrofa de Villegas. Tres son endecasílabos, tienen once sílabas, y el cuarto es pentasílabo, de cinco sílabas. Porque no todos los versos de la estrofa han de tener el mismo número de sílabas; de hecho, esto permite ciertas combinaciones especialmente gratas al oído. Por último, hay versos que ni tienen rima ni son medidos, los llamados versos libres. En general, los poemas no mezclan caprichosamente versos de los diversos tipos, sino que obedecen a ciertas exigencias formales.

Se distinguen, pues, los versos por el número de sílabas y, como vimos en mi entrada anterior, por la colocación de los acentos fónicos, por el ritmo acentual. También por la posición del acento en la palabra final, etc.

En la poesía griega o latina la unidad métrica para los versos es el pie, constituido por sílabas largas y breves, en grupos de dos, tres y cuatro elementos. Lector, si te gustan las matemáticas, sabrás que el número de pies distintos que se pueden formar en esos grupos es el de ‘variaciones con repetición’ de los dos tipos de sílabas en cada uno de ellos (dos elevado al número de elementos del grupo). O sea, cuatro disílabos, ocho trisílabos y dieciséis tetrasílabos; en total, veintiocho. Así es, en efecto, y todos tienen sus nombres. El pie de cuatro sílabas largas es el dispondeo; el de cuatro sílabas cortas es el tetrabraquio, también llamado, para abreviar y simplificar, proceleusmático.

Lector, si crees que me encuentro como el pez en el agua con todo esto, te equivocarías muy gravemente. Estoy tan perdido como tú, pero, eso sí, trato de fijarme, me gusta asomarme a este abismo. Es que, además, parte de todo esto es trasladable a la poesía en castellano. Sustituyendo las sílabas largas y cortas, por las tónicas y átonas, se pueden distinguir en ella los ritmos yámbico, anapéstico, anfibráquico, etc.

¿Te has aburrido? Eso puede pasarte conmigo más de una vez. Si me aburro yo, te tendrás que aburrir tú. Pero —aquí va el mensaje— es que hay que 'aburrirse' de vez en cuando. Para valorar a los que realmente saben de las cosas. Para no ser vano y pensar que uno sabe de todo, con cuatro bobadinas que ha aprendido malamente. Hay que ser humilde y comprender que el mundo es inabarcable. El saber sí ocupa lugar; lo que no ocupa lugar es la ignorancia. Y la vanidad y el autoembeleso, si se me entiende lo que quiero decir con esto último.
 

8 de noviembre de 2013

Endecasílabos


En mi anterior entrada ya amenacé con hablar de endecasílabos. Lector, conviene que vayamos dejando las cosas claras: si andas con prisas, si no estás dispuesto a perder un poco de tu tiempo —a ganarlo quizá, nunca se sabe—, este no es tu blog, por culpa tuya. Si aspiras a conseguir un conocimiento definitivo y perfecto de cualquier realidad, tampoco es este el sitio, por culpa mía. Lo que yo pretendo es estimular tu interés, llamar tu atención sobre materias o temas que quizá te pasaron desapercibidos hasta ahora. Luego tendrás que ampliar lo que leas aquí, que para eso el mundo está lleno de enciclopedias, diccionarios y muy sesudos autores.

En el texto de Justine, de Lawrence Durrel, había espigado yo dos endecasílabos: las palmeras se quiebran y reflejan  y en los espejos de marcos dorados. Si no me equivoco al escandir, al medir, estos versos —y te aseguro que no soy nada bueno en esto— y si capto bien los acentos, el primero de estos endecasílabos los lleva en las sílabas 3, 6 y 10 y el segundo en las 4, 7 y 10. Por lo tanto, el primero es un melódico puro (o propio clásico) y el segundo un dactílico puro. ¿Contento, lector? Déjame decirte que hay decenas de tipos de endecasílabo.

Si no eres un estudiante de métrica no es fácil que esto te interese mucho. A mí tampoco extraordinariamente. Pero creo que es bueno conocer que existen estos saberes, aunque sólo sea para justipreciar a las gentes que estudian estas cosas, que muchas veces son personas dedicadas y valiosas que han escogido ese oficio. Esto sí es un oficio y no tiene mucho que ver con el de un escritor de novelas. Digo esto por lo que sostuve en mi entrada sobre el discurso de Muñoz Molina.

Se puede hacer una magnífica novela sin saber esto. Pero es que también se puede hacer poesía de gran mérito, sin saberlo. El acto de creación tiene un componente intuitivo, espontáneo que es muy importante. En la poesía se trata de tener buen oído, buen gusto para conformar los versos, imaginación, sensibilidad… Y también oficio, claro; sin pasarse quizá en esto.

No todos los endecasílabos suenan igual. Esteban Manuel de Villegas (1589-1669) escribió una Oda al céfiro, cuyos versos iniciales son estos:

Dulce vecino de la verde selva,
huésped eterno del abril florido,
vital aliento de la madre Venus,
céfiro blando.

Para mi gusto son de los versos más sonoros escritos en castellano. Se trata de una estrofa sáfico-adónica (tres endecasílabos y un pentasílabo), llena de elegancia y ritmo. Los endecasílabos son sáficos puros plenos (acentos en las sílabas 1, 4, 8 y 10).

Y ahora ya, lector, a pensar, a pensar por nosotros mismos, que es una de las tareas divertidas a las que se puede dedicar el hombre. ¿Crees tú que este gusto mío coincidirá con el de la mayoría de los mortales o será una de mis rarezas? ¿Y es sólo cuestión de acentos?, porque las palabras y lo que se dice con ellas también ha de contar.  ¿Cómo suena este otro verso de Góngora, del mismo tipo?: Era del año la estación florida. ¿Cómo suenan las otras estrofas de la oda? Míralas en la red, que para eso está. Y si suena mejor la primera, ¿no será porque la hemos oído más? Tantas preguntas, todo tan complicado enseguida.

Nicanor Parra, premio Nobel de Literatura, en un poema de título Defensa de Violeta Parra, copia los dos primeros versos de esta Oda, cambiando vecino por vecina.

Dulce vecina de la verde selva,
huésped eterno del abril florido,
grande enemiga de la zarzamora,
Violeta Parra.

¿Plagio? ¡Bah! Vecina y enemiga son femeninos y huésped es masculino. ¡Bah! Esto es literatura, no es ciencia. Lo que hay que preguntarse es: ¿Suena bien? ¿Es bello? Eso es lo que importa. Todo dentro de un orden, naturalmente.

6 de noviembre de 2013

Justine, de Lawrence Durrell


Lo que conté en mi anterior entrada de este blog, Genética y Ambiente, es tan elemental y conocido, que quizá no merecía la pena haberlo escrito. Lo hice por el diagrama que mostraba allí,  que podría ayudar en alguna ocasión. Todo lo que escribo tiene esa nada oculta finalidad: que pueda ser útil. La única vanidad personal que estoy dispuesto a admitir es la de pensar que pueda enseñar algo. Con esa idea empecé este blog.

Lector, tenemos que ir conociéndonos. Tengo unos miles de libros en mi casa, debidamente catalogados y ubicados. Lo hice con una sencilla plantilla de Access y me tomó algún tiempo. Pero te digo que compensa; en un minuto puedo encontrar cualquier libro. Para los que estén en mi caso, es imperdonable no proceder así. Los que en medio del desorden pretenden saber perfectamente dónde están sus cosas, no me convencen; eso vale sólo con conjuntos reducidos, sencillos.

No siempre llevo el catálogo conmigo y el otro día batí mi propio record: compré tres libros que ya tenía. Ni recordaba tenerlos, ni haberlos leído. Bueno, pues me puse a releer uno de ellos, Justine, de Lawrence Durrell —digo releer, porque enseguida empecé a reconocerlo— y con eso querría pergeñar esta nueva entrada.

En la obra hay una discusión entre Justine y un médico cabalista llamado Balthazar, justamente sobre la herencia y el ambiente, como en mi blog. No es extraño, con un tema tan trillado. Pero también pienso que estas coincidencias se dan entre gentes o medios que comparten vivencias parecidas. Heráclito afirmó que “los que están despiertos habitan el mismo mundo; en cambio los que duermen, habitan cada uno en el suyo”. Por eso hay que leer escritores que estén bien despiertos, que no son todos.

En la novela leo: “en el vestíbulo de este hotel moribundo, las palmeras se quiebran y reflejan sus hojas inmóviles en los espejos de marcos dorados”, una bella construcción, a mi juicio, en la que hay dos endecasílabos de los que yo llamo perdidos: las palmeras se quiebran y reflejan, y en los espejos de marcos dorados, más musical el primero (los escribo en cursivas; el mérito aquí es en buena parte de la traductora). En una futura entrada del blog me gustaría decir algo sobre los distintos tipos de endecasílabos, un aspecto quizá no conocido por todos.

Por supuesto, no se trata de escribir las novelas en verso. De hecho, si un autor estuviera muy pendiente de la sonoridad de sus párrafos, arruinaría probablemente su tarea. Lo que ocurre es que hay escritores que tienen el don de hacer una prosa brillante, sin proponérselo, de forma natural y espontánea. Hay bastantes pasajes así en Justine: “los resplandores del poniente se reflejaban en un jade amarillo” o “un viento de la noche que venía de los confines de Asia” o “el magnífico animal bicéfalo que puede ser un matrimonio”. También son notables en Durrell los conceptos, las citas o los ámbitos culturales a los que remite. En mi entender, si se lee un libro que no tenga estas virtudes, no se está leyendo literatura, una de las bellas artes. Será algo que pueda distraer, que sirva para matar el tiempo —tal vez la expresión, la actitud, más estúpida que conozco—, pero que no es literatura, buena literatura.

Una de esas citas en la novela —omnis ardentior amator propriae uxoris adulter est— la hace el médico Balthazar, sin mencionar el autor. Es de Petrus Lombardus, un teólogo romano del siglo XII, que traduzco de manera libre: “amar ardientemente a la propia esposa también es adulterio”. Los casados de unos cuantos años se sorprenderán de esta reflexión del teólogo y valorarán altamente y con toda justicia su incontrolada imaginación.

También se mencionan en la novela los caballi, término que en los trabajos de Paracelso designa los cuerpos astrales de los hombres muertos de forma prematura. Y se menciona brevemente la doctrina gnóstica de la creación. En fin, llamadas o referencias frecuentes a elementos de la historia cultural de la humanidad, que son consustanciales a la obra literaria. Me refiero a la literatura de autor, a la que debiera ser premiada y promocionada en cualquier sociedad verdaderamente culta.

2 de noviembre de 2013

Genética y Ambiente


Lo de escribir un blog no sé si es lo más sensato para mí, para personas como yo. Porque no me gusta dejar cabos sueltos y me siento mal en el terreno de la imprecisión. Seguramente, todo viene por ser de ciencias.

En un comentario de este blog, escribí algo sobre la genética y el ambiente en la causación de los fenómenos naturales. En medicina, por ejemplo, hay enfermedades que tienen principalmente una causa genética, mientras que otras la tienen ambiental. En medicina, en todo, las cosas no son casi nunca claras. Hay muchos procesos o entidades que tienen una causalidad compleja, múltiple; multifactorial, porque son varios los factores implicados. En inglés cabe hacer un juego de palabras, distinguiendo estos dos grupos. Se dice nature versus nurture. Nurture designa, como sustantivo, el conjunto de influencias que pueden modificar la herencia de un individuo. Para ponerlo en una palabra: ambiente.

Todo esto es elemental. Lo traigo aquí, porque un modelo, un diagrama muy sencillo, puede ayudar a mostrar, de manera gráfica y directa, la importancia relativa de estos factores, en diversos casos. Lo tomé de la medicina y lo utilicé una vez para aplicarlo a médicos escritores. Es que algunos compañeros andaban, y andan todavía, enredados en cierta sutileza bizantina: distinguir entre el médico escritor y el escritor médico. Los seres humanos somos extravagantes a veces y los médicos y médicos escritores tal vez más. También hay gente que se rompe la cabeza sobre si el escritor nace o se hace, y cosas así. Nos gusta fabricarnos falsos y gratuitos dilemas o enigmas.

De una charla mía tomo dos ejemplos del modelo. En una figura se muestra la importancia relativa de la genética y el ambiente en la causación de tres enfermedades concretas: talasemia, ateromatosis y fiebre tifoidea. En la otra, la dedicación relativa de cinco médicos escritores a la medicina y a la literatura: Sir Ronald Ross, Cajal, Marañón, Louis-Ferdinand Céline y Baroja. La longitud de los segmentos que se forman al cruzar las rectas verticales los dos triángulos superpuestos da una idea de la relación cuantitativa entre las variables consideradas. En la segunda figura, no se valora la contribución total de los médicos considerados. Ya dije que todo es muy sencillo, hasta demasiado, pero quizá pueda servirle a alguien; esta será siempre una preocupación mía al pergeñar mis entradas.
 



 

 

 

31 de octubre de 2013

Sobre un reciente discurso de Antonio Muñoz Molina


He leído el discurso de Antonio Muñoz Molina, pronunciado al recibir el premio Príncipe de Asturias de las Letras. Como era esperable, contiene ideas y conceptos válidos y compartibles. No lo son todos, y me referiré a algunos de ellos.

Repite la palabra ‘oficio’, en singular o plural, veintiuna veces y no menciona la palabra arte en ningún momento. Como contraste, el discurso de Michael Haneke, premio de las Artes, más breve, alberga la palabra arte, o su adjetivo, catorce veces. También señala certeramente carencias y pecados del cine y trata de ese otro extremo imprescindible en cualquier arte que es el receptor. Reflexiones básicas que rozan sabiamente aspectos nucleares de la creación artística.

El discurso de Muñoz Molina, más sencillo, incide una y otra vez sobre el carácter artesanal de la obra del escritor, en una homologación, a mi parecer forzada, de su labor creadora y la de cualquier oficio. Sin duda, el orador quiso resaltar la cotidianidad, la llaneza, del quehacer artístico. Yo tengo la convicción de que el arte no es, sin más, un oficio, pero esto puede ser debatible. Más insostenible me parece el aserto de que el escribir haya de convertirse por fuerza en un oficio, exija de suyo esa transformación.

“Un oficio, cualquier oficio, requiere una inclinación poderosa y un largo aprendizaje. Un oficio es una tarea que a veces resulta agotadora o tediosa por la paciencia y el esfuerzo sostenido que exige”, especula el orador. El oficio sólo se “logra con aprendizaje y empeño”. Yo creo, sin embargo, que es perfectamente concebible una manera de escribir que no sea una tarea agotadora o tediosa y eso ocurre justamente en aquellos que no hacen del escribir un oficio. Jugando un poco con las palabras —no me gusta jugar con ellas, porque son sagradas— se diría que hay gentes que de su oficio hacen un arte, como las hay que de su arte hacen un oficio.

Frente a esta concepción ardua y casi dolorosa de la creación literaria, es obvio que existen personas que escriben de manera espontánea y directa, sin artificio o con el que se adquiere insensiblemente con las buenas lecturas. Muñoz reconoce la radical necesidad humana de contar historias. Esa pulsión natural demanda su libre satisfacción y así debieron de surgir los primeros narradores, apenas los hombres adquirieron un dominio rudimentario del lenguaje; luego ese primitivo candor narrativo se trasladó a la escritura cuando nació. Y desde entonces ha sido así a lo largo de la historia, con escritores no profesionales escribiendo con ingenuidad y fruición, a veces con éxito.

Para Muñoz Molina el escritor “da una forma inteligible al mundo mediante las palabras”, y añade que “del mismo modo actúa el científico”, insinuando un paralelismo entre la actividad del científico y la del escritor. Para mí, cualquier pensamiento contribuye a conocer, o conformar, el mundo y en la literatura puede darse la reflexión. Pero no siempre, ni lo juzgo obligado. El objetivo más obvio e irrenunciable de la misma es la belleza. En la ficción la literatura puede más bien disfrazar el mundo, ocultarlo o suplantarlo. No, la literatura no tiene por qué hacer inteligible el mundo, no tiene nada que ver con la ciencia ni con sus métodos y puede ser, con todo derecho, el arte de la vaguedad, la inexactitud, la indefinición. En la ficción la prosa puede ser distorsionada, caprichosa, hasta incoherente. En la ciencia el lenguaje ha de ser minucioso, preciso, ajustado, porque así lo requiere la materia. Cualquiera que haya transitado brevemente por los dos campos reconocerá la justeza de esta apreciación.

El trabajo de Peter Higgs o François Englert, por citar a otros premiados, no tiene nada que ver con la labor habitual de un escritor. Aquel sí se parece más a un verdadero oficio. Es precisamente por eso por lo que algunos científicos han encontrado siempre en el escribir una forma de ‘diversión’ —de verterse en un molde diferente, explicaba Ortega—, de evasión. Se podría decir, resumiendo, que la ciencia busca la verdad y la literatura busca la belleza. Para añadir enseguida que hay una vertiente de belleza en la verdad y que la belleza sirve muchas veces para desvelar una verdad oculta.

Sigue argumentando Muñoz que “quien escribe sabe que ha de dedicar a su oficio tantas horas y tantos años como un artesano al suyo, y que sin esa dedicación no logrará completar nada de valor”. Nada de valor (sic). Tajante afirmación que no me parece defendible. Hay personas que son capaces, por don natural, de agavillar la belleza de su entorno sin gran esfuerzo aparente. No llegarán a la perfección formal de un escritor a tiempo completo —un buen escritor, se entiende— y no alcanzarán las cimas a las que podrían llegar con una dedicación más exclusiva. A cambio, casi nunca son víctimas de la necesidad perentoria de escribir, de la estéril rutina de los que hacen del escribir su profesión, su medio de vida, su oficio. En muchos casos, esa devoción única del escritor es una bendición, porque está en el origen de la ingente obra de grandes literatos. Pero no siempre es así. Cuando se trata de un autor mediocre, esa ‘contumacia’ creativa produce trabajos de mérito desigual, a veces pobre hasta lo incomprensible.

Pienso, en definitiva, que la tarea de escribir se afronta de muy diversas maneras. Un controvertido escritor y crítico francés, inteligente, atrabiliario y misántropo, Paul Léautaud, que escribió durante sesenta y tres años un Diario literario de más de siete mil páginas en el que retrata con ironía y apasionamiento la vida literaria de la Francia de su época, comentaba, hablando de los autores: El que dedica poco tiempo a su obra, critica: ¡Esos que tardan tres años en escribir un libro! El que ha dedicado tres años, condena: ¡Esos chapuceros que escriben un libro en tres meses!

Reconoce Muñoz Molina que en la literatura “puede haber una divergencia escandalosa entre el mérito y el reconocimiento”. Sería difícil o imposible argüir algo para demostrar lo contrario. Ocurre también en otros ámbitos. Ernesto Sabato, dijo que el triunfo es una especie de vulgaridad, una suma de malentendidos. Podría tratarse a veces, sigo yo, de un simple quid pro quo. Excepcionalmente, el artista puede ser ungido de forma clara e inequívoca. A Luciano de Samosata una Musa le dijo: Je te marquerai d’un signe tellement éclatant que partout où tu iras, on dira: c’est lui. Pero esto es raro. No sé por qué la Musa habló francés en la ocasión. Sé que las sirenas que conocía Cunqueiro, hablaban diferentes idiomas y eran caprichosas en esto. Una entendía únicamente el portugués. Las diosas de Clodión cantan francés, las de Fidias son mudas, aseguró Darío. El mundo no es fácil.

 

 

26 de octubre de 2013

Otoño y Muerte en Venecia


Hablaba yo en la anterior entrada de este blog de las frases hechas. Una de ellas dice que “comparar el otoño con la primavera es como comparar el coñac con la menta”. Así, sin más, tampoco quiere decir mucho, si se fija uno bien. Normal.

En cualquier caso, para mí, que habré tomado una o dos copas de coñac en toda mi vida, el otoño es la estación más bella del año. En una obra de teatro mía, Don Juan de Bergerac, don Juan dice: “¡Qué bella estación! Sobre todo, cuando se es joven, cuando no se percibe como una cierta e inquietante sintonía entre la desolación del exterior y la de nuestra propia vida”. Y sigue Doña Inés: “Huyó la gracia de la primavera, la plenitud del verano, pero es el tiempo de la vendimia, de las cosechas... También los jóvenes, Don Juan, tenemos nuestras angustias y nuestras tristezas y podemos andar completamente perdidos”. Lector, me tendrás que perdonar. Cuando se han escrito ya miles de páginas, es una tentación constante recurrir a ellas, para decir cualquier cosa. Lo hago por pura pereza, no como propaganda, créeme.

Al llegar el otoño, uno de mis involuntarios ritos es ver una vez más Muerte en Venecia, de Visconti. Ayer la disfruté de nuevo y siempre encuentro algo distinto, algo que se me escapó en las visiones anteriores. Destacan en ella el refinamiento, la elegancia, el esplendor de una época, de una clase social privilegiada, en una Venecia amenazada por la epidemia, por la muerte, y en la que el propio protagonista muere.

Una noche, llega a la suntuosa terraza del hotel una cuadrilla de músicos callejeros, que son tolerados por un tiempo. El contraste entre estos y los clientes es marcado, aunque no con la misma intensidad en todos los casos. En un momento, el cantante se acerca a un adolescente polaco, vestido con una fantasía apenas concebible hoy, y este se echa hacia atrás como incapaz de sufrir esa proximidad, de estar en contacto con un mundo y una gente que no ha visto jamás y cuya vida y circunstancias no puede ni imaginar.

Pero es Visconti el director. Hasta en esa escena tan diferente del resto del film, la música —nada comparable a la de Gustav Mahler que llena toda la película—, conserva una cierta gracia. Quise saber algo más de esa música y en el omnisciente Internet encuentro que se trata de una canción napolitana. La melodía es pegadiza, las palabras son sencillas, inocentes: Chi vuole con le donne aver fortuna / non deve mai mostrarsi innamorato, / dica alla bionda che ama più la bruna, dica alla bruna che dall'altra è amato [...] e poi vedrà / come otterrà / tutto quello che vuole. Todo es muy fácil. En el sencillo mundo popular enseguida se consigue todo, a veces. Con unas pocas palabras, con un simple truco, el hombre puede obtener de la mujer “tutto quello che vuole”.

El compositor de la canción fue Michele Testa (1887-1945), de nombre artístico Armando Gill, nacido en Nápoles, a quien se considera el primer cantautor italiano y al que por algún tiempo se dio por muerto durante la guerra, militarizado y hundido en un barco. Un mes después, cuando todo Napoles seguía llorando su pérdida, apareció en la ciudad, en el Trianon, con la revista Gill l’affondato (Gill el hundido). Personaje muy curioso, autodidacta, de familia acomodada, bizco, que utilizaba un monóculo para disimular su defecto y que escribía las palabras, la música y cantaba sus canciones. Las anunciaba así: Versi di Armando, musica di Gill, cantati da sé medesimo.

Lector, si recuedas la escena de la película, si quieres oír otra vez esa cancioncilla, te doy el vínculo correspondiente: http://youtu.be/8a4s02Up_U0. La canta un tal Sergio Bruni, a quien yo no conocía hasta ayer. Es música napolitana hasta el mismo meollo.

 

24 de octubre de 2013

Colores de Otoño


En la entrada anterior hablaba del otoño y ahora, para que entendáis lo que quiero decir —para que me entendáis de verdad—, querría añadir unas fotos. Si sé hacerlo, que estoy muy empezando.

El otoño ha ejercido sobre mí una fascinación especial. Desde siempre, pero sobre todo desde mis años de Nueva York. En buena parte de la costa este de los EE. UU. y Canadá los colores de esa estación son bellísimos. Abundan mucho allí los arces; una variedad de los mismos (Acer rubrum), que, como su nombre indica, se torna rojo en los otoños. Las combinaciones cromáticas son indescriptibles.

Como haré otras veces, tomo de un relato mío unas líneas: “Sé que te gustan las historias sutiles y con artificio, querido Pancho, y te voy a contar una desde esta ciudad inmensa, a miles de kilómetros de ti, en la que viví un tiempo, con mi carrera recién terminada, cuando tenía sólo unos pocos años más que tú ahora. Estoy aquí otra vez, a punto de empezar octubre, porque desde entonces tengo que volver, aunque sea de tarde en tarde, para rever el cambiante rojo de los arces en otoño —los pigmentos son sensibles a la temperatura ambiente y el color varía con las horas y con los días— y comprobar que, al menos, ese milagro perdura, renovado e idéntico, aunque todo lo demás haya mudado tanto. Los mundos que uno descubre de joven, como los sueños primeros que uno teje, están destinados a durar toda la vida”.

Otra cita es de un viaje: “Hemos estado en algunas de las viejas ciudades universitarias: Ulm, Heidelberg, Freiburg. Alegres y un poco bohemias, pero todo con mesura germánica. También en la Selva Negra y en el lago de Constanza, junto a los ríos Rhin (en sus cataratas). El otoño, ya digo, triunfante. Con bastantes arces y ese rojo que me arrebató una vez y sigo buscándolo incansablemente desde entonces (os mando una foto). Nunca ha vuelto a ser el mismo, pero esta es otra historia. El añorado rojo de los arces, si llego a escribir una novela, este creo que podría ser su título”.

Perdonad mi palabras ahora, cuando quizá no hacen falta, a la vista de las fotos. Pero es que tengo que explicar por qué amo las cosas que amo; las que amo apasionadamente, quiero decir. Si los dioses son benévolos, todo lo que tendremos que hacer será eso: contar nuestros amores, aquellos a los que no pudimos renunciar en nuestra vida y son por tanto puros, inocentes, perdonables.

Ahí van las fotos:

 







19 de octubre de 2013

Las frases hechas


Un amigo me escribe, distanciándose de la mala opinión de un crítico sobre cierto novelista español actual (los nombres no importan ahora), que a este crítico “los árboles no le dejan ver el bosque”. Y no dice nada más. Hago constar que mi amigo es una persona inteligente, culta, serena y ponderada en sus juicios.

Sin embargo, creo que en esto es víctima de esas concesiones que hacemos todos a lo establecido, lo trillado, lo poco racional. Las frases hechas, como la que menciona, y las muestras de la sabiduría proverbial, constituyen a veces un reducto de pobreza o pereza mental en el que pueden caer las mentes mejor preparadas. Hay infinitas y aludiré ahora a unas pocas, porque lo que intento es exponer una actitud, una rationale común para juzgarlas. Otras veces, en cambio, son de una verdad incontaminada y absoluta: “No por mucho madrugar amanece más temprano”, por ejemplo.

Muchas veces oímos que “no hay dos sin tres” o “a la tercera va la vencida”. Obviamente, nadie, si se para a pensar un poco, cree en la veracidad de estos asertos. Algo que sucede dos veces no tiene por qué ocurrir una tercera y si alguien juega a la lotería dos veces y pierde, le conviene, y mucho, no tener la seguridad de que va a ganar la vez siguiente.

La banalidad de estas dos frases es manifiesta. Lo de los árboles y el bosque tiene algo más de intríngulis; como si tuviera más sentido, hasta un profundo sentido. Todos entendemos lo que se pretende insinuar con ella: que el fijarse excesivamente en los detalles impide la contemplación del conjunto. Pero esta pretensión, expresada de forma tan generalizada,  hay que razonarla en cada caso.

En cualquier intercambio de pareceres nos deslizamos sin querer en lo subjetivo, en lo cuestionable. Es casi imposible permanecer en el terreno de la razón, de la pura razón. En el fondo, ¿qué es eso de que los árboles no dejan ver el bosque? Es poco más que una frase algo enrevesada. Los árboles son el bosque, el que ve los árboles ya está viendo el bosque. Si alguien —habría de ser un dios— pudiera conocer con exactitud cada árbol, cada rama, cada hoja, cada nervadura, sabría más del bosque que nadie. Rubén Darío, en el Coloquio de los centauros, escribió: “Cada hoja de cada árbol canta un propio cantar / y hay un alma en cada una de las gotas del mar”.

Entiéndaseme, no es que yo esté contra el uso de la tal frase; hasta puede ser útil como enunciación inicial, como anticipo de una conclusión. Pero el argumentador que la esgrima ha de demostrar esa presunta incapacidad de ofrecer una visión de conjunto. Porque es obvio que se pueden conocer a fondo los detalles y, al mismo tiempo, tener una certera impresión del total. No hay oposición entre estos dos saberes, más bien al contrario. Hay que huir de los lugares comunes. Como del culto indiscriminado a los autores consagrados, en la literatura, en la pintura, en todo. Sólo cuenta la verdad, contorneada con la gubia de la razón, para decirlo con estilo un poco kitsch.

Hay otra expresión, anclada en un dislate lógico mucho más grave, esa de “la excepción que confirma la regla”. Las excepciones jamás confirman ninguna regla. Es más, las excepciones son un aviso de que la regla no es aplicable siempre, que puede estar inficionada por el error. Sólo en algunos casos estaría justificada: cuando la excepción resulta no ser tal. Con un ejemplo se entenderá muy bien lo que quiero decir. Imaginemos que alguien sostiene, en un pueblo, que “todos los miembros de la familia Costilla tienen los ojos azules”. Los hermanos, los hijos, los nietos, todos los Costilla tienen los ojos azules. “Pero Pedro, el hijo de Tomás, no los tiene”, objeta uno. A lo que el primero contesta, “Es que usted no sabe que Pedro fue un niño adoptado, que no pertenece a la familia Costilla”.

Ni siquiera en esta ocasión favorable la excepción confirma la regla. Confirmar no es el término apropiado aquí. Se puede decir que la excepción no invalida la regla, es compatible con ella. Al no pertenecer genéticamente a la familia Costilla, el color de los ojos de Pedro no cuenta, no importa. Pero tampoco confirma nada: el color de sus ojos es irrelevante en cuanto a lo que rige para esa familia.

Todo lo anterior es sólo una muestra de que a menudo hablamos, escribimos, sin pensarlo demasiado. Le ocurre a personas de toda condición mental; hasta puede que más a los mejor dotados, por confiarse en exceso. Ocurre como con los que tienen gran facilidad de palabra, que uno tiene miedo de que puedan hablar sin pensar.

Y ya termino, aunque podría seguir. “Con ser igual, ya no es lo mismo” es poco más que un trabalenguas, que me remite a un hecho de mi adolescencia, demasiado largo para contarlo aquí. Déjame recordarte de vez en cuando, lector, que todo lo que escribo son cosas que pienso y en las que creo. Si te engaño es que me he engañado yo antes, lo que puede ocurrir perfectamente. Por eso, trato de seguir el dictado de Ortega que pedía: Cuando enseñes algo, enseña también a dudar de lo que estás enseñando.

15 de octubre de 2013

De cómo leer

 
Estoy empezando este blog y no sé todavía muy bien cómo funciona este invento. Haré algunas reflexiones sencillas, que me parecen oportunas y tienen una proyección práctica. Avisé de que diría algo sobre cómo, en mi entender, debería leerse y con esto comienzo:

Leer tendría que ser un acto más trascendente, más ritual. Muchos de nosotros leemos tanto, tan continuadamente, que hemos trivializado esa actividad y, en consecuencia, casi siempre leemos sin ninguna clase de método o exigencia. Este es un mal proceder, porque perdemos gran parte de su posible productividad, de su ‘ubertad’ (la palabra no está en el diccionario de la RAE, pero tiene un origen latino inmediatamente reconocible y en inglés existe uberty). Y no me refiero sólo a la lectura académica, científica o reglada; me refiero a cualquier tipo de lectura.

No concibo leer sin un lápiz en la mano o al lado. Para señalar, de la forma que sea —yo prefiero un simple trazo en el margen, nunca el engorroso subrayado— los párrafos o pasajes que nos interesen especialmente. No estoy hablando de escribir comentarios eruditos al margen, que también se puede hacer (mal sitio para escribir el margen de un libro); me refiero simplemente al hecho de señalar lo que nos llama la atención por algún motivo. Obviamente, señalaremos tanto los aciertos, los hallazgos brillantes, como los desaciertos, los posibles errores, las faltas de ortografía o sintaxis, que, naturalmente, también las puede haber.

Cuando se termina un libro, se puede ir —se debe ir— en un corto tiempo, sobre esas páginas marcadas. En algunos casos, bastará con releer los párrafos escogidos, si lo que se persigue es, simplemente, tratar de grabarlos mejor en la memoria. En otros casos, quizá queramos incorporarlos a una colección personal, casi la única recomendable, de pensamientos, opiniones o sentencias. Por fin, en otros casos lo que buscaremos es completar lo encontrado, en algún diccionario o enciclopedia.

Todas estas tareas se hacen al terminar el libro y no interrumpen la lectura continuada del mismo. Quizá es mejor, para evitar que se acumule el trabajo, realizarlas

unas pocas veces a lo largo de la lectura y no dejarlo todo para el final. Al tratar de conservar esos detalles interesantes, cosechamos lo mejor de la obra que hayamos leído y, especialmente cuando buscamos ampliaciones en las enciclopedias, encontramos temas relacionados que multiplican el valor formativo de lo encontrado. El símil tantas veces propuesto de las cerezas de una cesta es enteramente apropiado: al tirar de una de ellas van enzarzándose otras y al final sacamos muchas más de una, de aquella inicial que habíamos agarrado al principio.

Para mí, el número de marcas que hacemos en un libro da una idea incluso de su valor global. Por supuesto que hay que matizar y pulir este aserto, que ya dijo Ortega que pensar era exagerar. Hay libros bellísimos y muy sencillos —la sencillez no está reñida con la belleza, más bien al contrario— en los que quizá no haremos muchas marcas. Me atrevería a decir que no es un caso frecuente, porque siempre, si la obra es realmente valiosa, habrá alguna expresión o metáfora, alguna idea, que nos guste señalar y releer más tarde, con la finalidad de intentar fijarla en la memoria. Y hay también libros más complejos, más ricos en datos, erudiciones o conocimientos —tampoco estos están reñidos con la belleza— que ofrecerán más ocasiones de que los marquemos. Para comprobar los hallazgos, ampliarlos o cotejarlos después.

Doy estos detalles, porque no oculto que, a pesar de mi condición de amateur y no experto, escribo estas páginas con una clara, aunque modesta, intención pedagógica, pensando que pudieran ser útiles para alguien. Casi todo lo que escribo lo hago con esas optimistas miras.

22 de septiembre de 2013

Explicación inicial


Explicación inicial


Lector, déjame explicarte por qué me dirijo tan directamente a ti al comenzar este escrito y antes de cualquier otra consideración. Ocurre que esta es mi primera aportación activa en el blog que acabo de crear, ya que su página inicial era sólo un relato, Mis primeros pasos, que estaba escrito hace ya algún tiempo.

Al ponerme a escribir para el blog, comprendo claramente que nada de esto tendría sentido sin dirigirme a alguien, a quien sienta próximo y hasta algo atento. Yo siempre he escrito para alguien; no sé los demás. Puedo entender que otros escriban urbi et orbi, pensando en grandes masas de lectores, pero no es mi caso. Y, desde luego, al que no comprenderé jamás es al que dice escribir sólo para sí mismo. Para eso está la meditación, la reflexión, silenciosa e íntima. Si se escribe es para que alguien lea lo que uno va pergeñando.

Esto puede ser hasta muy obvio. Pero exponerlo al principiar este blog me parece extremadamente pertinente, porque no lo habría creado sin la idea, sin la ilusión, de compartir mis opiniones, mis sentires —y mis bromas—, con algunos seres concretos, con amigos que ya tengo y otros que podría hacer: gentes sin prisa, a las que no les importe esta introducción algo larga, gentes que traten de desmenuzar un poco el sentido último de lo que leen. Eso es lo que busco y ya sé que no es nada fácil. Los lectores así son verdaderamente copartícipes en la escritura. El que escribe es entonces un catalizador, un inductor. No es un cumplido previo, una petición discreta de indulgencia o complicidad, lo siento muy sinceramente.

Quizá se podría pensar que hasta ahora no he dicho nada y que este blog no promete demasiadas ideas o novedades. Pues, fíjate lector, yo pienso que la persona para quien quiero escribir, se habrá dado cuenta de que, en realidad, he hablado ya sobre las diversas actitudes que cualquier escritor puede adoptar a la hora de empezar su trabajo. ¿Y las razones por las que quiere hacerlo? Hay muchas: se escribe por la necesidad incontenible de contar una verdad —lo que nos parece una verdad—, por ganar dinero, por saciar alguna de las infinitas formas de la vanidad, etc. Me gustaría que pensaras sobre esto y digas lo que quieras sobre el tema.

Y por hoy no añadiría yo nada más, porque todo tiene que ser como un juego, suave y alígero. Pretendo poner de vez en cuando alguna palabrilla un poco menos corriente, para recordársela al lector. Se trata también, claro, de enseñar, lo poco que uno pueda enseñar. Hasta otra vez. Pronto te contaré, de manera un poco más estructurada, cómo concibo la manera de leer. O te contaré mis fundadas razones para defender la inmovilidad de la Tierra, de nuestro planeta, frente a tantas suposiciones erróneas. En fin, ya nos iremos conociendo y piensa, desde ahora, que a veces escribiré en broma. A mi lector, al lector que busco, no tengo ni que prevenirlo de eso.