28 de julio de 2013

Mis primeros pasos en el mundo de la edición

 
Esta es una muestra de mis relatos de ficción. Se trata de un escrito irónico sobre la situación del mundo de la edición en España.


MIS PRIMEROS PASOS EN EL MUNDO DE LA EDICIÓN
 
Son tantos los amigos que me preguntan, que se interesan por mi irrupción en el mundo de la edición y publicación, que al fin he decidido contar algunos detalles. A mí ya me da un poco igual todo, pero sí me irrita lo que pasó con mi hermano menor.
Me llamo Nereo Cervedra, nací un doce de mayo, y vengo de familia de castellanos viejos. Quizá os suene algo raro mi nombre de pila: Nereo. Muchos en mi pueblo tenemos nombres algo extravagantes y todo viene de la costumbre local de poner a los recién nacidos el nombre del santo del día. Lo que indica, por otra parte, que somos gente poco complicada, nos conformamos con todo y confiamos en el buen Dios.
Cuando me jubilé, decidí publicar algunas de las cosas que había ido escribiendo a lo largo de los años. Cayó en mis manos una lista de agentes literarios, no recuerdo muy bien cómo, y vi que uno de ellos, una mujer, vivía en la misma calle del hospital en el que estaban tratando a mi esposa. Así que, en una ocasión llamé a la señora:
— Buenos días, señora. Veo que vive usted cerca del hospital al que he de ir mañana y me gustaría hablar un momento con usted. He escrito un libro...
La mujer me interrumpió bruscamente, antes de que pudiera decir una palabra más, y me dijo muy nerviosa y asustada, como si le estuviera anunciando el incendio incontrolado e incontrolable de su casa:
— No siga, no siga, caballero; por favor, deténgase. No tenemos tiempo de atender a nadie más, no podemos recibir más encargos, estamos saturados. Busque otro agente; lo lamento mucho. Y colgó.
Era mi primera incursión en el mundo de la publicación literaria, y me sorprendió el rápido e inapelable desenlace del asunto. Siempre había pensado que, en cualquier circunstancia, una primera entrevista estaría garantizada. Por pura curiosidad del agente, por tantear el azar, para ver cómo es y qué es lo que trae el posible cliente. Nunca se sabe lo que encierra una persona, lo que puede ofrecer una situación nueva. Pues nada, cerrazón total e incuestionable.
Poco tiempo después, en el Círculo de Bellas Artes, en la presentación de un libro de poesía, absolutamente horroroso, muy alabado por los que hablaron, que confesaron haberlo leído —lo que no me acabo de creer, basándome exclusivamente en la limitada capacidad del ser humano para el sufrimiento— me encontré con un joven editor, extraordinariamente alto y delgado, que parecía amable. Empecé a decirle algo y enseguida, con la rapidez del rayo, me dio su tarjeta y me pidió que le llamara. Le di las gracias y así lo hice, a los pocos días.
En mi primer intento, se oyó una grabación: “En el momento actual, todas nuestras líneas están ocupadas; por favor, llame pasados unos minutos”. Insistí después, logré comunicar y pude obtener una cita para el día siguiente. Me dio la impresión, por la complejidad de la organización telefónica, de que estaba tratando con una de las más importantes editoriales del país y quizá del mundo. Vaya, parece que he tenido suerte, me dije en mi inocencia de escritor prácticamente virgen.
Estaba situada la editorial en el viejo Madrid, en una casa ruinosa y destartalada, en la que pensé que no vivía nadie y que había habido algún tipo de error. No obstante, subí al piso correspondiente y llamé a la puerta. Al poco tiempo se abrió y apareció el joven editor, el mismo de la presentación. Me llevó a su despacho, que parecía ambientado en un tiempo oscuro y pretérito, preparado especialmente para alguna película de terror, y me contó cosas sobre su naciente editorial. Cuando me dejó hablar, dije que le traía un libro, el proyecto de un libro.
Creo, honradamente, que no se habría sorprendido más si le hubiera dicho que traía una bomba y la iba a explosionar allí mismo. Una palidez mortal le transformó el rostro y estaba claro que habría esperado de mí cualquier cosa menos que le llevara un libro. Pensaba yo para mis adentros: Qué raro es todo esto. ¿Qué pensaría este hombre que le iba a traer? Una cesta de fresas, una ardilla del bosque…
Me despedí en cuanto pude, tras comprobar que nadie allí estaría dispuesto a leer, ni por asomo, mi proyecto de libro y bien sabe Dios, porque soy una persona sensible y caritativa, que deseé todo lo mejor para aquel joven editor, que empezaba de manera tan precaria su andadura profesional. A mí me gusta que todo el mundo viva bien y que nadie pase fatigas. Empecé a pensar que todo ese mundo, al que me asomaba por primera vez, era tal vez un poco peculiar. Estas apreciaciones quedaron en mi memoria y me llevaron, años después, a escribir un relato titulado Extraños editores, con el que gané un premio en un certamen literario  y que forma también parte de este conjunto de relatos que publico ahora. En el fondo, a mí todo me da un poco igual y lo único que me molesta es lo que ha pasado con mi hermano menor.
Aprovechando que, de mis tiempos de estudiante, conocía a alguien que era ahora crítico literario, conseguí su teléfono y lo llamé a su casa. Estuvo amable, juró que me recordaba con la debida frecuencia y me contó parte —quizá la totalidad, juzgando por el tiempo que empleó— de sus proyectos del momento. Me dijo que estaba en el Comité de Redacción de varias revistas, me dio a entender claramente que era una persona importante y me cansó tanto que quedé en llamarle otra vez, porque estaba preparando un libro y me gustaría que lo hojeara. El libro estaba ya más que hecho, pero no quise enviárselo. A mis años, sé ya muy bien quién me va a escuchar y quién no.
Luego he hablado con editores más importantes. Todo está planificado con años de antelación, me dicen. Hasta dentro de unos tres o cuatro años, no se podría pensar en nada de lo suyo. Además, tienen ya sus autores, sus compromisos, sus ‘cuadras’ de escritores —así las llaman, familiarmente, y en algunos casos el vocablo parece bien empleado y ser pertinente—. Aunque también, añaden, hay una pequeña cuota para los noveles, para los que empiezan, para los desconocidos. Pero, claro, eso es complicado, muy complicado..., tal vez imposible.
Porque tendrá que reconocer, señor mío, me objetan, que es extremadamente improcedente eso de ser un desconocido puro. Los desconocidos, conviene que sean conocidos, que trabajen en la tele o en la radio o sean homosexuales activos y declarados y sólo sean en realidad desconocidos a medias, de mentirijillas. Si usted fuera un desconocido conocido, todo sería muy diferente, me animan.
El caso es que nadie se ha arriesgado o comprometido a leer una puñetera línea mía, ni en el pasado, ni en el presente, ni me temo que en el futuro. A estos editores les causa auténtico terror, verdadero pánico, cualquier tipo de escritura. En cuanto ven un folio escrito echan a correr, desaparecen. Es como si los médicos huyeran al llegarles un enfermo o los abogados al plantearles un pleito o los bomberos al anunciarles un incendio. Seguramente maldicen en su interior el dichoso invento que permite guardar, absurda e innecesariamente, los pensamientos, las historias o las fantasías de los hombres. ¿Para qué demonios sirve eso? ¿Qué se gana con eso? Quizá lleven razón, en el fondo. Ya digo que a mí todo me da igual; lo siento solamente por lo de mi hermano menor.
Escribí a una famosa agente literaria, porque conocía a alguien a quien yo también conocía; de manera que yo era un desconocido, pero era conocido de un conocido suyo. Mi carta tenía un cierto tufillo literario, nada casual, como se puede comprender. Me contestó amablemente y me pidió que “no la defraudara, que le siguiera mandando cartitas parecidas” (sic). Y que le enviara “un texto que sea corto, porque si no, no lo leeré nunca”. ¡Por Dios, qué temor a leer tienen estas gentes! Así lo hice y ya no me contestó, nunca más contestó; se perdió la señora en el olvido, en la nada.
Yo sé muy bien que algo de esto que estoy escribiendo se puede utilizar en mi contra, como me parece que se previene a los imputados cuando declaran ante el juez o la policía. Porque alguien puede deducir inmediatamente que la buena señora no contestó, pues porque no le gustó lo que escribí. Y que, a lo mejor, lo que pasa, es que yo escribo como jugaba al tute la criada de Don Plácido. Podría ser simplemente eso y radicar ahí la explicación de todo.
¿Y quién era esa criada de Don Plácido?, os preguntaréis. Pues era una gallega que, en Santiago, jugaba siempre al tute con su amo, de compañeros, formando pareja. La mujer jugaba tan mal, que siempre perdían y se hizo famosa por eso. A Don Plácido le costó sus dineros el dichoso juego y eso que apostaban de a poco.
¿Y por qué no la echó Don Plácido de su casa o, por lo menos, dejó de jugar con ella al tute, si puede saberse?, os seguiréis preguntando. Puede y debe saberse, os digo, para que así cada uno goce de su gloria legítima, la que le pertenece en estricta justicia, como debería suceder siempre. Pues no la echó, primero, porque hacía unas 'coqretas', como ella decía, como no se conocían en toda Galicia y puede que en toda España. De todas clases: de bacalao, de jamón, de pollo, de ternera..., de todo lo que se os ocurra pensar. Y segundo, porque hacía el amor con un desenfado, con una desenvoltura, con una frescura, con una alegría, con una furia y un denuedo, que eran sencillamente irresistibles. Por lo menos para el pobre Don Plácido, al que tenía amenazado con marcharse de la casa si no compartían también los juegos de cartas, y de compañeros. La criada también tenía sus caprichos, no van a ser sólo los amos. Y Don Plácido no pudo decir nunca que no. En los primeros tiempos, por el asunto del fornicio, al que era proclive. Y después, cuando fue ya muy mayor, por lo de las 'coqretas'. En fin, que siempre hubo alguna razón para tener que seguir jugando juntos y seguir perdiendo. Porque la criada jamás aprendió a usar bien sus cartas. Estaba dotada para otras cosas, no para las cartas.
Bueno, pues ya digo que alguien podría pensar que yo, escribiendo, soy como la criada de Don Plácido jugando al tute. Y estaría en su derecho. A lo que yo contesto que esa objeción sería válida, como mucho, para el caso de esta señora de la que hablé antes, aquella a la que escribí una segunda vez y no contestó jamás, que, después de todo, fue la única que llegó a leer algo mío (si efectivamente lo leyó). Los demás editores no llegaron a cogerme una maldita hoja jamás y, por lo tanto, no pudieron juzgar, ni a favor ni en contra. Y, además, yo veo lo que escriben los otros y sé comparar, hasta bastante imparcialmente. Y tengo gentes que me conocen y me leen —de toda condición, universitarios, catedráticos, menestrales, etc.— y me cuentan y analizan y puedo juzgar perfectamente la sinceridad de lo que me dicen. Aunque a mí, ya digo, me da todo igual y lo siento únicamente por mi hermano menor.
Decidí publicar mis cosas, sin más, en una pequeña editorial en la que me conocen. Yo lo hago, diseño y corrijo todo; me gusta la tarea y me distraigo. Lo que ocurre es que, así, los libros tienen una muy escasa difusión. Por ello, escogí un nuevo camino: presenté mi novela, Las increíbles vidas de Roberto Milfuegos, a un concurso conocido. No es que nadie pensara que tenía una mínima oportunidad de ganarlo, pero sólo por probar, por poder aducir ante el mundo que esta vía la había explorado también. No me dieron el premio, claro. La obra ganadora es un bodrio de tal magnitud, que no conozco a nadie, de la incauta gente que la ha leído, que hable bien del engendro. La autora estaba en la última Feria del Libro y no había ni un alma en su caseta. Pero allí estaba ella, tan oronda con su premio. Con un par... Yo lo siento por mi hermano menor.
Y esta es un poco la historia de mis andanzas como escritor. Estoy convencido de que es absolutamente imposible lograr una cierta difusión, si no estás en las manos de alguien que te empuje. Esto vale incluso para los éxitos editoriales inesperados, los aparentemente espontáneos e incontenibles. Si alguien no los da a conocer, con los medios necesarios, no pueden alcanzar fama, llegar al gran público. Porque de qué vale llevar en tus manos la obra más maravillosa del mundo, si nadie está dispuesto a leerla. Y ahora ya no tengo más remedio que contar lo que le pasó a mi hermano menor.
Mi hermano menor se llama Miguel. Estábamos los dos un día en casa, cuando aparecieron unos ángeles, unos ángeles verdaderos —si no creéis esto, amigos lectores, no sigáis leyendo— que instalaron en un momento unos potentísimos altavoces y focos, con filtros de diversos colores, cañones de esos que disparan serpentinas y confeti, aparatos para crear nieblas... En fin, prepararon la sala como para esas galas y celebraciones que hacen ahora los artistas famosos. Un poco después entró volando por la ventana un señor, bastante viejo e incomprensiblemente ágil, con una túnica hasta los pies, un triángulo fosforescente sobre la cabeza, una barba blanca larguísima, más bien un poco gordito, pero amabilísimo y encantador.
Nada más llegar, se acercó al micrófono y dijo: Uno, dos, uno, dos... Sé que me oís bien, no necesito preguntaros. Porque, por si no os habéis dado cuenta, os comunico que soy Dios. En ese momento, una densa niebla fue subiendo desde el suelo, los cañones dispararon los papeles, de mil tamaños y colores, los focos comenzaron a lanzar ráfagas, y casi ocultaron al simpático viejo. Nada extraño o impensable: Dios muchas veces permanece casi oculto. O sin casi.
Ya podéis imaginar cómo nos quedamos mi hermano y yo. Es que no decíamos ni palabra. Entonces, Dios se quitó el triángulo de la cabeza, lo arrojó sobre el sofá, que parecía que hubiera algún coche averiado en el propio piso, se dirigió a mi hermano y le dijo: Miguel, he dispuesto para ti, desde hace millones de siglos, desde siempre, algunas cosas. Te hice nacer el día veintinueve de septiembre para que, de acuerdo con las costumbres de tu pueblo, te pusieran de nombre Miguel. ¿Está claro? Mi pobre hermano, atolondrado y asustado como estaba, acertó a decir que sí.
Bueno, continuó Dios, te explicaré ahora por qué te llamas Cervedra, que es un apellido un poco difícil de pronunciar, pero que tiene su aquél y su razón de ser. CERV son las cuatro primeras letras de Cervantes y EDRA son las cuatro últimas de Saavedra. ¿Está claro, hijo? Pues sí, dijo mi hermano, ya con algo más de confianza. Bueno, dijo Dios, pues todas estas cosas, que en el fondo son bobadas de los de marketing, que se meten en todo y en estos últimos tiempos me andan enredando continuamente, son porque he decidido dictarte —te la he dictado ya, la tienes en el ordenador, en formato PDF— una novela portentosa, que es, para entendernos, como el Quijote de este siglo, que me parece que, aquí en la Tierra, es el XXI, si no me confundo. ¿Me explico? Divinamente, dijimos mi hermano y yo.
De vez en cuando, prosiguió Dios, me gusta que surjan obras como esta, únicas, excepcionales, para que las disfruten honestamente los seres humanos y se olviden un poco del fútbol, el baloncesto, las carreras de lo que sea, el botellón y todas esas cosas que les divierten tanto. ¿Está claro, Miguel? Sí, Señor, pero no sé yo si..., balbució mi hermano. ¡Que me vas a contar a mí!, le atajó Dios, que se notó que supo enseguida lo que estaba pensando mi hermano y estaba más que claro que lo sabía todo y se daba cuenta de todo. Pues lo dicho, hasta más ver, se despidió. Se colocó el triángulo, se recogió un poco la túnica, dio una rapidísima media vuelta y se tiró por la ventana. Mi hermano y yo nos llevamos un susto terrible, porque creímos que se mataba. Pero no le pasó nada; mirándolo bien, ¿qué le iba a pasar?
En un momento, los ángeles recogieron todo el material audiovisual que habían acumulado en la sala y quedó el lugar como si no hubiera sucedido nada digno de mención. Nosotros, pasado el primer estupor, fuimos al ordenador y, en efecto, allí estaba la novela. Entera, corregida, sin un error. Inteligente, discreta, brillante, tierna, impecable, con una prosa bellísima... Fue un placer inenarrable, una delicia impagable, leerla. Pues sea la voluntad de Dios, nos dijimos los dos. Yo me alegré tanto como mi hermano, quizá hasta más.
Hace ya dos años de todo esto. Bueno, pues a mi hermano no le ha ido mejor que a mí en sus intentos de lograr que alguien le publique la puñetera novela. Ha tratado por todos los medios y no hay manera de que alguien le quiera echar un ojo a lo que lleva escrito. O sea, que aquí no publica ni Dios. Al final, mi hermano, si quiere publicarla, tendrá que hacerlo aprovechando mi poca experiencia en estos asuntos, aunque de bien poco ha de servirle. Y os aseguro que la novela, la de mi hermano, está muy bien escrita, ya os lo podéis suponer. Es realmente divina. Lo mío puede ser lo que queráis, pero lo de mi hermano Miguel es una auténtica maravilla. Bueno, pues la misma historia, todo igual.