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24 de noviembre de 2013

A night in New York


Ya dije que estoy empezando con este blog y aún no sé nada bien cuál será su conformación final. De momento voy escribiendo las sucesivas entradas sin ningún tipo de ordenación o método y cambiando de tema muy a menudo. Los franceses definen esto como passer du coq à l’âne, una expresión de muy antiguo origen, pero que es plenamente actual. En español podría decirse, con el mismo sentido, “hablar del mar y los peces”. Y ocurre que, como a Lope en aquel soneto que le mandó hacer Violante, yo pensé que no hallara consonante, / y estoy a la mitad de otro cuarteto…

Eso sí, la preocupación de siempre: me pregunto si esto tendrá alguna utilidad. Conocer expresiones de alguna lengua extranjera puede tener su gracia. Y corregiré algún error. El término inglés pendrive, por ejemplo, se ha hecho popularísimo. Como se trata de un dispositivo en el que se almacena digitalmente algo que se ha escrito, identificar pen con pluma era casi inevitable. Pero pen, en este caso, se refiere a “small place of confinement or storage” (pequeño lugar de almacenamiento), y designa muy bien el artilugio; no tiene nada que ver con una pluma.

En fin, incluía yo en mi entrada anterior el principio de un relato mío, Una noche en Nueva York, en español. Querría hacerlo ahora en inglés, pidiendo excusas de antemano por una traducción que seguramente tendrá sus faltas. Por si alguien quiere leerlo en inglés o no conoce nuestro idioma. La traducción automática que hace el propio blog no deja de ser milagrosa y vale en algunos fragmentos. Pero está llena también, como es lógico, de errores insalvables.
 

A NIGHT IN NEW YORK
 
                                                           It is such an amazing fantasy of stone, glass, and
                                                           iron, a fantasy constructed by crazy giants,                        
                                                           monsters longing after beauty, stormy souls full of  
                                                           wild energy. All these Berlins, Parises, and other                  
                                                          "big" cities are trifle in comparison with New York
                                                                           (letter from Máxim Gorki to Leonid Andreev on his
first impressions of New York, April 11th, 1906)                                     

These were already years of apathy and boredom. He came to New York as an obliged step in his rational approach to the problem, because he wanted to have all the data and with all possible accuracy. He did not travel to this city as often as before but he had always thought that, faced with a life threatening disease, he would like to rely on some other medical opinion, precisely here, taking advantage of the relative ease to come and the friends and connections that he still had. Then, once in the city, he had decided not to contact anyone until knowing the definitive results of the tests and medical examinations. But this was not planned, this was a last minute decision.

And there also was that other desire, large and turbidly caressed: that of coming here to die, disturbing no one, far from his reduced family and the old friends, in the city where he was so happy and where, in a certain sense, he had achieved everything. The city that he had nevertheless abandoned later. He had always experienced his return to Spain as a sort of betrayal to this New York in which his best dreams had become true. Why had he not remained here, why had he not spent his life here? Is that we know why we do the things we do?

Many a time he had imagined himself awaiting serenely his death at night, in some quiet place, isolated in the immense city, gazing once more at the fascinating spectacle of the nocturnal town that he had seen so many times coming to Manhattan, or returning, crossing some of the bridges that he normally transited, Queensboro or Brooklyn. New York is a city of light, of activity, of night and dreams. He still remembered his first trips on board the Staten Island ferry, in working days —“There are more lights then”, he had been told¾, with the skyscrapers ablaze, alone or with some other friends, other foreigners like him, taking part in the tours organized by the club in which he inscribed himself just upon his arrival, located in the very center of Manhattan, the Midtown International Center.

In these tours the guide, a volunteer, a Jew of German background but born already here, would always pose questions, happy to be able to show for the first time so intense beauty to such heterogeneous groups: what do you think, what does it remind you, what does it suggest to you? ¡And so many different answers! All loaded with emotion, pointing all out the glorious show of the city flooded with light, exploding in light, like some inextinguishable fireworks, sprouting unstoppable from the waters, planted there by the effort of true titans, full of energy and life. It was a magic vision that evoked hidden and powerful giants, men capable of looking face to face to gods, men who were as worthy as gods, who perhaps were real gods and had forever stolen the sacred fire from the gods.

That wonder finished slowly and not completely every night, but one had the certainty of its daily and eternal renewal. And the same thing when crossing the innumerable bridges or climbing the Empire State or going to the delightful bar at the top floor of 666 Fifth Avenue. It would truly be a privilege to have that image in front of the eyes while bidding farewell to the world, to have it in the retina when everything were over.

19 de noviembre de 2013

Una noche en Nueva York


Ya dije antes que estoy empezando con este blog y cada poco descubro nuevos aspectos del mismo, nuevas maravillas, que aumentan mi interés por la literatura y el mundo digital. Mirando en su detallado apartado de Estadísticas, encuentro que donde más me leen es, como era esperable, en España. E inmediatamente después en Estados Unidos, lo que me anima a traer aquí el principio de un relato mío, Una noche en Nueva York. Me es particularmente querido, porque apareció en mi primer libro de ficción, que lleva ese mismo título, y es una recreación apasionada y nostálgica de la ciudad en la que viví unos años y en la que fui muy feliz.

Todavía dudo sobre qué cosas ofrecer al lector; siempre con la idea de explicarme, de exponer mis ideas, de ser quizá útil. Más arriba he hablado, por ejemplo, de “mi interés por la literatura y el mundo digital”. Si esto fuera un artículo científico, pondría el adjetivo en plural, ‘digitales’, para indicar, sin ambigüedad, que me refiero a la literatura digital, la no impresa. Aquí me decido por el singular porque es más eufónico, suena mejor y también se entiende. ¿Razonable?

En mi entrada anterior, El pescador y el genio, mencionaba yo la “arena de la playa que se roseaba en el atardecer”. Lo hice porque quería recoger ese hermoso verbo, rosear —mostrar color parecido al de la rosa (DRAE)—, que no es muy utilizado. Y leyendo un libro encuentro la expresión “me mezo”, que me hizo dudar: ¿me mezo, me mezco? Es, naturalmente, me mezo. Porque el verbo mecer es regular, aunque con cambio ortográfico. En cambio, se dice crezco, pertenezco, etc. Pues a lo mejor esto le sirve a alguien. Hay que mimar las palabras; son más bellas que la luz, dijo Goethe.

Y ahora, sin más preámbulos, el principio del relato que anuncié: 


UNA NOCHE EN NUEVA YORK

It is such an amazing fantasy of stone, glass, and
iron, a fantasy constructed by crazy giants,
monsters longing after beauty, stormy souls full
of  wild energy. All these Berlins, Parises, and
other "big" cities are trifle in comparison with New York.
(de una carta de Máximo Gorki a Leonid Andreev, sobre sus
primeras impresiones de Nueva York, once de abril, 1906)
 
Eran ya algunos años de desgana y hastío. Había venido a Nueva York como una etapa obligada en su aproximación racional al problema, porque quería tener todos los datos, con toda la exactitud posible. Ahora ya no venía a esta ciudad tan a menudo como antes, pero siempre había pensado que, enfrentado a una enfermedad amenazadora y seria, le gustaría tener otra opinión médica precisamente aquí, aprovechando la relativa facilidad para venir y los amigos y conexiones que todavía  tenía.  Luego,  una  vez  en  la  ciudad, había decidido no ponerse en contacto con nadie, hasta conocer ya con toda seguridad el resultado de las pruebas y las exploraciones. Pero esto no fue algo planeado, fue una decisión de última hora.

Y luego estaba el otro deseo, larga y turbiamente acariciado: el de venir a morir aquí, sin molestar a nadie, lejos de su reducida familia y de los amigos de siempre, en la ciudad en la que había sido tan feliz y en la que, en cierto sentido, había conseguido todo. Y a la que, sin embargo, había abandonado después. Siempre había vivido su vuelta a España como una especie de traición a esta Nueva York en la que se habían cumplido sus mejores sueños. ¿Por qué no se había quedado, por qué no había gastado la vida aquí? ¡Se sabe por qué hacemos las cosas que hacemos!

Muchas veces se había imaginado esperando serenamente a la muerte, durante la noche, en algún lugar tranquilo y aislado de la inmensa urbe, contemplando una vez más el fascinante espectáculo de la ciudad nocturna, el que había visto tantas veces al acercarse a Manhattan, o al regresar, cruzando alguno de los puentes que utilizaba normalmente, el de Queensboro o el de Brooklyn. Nueva York es una ciudad de luz, de actividad, de noche y de ensueño. Todavía recordaba sus primeros viajes en el ferry de Staten Island, en algún día laborable — “Hay más luces entonces”, le habían dicho—, con los rascacielos ardiendo, solo o en compañía de otros amigos, de otros extranjeros como él, en las visitas organizadas por el club internacional de estudiantes en el que se inscribió recién llegado, situado en el centro mismo de Manhattan, el Midtown International Center.

En estas excursiones, el guía, un voluntario judío de origen alemán, pero nacido ya aquí, preguntaba siempre, feliz por haber podido mostrar por primera vez tanta belleza a aquellos grupos heterogéneos: ¿qué os parece, qué os recuerda, qué os sugiere? ¡Y tantas respuestas! Todas entrecortadas por la emoción, resaltando todas el glorioso espectáculo de la ciudad inundada de luz, explotando en luz, como unos fuegos artificiales imperecederos, surgiendo incontenible de las aguas, plantada allí por el esfuerzo de indudables titanes, cargada de energía y de vida. Era un visión mágica que evocaba a ocultos gigantes poderosos, a hombres capaces de mirar cara a cara a los dioses, a hombres que valían tanto como los dioses, que quizá eran dioses y habían robado para siempre el fuego a los dioses.

Aquella maravilla terminaba lenta y no completamente cada noche, pero te quedaba la certeza de su eterna y cotidiana renovación. Y lo mismo al pasar por los innumerables puentes o al subir al Empire State o al delicioso bar del último piso del número 666 de la Quinta Avenida. Verdaderamente, sería un privilegio tener esa imagen en los ojos al despedirse del mundo, llevarla en la retina cuando se hubiera acabado todo.