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7 de octubre de 2016

La seducción y sus peligros


En mi entrada anterior, Seducción y Política, recogía un comentario del escritor judío-lituano Romain Gary (1914-1980) sobre el poder seductivo del general De Gaulle. Gary fue, él mismo, un gran seductor. En una obra suya, Clair de femme, alguien confiesa: “He conocido tantas mujeres que, en cierto sentido, siempre he estado solo. Muchas son nadie”, sentencia que podría retratarle. Entre tantas, quizá hubo alguna diferente, única. Myriam Anissimov, biógrafa del autor, señala que su solo amor fue la húngara Ilona Gesmay, que rechazó casarse con él: “Cuarenta años después de esa historia, le he visto sollozar al recordarla”, escribe. Eso es el amor, así de quemantes son los recuerdos. Conviene saber, no obstante, que se puede sollozar por varias.
Romain Gary llegó a Francia con catorce años y obtuvo la nacionalidad francesa con veintiuno. En 1938 ingresó en las Fuerzas Aéreas francesas y en 1940 pudo escapar y unirse a las de Francia libre, que operaban desde Inglaterra. Ha sido el único escritor que ganó dos veces el prestigioso premio Goncourt. Homme à femmes (mujeriego), confesó que “las dos cosas que le habían salvado eran la literatura y la sexualidad”. Bueno, pues hay medicaciones y remedios menos gratos que estos, pienso yo —lo digo por la literatura—. Pero nunca se salva uno del todo: terminó suicidándose de un tiro en la boca, un año después de la muerte de quien fue por cierto tiempo su esposa, la bella actriz americana Jean Seberg.
Jean Seberg nació el 13 de noviembre de 1938 en Marshalltown, Iowa. La familia provenía de Suecia y su apellido original era Carlson, pero el abuelo pensó que ya había demasiados Carlsons en el Nuevo Mundo y decidió cambiarlo. Cuando Jean hacía su segunda película, Bonjour, tristesse, dirigida por Otto Preminger en Francia, encontró al abogado francés François Moreuil. Se sedujeron mutuamente y volvieron juntos a Estados Unidos, a Nueva York; él trabajó en un taller de fotografía para que ella pudiera estudiar arte dramático. Se casaron, en Marshalltown, en 1958 (Jean no había cumplido aún los veinte años). Al año siguiente, en Los Ángeles, fueron invitados a cenar por Gary, cónsul francés allí entonces. Entró en juego otra vez la seducción, a pesar de que el escritor tenía veinticuatro años más que ella y de que los dos estaban casados. La seducción las gasta así. Jean se divorció de François y volvió a Francia con Gary. En 1962 tuvieron un hijo, Diego, que vivió parte de su niñez en España, con una niñera. El escritor renunció a su carrera diplomática, logró su divorcio y volvió a escribir. Se casaron en 1963.
En octubre de 1968, en un vuelo a Los Ángeles, Jean conoció a Hakim Jamal, un negro nacido en un gueto de Boston y relacionado con el movimiento de los Black Muslims, y fue su amante. Hakim Jamal sedujo también a Gale Ann Benson, hija de un diplomático británico. La seducción fue tan intensa que ella cambió su nombre a Hale Kimga, anagrama de Hakim y Gale. Se fueron a vivir a una comuna en Trinidad y allí, durante una ausencia de Jamal fue apuñalada y enterrada en un pozo. También Hakim Jamal fue asesinado por haberse casado con una mujer blanca.
La Seberg sedujo a muchos más —Clint Eastwood, Abdelaziz Bouteflika, Carlos Fuentes, etc.—. Este dijo de ella que era brillante, inteligente, bella y muy vulnerable. Parece que su recuerdo no le abandonó nunca, aunque vivieron un romance de apenas dos meses. Quizá fue hasta por eso mismo, maliciará alguno. En 1972, Jean encontró a Dennis Berry, hijo del director de cine John Berry, y tres semanas más tarde volaron a Las Vegas para casarse. Hacia 1977 la relación era insoportable y se separaron, aunque no se divorciaron; cuando murió Jean, Dennis seguía siendo su marido legal.
En 1979 la actriz, con cuarenta años, conoció a un argelino de diecinueve, Ahmed Hasni, que trató de apartarla del alcohol y prepararla para su nueva película. Se hizo cargo del poco dinero que tenía, se tornó posesivo y llegó a golpearla. Fue la última persona que la vio viva. Según el relato oficial de la muerte, Jean Seberg desapareció el 30 de agosto de 1979 de su apartamento parisino, envuelta sólo en una manta, entró en el asiento de atrás de su Renault aparcado en la calle y tomó una dosis letal de pastillas. La policía encontró el cadáver ocho días después, con una caja de barbitúricos, una botella vacía de agua  y una carta para su hijo: “Perdóname, no puedo vivir más con mis nervios”.  La autopsia reveló una dosis de alcohol en sangre capaz de provocar un coma en cualquier bebedor. Se consideró un suicidio. En julio había tratado de arrojarse al metro.
El otro seductor con el que empecé, Romain Gary, se suicidó el dos de diciembre de 1980 de un tiro en la boca en su apartamento de París. Tuvo una relación muy discreta con la actriz alemana Romy Schneider, que se suicidó el 29 de mayo de 1982, a los 43 años. No se hizo autopsia, pero se supone que la muerte fue por ingestión de alcohol y barbitúricos. Su hijo David había muerto trágicamente en julio del año anterior. Era de su primer matrimonio, con el actor alemán Harry Meyen, que se suicidó en abril de 1979, ahorcándose en su piso de Hamburgo.
Hay que tener cuidado con la seducción. Hegel, Kant, o una comadrona de mi pueblo muy dicharachera, no recuerdo quién ahora, dijo que “la suerte de la fea, la bonita la desea”. Podría ser.

28 de agosto de 2015

Sobre la actriz Alida Valli


Palabras clave (key words): Alida Valli, Wilma Montesi, Piero Piccione.

Mencioné hace poco en este blog a una actriz extraordinariamente seductora, con aires de diosa inalcanzable: Alida Valli. Vino a mi entrada en relación con la película El tercer hombre, en la que actuó. Yo no sé si a los más jóvenes les suena esta mujer, que muchos colocan en el grupo de las míticas de todos los tiempos, como Greta Garbo, Marlene Dietrich o Ingrid Bergman. La secuencia final, con la cámara fija, del film citado es de una belleza y melancolía arrebatadoras. Lector, te ofrezco el vínculo y sólo por eso deberías estarme eternamente agradecido: https://youtu.be/5icX835oyh4. Además te muestro un par de fotos de la diosa y verás que no cabe aquí la exageración. No era mi intención hablar más de ella, pero cambié de idea y lo voy a hacer.

Su nombre entero era baronesa Alida Maria Laura Altenburger von Marckenstein-Frauenberg del Sacro Romano Germánico y nació en el 1921, en la ciudad italiana (hoy croata) de Pola, en el seno de una familia noble. Su primera intervención en el cine fue en 1934, con trece años, y ya en 1942 obtuvo un premio a la mejor interpretación en el Festival de Venecia. En 1944 se casó con Óscar de Mejo, un compositor italiano, del que se divorció en 1952. Fue en 1949 cuando participó en El tercer hombre.

La belleza también trae sus problemas, aunque sean de naturaleza amable la inmensa mayoría de las veces. O sea, que no recomendaría yo a las jóvenes que la posean que anden escondiéndola o traten de destruirla, aunque viendo cómo visten algunas bellas podría pensarse esto, con toda razón. Quizá el principal incordio sea el derivado de la maledicencia de las gentes. Es lógico que las guapas estén más en peligro de pecar contra la modestia y castidad que las otras, pero también es cierto que, de ser verdaderos todos los deslices que se propalan, las pobres pecadoras sólo tendrían tiempo en su vida para comer algún pincho e ir saltando de cama en cama.

Alida Valli no era sólo bella, sino que era profundamente interesante, que es otra cosa, aunque al final pudiera resultar que es lo mismo —lector, estarás hecho un lío; a mí me pasa los mismo con estos temas—. Lo que quiero decir es que hay mujeres tan hermosas que, hagan lo que hagan o digan lo que digan, resultan interesantes. En los años treinta se rumoreaba que la Valli era amante simultánea de dos hijos de Mussolini, Vittorio y Bruno, y también del general nazi Paul Joseph Göbbels. Può darsi (puede ser), que diría un italiano. Cuánto ajetreo, ¿verdad?

Más en serio, sí fue una gran desgracia en su vida el caso de Wilma Montesi, en abril del 1953, una oscura muerte que conmocionó Italia y que quedó sin resolver. Una guapa joven romana de veintiún años, aparece muerta un amanecer en la playa de Torvaianica, a unos cuarenta kilómetros de Roma. La chica había salido de su casa dos días antes, al atardecer. Se dijo que había ido hasta el mar para un pediluvio, por un eczema en un pie. Se hace una autopsia rápida y se da la historia por concluida.

Un mes más tarde, un semanario satírico retoma el asunto e involucra en el mismo al hijo de un ministro del gobierno, Piero Piccione, compositor. En octubre, la revista Attualità critica la lentitud de la investigación y sugiere favores políticos. Finalmente, en enero del 1954, diversos testimonios desvelan orgías de sexo y droga en Capocotta, en la finca de un marqués, cerca de donde se encontró el cadáver. Una testigo, apodada el Cisne por su largo cuello, antigua amante del marqués, da detalles comprometedores. Piccione —de nombre artístico Piero Morgan, autor de la banda sonora de muchas películas de Alberto Sordi— es imputado. Pero tiene coartada: el testimonio de Alida Valli, que declara en el juicio, en 1957, haber estado con él todo el día de los hechos y esto le salva. La sombra del perjurio la seguirá ya siempre. Todos resultan absueltos.

Una mezcla de todo. La belleza, la riqueza, la mentira, lo frívolo, lo escabroso, la maldad, quizá el perjurio. Es la vida, la dolce vita. Años más tarde Fellini hará una película con ese título y ganará la Palma de Oro en Cannes. Todo está ya olvidado.


 
 

23 de agosto de 2015

De la omnipresente violencia


Palabras clave (key words): violencia, tragedias de Shakespeare, El tercer hombre.

Odio la violencia física en cualquiera de sus múltiples manifestaciones y también la violencia verbal. Tolero, hasta cierto punto y sólo en determinadas circunstancias, la de la palabra escrita, sobre todo si es sutil o contundente, bien adobada con humor o con justificado desdén. Y siempre que se dirija a algún entontecido, que hay bastantes.

Lector, sabes muy bien que no es lo mismo tonto que entontecido. Frente al tonto puro, que no es responsable de su falta, sólo cabe la compasión disimulada, para no herir su susceptibilidad, y la obligación de velar cuidadosamente por él. El entontecido, el tontivano, es algo muy diferente: es el engreído, el que se cree, por el motivo que sea, superior a los demás. Sucede, además, que muchas veces su encumbramiento deriva de logros discutibles o fraudulentos. La sabiduría popular distingue muy claramente entre esas dos tonteras: el tonto de la cabeza y el tonto del antifonario.

Viene este exordio sobre la violencia por lo que conté en mi anterior entrada, al hablar de las muertes en el Titus Andrónicus, de William Shakespeare. Es verdad que es quizá la más sangrienta de todas sus obras. Pero también es verdad que el teatro inglés de la época está plagado de violencia y sangre y que esto era absolutamente tolerado por el público. Ya dije que en esa obra había nueve muertes en escena, muertes que ocurrían ante los ojos del espectador. Pero no es sólo eso: hay otras cinco muertes más, una mujer violada a la que después le cortan las manos y la lengua, más amputaciones de miembros, un quemado vivo, un caso de locura (fingida) y otro de canibalismo, cuando Titus da a comer a Tamora un pastel hecho con la carne de sus propios hijos. Y crueldades parecidas hay en otras obras del genial dramaturgo inglés: Hamlet, Macbeth, Julius Caesar, King Lear, Coriolanus, etc.

En el cine actual la violencia se halla igual de presente. Cuando veo en TV los anuncios y argumentos de películas, me sorprende la presencia constante de armas, cada vez más letales e inverosímiles, y luchas cada vez más absurdas. Si por azar caigo en uno de estos filmes, al aparecer un arma, desconecto enseguida. Hice la promesa de no ver ninguna película en la que aparezcan armas. Inmediatamente comprendí que no podría ver entonces, por ejemplo, una de mis preferidas, El tercer hombre. Y me digo que hay que contemporizar, si quiero ver esa largo y maravilloso plano secuencia final, en el que la bellísima, interesantísima, Alida Valli (Anna), una pobre actriz secundaria expuesta a ser expulsada del país, abandona el cementerio y Joseph Cotten (Holly Martins), un autor de novelas baratas del Oeste sin un céntimo, se dispone a un último, seguramente infructuoso, intento de conquistarla. Son sólo dos perdedores perdidos, pero queda la esperanza. Todo eso con la deliciosa música de Anton Karas y su cítara.

Ya sé que esa violencia no se da únicamente en la ficción, sino que está afianzada en la realidad de todas las épocas. Y hasta en un grado difícil de transferir a cualquier representación, por tratarse de acciones masivas con miles o millones de víctimas. No me refiero sólo a las bajas en guerra, sino a los innúmeros genocidios, los asesinatos de comunidades enteras indefensas. El gusto por los espectáculos sangrientos también tuvo un comienzo temprano en la humanidad. El ser humano puede convertirse en un animal sediento de sangre, capaz de los actos más extremos de crueldad. La realidad actual no invita a desligarse de esa opinión pesimista. Los medios de comunicación ofrecen cada día noticias de una maldad casi infinita, no fácil de concebir.

También estoy presto a reconocer que la mayoría de las personas con las que nos encontramos en nuestras vidas son más bien pacíficas y hasta benevolentes y se siente horrorizada por estos actos, que somos incapaces de evitar. ¿Cómo es posible que se produzcan? Siempre he pensado que hay algo radicalmente enfermo en nuestra propia arquitectura social de siglos, que los hace posibles. ¿Habrá alguna vez un gobierno universal justo y pacífico?, ¿será posible esa utopía? Algunos creen que sí y que es la única solución posible.

6 de noviembre de 2014

Sobre la dificultad de los idiomas


Al preparar hace poco el índice de temas, en las entradas del 18 y 19 de octubre, compruebo que en la del 24 de mayo traduje City Lights, la bella película de Charles Chaplin, por Candilejas. No sé en qué estaría pensando; esto me da pie para elucubrar un poco.

Los idiomas son traicioneros, engañosos. En un muy viejo chiste, un marinero llega a puerto y pregunta a alguien en el muelle: Parlez-vous français? Yes, responde este. Eso es inglés, dice el marinero (no se sabe en qué idioma). El otro lo entiende y dice: ¡Anda, ya sé otro idioma! Malo, malísimo, el chiste, para qué engañarnos.

Viene todo a que es muy difícil manejar bien, de verdad, un idioma extranjero. Creemos dominar una lengua y podemos estar muy equivocados. Un inteligente amigo de Toronto, después de leer una frase muy circunstancial de mi blog, me escribe: why such morose view of life? (¿Por qué esa triste visión de la vida?) Conozco el adjetivo, pero quiero saber si moroso, en español, tiene alguna acepción relacionada con su significado en inglés. No en el DRAE. En el Merriam-Webster, morose tampoco tiene acepción alguna ligada a ‘demora’.  Se trata, pues, de un típico caso de ‘falsos amigos’ (palabras parecidas en su grafía, en dos idiomas, que significan cosas muy distintas). En la descripción del término inglés se remite a los sinónimos: sullen, sulky, surly, dour, glum (no gloomy, más habitual). Conocer todas estas palabras, sus sutiles diferencias semánticas, etc., es algo que me sobrepasa claramente. No, no son fáciles los idiomas.

El título de la película de Chaplin en inglés es Limelight. La traducción de la voz candilejas es, sin embargo, footlights, aunque el título español de la película está muy bien escogido. Limelight —luz de calcio o de Drummond— se refiere a un tipo de iluminación especial usada en los escenarios en el siglo XIX, que no se usa hoy día, si bien se ha conservado el nombre. La potente luz que enfoca a veces un área reducida del escenario se llama spotlight. O sea, footlight, limelight, spotlight… Los idiomas, repito, no son fáciles.

Termino, para abreviar. Seguiré mañana y explicaré por qué dedico una entrada a este tema algo aburrido. Para compensar, me gustaría, lector, eso sí, que leyeras mi entrada del 24 de mayo, en la que hablo de Luces de la ciudad. Y te doy ahora, que no lo hice entonces, el vínculo para su final: http://youtu.be/C_vqnySNhQ0. Son unos minutos inolvidables: glorioso, puro, inmortal folletín.

(continuará)

8 de septiembre de 2014

Revisita a los Cuentos de Hoffmann


Conté en mi entrada anterior historias enredadas en el silencio, ese don divino, esa paz repleta de sentido —“sólo sé decirte mi silencio”, escribió un poeta—, que debería extinguirse únicamente cuando lo reemplazaran palabras cargadas de belleza, de razón o de bondad. Cada vez me seduce más esta última cualidad en los seres humanos. Beethoven dijo o escribió que solamente reconocía un índice de superioridad: la bondad.

Hablo de literatura, claro. En la vida corriente hay que emplear palabras, que a veces pueden ser duras y cortantes. Incluso entonces, se ha de evitar el lenguaje desarrapado o sucio. Por no hablar de la violencia física, siempre odiosa. En la tertulia de Gómez de la Serna, un día, alguien ofendido pidió a otro contertulio salir a la calle para arreglar cuentas. Y Ramón pontificó: “Aquí de insultar todo, de pegarse nada”. Para mí, ni siquiera insultar. Queda mucho mejor, y es más hiriente, la ironía.

No sé si hay un tutorial para los que escribimos un blog. Si lo hubiera, tampoco lo consultaría; ya he insinuado, y dicho abiertamente también, que en literatura prefiero la espontaneidad y la libertad a cualquier otra cualidad. No niego que se dé también en ella el oficio, pero pienso, como Neruda, que “la parafernalia de la literatura, con todos sus méritos, no debe sustituir a la desnuda creación”. Quizá todo viene de mi modo personal de abordarla. Menciono lo del tutorial porque no sé si es buena práctica reincidir en entradas pretéritas. Lo voy a hacer, para volver a la del veintisiete de agosto, en pleno verano, y con alguna recomendación que no me importa repetir.

Allí explicaba yo muy sinceramente lo que busco en cualquier arte y daba el vínculo para una película de mi juventud, Cuentos de Hoffmann, de 1951, que me impresionó muy vivamente. El cine podría haberse convertido en ese arte o espectáculo total que buscaron hace tiempo los artistas. Por desgracia, no está siendo así y muchas películas de hoy son una colección de efectos especiales, disparatados a veces. Doy de nuevo el vínculo, http://youtu.be/t6zcAzZGUjQ, y añado la letra de la célebre barcarola, en su original francés. Con una excelente traducción, que encuentro ya hecha:
 
Le temps fuit
et sans retour emporte nos tendresses!
Loin de cet heureux séjour,
le temps fuit sans retour.
Zéphyrs embrasés,
versez-nous vos caresses;
zéphyrs embrasés,
versez-nous vos baisers, Ah!
Belle nuit, ô nuit d'amour,
souris à nos ivresses,
nuit plus douce que le jour,
ô belle nuit d'amour!

¡El tiempo huye sin cesar
y se lleva nuestras ternuras!
Lejos de esta feliz morada,
el tiempo huye sin cesar.
Céfiros ardientes,
dadnos vuestras caricias;
céfiros ardientes,
dadnos vuestros besos, ¡ah!
Bella noche, oh, noche de amor,
sonríe a nuestra embriaguez,
noche más dulce que el día,
¡oh, bella noche de amor!

27 de agosto de 2014

Sobre la literatura esteticista y sobre cine


Lector, se acaba agosto y también la estación de la luz, del descanso y la despreocupación, aunque sean imperfectos y pasajeros. Quizá es el momento de hacer una importante confesión. No amo cualquier literatura; amo, sin renuncia posible, sin libertad de elección, la literatura esteticista. Me gustaría decir que he vivido sólo movido por la belleza, pero no sería la verdad, porque la vida es complicada y tuve que defenderme de su escabrosidad como pude, como otros, como todos. Pero en ese reino en el que uno es libre, en el que puede escoger casi sin límites, en el de las bellas letras, ahí sí me rijo irreductiblemente por la belleza y no puedo ver o valorar otra cosa. Sé muy bien que por ello no comentaré aquí jamás ciertas obras que quizá son valiosas, que tienen éxito, que son emocionantes, intrigantes, divertidas, pero ya digo que soy víctima de esa fatal perversión. No sólo en la literatura, también en otras artes y en el cine. Hablaré hoy de una película y mostraré unos textos literarios, como corolario de lo que cuento. Todo habría que matizarlo, circunscribirlo debidamente, pero no es ahora el momento.

Respecto al cine, copio de mis Apuntes sobre literatura. Yo llegué a estudiar a Madrid en otoño de 1954, con quince años, y venía de una antigua y bella ciudad, pobre y triste, como tantas de entonces. Al poco tiempo, no recuerdo cuándo, vi una película, Cuentos de Hoffmann, de 1951, adaptación de la ópera del mismo nombre de Jacques Offenbach. La banda sonora fue grabada por la Royal Philarmonic Orchestra, dirigida por Sir Thomas Beecham. Me sumergí por unas horas en un mundo de ensueño, inesperado e imprevisto, preñado de una belleza que era casi imposible soportar.

Todavía recuerdo las secuencias del cuento segundo, cuando Hoffmann está en Venecia y es seducido por la espléndida Ludmilla Tchérina, en el papel de la cortesana Giuletta. El satánico Dapertutto, coleccionista de almas, se vale de ella para robar el reflejo, el alma, del joven poeta. Aquel viaje en góndola, en un paisaje deliberadamente irreal, mientras se oye la deliciosa barcarolle, se grabó en mi memoria para siempre y no creo que ninguna disfunción o aturdimiento de mi cerebro pueda arrancarlo de ahí. Y pienso, sinceramente, que mis ideas o sentimientos respecto a la belleza en la literatura, o a la belleza en general, vienen influenciados muy poderosamente por esa y otras vivencias parecidas, que se fueron prendiendo poco a poco en mi corazón.

La Tchérina, nacida en Francia y de la nobleza circasiana, fue luego en su vida pintora, escultora y hasta escribió dos novelas. Todo eso vino después, nada de eso contaba entonces, o sabía yo entonces, cuando la contemplaba, embelesado, en la pantalla. Yo sólo la veía con un pañuelo verde en la cabeza, envuelta en los rebrillos del agua en los canales venecianos, con sus labios perfectos, moviéndolos lentamente para cantar una muy bella y triste melodía. Me engolfaba en su rostro distante y altivo, de mujer o diosa inalcanzable y tal vez terrible, surcando un falso mar, mucho más bello que cualquier otro mar auténtico, en una navegación oscura, imposible o secreta. Iba de pie, sobre una góndola adornada con telas y sedas de fantasía, con un fanal de proa que se desliza encendido en la noche, cruzando pettini inconcretos, esbozados, de proas de otras góndolas, en un ambiente onírico, feérico.

Vestida con una ajustada malla negra, desciende de la embarcación, siempre acompañada de la bellísima música, despreciando la mano de Schlemil, un amante ya antiguo y condenado al olvido, que intenta inútilmente ayudarla a bajar, cuando ella abandona la nave, tras un giro lento y solemne de escorzos cambiantes de la góndola, y ni siquiera alcanza a tocar la larga cola de su vestido. Nunca olvidaré los hermosos y malvados ojos de Dapertutto, su elegante vestimenta, sus mínimos gestos a Giuletta, que revelan la perfecta compenetración de ambos para perpetrar el mal. Y su discreta orden para que la cortesana consiga el alma de Hoffmann y la intensa mirada de animal felino de ella. Ahora, cuando rememoro esta escena, también me vienen las rotundas y tristes palabras del libreto de Jules Barbier: le temps fuit et sans retour emporte nos tendresses (el tiempo huye y sin retorno se lleva nuestras ternezas).

Lector, te dejo el vínculo (http://youtu.be/t6zcAzZGUjQ) para que veas esas escenas. Si te emocionas intensamente, si te marea su belleza, tal vez nos podamos entender. Dejo los textos literarios para una próxima entrada.

24 de mayo de 2014

Pesimismo del futuro y sobre Luces de la ciudad


Me quedan dos cabos por atar de mi entrada de ayer: una afirmación que querría matizar y otra que querría explayar; enseguida las mencionaré. Cuando se escribe con espontaneidad, se corren estos riesgos. Nada grave, porque también se tiene siempre la posibilidad de corregir, de enmendar, de desdecirse, si fuera necesario.

Anduve bastante pesimista al referirme al futuro de la humanidad y del mundo, aunque también dije que sin razones definitivas. Alguien podría pensar que esto me mantiene permanentemente en un estado de acedía o desconsuelo. No es así y en general suelo estar de buen humor. El ser humano ha sido construido para soportar las desdichas, las derrotas y hasta la desesperanza. Quizá sólo los que se demostraron capaces de sufrir todas estas desventuras pudieron sobrevivir. Me entristece el dolor que veo en tantas gentes, en tantas víctimas, pero lo que más me irrita y exaspera es la desfachatez, la inmunidad de que gozan los causantes, los responsables de tanto daño.

El azar, tantas veces el azar, me hizo tropezar, después de escribir mi entrada, con este texto: “Más de una vez habremos soñado, los que hoy vivimos (o sobrevivimos), en una tierra de evasión, de refugio donde poder huir para hallar la paz. Esta tierra no existe hoy. Desgraciadamente, no hay punto del globo donde se pueda vivir totalmente alejado, aislado, de todas las calamidades que envuelven la tierra toda”. Bueno, es más o menos lo que yo contaba; por lo menos, no soy el único.

Decía también que puedo ser muy minucioso en la contemplación de algo. En mi entrada, había descrito con cierto detalle unas secuencias del film Cabaret. En el cine, las imágenes son lo que las palabras en la literatura. A veces hay que detenerse, retenerlas, degustarlas. Se encuentran así cosas que se escaparían de otra manera. Me gustaría fijarme hoy en otra antigua película de Chaplin, City Lights (Luces de la ciudad). Son antológicos los últimos fotogramas.

En ellos, la florista ya puede ver y contempla la figura pobre y desaseada de Charles Chaplin, Charlot, a quien ella no había visto nunca y al que imaginaba como un elegante y rico caballero. Lo reconoce al depositar unas monedas de limosna en su mano y comprobar que es la misma mano que le había ayudado a ella tantas veces. La desilusión de la chica es lógica, pero también el espectador sospecha que quizá pueda quedar en la joven el agradecimiento, la compasión, la ternura, por quien ha hecho tanto por ella, hasta lograr que recupere la vista. Y los ojos de Chaplin —que apenas se atreve a soñar con el milagro y se muestra tímido, desesperanzado y presto a alejarse y despedirse de la persona a la que amó, ciega, y ahora piensa que ya no podrá amar, vidente—, los negros y profundos ojos de un Chaplin viejo, sostienen un juego sutil, sabiamente prolongado, del menesteroso que no espera un gozoso desenlace de la situación, pero que empieza, todavía con incredulidad, a intuir, a anticipar una felicidad posible. La gratitud, quizá el amor, triunfa en la película, con un final, que podría haber sido el opuesto, pero que es el que los espectadores de todos los tiempos y lugares desean, con toda seguridad. El film, cualquier film, es mucho más que eso, pero eso también cuenta. Y para captarlo, hace falta verlo con tiempo, con entrega, con apasionamiento, como ocurre cuando se lee un buen libro.

22 de mayo de 2014

Cabaret: breves, profundas secuencias


Lector, el cine podría ser ese espectáculo total que los artistas han buscado más o menos en vano. Para eso haría falta la labor de un genio y esto se da raramente. Apenas he hablado de cine en este blog y no soy muy conocedor del mismo. Pero hoy me gustaría recordarte una película excelente: Cabaret. Las obras de arte hay que gustarlas pausada y repetidamente y yo querría que vieras con mucha atención esa escena en que un adolescente de las Hitlerjugend (Juventudes hitlerianas), un ario perfecto, canta una bella canción, que se presenta como tradicional alemana; una especie de himno o canto a la patria —esos cantos a los que temo tanto, que han causado tanto dolor a la humanidad—. Su título en inglés es: Tomorrow belongs to me (el mañana me pertenece), y estaba incluida en el musical de 1966 y también en la película de 1972. Algunos la criticaron por considerarla antijudía. Resulta, sin embargo, que la canción fue escrita para el musical precisamente por un par de judíos, John Kander and Fred Ebb. Como ocurre tantas veces, la realidad es esquiva y engañosa.

Te copio el vínculo a un video de Youtube: http://youtu.be/lv0jav4lNsk, que dura tres minutos y veinte segundos. Fíjate en el viejo con gorra marinera y gruesas gafas, que aparece en un par de breves secuencias. Parece aturdido, inseguro y en sus gestos hay un contenido disgusto, e inquietud o nerviosismo. Seguramente —ahora deja volar tu imaginación; sin la colaboración del lector o el espectador, cualquier obra de arte carece de sentido y hasta de existencia— ha vivido los horrores de la primera guerra mundial y es capaz de anticipar el desastre que viene. Son unos segundos de proyección, pero, para mí, en ellos están condensados el espanto y el anuncio de la tragedia que se avecina inexorable, sin que los demás se den cuenta. Al final de la escena, fíjate también en la leve y supremamente irónica sonrisa, en el discreto cabeceo, del Maestro de Ceremonias de la película, el presentador de los varios números del cabaré, como vaticinando aún más claramente el desastre. Son gestos, insinuados apenas, que buscan la complicidad del espectador, que le hacen meterse en la película.

América, Estados Unidos, dista mucho de ser un paraíso —en algún momento, cuando yo era joven, me lo pareció—, pero en algunas cosas son dignos de ser tomados como ejemplo. El maestro de ceremonias del Kit Kat Club, fue Joel Grey, que ya lo había sido en el musical de Broadway. Al planear la película, los productores dijeron al director, Bob Fosse: Si prescindes de Grey, nos veremos obligados a prescindir de ti. Esa espontaneidad, esa firmeza, expresada como una broma, es típicamente americana. Naturalmente, Grey tuvo el papel, lo hizo insuperablemente y ganó un Oscar.

Yo creo que en España, en ocasiones, si hay que escoger entre dos personas, no se escoge al más dotado. Una invencible inclinación al amiguismo y a la componenda lastra pesadamente el funcionamiento de nuestra sociedad y es causa de muchos de nuestros desequilibrios. Esto puede ser irrelevante a veces, aunque se trate siempre de una injusticia, pero cuando hay que competir, es necesario escoger el mejor, no basta con tomar al simplemente bueno. Por no hablar del que es malo.

Aunque me alargue un poco, querría traducir la canción, cantada en inglés en la película. Para que quizá se pueda disfrutar más. Ahí va, sin pretensiones:

El sol en el prado es ya de verano, / el ciervo corre libre en el bosque, / pero se juntan para recibir a la tormenta. / El mañana me pertenece…
La rama del tilo es verde y hojosa (sic, llena de hojas), / el Rhin da su oro al mar, / pero en alguna parte la gloria espera escondida. / El mañana me pertenece…
Ahora Patria, Patria, muéstranos la señal / que tus hijos han esperado ver. / La mañana vendrá, / cuando el mundo será mío. / El mañana me pertenece…
El niño en su cuna cierra sus ojos, / la flor abraza a la abeja, / pero pronto dice un susurro, arriba, arriba, / el mañana me pertenece...

Al final, el hermoso coche arranca y se aleja de la amenazante realidad, para refugiarse en un mundo feliz y ajeno que se derrumbará muy pronto. Todo eso se cuenta con la marcha lenta y supremamente elegante del vehículo. Pronto será tarde.

26 de octubre de 2013

Otoño y Muerte en Venecia


Hablaba yo en la anterior entrada de este blog de las frases hechas. Una de ellas dice que “comparar el otoño con la primavera es como comparar el coñac con la menta”. Así, sin más, tampoco quiere decir mucho, si se fija uno bien. Normal.

En cualquier caso, para mí, que habré tomado una o dos copas de coñac en toda mi vida, el otoño es la estación más bella del año. En una obra de teatro mía, Don Juan de Bergerac, don Juan dice: “¡Qué bella estación! Sobre todo, cuando se es joven, cuando no se percibe como una cierta e inquietante sintonía entre la desolación del exterior y la de nuestra propia vida”. Y sigue Doña Inés: “Huyó la gracia de la primavera, la plenitud del verano, pero es el tiempo de la vendimia, de las cosechas... También los jóvenes, Don Juan, tenemos nuestras angustias y nuestras tristezas y podemos andar completamente perdidos”. Lector, me tendrás que perdonar. Cuando se han escrito ya miles de páginas, es una tentación constante recurrir a ellas, para decir cualquier cosa. Lo hago por pura pereza, no como propaganda, créeme.

Al llegar el otoño, uno de mis involuntarios ritos es ver una vez más Muerte en Venecia, de Visconti. Ayer la disfruté de nuevo y siempre encuentro algo distinto, algo que se me escapó en las visiones anteriores. Destacan en ella el refinamiento, la elegancia, el esplendor de una época, de una clase social privilegiada, en una Venecia amenazada por la epidemia, por la muerte, y en la que el propio protagonista muere.

Una noche, llega a la suntuosa terraza del hotel una cuadrilla de músicos callejeros, que son tolerados por un tiempo. El contraste entre estos y los clientes es marcado, aunque no con la misma intensidad en todos los casos. En un momento, el cantante se acerca a un adolescente polaco, vestido con una fantasía apenas concebible hoy, y este se echa hacia atrás como incapaz de sufrir esa proximidad, de estar en contacto con un mundo y una gente que no ha visto jamás y cuya vida y circunstancias no puede ni imaginar.

Pero es Visconti el director. Hasta en esa escena tan diferente del resto del film, la música —nada comparable a la de Gustav Mahler que llena toda la película—, conserva una cierta gracia. Quise saber algo más de esa música y en el omnisciente Internet encuentro que se trata de una canción napolitana. La melodía es pegadiza, las palabras son sencillas, inocentes: Chi vuole con le donne aver fortuna / non deve mai mostrarsi innamorato, / dica alla bionda che ama più la bruna, dica alla bruna che dall'altra è amato [...] e poi vedrà / come otterrà / tutto quello che vuole. Todo es muy fácil. En el sencillo mundo popular enseguida se consigue todo, a veces. Con unas pocas palabras, con un simple truco, el hombre puede obtener de la mujer “tutto quello che vuole”.

El compositor de la canción fue Michele Testa (1887-1945), de nombre artístico Armando Gill, nacido en Nápoles, a quien se considera el primer cantautor italiano y al que por algún tiempo se dio por muerto durante la guerra, militarizado y hundido en un barco. Un mes después, cuando todo Napoles seguía llorando su pérdida, apareció en la ciudad, en el Trianon, con la revista Gill l’affondato (Gill el hundido). Personaje muy curioso, autodidacta, de familia acomodada, bizco, que utilizaba un monóculo para disimular su defecto y que escribía las palabras, la música y cantaba sus canciones. Las anunciaba así: Versi di Armando, musica di Gill, cantati da sé medesimo.

Lector, si recuedas la escena de la película, si quieres oír otra vez esa cancioncilla, te doy el vínculo correspondiente: http://youtu.be/8a4s02Up_U0. La canta un tal Sergio Bruni, a quien yo no conocía hasta ayer. Es música napolitana hasta el mismo meollo.