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20 de mayo de 2017

Glaucón, el anillo de Giges y la moción de censura


Se ha presentado una moción de censura contra el discutidísimo Gobierno de Mariano Rajoy. Se descarta el triunfo de la misma, lo que no ha impedido su tramitación. Se trata, se arguye, de un imperativo ético, un alegato contra la corrupción y la injusticia. Lo hace, naturalmente, un partido integrado por hombres y mujeres, se entiende que justos, que, no obstante, sólo logra obtener un porcentaje reducido de votos en las elecciones, inferior siempre al del Partido Popular. ¿Cómo es esto posible?
En el libro segundo de República, Platón dice, por boca de su hermano Glaucón, cuando este dialoga con Sócrates, que “no hay mayor perfección en el mal que el parecer ser bueno no siéndolo y que nadie es justo de grado, sino por fuerza”. Los hombres están persuadidos de que la justicia no es rentable. En cuanto uno cree que va a poder cometer una injusticia, la comete, porque “todo hombre cree que resulta mucho más ventajosa personalmente la injusticia que la justicia”.
Glaucón menciona en su argumentación a Giges, personaje que guarda relación con el Giges histórico del que habla Herodoto, un pastor que estaba al servicio del rey de Lidia. Hubo un terremoto, se abrió la tierra, el pastor se adentró en una grieta y vio un caballo de bronce hueco, en cuyo interior había un cadáver con un anillo de oro en la mano. Tomó la joya y cuando se reunieron los pastores, como todos los meses, para informar al rey de sus ganados, Giges giró inadvertidamente el sello del anillo hacia la palma de su mano y comprobó que se hacía invisible, porque empezaron hablar de él como de una persona ausente. Esto terminaba al girar otra vez el anillo.
Comprobado el milagro, el pastor marchó a Palacio, sedujo a la reina, mató con su ayuda al soberano y se apoderó del reino. Glaucón, basándose en tal comportamiento, aventura que si hubiera dos sortijas como aquella de Giges, una para un hombre justo y otra para un hombre injusto, es opinión común que no habría persona de convicciones tan firmes como para perseverar en la justicia. En nada diferirían, pues, los comportamientos del uno y del otro, que seguirían exactamente el mismo camino. Porque todo hombre cree que resulta mucho más ventajosa la injusticia. Es más: si hubiese quien, estando dotado de semejante talismán, se negara a cometer injusticias y a poner la mano en los bienes ajenos, le tendrían por el ser más miserable y estúpido del mundo.
En el diálogo platónico, la tesis de Glaucón es extrema y representa sólo una exageración dialéctica para su argumentación frente a Sócrates. Pero quizá los atenienses del siglo V a. de C. y los españoles de hoy tengan ideas parecidas sobre la consistencia de los comportamientos humanos respecto a la justicia; por eso son cautos a la hora de otorgar su confianza a los nuevos políticos y eso es lo que se refleja en las urnas.
¡Bandolerismo arriba y bandolerismo abajo! Pobretes, potentados, ilustres personajes y tunos de presidio operan con los mismos procedimientos. En todas las esferas se vive fuera de ley. ¡¡La España, estos tiempos, vive sin leyes! ¡Y barco sin timón, naufraga! ¡Se estrella! ¡Se hunde! ¡No se salvan ni las ratas! Que no se asuste nadie, estas palabras no son actuales; son de Valle-Inclán, en su obra Viva mi dueño, cuya acción transcurre en los años finales del reinado de Isabel II, a mediados del XIX, y resultan hoy excesivas. Pero otro párrafo parece más actual, más enraizado en nuestra idiosincrasia y temperamento: Entre nosotros, el democratismo es hambre atrasada, y todos sus chinchines tienen por objeto la conquista de ‘La Gaceta’. Cuantos hoy conspiran, buscan comer. ¡Ahí está el busilis! No soy yo tan pesimista respecto a nuestra condición humana y creo que hoy, y siempre, hay sitio para la esperanza.
¿No dijo alguien de este partido censurador, y hasta censurista, que había que tratar de seducir a más? Pues a eso, a mirarse imparcialmente en el espejo que cada uno tenga en su casa y a componer aquellas figuras que nos fascinen a más. Y analizar también los videos de sus actuaciones en el Congreso, en las calles, etc.

2 de febrero de 2017

In memóriam: Bernardo Cano Hueso (2 de 2)

        En el fondo, no sé mucho más de la vida del Bernardo real; yo hablo y requiero al de mis tiempos de Úbeda, al dependiente de mercería, a la persona que, por ser unos años mayor, me enseñó cosas que, viniendo de él, no podían ser sino buenas. A la persona que fue capaz de conservar una carta mía durante más de cincuenta años, para devolvérmela después. Ocurre, eso sí, que ha arrastrado tras de sí a gentes de mi niñez, que también tengo presentes en mi memoria. El mundo estaba poblado en aquel tiempo por seres grandiosos, exquisitos y benéficos. Algunos eran tan próximos, que romperé mis normas y mencionaré sus nombres. Lo hago desde el cariño y la nostalgia, desde el desconsuelo de saber que a muchos no los podré ver nunca más, porque ya no existen. La muerte de Bernardo me ha hecho rememorar a gentes que quedaron atadas a mi vida y estarán conmigo mientras me quede aliento: Francisco Delgado, Luis Monforte, varios hermanos Palacín, los hermanos Ortiz, Antonio Gutiérrez, el que poco tiempo después sería llamado por todos cariñosamente el Viejo. Gentes que en vida quizá no imaginaban que yo, después de tantos años fuera, pudiera acordarme de ellas. Y a su conjuro renació un mundo de ‘sabatinas’ en iglesias frías y oscuras; de oraciones, cánticos, murmullos y risillas infantiles. Y alguna mirada a la bancada de al lado, porque nos sentábamos los chicos en un lateral de la iglesia y las chicas en el otro. De promesas a los santos o a la Virgen, que atañían a los pecados más arraigados, seguramente inocentes y nada terribles: Eso que me cuesta tanto y que te prometo para mañana, rezábamos. Y pensábamos en ese pecadillo que era el más difícil de vencer, cada uno en el suyo.
Y me veo de nuevo en la iglesia San Isidoro. Y también en la de la Santísima Trinidad, donde cruzando el coro se llegaba a la sede de Acción Católica. En el claustro del convento adyacente, treinta años antes, mi padre había estudiado, hasta que los Escolapios se marcharon de Úbeda, en el 1920. Habían estado en la ciudad desde 1861 y se fueron porque no hubo dinero para pagar las inaplazables obras que necesitaba el convento y la escuela. Hace poco quise esclarecer hasta dónde había llegado mi padre en sus estudios. Conocí así a don Valeriano, archivero de la orden, con bastantes más años que yo —cuando le dije mi edad, me dijo, ¡bah, eres un chaval!—, pero activo como un veinteañero. Gracias a su extrema amabilidad pude hojear, en la calma casi monacal de la residencia que tienen estos Padres en la calle Gaztambide, las actas del convento de Úbeda, de los primeros años del siglo XX, en las que se reflejan las actividades docentes y otras, redactadas todavía en latín. Lamentablemente no había detalles sobre los alumnos de entonces o sus currículos estudiantiles.
Cómo han podido cambiar tanto las cosas. Ahora voy a Úbeda y casi no conozco a nadie, ni nadie me conoce a mí. Ya sé que es lo normal, pero no deja de ser perturbador y casi increíble. En un relato mío, Semana Santa en Úbeda, cuento de un personaje: Germán intentó verlo todo de nuevo con ojos de niño, predispuesto al misterio y al milagro. Le llamó la atención la escasez de rostros conocidos entre aquella muchedumbre bulliciosa y cambiante. Dios mío, casi no conozco ya a nadie, se dijo, para añadirse después que, al fin y al cabo, era lo lógico. Hacía muchísimos años que no vivía allí y la mayoría de los participantes en la procesión, era gente joven; también los espectadores. Y de los mayores, seguramente a muchos no los había conocido jamás y otros habrían cambiado tanto como él mismo, hasta hacerse mutuamente irreconocibles. Quizá incluso algunos sí eran capaces de identificarlo, pero no se atrevían a saludarlo, por alguna de las innumerables variantes de la timidez”.
Ese era el relato, y el sentir de Germán coincide exactamente con lo que yo mismo siento. Todo lo que era amable, íntimo y abierto se ha tornado indiferente y casi desconocido. Incluso he tenido alguna experiencia desagradable e incomprensible, al tratar de contactar con algunas de estas gentes más modernas. Quizá también es culpa mía, que he buscado refugiarme en mis recuerdos, tan importantes, tan decisivos en la vida de los seres humanos. Un notable ensayista español, gallego de nación, Vicente Risco, que en enero de 1935 hizo un llamamiento desde el Heraldo de Galicia “para reconquistar Galicia para Dios”, escribió: Se Platon dixo que saber é lembrar, eu digo mais: vivir é lembrar (Si Platón dijo que saber era recordar, yo digo más: vivir es recordar). Estoy muy de acuerdo. Los franceses dicen que son las raíces las que diferencian un árbol de un poste; los recuerdos son nuestras raíces.
          Pensaba hablar sólo de mi relación personal con Bernardo, muy circunscrita a una cierta época y de una intimidad relativa; al fin y al cabo, yo era poco más que un niño y él era ya un adulto. Pero querría terminar con unas pocas palabras sobre sus empeños literarios. Bernardo era persona sencilla y discreta y no se prodigó mucho en la publicación de sus escritos; sólo ocasionalmente en revistas de ámbito local ubetense. Lo poco que he leído de él me ha parecido suficientemente digno. En un artículo suyo, algo simbolista y mistérico, críptico y bello, aparecido en una de estas revistas y de título Mi amigo el loco, habla de alejarse de un pueblo, de una marcha hacia el Norte, del propósito de “poner púlpitos en los veladores de los bares”. Me parece entrever cierta metaforismo autobiográfico. Menciona “los trillones de hombres que callaron la palabra que le aleteaba en el corazón”. Yo no he querido ser uno de esos hombres y he sacado palabras que guardé desde siempre en mi interior más íntimo para que se oreen hoy al sol. Se las debía a Bernardo y también querría que llegaran hasta las gentes de entonces, las que nos conocieron a los dos. A él se las debía por muchos motivos, no sólo por el insólito hecho de haber guardado una carta mía durante más de medio siglo.

In memóriam: Bernardo Cano Hueso (1 de 2)


Queridos lectores, hace sólo dos semanas de mi última entrada y ya veis que estoy aquí de nuevo, por diversas razones. Una es porque algunos de vosotros me habéis enviado cariñosos mensajes que me hacen pensar que quizá mi blog logró algo de lo que yo pretendía. En inglés, alguien, que lee español con cierta dificultad, me escribe: it is with a certain sadness that I read your latest entry of your blog. On those times that I did  manage to read some of your eclectic subjects, invariably, I found them interesting and informative... (Con cierta tristeza leo la última entrada de tu blog. Siempre que pude leer algunos de tus eclécticos temas, invariablemente los encontré interesantes e informativos...). Otro mensaje, en español: la despedida que haces en tu blog me deja un tanto huérfano, aunque tengo la esperanza de que la cosa sea transitoria y que tu amor por la palabra y por contar cosas se imponga al cansancio momentáneo que pareces padecer. Tú necesitas escribir y nosotros necesitamos leerte, es una dependencia enriquecedora y amable… Este último viene de un querido amigo de la niñez, Fernando Hueso, desde Jerez.
Otra razón por la que abandono parcialmente el  blog es porque empezaba a ser una cierta amenaza para mi incurable eleutheromanía. La palabreja no es de las más  corrientes; no la oía yo a menudo por los alrededores de la Plaza de Abastos, en donde transcurrió buena parte de mi feliz infancia ubetense. La dejo así para que la busquéis con Google y os distraigáis haciéndolo. Sí, ya sé que hay cosas más distraídas.
La tercera razón es, con mucho, la más importante: me informan del fallecimiento reciente de Bernardo Cano Hueso, un amigo que emerge con absoluta nitidez del nada nebuloso mundo de mi niñez y adolescencia. Úbeda dejó de ser mi residencia habitual a mis quince años, cuando me vine a estudiar a Madrid, y lo que voy a contar es algo tan corriente y que le pasa a todo el mundo, que no me detendré mucho en ello, pero quiero señalarlo. Recuerdo personas y hechos de entonces con una acuidad que pocas de mis vivencias posteriores tienen. Mucha gente se sorprendería de hasta qué punto quedaron prendidas en mi retina las imágenes de entonces, las gentes de entonces.
Bernardo era de familia humilde, como yo. Trabajaba de dependiente en una mercería situada en lo alto de la calle Real. Yo iba por allí a menudo para verle. Éramos los dos de Acción Católica —numerario él, aspirante yo— y hablábamos del mar y los peces. La cháchara se interrumpía cuando llegaba una clienta, una ‘parroquiana’, y para mí era un placer ver cómo Bernardo la atendía, la asesoraba, la envolvía con su labia y le despachaba lo que quería y puede que hasta lo que no quería. Era divertido asistir a aquellas sencillas transacciones comerciales, que terminaban invariablemente en algún descuento. Todo el mundo quedaba contento, todo el mundo feliz. Qué fácil era todo.
Bernardo era entonces, y me consta que siguió siéndolo toda su vida, hombre de sólidas convicciones cristianas. Tenía unos ocho años más que yo y nos pastoreaba a los aspirantes. Era abordable, a pesar de ser mayor, era vivo, era listo. Era mucho más que eso: era inteligente. Lo era tan obviamente que un buen día alguien con cierta capacidad empresarial se dio cuenta y se lo trajo para Madrid y aquí terminó sus estudios superiores, que había empezado mientras estaba empleado. La buena gente de Úbeda, como era normal en aquel bendito tiempo, enseguida hablaron de sus éxitos en la capital. Seguramente estaban tan felices como él mismo por aquellas venturanzas.
Yo me había venido a Madrid mucho antes de todo eso. Recién llegado le escribí una carta. Era una carta preocupada, triste. Yo tenía quince años, ya lo dije, y de repente me encontré en la gran ciudad, por primera vez solo, sin mi familia, sin amigos de momento. No recordaba ya aquella carta, pero hace unos diez años, me llamaron por teléfono. Era Bernardo. Para decirme que sus hijos o sus nietos le habían regalado un ordenador y se había asomado a Internet. Estaba seguro, me dijo, de que allí encontraría algo de mí y así fue. Me anunció entonces que todavía, después de más de cincuenta años, tenía la carta que le había escrito desde Madrid y que me la enviaría.
¿Cómo se puede guardar tan celosamente, con la incesante mudanza de los tiempos, con las mil vueltas de la vida, con la familia haciéndose y los hijos viniendo, con tantas ocupaciones, con tantos problemas, la carta de un jovenzuelo? La recibí, la leí y no me reconocí en absoluto, porque se me había olvidado ese período difícil y duro de mi existencia, que fue real y bien plasmado en la carta. Hablamos más por teléfono y quise verle. Se negó. Estoy mal, no me encuentro bien —Bernardo tuvo un muy serio accidente de automóvil del que le quedaron secuelas— y no quiero que me veas así. Lo sentí, pero lo entendí, porque yo reaccionaré así, si alguna vez me golpea la vida tan ferozmente como sé que puede hacerlo. Poco después, en una Feria del Libro madrileña, en la caseta en que firmaba mis obras, vinieron dos de sus hijas, pero él no vino. Quizá llevaba razón. Así la imagen que tengo de él, indeleble, es la de aquella tienda de la calle Real, perteneciente a una familia a la que también recuerdo bien.
Me apetecía colar, meter a Bernardo en una obra mía, en mi novela corta Desaparición en el túnel, cuya acción ocurre en Úbeda, y lo hice. Aparece allí un Bernardo ‘cabrero’,ejemplo viviente de honestidad a toda prueba; su formalidad, su decoro, su honradez y su diligencia eran alabadas por todos. Casi cada año, traía un nuevo hijo al mundo y se las apañaba para aumentar también en dos o tres nuevas cabras el rebaño. Cada niño mío trae sus cabras bajo el brazo, Dios provee siempre, decía orgulloso. Era laborioso y cumplidor y jamás dejó de hacer una cosa que fuera un poco urgente, posponiéndola para el día siguiente. Vivía de la manera más sencilla, sin faltar nunca ni a su trabajo ni a las obligaciones religiosas que se imponía y que eran algo más de las normales para un feligrés de a pie.

Nota: Véase la entrada siguiente. No quiero interrumpir estas páginas ni hacer una entrada de tamaño excesivo, inacostumbrado. Por ello, he hecho dos entradas, pero las publico juntas, el mismo día, para que se puedan leer sin solución de continuidad.

20 de diciembre de 2016

Del alcalde de Alcorcón y los mitos griegos


Este blog no se preocupa mucho por la actualidad; le dedico hoy una entrada por el azar de estar en la calle por la que pasaba una manifestación y haber oído claramente la conversación entre algunas de las mujeres que participaban. Una de ellas, grande y sólida, muy rotunda en su físico y en sus afirmaciones, decía a sus acompañantes:
— Os digo que el alcalde expresó un juicio universal, afirmativo, categórico y apodíctico, que una sabe de qué habla.
— Pues yo creo que no lo dijo de todas, intervino otra señora, sino que matizó con un “a veces”. O sea, que el juicio era particular y contingente.
— Déjate de florituras, replicó la mujerona; el alcalde dijo claramente que todas las feministas son mujeres frustradas, amargadas, rabiosas y fracasadas.
— De todos modos, añadió una tercera mujer más joven, conviene diferenciar si el juicio era determinativo, atributivo o limitativo.
— Tú mejor cállate, contestó enfadada la que se atribuía el papel de jefa. A ti te gustan demasiado los hombres y te dejas tumbar al primer envite; que te conocemos.
Esta charla me llamó la atención por el alto tono intelectual, tan frecuente en las movilizaciones callejeras, trufado con rasgos caracteriales típicos de nuestro pueblo. Supe luego que el  alcalde de Alcorcón había criticado a las feministas en estos términos, aunque dijo “a veces” y no se refirió a todas. Con esta restricción, sus palabras pueden aplicarse a ese movimiento, a juezas, maestras, abogadas, etc. Y lo que parece excesivo es que se pretenda descabalgar sólo por un comentario quizá imprudente a alguien que ocupa un cargo público ganado de manera rigurosamente democrática.
En realidad, este alcalde resume y epitomiza, sin poder evitarlo, tradiciones seminales de nuestra cultura clásica occidental. En Las Euménides, de Esquilo, Apolo se dirige al Corifeo: La madre no es la engendradora del que se llama su hijo, sino la nodriza del germen recién sembrado. El que engendra es el hombre. Y también Paris recomienda a Helena: Calla, oh mujer, hablar de guerra no es asunto tuyo. Limítate a cumplir el papel que te ha asignado la naturaleza, que es, en definitiva, el de yacer a mi lado. Los griegos pensaban y hablaban así de sus mujeres. Para ellos, el terror y la desgracia, tenían casi siempre rostro femenino: Harpías, Grayas, Moiras, Erinnias, Telquinas, Gorgonas y tantas más. Las Empusas, hijas de Hécate, eran demonios con apariencia de mujer y nalgas de burro, que ocultaban bajo sus faldas. Se colocaban en los cruces de caminos y atraían a los viandantes mostrándoles sus senos; después les mordían en el cuello y les chupaban la sangre hasta dejarlos a la puerta de la muerte.
Lamia, hija de Belos y Libia, fue amante de Zeus, con el que tuvo hijos, pero Hera, la esposa del dios, los fue matando a todos. Como venganza, Lamia salía por las noches y asesinaba a niños ajenos. Para que su aspecto resultara más horrible e inquietante, Zeus le otorgó la facultad de quitarse y ponerse los ojos de las órbitas a su antojo. Mientras dormía, los aislados ojos montaban guardia, expectantes. Peor era lo de las Grayas, monstruos con rostro de mujer, hermanas de las Gorgonas. Nacieron viejas y tenían sólo un ojo y un diente para las tres y se turnaban en su uso.
Las Erinnias eran también tres, con rostro de perro, alas de murciélago, cabellos serpentiformes y un látigo en la diestra: Megera, Alecto y Tisífone (odio, cólera y venganza). Refiriéndonos a humanos, las mujeres de la isla de Lemnos mataron a sus maridos y vivían solas. Cuando llegaron los Argonautas, en busca del vellocino de oro, pensaron que convendría ser fecundadas y se les ofrecieron. A nadie le amarga un  dulce: tocaron a catorce hembras por cabeza, o lo que sea, y zanjaron el asunto en siete días y siete noches. No un récord, pienso yo, sin nada más que hacer.
Atalanta era mujer y podría considerarse como precursora del feminismo. Mató a dos centauros que intentaron violarla y los castró; su historia se parece un tanto a la de Turandot. Las Moiras eran también mujeres: Cloto, hila y produce hebras, Láquesis, mide el estambre y Átropos lo corta con sus tijeras. Aquiles, cuando murió su amigo Patroclo, fue displicente y conminatorio con las mujeres: Oh, mujeres, en vez de arrancaros inútilmente los cabellos, lavad el cuerpo de mi pobre amigo, bañad de aceite sus martirizadas carnes, etc. Ate, diosa del error, camina sobre la cabeza de los hombres con pasos ligeros y los induce a equivocarse sin que ellos se percaten.
En casi todas las culturas hay amazonas. Una de sus reinas, Antianara, pensaba que el hombre cojo es más hábil en los juegos amorosos, ya que la energía del miembro que falta se dirige al pene. Otra reina, Pentesilea, era tan bella que todos los hombres intentaban violarla, por lo que iba siempre vestida, incluso en verano, con una armadura de bronce. Según una versión, Aquiles la venció y mató y la gozó después de muerta. Heinrich von Kleist, un poeta romántico alemán, escribió un drama, Pentesilea, en el que es ella la que derrota a Aquiles y lo devora en un exceso de entusiasmo erótico.
Lector, podría seguir hasta aburrirte. Pero había también varones nefastos y hembras bienhechoras en la mitología griega. Todo es una broma mía; escribo así porque me irrita que una frase poco feliz de un alcalde desencadene este embrollo para quitarle el cargo. Por eso he querido emparentarlo con famosos antecedentes helenos.

2 de octubre de 2016

Seducción y política


Recién regresado a Madrid, veo que el 1 y 2 de octubre se celebra el Día Mundial de las Aves. Como, por otra parte, leyendo La travesía del pacífico, de Mark Twain, me entero de la existencia de un ave, extinta desde hace unos pocos centenares de años, que pesaba unos 250 kilos y medía casi tres metros de alta —no muy distinta de los actuales avestruces—, pensaba yo dedicar una corta entrada al bicho en cuestión.
Sin embargo, los avatares políticos me fuerzan una vez más, muy en contra de mi voluntad, a hablar de la situación del país. Ha dimitido Pedro Sánchez, después de una tormentosa reunión del Comité federal. Me entristece ver cualquier árbol caído, aunque confieso que será un alivio no ver de momento al personaje en la TV, repitiendo aquella retahíla del “gobierno progresista-reformista” y del “no es no”. En política, el uso de los tópicos y las firmezas es tolerable; lo que no se puede hacer es engañar, embaucar. Justificaba Sánchez su no abstención en la investidura de Rajoy, para que el PP “no tuviera un gobierno sin oposición”. Investido Rajoy, podrá contar sólo con sus 137 diputados; gobernar así no será ni fácil ni grato ni quizá posible. Por lo tanto, la excusa es una tontería o una perversidad. O las dos cosas. De todas maneras, el político más torpe de la panda fue Pablo Iglesias, que tuvo en sus manos la formación del “gobierno de cambio” por el que tanto clama, apoyando a Sánchez en su investidura. No hacerlo fue un error tan grande que nadie, ni él mismo, podrá perdonárselo.
Estos de Podemos también están ahora con los matices. Uno de ellos habla de la necesidad de seducir más. Lleva toda la razón. En el prólogo de Une histoire de la séduction politique, de Christian Delporte, viene una cita de Frédéric Mistral —que compartió premio Nobel en 1904 con nuestro José Echegaray—, que traduzco: Sea con las mujeres, con los reyes o con el pueblo, quien quiera reinar debe agradar (plaire: complacer, seducir, dar gusto, placer, que existe este verbo en español).
Cita Delporte al escritor Romain Gary, que dijo del general De Gaulle: Il avait l’art de séduire et en avait besoin (Tenía el arte y la necesidad de seducir). También menciona a Pompeyo, ofreciendo a los romanos juegos grandiosos; a Hitler, con su retórica grandilocuente y venenosa; a Kennedy… De todos el más directo fue Napoleón: No tengo más que una pasión, una querida (maîtresse), Francia; me acuesto con ella.
Seducere en latín quiere decir apartar, arrastrar, corromper, pervertir. Algunos de estos sememas conservan plenamente su sentido negativo en español. En el DRAE, la primera acepción de seducir es: engañar con arte y maña; persuadir suavemente al mal. La segunda acepción es más neutra: embargar o cautivar el ánimo. La seducción supone una atracción irresistible, una relación  de dominio temible para el seducido o seducida. Un peligro real.
El problema es que no seduce quien quiere sino quien puede. El seductor ha de atraer y para ello ha de planear una estrategia basada en apariencias: ha de resaltar su físico, usar con habilidad sus sentidos, su voz, sus gestos, su mirada, ha de deslumbrar con sus palabras. Me pregunto si los de Podemos estudian estos detalles y tratan de acomodarse a lo acostumbrado y atrayente en nuestra sociedad. Su palabrería, sus citas, su actitud en el Congreso, su desparpajo a veces, su convencimiento de que todo lo han descubierto, de que lo anterior es caduco y reclama la sustitución urgente, su inmadurez y soberbia, no son quizá los mejores medios para seducir a la mayoría.
Lo visto en los alrededores de la sede del PSOE en Ferraz es inadmisible y vergonzoso. El Congreso es el Congreso, una sede es una sede y la calle es la calle. Los afines a Sánchez eran vitoreados, los contrarios abucheados y tratados de traidores o golpistas. Simplemente, por pensar de otra manera. Había también simpatizantes de Podemos. No se seduce así.

12 de septiembre de 2016

Mi visita a la Ciudad Universitaria de Madrid


No será fácil que escriba más sobre temas políticos, que no son los que más me interesan. Lo he hecho últimamente por la excepcional circunstancia española y mi hartazgo de nuestros líderes políticos. Felipe González propone que, de haber terceras elecciones, ninguno de los actuales debería presentarse. Yo pediría su inhabilitación por un período mínimo de diez años, hasta que maduren.
Hoy hablaré de mi visita a mi antigua Facultad de Filosofía y Letras en la Ciudad Universitaria madrileña. Fue fácil aparcar, aunque no en las inmediaciones. Quería ver a alguien en Filología, en otro edificio vecino, y tuve que bajar la larga escalera exterior que existe. Al final, ya en el suelo, bien colocado para ser visto, había un gran letrero: “Aprobar no es aprender”, mensaje que no es una falsedad absoluta, pero que deja en al aire la inquietante duda sobre la utilidad o necesidad de aprobar e incluso, más aún, la de estudiar o esforzarse en cualquier cosa. ¿Se aprenderá más suspendiendo?
A la vuelta subí en un bonito ascensor exento, revestido de listones de madera para armonizar con el arbolado paisaje, que se continua con un pasillo horizontal suspendido en el aire hasta llegar a la cota superior. Toda la gracia del conjunto había sido destruida con innumerables graffiti, manchas de pintura y suciedad de todo tipo. Fue una impresión penosa; en cualquier lugar, pero más en ese recinto sagrado.
Al volver al coche, que había quedado un poco apartado, vi en el suelo restos de un paquete de “toallitas íntimas“ y un par de condones en sus envoltorios e intactos. El presunto utilizador de los mismos quizá fue sorprendido intempestivamente en la dulce tarea o recibió una imprevista negativa de su pareja o, simplemente, sobrestimó su capacidad amatoria. Nada de esto es grave; tal vez revele una de las posibles alternativas a lo de aprobar —que ya se sabe que no es  aprender— y más fácil y agradable. Me dejó todo una sensación de desaseo vulgar, incivilizado y torpe.
Fui después a las instalaciones deportivas que hay frente al Museo del Traje, en donde hay un sencillo bar, desde el que se ve el Colegio Mayor en el que viví durante mi carrera. Había alguna gente haciendo deporte. El día no era muy caluroso y a la sombra la temperatura era perfecta. En unas mesas unidas, unas diez personas, varias con mono de trabajo, empleados del lugar, desayunaban sin prisas, junto al regente del bar. Al terminar, separaron las mesas, limpiaron los restos y los depositaron en los contenedores pertinentes. Parecían alegres y contentos. No vi ningún letrero que dijera “Ser limpios no es ser felices”, u otra perla de pensamiento parecida, sino otro con la leyenda: “No cuentes los días; haz que los días cuenten”. No es una cita cimera de Hegel, pero creo que buena parte de la pobreza cultural y moral de la juventud anida más entre estudiantes.
Yo vivía ya en el pasado, arropado por mis recuerdos, contemplando lo que fue mi mundo durante años, asombrado de la inmutabilidad relativa de las cosas, que contrasta con nuestro descaecer, perdido gozosamente entre nombres que se agolpaban en mi cerebro, algunos de ellos de desaparecidos para siempre. La paz inundaba el aire, el mundo parecía primitivo y simple, hecho por algún Dios benigno y cuidadoso. Era feliz.
También comprendí que otras cosas habían cambiado. Reconocí con orgullo que los de mi generación, que andamos ahora por los setenta, hicimos la gran revolución que este país necesitaba. Muchos salimos fuera para aprender —eso sí que era, sin duda, aprender— y traer aquí lo nuevo y valioso encontrado. Por el esfuerzo de todos, España cambió y fue esa urdimbre previa la que hizo posible e inaplazable la transición a la democracia.
La nuestra fue una juventud seria y esforzada, sustentada en padres laboriosos, que también supieron cumplir su misión y estar a la altura de las circunstancias. Por todo ello, me parece injusto —y amparado sólo en falsedades e hipocresías— esa premura de los líderes jóvenes del momento por arrinconar lo viejo y proclamarse depositarios únicos de la verdad y la justicia. Creo, sinceramente, que fuimos una juventud infinitamente más limpia y austera que la actual, envuelta en consignas facilonas y engañosas, a la que quizá se ha mimado en exceso y consentido todo. Somos muchos los que pensamos así; los nuevos líderes deberán tenerlo en cuenta al interpretar los resultados de las elecciones y planear cómo cambiarlos a su favor.
De mis entradas 'políticas' alguien podría deducir que siempre he votado a cierto partido y se equivocaría. Lo que me ocurre tiene más que ver con la célebre, muy citada y caprichosamente traducida frase de Goethe, escrita en su diario durante el sitio de Maguncia (Mainz en alemán, 1793), cuando intervino en favor de un incendiario francés, al que la gente quería linchar: Es liegt nun einmal in meiner Natur, Ich will lieber eine Ungerechtigkeit begehen als Unordnung ertragen (En verdad está en mi naturaleza, prefiero cometer una injusticia que soportar el desorden). También digo que, con estos jóvenes lideres de ahora, ya sé a quién voy a votar en adelante. Tapándome la nariz o con escafandra, si hace falta. La corrupción puede curarse; la vacuidad intelectual, no.

8 de septiembre de 2016

Quo usque tandem abutemini, politici, patientia nostra? (II, fin)

         El viejo político al que me referí reconoció que Rajoy fue el más votado, aunque añadió con gracejo que también el más ‘vetado’. Ingenioso, ¿verdad? Sería un error quedarse sólo con el juego de palabras y desaprovechar la profunda sabiduría que esconde el díctum. Tan sutil distinción podría revolucionar el sistema electoral: habría un día para votar y otro para vetar; todos los ciudadanos votarían y vetarían. Un algoritmo matemático combinaría los dos resultados en un parámetro único y definitivo, evitando así que los que votan sean unos y los que veten otros. Hay que desvahar nuestra democracia, según lo descubierto por el avezado político: a Rajoy lo votaron unos ocho millones de españoles y lo vetan sólo unas cuantas cabezas pensantes en el Congreso, que nunca podrán ser más de trescientas cincuenta, obviamente. Desequilibrado, ¿no?
A continuación hablaré de líderes, pero de tres cifraré sus nombres, para que sea totalmente imposible identificarlos: el Empecinado, el Incorruptible y el Mozo.
Empecinado es un apelativo que ha tenido algún otro personaje histórico español, pero no tan justificadamente como el líder que oculto. No se ha dado cuenta todavía de que perdió las elecciones, las últimas y las anteriores, e intenta maniobras cada vez más retorcidas e ininteligibles. Con gran solercia se autodesignó y se erigió en candidato umbrático, convocando una rueda de consultas con todos los partidos políticos. Eso también mejora la democracia, introduciendo la ‘pluricandidatura’ con ‘pluriconsulta’. El mecanismo está abierto al resto de los líderes. De forma que, en su estado de máxima perfección, si hay n líderes, habrá n*(n-1)/2 encuentros distintos. Si son diez, habrá cuarenta y cinco reuniones diferentes. Por muy reducido que sea un partido, es justo que su líder tenga derecho al juego. La diputada de CC, por ejemplo, que está sola, ¿por qué no ha de poder andar enredando con esas ruedas, con lo divertido que es? Este Empecinado me parece demasiado agresivo y esto no es bueno nunca. Llevo meses viéndole muy dispuesto a gritar “Muera yo con los filisteos”.
Incorruptible es apelativo que también figura en la historia, pero a nadie conviene tan merecidamente como al líder que oculto. Está contra la corrupción. Pero no como tú o yo, lector, sino de forma visceral, irrenunciable e inenarrable, lo que le faculta a nombrar los candidatos de los otros partidos. Es otro mecanismo perfectivo de la democracia: se corrige así la voluntad del pueblo que no sabe lo que quiere, que no sabe elegir, y que, como ya apuntó agudamente Mónica Oltra, la de otrora eterna sonrisa, gusta de votar a delincuentes. Si los ciudadanos eligen a un partido, pero este escondido líder designa luego al candidato del mismo, se mejora mucho el funcionamiento de la cosa pública. También reclama la absoluta centralidad y pacta con unos o con otros, según convenga. Todo eso, ironías aparte, no es lo peor que se ha visto, sinceramente. Pero me parece mal que dé por terminados los pactos con tanta brevedad y premura y pueda hacerlos durar sólo unos días. Sus peroratas son ejemplos de buenismo y me recuerdan las de los proclamados ‘príncipes’ en los colegios de Jesuitas.
Mozo es apelativo muy corriente en nuestra historia, pero nadie pueda ostentarlo —sobre todo en campaña, según confesó a la Grisso— como otro líder nuestro. Citaré al pintor y arquitecto Francisco de Herrera el Mozo, al también arquitecto Juan Gil de Hontañón el Mozo, al conquistador Francisco de Montejo el Mozo... Colocaré aparte al enamoradizo Álvar Fáñez el Mozo, cuyo homónimo, que vivió un siglo antes, se menciona tantas veces en el Cantar de mio Cid. Fue en mi pueblo donde este mozo inventó lo de ‘por los cerros de Úbeda’. El líder que oculto, también enamoradizo, suele adoptar actitudes seráficas, que no le impiden atacar muy duramente cuando le peta. Se golpea la cara en las sesiones para indicar la cara dura de algún orador; es puro lenguaje corporal. Su erudición es quizá infinita, pero prefiere moverse en la insipiencia, citando a Hermano Lobo, los teleñecos o la serie Juego de tronos; lo hace sólo para no tediar. Confunde, como sus adláteres, el Congreso con aquella Puerta del Sol llena de tiendas de campaña.
Hay muchos otros congresistas que me llaman la atención. De Alberto Garzón me admiró un día su coraje y valentía, inauditos, cuando dijo sin estremecerse aquello de “el ciudadano Felipe de Borbón”, para referirse al rey. Lástima que naciera muerto ya Franco, porque este hubiera sido capaz de llamarle en su cara Paco Medallas o sabe Dios qué. Esta gente audaz nos llegó tarde por desgracia. También me fijé en Gabriel Rufián, con su cara de niño bueno, que la hoscosa barba no logra agriar y que tiene algún remoto vínculo con mi tierra andaluza. Inocente como paloma, parece persona sensible, se emociona fácilmente con la épica nacionalista y enhebra discursos destrabados, ingenuos y soñadores. Muy diferente de su vecino de escaño Tardà, eternamente enojado con el mundo.
Al final, la verdad es que todo es tolerable en nuestro Congreso. No como en el Senado —en el Senado romano quiero decir— donde Marcus Tullius Cicero, clamaba frente a Catilina: ¿Cuántas veces intentaste matarme siendo cónsul electo y siéndolo en ejercicio? ¿Cuántos golpes, al parecer imposibles de evitar, has dirigido contra mí y yo esquivé ladeándome o, como suele decirse, hurtando el cuerpo? Nada parecido entre nosotros. Aquí son buena gente y no se mata a nadie. Algo torpes al dialogar, eso sí. ¡Que Dios los ilumine y a nosotros nos proteja!

5 de septiembre de 2016

Quo usque tandem abutemini, politici, patientia nostra? (I)


Terminó, lector, la tregua de agosto, que duró exactamente un mes. Tenía la idea de escribir sólo entradas amables a mi vuelta y en eso estoy. Pero no tengo más remedio que referirme de nuevo a la situación política, pese a no ser la materia más querida para mi blog. Me excusa el que vivimos tiempos excepcionales, aunque ya señaló Ortega que todos los tiempos parecen tales para aquellos que los viven.
Mi percepción de la clase política, que no era buena, ha empeorado tras la sesión de investidura, que fue más bien de embestidura. No recuerdo haber padecido jamás, con las excepciones pertinentes, tal panda de impotentes, arrogantes y mezquinos sujetos, peligro y amenaza reales para cualquier país. Incluso me pregunto si alguno no estará incurriendo en pautas de conducta francamente delictivas, perseguibles de oficio por la justicia y las leyes. ¿Puede alguien infligir daños tan graves sin responsabilidad? Hablaré sobre todo de los principales líderes e intentaré tomar la cosa con algún humor. El candidato designado por el Rey, lo fue de acuerdo con el resultado de las elecciones: aquel que obtuvo mayor número de votos. Aquí ya surge una elucubración pertinente. Dado que alguien puede obtener más votos (o escaños) que los demás, pero menos que todos los demás juntos —de hecho, eso ocurre en la mayoría de las ocasiones—, es obvio que el derecho a ser elegido no asiste, sin más, al más votado.
Esta circunstancia se da en situaciones muy distintas. La dispersión de votos en contra del más votado puede ser la consecuencia de que partidos con ideologías parecidas se presentaron separadamente a la elección, por las razones que fueran. Estos partidos, a la hora de otorgar la cámara su confianza al candidato, pueden sumar sus votos coherentemente y abortar su nombramiento. A esto debería seguir la designación de otro candidato que aúne los votos de estos partidos compatibles y pueda obtener así la mayoría requerida. Una situación muy distinta se da cuando los menos votados, los perdedores, tienen programas tan diferentes u opuestos, que no permiten augurar una gobernanza normal al conjunto. Obviamente, también hay casos intermedios.
Lo que me importa manifestar es que, a mi juicio, ni ser el más votado supone un derecho per se a ser elegido, ni el de, todos juntos, sobrepasar al candidato en votos otorga automáticamente ese derecho a los coaligados. La democracia no es un sistema perfecto y no tiene soluciones fáciles para todo. Lo de que, pese a ello, sea el más razonable de todos los sistemas políticos, ni hace falta indicarlo aquí. Dicho todo esto, hay que convenir en que, ante la necesidad forzosa de que exista un gobierno —en principio, debe haberlo siempre, continuadamente—, ha de llegarse inevitablemente a una solución negociada. Y con la rapidez necesaria, anteponiendo todos el interés del país y sus ciudadanos a cualquier otro.
El compromiso es, pues, obligado y son los líderes políticos los llamados a configurarlo, lo que requiere en ellos condiciones necesarias y consustanciales a su dedicación a la política. Quien no las tenga debe autoexcluirse, o ser excluido, del juego político. Yo no pienso que estas cualidades estén ausentes en todos los políticos del momento en nuestro país, pero es cierto que nos encontramos con personas concretas que, todas, son valoradas muy pobremente por los ciudadanos, según muestran las encuestas. De hecho, mucha gente, que los conoció, añora los políticos de antaño, los de la transición, por agruparlos de alguna manera. Ya no nos acordamos bien, pero conviene recordar lo difícil que parecía aquello y cómo todos teníamos dudas sobre si podría llegar a buen término. Hubo generosidad, talento, racionalidad, y se llegó. Para que ahora algunos danzantes vengan a menospreciar la hazaña y hablen de enmendarla. No quiero ni imaginar la que podrían organizar en esa tarea. Lo pienso así, muy sinceramente.
Uno de estos ‘viejos políticos’ ha dicho que, en la circunstancia actual, el candidato más votado es también el más ‘vetado’. Quiero decir algo sobre esto, que no es sólo un jeu de mots, y entreverarlo con un poco de humor, como anuncié. Lo dejaré para la próxima entrada; la de hoy me determiné a tejerla cuando, inesperadamente, tras el fracaso de la investidura,en las últimas elecciones, me encontré otra vez en la tele a los líderes de siempre embarcados en su interminable campaña, con sus viejas coletillas y sus estólidos eslóganes, capaces de aburrir a las ovejas. ¿Por qué tengo que aguantarlos en mi casa? ¿Por qué se cuelan tan ineducada y abusivamente en mi sala de estar? ¿Hasta cuándo va a durar esto? Hace casi dos mil cien años, un ocho de noviembre, ante el Senado romano, alguien cuestionaba ya un abuso: Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? Yo también me pregunto, quo usque tandem abutemini, politici, patientia nostra?, ¿hasta cuándo, políticos, vais a seguir abusando de nuestra paciencia? Lo digo yo aquí, pero lo oigo continuamente a todo el mundo; es ya un imparable clamor. En ciertos casos se acompaña de la decisión a no votar jamás. El desastre está listo y todo el mundo lo sabe, excepto los políticos.
(continuará)

4 de agosto de 2016

Sobre (algunos) políticos del momento

Cuando el país está inmerso en una crisis prolongada y profunda, con problemas que parecen insuperables; cuando, tras meses de interinidad, el candidato de un partido consigue cierta ventaja en las elecciones y recibe el encargo de formar gobierno, otros partidos, claves para el proceso, no hablan de nada de esto y teorizan sin tregua sobre si el designado ha de presentarse forzosamente a la sesión de investidura. Opinaron ya expertos en Derecho constitucional y, naturalmente, los periodistas y tertuliantes, que moran en los platós de televisión. Daré mi parecer, invocando sólo la lógica y el sentido común. El mandato de la Constitución es para formar Gobierno, una vez obtenida la confianza de la Cámara. Si el candidato no puede obtenerla, ¿para qué acudir a una investidura imposible, huera y condenada al fracaso? No es ni razonable ni útil.
La racionalidad no impera en la deslucida tropa de los políticos. No se han dado todavía cuenta de hasta qué punto la ciudadanía está harta de estos figurantes de un vodevil aburrido y perpetuo. Alguien habla de sostener a Rajoy, aunque no lo merezca. El problema no es sostener a Rajoy, sino dotar de gobierno a un país que lleva muchos meses ante acuciantes necesidades, sin un poder ejecutivo estable.
Si se estimara que el candidato queda obligado a la sesión de investidura, la Mesa del Congreso debe arbitrar medidas para reducir su duración, dando un minuto de la estólida farsa a cada uno de los participantes. Oírles otra vez las mismas necedades y nequicias, atentos a intereses de partido o personales, sin pensar en los de los españoles, roza la crueldad mental. Conocemos a los actores hace tiempo y sólo nos preguntamos cómo siguen todavía ahí estos bigardos altaneros, vacuos, impotentes y nefastos.
Convendría leer Psychopathology and Politics, un clásico de 1930, del profesor Harold. D. Lasswell, muy influido por Freud, que inició una nueva vía de abordaje para comprender mejor las figuras públicas, mediante “el escrutinio de su personalidad, según las técnicas de la psicopatología”. Los tratados sobre política no suelen detenerse en la psicología profunda de los líderes. Lasswell sí valoró esos rasgos, que afectan a miembros de los cuerpos legislativos, ejecutivos y judiciales. En esencia, viene a decir que “los prejuicios, preferencias y credos se formulan de manera racional, pero han crecido de forma irracional. Cuando se ven frente al desarrollo de la persona, adquieren un sentido nuevo”. Otro libro interesante, de 1956, es el de Wilhelm Lange-Eichbaum, Genie, Irrsinn und Ruhm: Eine pathographie der Genies (Genio, locura y Fama: una patografía del genio). Hay más autores: William I. Thomas, Möbius, Gould, etc.
Citaré un ejemplo algo alejado de la política, pero que tiene la ventaja de ser muy sencillo, el de un empresario de éxito, que dedica gran parte de su tiempo y su dinero en favor de los ciegos. El análisis de sus vivencias remotas reveló el incidente que originó este interés por ellos: cuando tenía tres o cuatro años, su hermana pequeña le sacó, jugando, un ojo al gato preferido del niño, lo que le causó una angustia terrible.
Si hay investidura forzosa, también se podría remedar el célebre debate del inglés Taumasto en París, en el que no se utilizaron palabras, sólo gestos. Fue breve y amable y los parisinos invitaron luego al inglés a comer y beber “a vientre desabrochado”; es decir, con las ventreras sueltas. Trasegaron todos arrobas de vino, porque andaban sedientos, sicut terra sine aqua. Seguro que los políticos, de elevada cultura, saben a qué me estoy refiriendo. Uno de nuestros líderes ha hablado de izquierdas y derechas, retrotrayéndonos al final del siglo XVIII; con Taumasto nos remontaríamos al siglo XVI. En las Mil y una noches, en el Conte d’Abdallah de la Terre et Abdallah de la Mer, el rey nombró un visir de la derecha y otro de la izquierda; talmente como aquí, ahora.
La atención continuada, fuera del estricto período electoral, a los políticos en los medios de comunicación tiene que acabarse; no puede someterse a los ciudadanos a ese suplicio pernicioso. Bastantes de ellos sólo saben nimiedades, relacionadas, no con la Política con mayúsculas, sino con los tejemanejes del mercadeo. Su pauperismo intelectual puede contaminar a los que los entrevistan y consultan tan sin descanso.
En momentos como los actuales florecen intelectuales que se aprestan gozosos a firmar cosa escrita que se les presente. De algunos de ellos, mejor no hablar; sus obras completas ocuparían unas pocas cuartillas. Otros sí han escrito y tienen obra, lo que, en ciertos casos, es infinitamente más grave. Los títulos de intelectual, maestro en dominó o mus, etc., son nombramientos auto-otorgados frecuentes entre nosotros.
Termino. Si se reclama el control psiquiátrico continuado de colectivos como el de pilotos, que pueden poner en peligro la vida de unos centenares de personas, ¿cómo no exigirlo para los políticos, que pueden arruinar un país entero en una legislatura? Cuando veo a sus líderes, acompañados siempre de sus camarillas clónicas, rebozados todos en el pensamiento único, custodiando fielmente unas pocas y simples consignas, me parece imposible que no lleguen a algún tipo de desequilibrio psíquico.
P. S.- Amigos lectores, he escrito esta entrada por pura necesidad psicológica, por no poder aguantar más. Mis planes son, salvo circunstancias excepcionales, daros, de momento, un merecido descanso este mes de agosto. Que paséis un feliz verano, lo que queda de verano. Pronto estaremos en Navidad; ya lo veréis, hacedme caso.

25 de julio de 2016

Mitos griegos y actualidad española

Cada uno escribe y se inspira como Dios le da a entender; ya dije una vez que la literatura de ficción está hermanada con la libertad. En cambio, los ensayos y escritos académicos, exigen rigor y la verdad ha de ser el fruto de una muy cuidada alquimia, que requiere constancia y esfuerzo. Los hechos de actualidad son de carácter tal que no demandan inasequibles conocimientos o expertise, pero sí una reflexión sosegada.
Muchos españoles empezamos a vivir la coyuntura actual como preocupante hasta la angustia; pensamos que nuestro país no está para dilaciones y juegos malabares. Un grupo de exministros, periodistas e intelectuales ha firmado un manifiesto en el que reclaman soluciones prontas e inmediatas a la ya excesiva interinidad del gobierno en funciones. Innumerables ciudadanos, no versados en politología, estamos de acuerdo.
Mi blog casi permanentemente neglige (el verbo ya está por fin en el DRAE) la actualidad y, sin embargo, llevo ya unas cuantas entradas metido en temas políticos, aunque trato de hacerlo de manera distinta, desenfadada y con algo de humor. Acabo de leer una obra, Endimión, del premio Nobel del año 1916, el sueco Carl Gustaf Verner von Heidenstam. La novela no es nada buena, pero no pretendo con esto juzgar la obra del literato, que es amplia. Pensaba escribir sobre el mito helénico del bello pastor y Selene, en otras versiones con Artemisa. Metido en el mundo helénico, releo viejos apuntes míos, que me devuelven a nuestra situación actual. Me explico.
Me encuentro con Ate, la diosa del error, de los actos irreflexivos, hija de Zeus y de Eris (la Discordia). Fue castigada por su propio padre y arrojada del Olimpo. Desde entonces, Ate no apoya sus pies sobre la tierra, sino que camina pisando las cabezas de los hombres a los que induce a cometer errores sin que ellos se percaten y puedan evitarlos; provoca así eternamente el desorden y el caos. Así la presenta Homero, aunque es verdad que autores griegos posteriores la califican y describen de otra manera, como ocurre tantas veces con esta peculiar mitología. Y me pregunto yo, ¿no andará metida ahora esta diosa Ate por aquí, enredando, tan sin necesidad?
En mi entrada anterior mencioné a la diosa Tetis, madre de Aquiles, que velaba por él continuamente. Algunos piensan que quien mató a Aquiles no fue realmente Paris, sino el propio Apolo, porque “el de los pies ligeros” había matado a su hijo Cicnos de un golpe en la nuca, su único punto vulnerable. Tetis, que preveía este triste final, había puesto a Aquiles, desde que era niño, un sirviente, llamado Mnemón, con la exclusiva misión de recomendarle prudencia cada media hora. Mnemón se descuidó en esto y Tetis lo mató por haber descuidado su deber. Y me pregunto otra vez, ¿no podría arbitrarse, con cargo a los presupuestos del Estado, una legión de consejeros recomendando continuamente la prudencia y el sentido común a todos los candidatos al Gobierno.
A Pedro Sánchez le diría que, de momento —sólo de momento— se olvidara de querer ser presidente del gobierno. Y aduciría los razonamientos de Leonte de Gaudos a su tío Antifinio, que trataba de arrebatarle el reino: Después de todo, gobernar no es tan agradable. Me parece justo que seas rey. Eres viejo, eres feo, estás maltrecho, no puedes pretender que una mujer joven y hermosa se enamore de ti. Quédate, pues, con el reino y sé feliz. Yo, en cambio, me quedaré con Calimnia, la rubia, la sublime, la cándida Calimnia de labios de coral. Nada quiero del mundo más que a ella. Aquí, la situación no es ni remotamente similar y pido que no se me interprete al pie de la letra. Pero hay algo en esas palabras de Leonte que rezuma buen sentido y sabiduría, si se considera con lo que los griegos llamaban sofrosine, σωφροσύνη, templanza. Virtud que supongo en los que firmaron el manifiesto, porque el peor suplicio es ver en medio de ciegos, que te creen tan ciego como ellos.
Es forzoso llegar a acuerdos y que estos estén bien cimentados y se cumplan. Han de ser como el artificio que usó la diosa Hera para inmovilizar a su inquieto e infiel marido, Zeus, en la cama matrimonial: cien correas con cien nudos, inventados por Hefaistos, que tenían la propiedad de que cuando se desanudaba uno se anudaban los otros. Sólo el gigante Briareo, que tenía cien brazos,  pudo liberar al padre de los dioses de esta portentosa atadura. Pues nudos de esos aquí.
He visto hace poco, y esto me apena sin tregua ni sosiego, a Mónica Oltra, política valenciana que se queja de que los españoles gustan de votar a delincuentes, despojada de su sonrisa, que creí yo imperecedera. No se ríe ahora, no como antes. En este mundo griego encuentro también la solución: el elenion, el sedante que inventó la bella Helena y hace olvidar todo lo ingrato del mundo. Lo obtenía de sus propias lágrimas y fue el que utilizó para serenar a Telémaco, el hijo de Ulises, cuando la visitó en Esparta, desesperado por no tener noticias de su padre. Se puede leer en la Odisea, canto IV: En el vino que estaban bebiendo ella echó velozmente un fármaco que ahuyenta el dolor, la ira y el recuerdo de todos los males. Aquel que lo bebiese, una vez mezclado en la crátera, ya no derramaría lágrimas ese día, ni aunque muriesen su madre y su padre. Que alguien busque el remedio y se lo dé a la otrora riente (lector, aunque no lo creas, no está en el Drae) mujer.

19 de julio de 2016

Laodamia, Protesilao y las 'Dutch wives'

Leo en la prensa algo sobre las muñecas japonesas llamadas Dutch wives, de las que hablaré al final, y me acordé de la historia de Laodamia. El mundo de la mitología griega es fascinante. Todos los sueños, anhelos, perversiones, temores y venganzas de los humanos están reflejados en él. Hay infinitas leyendas, de las que muchas, además, tienen múltiples variantes. La que quiero contar ahora es relativamente sencilla y trata sobre la conocida como ‘maldición de Protesilao’, una superstición muy antigua y extendida entre los aqueos que vaticinaba que, cuando las naves se dirigían a la guerra, el primero en desembarcar era también el primero en morir, lo que no deja de tener su lógica.
El nombre viene de Protesilao, un príncipe tesalio que tomó parte en la guerra de Troya. Tuvo que embarcar al día siguiente de su boda con la ya citada Laodamia, la bellísima hija del rey Acasto, a la que había deseado durante años, porque su padre se opuso durante mucho tiempo al enlace. Sólo pudo poseerla una vez, en la noche de bodas. Al tocar tierra troyana las naves tesalias, el impetuoso Aquiles quiso saltar el primero a tierra, pero su madre, la diosa Tetis, que conocía el infausto augurio, lo retuvo de un brazo, mientras empujaba a Protesilao para que saltara del barco. Las madres, siempre tan atentas. Tan pronto como este pisó tierra, fue muerto por la lanza de Héctor, hijo de Priamo, rey de Troya. El nombre, la identidad, del matador varía con las distintas versiones.
Cuando Laodamia conoció la muerte de su añorado esposo, casi enloqueció y pidió ayuda a la diosa Perséfone, la de blancos brazos, hija de Zeus y Demeter, que había sido raptada, cuando cogía flores junto a algunas ninfas, por Hades, el dios del inframundo griego, y habitaba allí con él. El dios surgió de repente de una grieta del suelo y se la llevó. Su madre la buscó por todas partes, hasta que Zeus obligó a Hades a devolverla. Hades sólo puso la condición de que no comiera nada durante el viaje; luego la engatusó, la engarbulló, y le hizo comer unos granos de granada (seis, en otras versiones cuatro), con lo que la obligó a volver al inframundo un mes por cada grano. Cuando Demeter y su hija estaban juntas, la tierra era ubérrima y producía toda clase de frutos; los meses que Perséfone moraba con Hades en los infiernos, la tierra se convertía en un erial. El matrimonio fue estéril. No ella, que, seducida por su propio padre, Zeus, que no se fijaba mucho en los parentescos, y en forma de serpiente, porque era muy ocurrente en esto de los disfraces, tuvo un hijo: Zagreo.
Por todo esto, Perséfone, víctima también, era a veces amable con los condenados. A Orfeo le dejó llevarse a su esposa Eurídice al mundo de los vivos, con la condición de que no la mirase. Orfeo incumplió la orden y perdió a su esposa. Perséfone también tuvo una historia con el bello Adonis, al que Afrodita, por su extraordinaria belleza, tomó bajo su protección. Lo confió a Perséfone para que lo cuidara un tiempo y esta se encaprichó con el chico y se negó a devolverlo. Discutieron las diosas y Zeus decretó que Adonis pasara cuatro meses con cada una de las dos diosas y otros cuatro meses estuviera solo. Eran los meses en que se lo pasaba mejor. Esto pasa por ser demasiado guapo. 
Cuando Laodamia le pidió a Perséfone que le permitiera gozar otra noche de amor con su marido muerto, que lo había catado sólo durante la noche de bodas, Perséfone permitió a Protesilao que volviera al mundo de los vivos, pero sólo por un día, más exactamente por tres horas, para que cumpliera como un hombre. No mucho tiempo, pero suficiente. Se apareció, pues, el difunto, con las lógicas prisas, y dijo: Date prisa, oh, amada, y déjame entrar en el deseado tálamo, que tenemos sólo tres horas. Laodamia respondió, atendiendo sólo a sus intereses y no a los de Protesilao, cosa no infrecuente en las mujeres —igual que en los hombres— y le dijo: Quédate quieto para que pueda modelar tu estatua; sólo así podré poseerte hasta el fin de mi pobre existencia. Lo modeló en cera, en la situación de un hombre abrazando a una mujer. Habría que ver esa estatua y estudiarla, sobre todo de cintura para abajo, dado que Protesilao venía a lo que venía, ya encelado y preparado.
Pasaron las tres horas, el marido se fue intacto por donde había venido, lamentando seguramente el viaje en balde —estas cosas les pasan a los varones más de una vez— y desde entonces, eso sí, Laodamia estaba siempre refugiada en su cuarto, sin salir, abrazada de continuo a la estatua de su marido. El padre pensó que algo raro pasaba, la hizo espiar y, descubierto el entretenimiento, mandó fundir la estatua en aceite hirviendo. Cuando esta empezó a disolverse, la pobre viuda se arrojó al caldero y murió allí.
Lo que leí en la prensa es que una empresa japonesa fabrica muñecas de silicona, de tamaño natural y listas para su disfrute por hombres atareados. Algunas hablan, gimen, tienen articulaciones móviles y hacen las quisicosas pertinentes en la consumación del amor; seguramente igual que Laodamia con su muñeco de cera, pero todo más sofisticado. La propaganda afirma que se prueba una vez con la muñequita y se olvida uno de las mujeres de carne y hueso. Las llaman Dutch wives, porque en la antigua Indonesia las mujeres de los colonizadores holandeses, a las que sus maridos dejaban abandonadas a menudo por sus negocios, parece que los echaban de menos y estaban siempre prestas a reemplazarlos más o menos momentáneamente. Nihil novum sub sole.

13 de julio de 2016

De encuestas y adivinaciones

Prometí hablar de los sondeos en las últimas elecciones, que tanto fallaron. En la antigua Grecia los adivinos se equivocaban menos y cuando lo hacían se lo tomaban muy en serio. Había muchos oráculos en aquellos tiempos; en Beocia, el oficio de mantis  (mantis, adivino) era el más difundido, después del de labriego, ejercido casi siempre  por hombres, aunque también había mujeres.
Esaco, primogénito de Príamo y de Arisbe —su primera esposa, hija del adivino Mérope—, era un personaje curioso y exaltado, que heredó de su abuelo materno la facultad de predecir el futuro. Se enamoró de una joven troyana, Astérope, que no le hizo caso, por lo que se quiso suicidar muchas veces, tirándose al mar desde un peñasco poco elevado. Nunca lo logró y los dioses, hartos ya de tanto histrionismo, lo mutaron en pájaro pescador para que se zambullera cuanto quisiera en el mar.
Otro adivino fue Tiresias. Zeus le otorgó la clarividencia para compensar que la diosa Hera, su mujer, lo había dejado ciego total por darle la razón a él, en una tonta disputilla que tenían: quién gozaba más en el acto amoroso. Zeus decía que la hembra y Hera que el varón. Tiresias sentenció que el placer se repartía así: nueve décimas para la mujer y una décima para el varón. Tiresias tenía que saberlo porque había tenido los dos sexos sucesivamente. Quizá cuente esa historia otro día.
La hermanastra de Esaco, Casandra, hija de Príamo y Hécuba, profetizaba el futuro y su historia es más complicada. Era bellísima y Apolo —que como otros dioses griegos en lo del amor estaba a lo que cayera— le prometió el don de la profecía si se entregaba. Ella aceptó el trato, pero conseguido el don siguió haciéndose la estrecha; el dios se enfadó tanto que le escupió en los labios, condenándola así a que no se creyeran sus profecías. O sea, que profetizaba y nadie le hacía caso. Estas cosas pasan y por eso se dice que no basta con tener razón, sino que hace falta que te la den. Acabó mal la pobre: esclava de Agamenón, fue asesinada junto a él por Clitemnestra y su amante Egisto.
Lo de Calcas, un adivino aqueo, tampoco resultó bien. Aconsejó el sacrificio de Ifigenia para calmar a la diosa Artemisa, enfadada con Agamenón, padre de Ifigenia, por un bobo comentario de este. Ulises urdió entonces una de sus trampas: llamaron a Ifigenia, diciéndole que se iba a casar con Aquiles, mientras el sacerdote preparaba ya su cuchillo para hundírselo en el níveo pecho. Calcas vaticinó con acierto que Aquiles moriría en combate. Pero en un concurso para ver quién adivinaba más y mejor —como los que hay ahora en la tele para los chefs—, se enfrentó a Mopso de Colofón. Había que predecir cuántas crías pariría una cerda y cuántos higos daría una higuera. Calcas marró y predijo un lechón de más y un higo de menos, mientras que Mopso lo acertó todo. Calcas decidió entonces suicidarse, que no es la mejor manera de arreglar las cosas, me parece a mí. ¿Deberían haberse suicidado los que fallaron las encuestas en la últimas elecciones? Hay diversas opiniones.
Otra clase de adivinación se menciona en el Mahábbarata —epopeya de gran antigüedad, cuya presente versión es probablemente del 400 d. de C. —. Nala es un príncipe enamorado de una dulce princesa que le corresponde. Kali, un semi-dios rival, se apodera por venganza mediante un veneno del cuerpo y alma de Nala, quien, preso del frenesí por el juego, pierde su reino. Vagabundea perdido durante años hasta que se coloca de sirviente con un extranjero capaz de averiguar el número de hojas y frutos de un árbol, por el simple examen de dos pequeñas ramitas del mismo. Hay, dice, 2095 frutos. Nala se pasa toda la noche contándolos y encuentra que su jefe ha acertado. Estimar, a partir de una muestra, un par de ramitas, el número de frutos de un árbol, es un avance de gran calado en el nacimiento del concepto de probabilidad. Recordaré ahora que, para mí, quizá es tan difícil adivinar el futuro como descifrar correctamente el pasado.
Quiero hablar, aprovechando la visita al mundo griego, de las Erinnias. Eran tres, Megera, Alecto y Tisífone (odio, cólera y venganza), y tenían rostro de perro, alas de murciélago, cabellos serpentiformes y un látigo en la diestra. Atormentaban sin piedad a los que habían cometido crímenes o faltas graves. Pero cuando lograban el arrepentimiento del transgresor, se transformaban en tres jóvenes hermosísimas y cariñosas, las Euménides. No me imagino a los tres candidatos que perdieron las pasadas elecciones haciéndole mimitos a Rajoy, incluso si este se corrige, pero sí deberían facilitar la formación urgente de un gobierno, por el interés supremo del país.
Una última reflexión: el pueblo, especialmente en circunstancias adversas, tiende a escuchar más a los que atacan el orden establecido, aunque no tengan razón, y se ha de ser cuidadoso con su veredicto. La oclocracia, o gobierno de la muchedumbre (del griego ὀχλοκρατία), es una de las tres formas específicas en las que, según la visión aristotélica, puede degenerar la democracia. La muchedumbre, al abordar los asuntos políticos presenta una voluntad confusa e irracional, que hace escorar sus decisiones hacia el error. Algún sólido pensador ha sostenido que la inteligencia de una masa es siempre igual a la del más necio de sus integrantes. Podría ser.

8 de julio de 2016

Todo se debe a la neofobia

Un partido, al que no le fue bien en las últimas elecciones, se propuso hacer un análisis approfondi de las causas. Tras unos pocos días de meditación, han dado en achacar el relativo fracaso a los de siempre: a los demás, a los otros. Nadie de ellos es responsable y concluyen que todo viene de que los electores son neófobos. No, no es que sean culpables los electores; son, simplemente, seres humanos y se sabe que, como tales, tienen miedo a lo nuevo, a lo diferente, que eso es la neofobia. Fobos (Miedo), uno de los hijos de Ares y Afrodita —al que Alejandro Magno se encomendaba antes de cada batalla— asedia a veces sañudamente a los mortales.
Sin embargo, no está tan claro que la neofobia sea consustancial con la naturaleza humana. Cuenta Listodemo de Samos (siglo II a. C.), en el libro IX de su Ελληνική ιστορία (Historia de Grecia), que los focenses, tras recapturar Delfos a mediados del IV a. C., formaron un ejército mercenario y lucharon contra Beocia y Tesalia, hasta que fueron expulsados de esta última región por Filipo II de Macedonia. Permanecieron en Delfos diez años más en los que agotaron las riquezas del templo. Acompañaban a los soldados innumerables pornai, prostitutas baratas que merodeaban los campamentos. Apareció entonces Telón el Cretense con un cargamento de esclavas abisinias bellas y refinadas y las ofreció como novedad a los soldados. Eran hembras de ensueño, escribe ilusionado Listodemo, como aquellas hetairas de Corinto que turbaban la razón del propio Sócrates o las cortesanas romanas que hacían estremecer al mismísimo Catón el Viejo. Los soldados se decidieron unánimemente por lo nuevo. El astuto cretense tomó entonces a las pornai que quedaron ociosas y las llevó a Áulide, donde siglos atrás estuvieron varadas las naves aqueas antes de navegar hacia Troya, en la que también había tropas acantonadas, que habían raptado a doncellas tracias, todas rubias y de ojos azules. Propuso el cambio, la novedad, a los soldados, pero estos no aceptaron y se reían del cretense y de su pobre mercancía. O sea, que los seres humanos no siempre temen al cambio o tienen miedo a lo nuevo, sino que lo aceptan cuando merece la pena, que la gente no es boba.
Por lo tanto, lo de que el resultado de las elecciones fue consecuencia directa del miedo a lo nuevo pudiera no ser verdad y conviene estudiar qué es lo que se ofrecía. Quizá lo propuesto no era tan diferente ni tan nuevo y las ofertas, y los oferentes, no pasaron el examen que cualquier persona racional hace antes de tomar una decisión. ¿Cómo se esfumaron los votantes que habían depositado su confianza seis meses antes? Bueno, en esos seis meses se han visto muchas cosas en los nuevos dirigentes, en sus actuaciones en el congreso, en sus fluctuantes declaraciones, en sus programas, en sus posiciones políticas. En seis meses se aprenden muchas cosas y se desvelan muchos misterios. El pueblo español es sabio y no se equivoca, ¿no lo decían ellos mismos? Se ha pasado de la euforia excesiva a una actitud peligrosa, por lo que en inglés se designa self-fulfilling prophecy, o cómo la previsión de un resultado adverso alimenta el cumplimiento de la propia profecía. Lo dijo uno de sus líderes con esa oratoria suya deslumbrante: “Podemos darnos una ‘hostia’ de proporciones bíblicas”.
El análisis fue, pues, ligero y erróneo. Este mismo líder ya confesó que los de su grupo se dedican al fornicio y quizá no tienen tiempo de hilar más fino en la politología, porque todo lleva su tiempo. La única cópula regular de Zeus, con Hera, fue en la noche de bodas, en Samos, y duró trescientos años. En una ocasión, el dios Morfeo durmió a la humanidad entera durante tres días y tres noches, para que Zeus yaciera sin prisas con la esposa de Anfitrión. Cuando los argonautas llegaron a la isla de Lemnos —donde cayó Hefaistos, arrojado por Zeus desde el Olimpo, y se rompió las piernas—, las mujeres de la isla, que un año antes habían matado a sus maridos por su infidelidad notoria, pensaron que debían unirse a ellos para engendrar nuevos varones. Eran mil y los argonautas sólo cuarenta y ocho. Descontadas las viejas, incapaces ya de procrear, a cada uno le tocaron catorce hembras y el asunto requirió siete días y siete noches de dedicación.
Estos ritmos se pueden acelerar, me dirás, lector. Y es verdad, sobre todo en período electoral en el que el líder de este grupo se siente especialmente motivado, según contó a la bella periodista Susanna Griso, a la que le hizo la confidencia, estando justamente en campaña, quizá inocentemente o quizá tanteando una improbable colaboración o ayuda, lo que no hubiera sido ninguna desgracia, hay que reconocerlo, ni para el confeso, ni para cualquier varón de buen gusto sobre la Tierra.
Dejo el tema, pero diré algo sobre los sondeos, tan equivocados, que precedieron a las últimas elecciones. Me referiré a otras adivinaciones en la antigua Grecia.

30 de junio de 2016

Política y racionalidad

Ya dije que no me entiendo bien con mi blog. Me propone temas constantemente y puede llegar a ser importuno. No quería hablar de política por algún tiempo, pero me trae a la cabeza hechos e ideas que me obligan a hacerlo; se trata de una parcela en la que la racionalidad y el sentido común están a menudo ausentes. Tras las recientes elecciones, el Partido Popular está contento con sus resultados y todos los demás esgrimen su justificación, banal casi siempre. Uno de los líderes explica que habían salido “para ganar”, aclaración seguramente innecesaria. Y todos afirman que han venido para quedarse —siempre que lo dicten las urnas, se supone—, que el futuro es suyo, que lo mejor está por venir y que pronto traerán la felicidad a la Tierra, ‘la delicada flor que la produce’.
Tenía la esperanza de que, pasadas las elecciones, los temas, los argumentos y los eslóganes cesarían. Pues, no, todo sigue igual, como si la campaña no hubiera terminado. Alguien protesta por el sistema electoral, que le ha restado votos —se escogió así, como en otros países, para evitar una excesiva fragmentación del Congreso—. Muchos no saben perder, les falta la elegancia de aceptar la derrota. Hablaron a veces del “sabio pueblo español”, pero ahora no repiten el piropo los perdedores; precisamente en una ocasión en la que los votantes han actuado con sensatez, huyendo de extremismos, de novedades viejas, de líderes engreídos y tenaces hasta aburrir. El español corriente —el que, por definición, gana las elecciones—, no se dejó seducir por ciertos populismos simples, para que nadie pueda reprocharle después: “Sabías que soy populista. Si te has equivocado con tu voto, la culpa es tuya, por creerme”. Alguien, de un partido casi nacido en un plató de TV, ha criticado, no obstante, su desmedida presencia en los medios. Estamos llegando a un punto en que la democracia podría ser sustituida por la ‘telecracia’. Otro habla de “extirpar las malas hierbas”, en el partido, con lenguaje beligerante que recuerda viejas ideologías y purgas. En cuanto se descuidan, se les nota de donde vienen.
Yo no sé si los españoles son sabios o no, pero lo son más que estos políticos profesionales. Propongo una explicación demasiado simple para ser del todo verdadera, pero que encierra algo de verdad: en los círculos de la política activa, el ambiente es pasional y acrítico. Cuando los líderes, recién derrotados ahora en las elecciones, acudían ante sus seguidores, se oían voces de “presidente”, “sí se puede”, etc., negando la realidad. En momentos así, la racionalidad y el buen sentido individual son reemplazados por la emoción colectiva de pertenecer a un grupo, a un clan, lo que no deja de ser una primigenia pretensión de ciertos seres humanos. El reverbero continuo de las propias ideas, la dedicación total a hacerlas triunfar, el abandono de la objetividad al juzgar los complejos entramados sociales, llevan a la pérdida de la perspectiva y a un aislamiento intelectual empobrecedor y letal.
No ha llegado el merecido descanso. Los perdedores inician sesudos estudios para analizar los resultados, cuando una evaluación imparcial de sus programas, sus estrategias y sus líderes, los explicaría fácilmente. Las soluciones que encandilan a las inocentes víctimas de una crisis, no se implantan con el mismo vigor en el conjunto del cuerpo social. Cuando un determinado líder, por su aspecto, por su conducta, por su agresividad, no es visto como deseable Presidente de Gobierno por un alto porcentaje de españoles, no hacen falta más indagaciones para explicar el fracaso.
Mis reflexiones se dan en el marco de un país, y hasta de un mundo, en situación crítica, que demanda una óptica nueva para resolver sus problemas. No es momento de indagar si son galgos o podencos. Tampoco para las recriminaciones interminables, la exposición de agravios, la venganza por conductas anteriores. Hace falta altura de miras para llegar a la formación de un gobierno. Todo el mundo lo dice, pero son palabras escritas en el agua. Hay que embridar los egos. Se tiene la desfachatez de vetar a quien ha sido preferido por ocho millones de españoles, invocando errores y políticas que sólo juzgándolas intencionadas e intrínsecamente malvadas justificarían un rechazo tan frontal, que más bien revela una incompatibilidad personal por la que se castiga a una nación entera. Kurt Schneider, psiquiatra alemán anti-nazi, autor de Klinische Psychopathologie, escribió que la psicopatía es una anomalía de la personalidad por la que se hace sufrir a los demás o sufre uno mismo.
He andado por algunos países y sus políticos eran algo distintos a estos nuestros. No creo que haya que buscar las causas de las derrotas en la ley de D’Hondt, o en la irrupción del Bréxit en la campaña. Recomendaría a nuestros jóvenes políticos que se estudien, que no se sitúen au-dessus de la mêlée, que sean humildes y observadores, que no les ciegue su autosuficiencia. Leo que Mónica Oltra pregunta, ¿por qué todavía los ciudadanos votan a presuntos delincuentes? ¡Y yo que la quería, que estaba embrujado por su sonrisa levantina y eterna, mucho más vital y feliz que la de la Gioconda!

25 de junio de 2016

De mi blog y de los referendos

Amigos lectores, permitidme unas breves reflexiones sobre mi blog. No acabo de entenderme muy bien con él. Ya en otra ocasión dije que quería hacer más cortas las entradas, y he fracasado clamorosamente. No sólo eso, a veces salen en ristras de cuatro, seis o más. Es culpa mía, que cuando toco algunos temas me gusta documentarme un tanto y no sé enmendarme. Me consuelo pensando que quizá a algunos de mis lectores no les importe esa meticulosidad mía. De hecho el número de visitantes es bastante invariable y de todo el mundo: España, Estados Unidos, Rusia y Alemania son las más asiduas: 8331, 4231, 1359, 806, de un total de unos 21500 (ver tabla adjunta). Es lo que más me ilusiona y me anima a perseverar. De todas maneras, ahora estamos ya en verano y trataré de frivolizar mis prédicas.
Para que no quede demasiado corta esta entrada, añadiré algo más, con motivo del Bréxit, que ayer decidió Gran Bretaña. Hay algo perverso en casi todos los referendos: la pregunta ha de ser forzosamente escueta y clara, y se ha de votar in toto. Esto, en casos complejos como el que cito, es casi imposible de lograr. Además, como sucedió en este caso, se suele recurrir a ellos cuando la opinión pública está muy dividida. El resultado casi siempre es muy ajustado, deja a la población partida más o menos en dos mitades e introduce una fractura social que deja secuelas indeseables. Una consulta así en Cataluña, por ejemplo, produciría probablemente una división análoga. Hay pocas soluciones; una podría ser la de exigir mayorías cualificadas: 60%, dos tercios...
Para algunos políticos, sin embargo, es una forma óptima de democracia: directa, llena de virtudes. Creo que se equivocan. Leo que Ada Colau ha dicho que “hace vida de activista desde 2001” y que “votar cada cuatro años es totalmente insuficiente”. Eso puede ser deseable para algunos, no para la mayoría de los ciudadanos, que lo único que quiere es ser regida por gobernantes honrados y capaces, que gestionen con acierto los asuntos públicos. No fatigaré ninguna biblioteca buscando argumentos. Por nuestra idiosincrasia peculiar, muchos españoles son dueños de un piso y deben acudir puntualmente a las juntas de vecinos. A pesar de no ser muy frecuentes, casi todos tratan de eludirlas, salvo en casos excepcionales de gestión pésima o fraudulenta. Esta actitud es trasladable a la cosa pública, a pesar de la diferencia de escalas. Asistir a los mítines puede resultar divertido para algunos, pero es complicado para cirujanos, arquitectos, comerciantes, trabajadores empleados, etc.
No quiero decir que Ada Colau no lleve razón, desde su punto de vista. A ella, esta su manera de ser le ha dado sus frutos. Me entero —no sé cómo, porque leo poco la prensa— de que en Palma de Mallorca disfrutó, con Pablo Iglesias y otros amigos, de una mariscada, en un restaurante bastante exclusivo de la isla, a 160 euros el cubierto. No es nada intrínsecamente pecaminoso, ya lo sé. Pero tengo el convencimiento de que Dios no aprueba el consumo de mariscos y por eso los hizo tan endiabladamente difíciles de comer. Y yo, a quien alguien inevitablemente calificará de derechas sin remisión, hace siglos que no he comido por ese precio, en España.
Comprendo que estar en campaña influye en las conductas. Susanna Grisso ha revelado que a Iglesias las campañas electorales “le ponen” y necesita sexo en ellas —¡a santo de qué le confesaría esto a la buena señora!—. El peligro de esta peculiaridad conductual, es que por ella corramos el riesgo los españoles de permanecer continuamente en campaña. A ver si, por esta minucia, vamos a tener unas terceras elecciones o erecciones, que ya no sabe uno qué palabra usar con este hombre. Aunque hay que reconocer que sabe hacer las cosas y su jefa de Gabinete es también su novia, lo que simplifica mucho la solución del problema. Iglesias es claro en este asunto, ya que no en los demás. En mi entrada del 9/2/2016, conté cómo la expresión ‘hacer el amor y no la guerra’, le parece kitsch, frangollona: “Nosotros no hacemos el amor, nosotros follamos”, dijo. Lleva razón el hombre; hacer el amor es equívoco —hasta podría referirse a escribir algún sonetillo apasionado—, lo que queda felizmente resuelto con el agudo distingo del brillante político. La precisión es importante; lástima que no la use en otros temas, aunque no sean tan importantes como el del fornicio.