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2 de febrero de 2017

In memóriam: Bernardo Cano Hueso (2 de 2)

        En el fondo, no sé mucho más de la vida del Bernardo real; yo hablo y requiero al de mis tiempos de Úbeda, al dependiente de mercería, a la persona que, por ser unos años mayor, me enseñó cosas que, viniendo de él, no podían ser sino buenas. A la persona que fue capaz de conservar una carta mía durante más de cincuenta años, para devolvérmela después. Ocurre, eso sí, que ha arrastrado tras de sí a gentes de mi niñez, que también tengo presentes en mi memoria. El mundo estaba poblado en aquel tiempo por seres grandiosos, exquisitos y benéficos. Algunos eran tan próximos, que romperé mis normas y mencionaré sus nombres. Lo hago desde el cariño y la nostalgia, desde el desconsuelo de saber que a muchos no los podré ver nunca más, porque ya no existen. La muerte de Bernardo me ha hecho rememorar a gentes que quedaron atadas a mi vida y estarán conmigo mientras me quede aliento: Francisco Delgado, Luis Monforte, varios hermanos Palacín, los hermanos Ortiz, Antonio Gutiérrez, el que poco tiempo después sería llamado por todos cariñosamente el Viejo. Gentes que en vida quizá no imaginaban que yo, después de tantos años fuera, pudiera acordarme de ellas. Y a su conjuro renació un mundo de ‘sabatinas’ en iglesias frías y oscuras; de oraciones, cánticos, murmullos y risillas infantiles. Y alguna mirada a la bancada de al lado, porque nos sentábamos los chicos en un lateral de la iglesia y las chicas en el otro. De promesas a los santos o a la Virgen, que atañían a los pecados más arraigados, seguramente inocentes y nada terribles: Eso que me cuesta tanto y que te prometo para mañana, rezábamos. Y pensábamos en ese pecadillo que era el más difícil de vencer, cada uno en el suyo.
Y me veo de nuevo en la iglesia San Isidoro. Y también en la de la Santísima Trinidad, donde cruzando el coro se llegaba a la sede de Acción Católica. En el claustro del convento adyacente, treinta años antes, mi padre había estudiado, hasta que los Escolapios se marcharon de Úbeda, en el 1920. Habían estado en la ciudad desde 1861 y se fueron porque no hubo dinero para pagar las inaplazables obras que necesitaba el convento y la escuela. Hace poco quise esclarecer hasta dónde había llegado mi padre en sus estudios. Conocí así a don Valeriano, archivero de la orden, con bastantes más años que yo —cuando le dije mi edad, me dijo, ¡bah, eres un chaval!—, pero activo como un veinteañero. Gracias a su extrema amabilidad pude hojear, en la calma casi monacal de la residencia que tienen estos Padres en la calle Gaztambide, las actas del convento de Úbeda, de los primeros años del siglo XX, en las que se reflejan las actividades docentes y otras, redactadas todavía en latín. Lamentablemente no había detalles sobre los alumnos de entonces o sus currículos estudiantiles.
Cómo han podido cambiar tanto las cosas. Ahora voy a Úbeda y casi no conozco a nadie, ni nadie me conoce a mí. Ya sé que es lo normal, pero no deja de ser perturbador y casi increíble. En un relato mío, Semana Santa en Úbeda, cuento de un personaje: Germán intentó verlo todo de nuevo con ojos de niño, predispuesto al misterio y al milagro. Le llamó la atención la escasez de rostros conocidos entre aquella muchedumbre bulliciosa y cambiante. Dios mío, casi no conozco ya a nadie, se dijo, para añadirse después que, al fin y al cabo, era lo lógico. Hacía muchísimos años que no vivía allí y la mayoría de los participantes en la procesión, era gente joven; también los espectadores. Y de los mayores, seguramente a muchos no los había conocido jamás y otros habrían cambiado tanto como él mismo, hasta hacerse mutuamente irreconocibles. Quizá incluso algunos sí eran capaces de identificarlo, pero no se atrevían a saludarlo, por alguna de las innumerables variantes de la timidez”.
Ese era el relato, y el sentir de Germán coincide exactamente con lo que yo mismo siento. Todo lo que era amable, íntimo y abierto se ha tornado indiferente y casi desconocido. Incluso he tenido alguna experiencia desagradable e incomprensible, al tratar de contactar con algunas de estas gentes más modernas. Quizá también es culpa mía, que he buscado refugiarme en mis recuerdos, tan importantes, tan decisivos en la vida de los seres humanos. Un notable ensayista español, gallego de nación, Vicente Risco, que en enero de 1935 hizo un llamamiento desde el Heraldo de Galicia “para reconquistar Galicia para Dios”, escribió: Se Platon dixo que saber é lembrar, eu digo mais: vivir é lembrar (Si Platón dijo que saber era recordar, yo digo más: vivir es recordar). Estoy muy de acuerdo. Los franceses dicen que son las raíces las que diferencian un árbol de un poste; los recuerdos son nuestras raíces.
          Pensaba hablar sólo de mi relación personal con Bernardo, muy circunscrita a una cierta época y de una intimidad relativa; al fin y al cabo, yo era poco más que un niño y él era ya un adulto. Pero querría terminar con unas pocas palabras sobre sus empeños literarios. Bernardo era persona sencilla y discreta y no se prodigó mucho en la publicación de sus escritos; sólo ocasionalmente en revistas de ámbito local ubetense. Lo poco que he leído de él me ha parecido suficientemente digno. En un artículo suyo, algo simbolista y mistérico, críptico y bello, aparecido en una de estas revistas y de título Mi amigo el loco, habla de alejarse de un pueblo, de una marcha hacia el Norte, del propósito de “poner púlpitos en los veladores de los bares”. Me parece entrever cierta metaforismo autobiográfico. Menciona “los trillones de hombres que callaron la palabra que le aleteaba en el corazón”. Yo no he querido ser uno de esos hombres y he sacado palabras que guardé desde siempre en mi interior más íntimo para que se oreen hoy al sol. Se las debía a Bernardo y también querría que llegaran hasta las gentes de entonces, las que nos conocieron a los dos. A él se las debía por muchos motivos, no sólo por el insólito hecho de haber guardado una carta mía durante más de medio siglo.

In memóriam: Bernardo Cano Hueso (1 de 2)


Queridos lectores, hace sólo dos semanas de mi última entrada y ya veis que estoy aquí de nuevo, por diversas razones. Una es porque algunos de vosotros me habéis enviado cariñosos mensajes que me hacen pensar que quizá mi blog logró algo de lo que yo pretendía. En inglés, alguien, que lee español con cierta dificultad, me escribe: it is with a certain sadness that I read your latest entry of your blog. On those times that I did  manage to read some of your eclectic subjects, invariably, I found them interesting and informative... (Con cierta tristeza leo la última entrada de tu blog. Siempre que pude leer algunos de tus eclécticos temas, invariablemente los encontré interesantes e informativos...). Otro mensaje, en español: la despedida que haces en tu blog me deja un tanto huérfano, aunque tengo la esperanza de que la cosa sea transitoria y que tu amor por la palabra y por contar cosas se imponga al cansancio momentáneo que pareces padecer. Tú necesitas escribir y nosotros necesitamos leerte, es una dependencia enriquecedora y amable… Este último viene de un querido amigo de la niñez, Fernando Hueso, desde Jerez.
Otra razón por la que abandono parcialmente el  blog es porque empezaba a ser una cierta amenaza para mi incurable eleutheromanía. La palabreja no es de las más  corrientes; no la oía yo a menudo por los alrededores de la Plaza de Abastos, en donde transcurrió buena parte de mi feliz infancia ubetense. La dejo así para que la busquéis con Google y os distraigáis haciéndolo. Sí, ya sé que hay cosas más distraídas.
La tercera razón es, con mucho, la más importante: me informan del fallecimiento reciente de Bernardo Cano Hueso, un amigo que emerge con absoluta nitidez del nada nebuloso mundo de mi niñez y adolescencia. Úbeda dejó de ser mi residencia habitual a mis quince años, cuando me vine a estudiar a Madrid, y lo que voy a contar es algo tan corriente y que le pasa a todo el mundo, que no me detendré mucho en ello, pero quiero señalarlo. Recuerdo personas y hechos de entonces con una acuidad que pocas de mis vivencias posteriores tienen. Mucha gente se sorprendería de hasta qué punto quedaron prendidas en mi retina las imágenes de entonces, las gentes de entonces.
Bernardo era de familia humilde, como yo. Trabajaba de dependiente en una mercería situada en lo alto de la calle Real. Yo iba por allí a menudo para verle. Éramos los dos de Acción Católica —numerario él, aspirante yo— y hablábamos del mar y los peces. La cháchara se interrumpía cuando llegaba una clienta, una ‘parroquiana’, y para mí era un placer ver cómo Bernardo la atendía, la asesoraba, la envolvía con su labia y le despachaba lo que quería y puede que hasta lo que no quería. Era divertido asistir a aquellas sencillas transacciones comerciales, que terminaban invariablemente en algún descuento. Todo el mundo quedaba contento, todo el mundo feliz. Qué fácil era todo.
Bernardo era entonces, y me consta que siguió siéndolo toda su vida, hombre de sólidas convicciones cristianas. Tenía unos ocho años más que yo y nos pastoreaba a los aspirantes. Era abordable, a pesar de ser mayor, era vivo, era listo. Era mucho más que eso: era inteligente. Lo era tan obviamente que un buen día alguien con cierta capacidad empresarial se dio cuenta y se lo trajo para Madrid y aquí terminó sus estudios superiores, que había empezado mientras estaba empleado. La buena gente de Úbeda, como era normal en aquel bendito tiempo, enseguida hablaron de sus éxitos en la capital. Seguramente estaban tan felices como él mismo por aquellas venturanzas.
Yo me había venido a Madrid mucho antes de todo eso. Recién llegado le escribí una carta. Era una carta preocupada, triste. Yo tenía quince años, ya lo dije, y de repente me encontré en la gran ciudad, por primera vez solo, sin mi familia, sin amigos de momento. No recordaba ya aquella carta, pero hace unos diez años, me llamaron por teléfono. Era Bernardo. Para decirme que sus hijos o sus nietos le habían regalado un ordenador y se había asomado a Internet. Estaba seguro, me dijo, de que allí encontraría algo de mí y así fue. Me anunció entonces que todavía, después de más de cincuenta años, tenía la carta que le había escrito desde Madrid y que me la enviaría.
¿Cómo se puede guardar tan celosamente, con la incesante mudanza de los tiempos, con las mil vueltas de la vida, con la familia haciéndose y los hijos viniendo, con tantas ocupaciones, con tantos problemas, la carta de un jovenzuelo? La recibí, la leí y no me reconocí en absoluto, porque se me había olvidado ese período difícil y duro de mi existencia, que fue real y bien plasmado en la carta. Hablamos más por teléfono y quise verle. Se negó. Estoy mal, no me encuentro bien —Bernardo tuvo un muy serio accidente de automóvil del que le quedaron secuelas— y no quiero que me veas así. Lo sentí, pero lo entendí, porque yo reaccionaré así, si alguna vez me golpea la vida tan ferozmente como sé que puede hacerlo. Poco después, en una Feria del Libro madrileña, en la caseta en que firmaba mis obras, vinieron dos de sus hijas, pero él no vino. Quizá llevaba razón. Así la imagen que tengo de él, indeleble, es la de aquella tienda de la calle Real, perteneciente a una familia a la que también recuerdo bien.
Me apetecía colar, meter a Bernardo en una obra mía, en mi novela corta Desaparición en el túnel, cuya acción ocurre en Úbeda, y lo hice. Aparece allí un Bernardo ‘cabrero’,ejemplo viviente de honestidad a toda prueba; su formalidad, su decoro, su honradez y su diligencia eran alabadas por todos. Casi cada año, traía un nuevo hijo al mundo y se las apañaba para aumentar también en dos o tres nuevas cabras el rebaño. Cada niño mío trae sus cabras bajo el brazo, Dios provee siempre, decía orgulloso. Era laborioso y cumplidor y jamás dejó de hacer una cosa que fuera un poco urgente, posponiéndola para el día siguiente. Vivía de la manera más sencilla, sin faltar nunca ni a su trabajo ni a las obligaciones religiosas que se imponía y que eran algo más de las normales para un feligrés de a pie.

Nota: Véase la entrada siguiente. No quiero interrumpir estas páginas ni hacer una entrada de tamaño excesivo, inacostumbrado. Por ello, he hecho dos entradas, pero las publico juntas, el mismo día, para que se puedan leer sin solución de continuidad.

15 de diciembre de 2016

De lo imaginado y lo vivido (final)


He contado ya algo ‘imaginado’ en las tres entradas anteriores: el relato de un extraño viaje en Baviera —en realidad, es un relato sobre otro relato; lo escrito por un sobrino sobre algo que había publicado su tío—. Ahora resumiré brevemente lo ‘vivido’, los acontecimientos reales que, en cierto modo, dieron lugar al relato; obviamente, la relación es muy laxa y nada directa. En su génesis, influyeron más mis lecturas que ninguna vivencia biográfica. Es lo que suele suceder en mi caso.
Hace unos años, recorríamos mi mujer y yo Alemania, desde Regensburg, la antigua Ratisbona medieval, en la confluencia de los ríos Danubio y Regen —la ciudad en que nació Don Juan de Austria, hijo del amor o de lo que fuera entre el emperador Carlos y Bárbara Blomberg— hasta Murnau, al sur de Munich, junto al lago Staffelsee. En la ruta, queríamos visitar la célebre abadía de Benediktbeuern, fundada en el 739, originalmente benedictina, aunque ocupada ahora por los salesianos. La abadía fue visitada por Goethe en su tercer viaje a Italia, en 1786, pero se hizo famosa por haberse descubierto en ella, pocos años después, en 1803, el único manuscrito existente de los Cármina Burana, una colección de cantos de los siglos XII y XIII, escritos casi todos en latín. Cármina quiere decir poemas o cantos y Burana es el gentilicio de Bura, el nombre latino de la actual Benediktbeuern.
Nos dirigíamos ya hacia Murnau. Habíamos dejado atrás las congestionadas autopistas y conducíamos por esas bellas y cuidadas carreteras secundarias alemanas. Me perdí y llegué a una vía muy secundaria, que se fue haciendo cada vez más estrecha. En la distancia se dibujaba la silueta de unos edificios grandes. La carretera estaba sin asfaltar en los últimos metros, lo que me pareció muy raro. Llegamos hasta los edificios, uno de los cuales era claramente una modesta iglesia rural.
La puerta estaba cerrada, pero se podía franquear. Entramos y nos encontramos con un grupo de poco más de veinte personas, que asistían a misa. La iglesia era una de tantas en el estilo de la zona, barroca y con profusión de santos, vírgenes y angelitos. Nos colocamos detrás del grupo, en silencio. Casi nadie notó nuestra llegada. El sacerdote bajó del altar, se dirigió a una pareja de ancianos en la primera fila y les entregó un regalo, un libro. El hombre era bastante alto y la mujer parecía una de esas viejecitas que se consumen en vida, dándose, vaciándose, literalmente, en sus hijos, en sus nietos. Se oía una música dulce y lenta, interpretada claramente por alguien no profesional. Había un enorme contraste entre el ajetreo de las carreteras y aquel reducto de paz. Una señora de la última fila le habló a mi esposa, tuteándola, lo que no es nada frecuente en Alemania, y le dijo que la vería a la salida.
Nos quedamos hasta el final de la celebración. El ambiente era tan sosegado y agradable, que podríamos haber permanecido allí la mañana entera, el día entero. Después de días viajando por Alemania, estábamos un poco cansados. Al salir, la señora que había hablado a mi esposa se acercó y se excusó, de la manera más amable y utilizando por supuesto el usted, por haberla confundido con otra. Contó que estaban conmemorando las bodas de oro de unos amigos. Nos despedimos y proseguimos el viaje —había que seguir—, pero lo hicimos todavía hechizados por lo vivido tan impensadamente. No quedó tiempo para visitar la abadía de Benediktbeuern y no nos importó demasiado. En Murnau, y luego en España, hemos sido incapaces, a pesar de estudiar mapas muy detallados de la región, de localizar el lugar tan especial en que estuvimos, aquella pequeña y perdida iglesia bávara.
Grabé un corto video, con la cámara de fotos. Se oye y se ve mal, pero lo ofrezco para dar una idea de lo que trato de describir. De todo esto, sin una conexión demasiado evidente o lógica, nació la idea del relato. Es así como ocurre normalmente.
 
 
 

29 de noviembre de 2016

Resaca tras los momentos felices


Amigos lectores, perdonadme que hoy hable más explícitamente de mí —siempre que se escribe, de algún modo se habla de uno mismo—, de aconteceres más personales. El pasado día 25, viernes, se presentó, como audioteatro, mi obra Don Juan de Bergerac, en la recoleta biblioteca del Retiro de Madrid. Era una muy bella tarde de otoño, levemente incómoda por la lluvia y el frío. Muy soportable todo, por nuestro benigno clima, aunque quizá no tanto para algunas personas mayores, las personas de más edad.
La sala se llenó, a pesar de mi correo en el que rogaba a los más mayores que se quedaran en casa, recomendación que no todos siguieron (podría yo pasar al Guinness por ser el primer presentador de un evento que en la convocatoria recomienda la no asistencia). La tarde transcurrió sosegada y plácida y creo que la obra gustó y la interpretación de los actores también. Una vez que pasó todo, arrollado y destruido por el imparable caminar del tiempo, me asaltó de nuevo un viejo conocido, un sentimiento agridulce, que me suele acompañar en ocasiones así.
Leslie Alan Murray, gran poeta australiano nacido en 1938, escribió: “Y como siempre ocurre, después de un triunfo, / estuve, por supuesto, inconsolable”. En mi caso no había ningún triunfo, pero pienso que, para las personas sensibles, en cualquier situación venturosa y alegre siempre queda un rincón de insatisfacción y nostalgia, de recuerdos y sueños melancólicos, que sólo los más simples logran borrar del todo. Se percibe la fugacidad de los momentos gozosos, se anticipa la pronta huida de la felicidad y el éxtasis. La vida se cobra fatalmente su tributo de desesperanza, porque constatamos que al final, irremediablemente, todo está tocado de banalidad, de evanescencia.
Para mí, ¡todo fue tan espléndido! Ver a tantos amigos que quisieron compartir el día conmigo y verlos felices juntos, disfrutando de la reunión y del ambiente. Amigos de Madrid que por desgracia no nos encontramos tan a menudo; alguien de mi pueblo que no veía en casi sesenta años; un colega, que se había excusado por una operación de cataratas y de repente apareció allí, intervenido el día anterior. Gentes que ven o se mueven con dificultad, que salen poco ya de casa por la noche, y que se esforzaron por venir. Gentes para las que la amistad cuenta mucho, que han hecho de la camaradería un compromiso, un deber sagrado.
No todos eran mayores, claro. Había hasta hijos de amigos míos, a los que conozco desde que eran niños. En el bello prólogo de Los intereses creados —tuve la fortuna de oírselo a Manuel Dicenta y eso ya no se olvida jamás—, se dice: “Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo, que muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo”. En mi auditorio había catedráticos, académicos, presidentes de sociedades científicas y cívicas, alguna cantautora, expertos en poetas españoles, un arquitecto y dibujante brillante, que ilustró la contraportada de mi libro El secuestro del sabio, escritores, etc. Y nadie bobo, aunque sí gente más sencilla, unidos todos por su amistad y su benevolencia hacia mi persona.
No quiero hoy hacer literatura, sólo quiero expresar mis sentimientos. Es difícil, es imposible, no estar agradecido; no pensar que, gracias a ellos, pude gozar un momento mágico, quizá irrepetible. Cuando uno presenta un libro, el libro queda y se puede leer siempre. Una obra de teatro, y en eso reside buena parte de su magia, es algo distinto: nace para morir inmediatamente, como esos insectos del orden Ephemeroptera, de nombre efímeras o efémeras, que viven, como indica su nombre, muy poco, apenas un día; en ocasiones menos de una hora, como la Dolania americana.
Yo he escrito muy poco teatro: este Don Juan y una pieza corta, que compuse con poco más de veinte años, de cuyo texto, con versos de Alberti —algo que no era enteramente inocente en la época—, he perdido el rastro, aunque conservo el programa impreso. Eran dos intérpretes, uno de ellos fue luego un político muy conocido, que murió relativamente joven: Gabriel Cisneros (Gabi entre nosotros, los amigos). ¡Quién nos iba a decir entonces! Las Moiras nos eran totalmente ajenas, Átropos tenía bien escondidas sus terribles tijeras; ahora están más presentes. Os dejo unas fotos; en una de ellas estoy con una personificación del Antruejo, el bullicio, el Carnaval. Se abrazó a mí de joven y desde entonces no me ha dejado.
Gracias a todos; sabéis que escribo por y para vosotros.



Cincuenta y cinco años más tarde, en los mismos empeños.



12 de septiembre de 2016

Mi visita a la Ciudad Universitaria de Madrid


No será fácil que escriba más sobre temas políticos, que no son los que más me interesan. Lo he hecho últimamente por la excepcional circunstancia española y mi hartazgo de nuestros líderes políticos. Felipe González propone que, de haber terceras elecciones, ninguno de los actuales debería presentarse. Yo pediría su inhabilitación por un período mínimo de diez años, hasta que maduren.
Hoy hablaré de mi visita a mi antigua Facultad de Filosofía y Letras en la Ciudad Universitaria madrileña. Fue fácil aparcar, aunque no en las inmediaciones. Quería ver a alguien en Filología, en otro edificio vecino, y tuve que bajar la larga escalera exterior que existe. Al final, ya en el suelo, bien colocado para ser visto, había un gran letrero: “Aprobar no es aprender”, mensaje que no es una falsedad absoluta, pero que deja en al aire la inquietante duda sobre la utilidad o necesidad de aprobar e incluso, más aún, la de estudiar o esforzarse en cualquier cosa. ¿Se aprenderá más suspendiendo?
A la vuelta subí en un bonito ascensor exento, revestido de listones de madera para armonizar con el arbolado paisaje, que se continua con un pasillo horizontal suspendido en el aire hasta llegar a la cota superior. Toda la gracia del conjunto había sido destruida con innumerables graffiti, manchas de pintura y suciedad de todo tipo. Fue una impresión penosa; en cualquier lugar, pero más en ese recinto sagrado.
Al volver al coche, que había quedado un poco apartado, vi en el suelo restos de un paquete de “toallitas íntimas“ y un par de condones en sus envoltorios e intactos. El presunto utilizador de los mismos quizá fue sorprendido intempestivamente en la dulce tarea o recibió una imprevista negativa de su pareja o, simplemente, sobrestimó su capacidad amatoria. Nada de esto es grave; tal vez revele una de las posibles alternativas a lo de aprobar —que ya se sabe que no es  aprender— y más fácil y agradable. Me dejó todo una sensación de desaseo vulgar, incivilizado y torpe.
Fui después a las instalaciones deportivas que hay frente al Museo del Traje, en donde hay un sencillo bar, desde el que se ve el Colegio Mayor en el que viví durante mi carrera. Había alguna gente haciendo deporte. El día no era muy caluroso y a la sombra la temperatura era perfecta. En unas mesas unidas, unas diez personas, varias con mono de trabajo, empleados del lugar, desayunaban sin prisas, junto al regente del bar. Al terminar, separaron las mesas, limpiaron los restos y los depositaron en los contenedores pertinentes. Parecían alegres y contentos. No vi ningún letrero que dijera “Ser limpios no es ser felices”, u otra perla de pensamiento parecida, sino otro con la leyenda: “No cuentes los días; haz que los días cuenten”. No es una cita cimera de Hegel, pero creo que buena parte de la pobreza cultural y moral de la juventud anida más entre estudiantes.
Yo vivía ya en el pasado, arropado por mis recuerdos, contemplando lo que fue mi mundo durante años, asombrado de la inmutabilidad relativa de las cosas, que contrasta con nuestro descaecer, perdido gozosamente entre nombres que se agolpaban en mi cerebro, algunos de ellos de desaparecidos para siempre. La paz inundaba el aire, el mundo parecía primitivo y simple, hecho por algún Dios benigno y cuidadoso. Era feliz.
También comprendí que otras cosas habían cambiado. Reconocí con orgullo que los de mi generación, que andamos ahora por los setenta, hicimos la gran revolución que este país necesitaba. Muchos salimos fuera para aprender —eso sí que era, sin duda, aprender— y traer aquí lo nuevo y valioso encontrado. Por el esfuerzo de todos, España cambió y fue esa urdimbre previa la que hizo posible e inaplazable la transición a la democracia.
La nuestra fue una juventud seria y esforzada, sustentada en padres laboriosos, que también supieron cumplir su misión y estar a la altura de las circunstancias. Por todo ello, me parece injusto —y amparado sólo en falsedades e hipocresías— esa premura de los líderes jóvenes del momento por arrinconar lo viejo y proclamarse depositarios únicos de la verdad y la justicia. Creo, sinceramente, que fuimos una juventud infinitamente más limpia y austera que la actual, envuelta en consignas facilonas y engañosas, a la que quizá se ha mimado en exceso y consentido todo. Somos muchos los que pensamos así; los nuevos líderes deberán tenerlo en cuenta al interpretar los resultados de las elecciones y planear cómo cambiarlos a su favor.
De mis entradas 'políticas' alguien podría deducir que siempre he votado a cierto partido y se equivocaría. Lo que me ocurre tiene más que ver con la célebre, muy citada y caprichosamente traducida frase de Goethe, escrita en su diario durante el sitio de Maguncia (Mainz en alemán, 1793), cuando intervino en favor de un incendiario francés, al que la gente quería linchar: Es liegt nun einmal in meiner Natur, Ich will lieber eine Ungerechtigkeit begehen als Unordnung ertragen (En verdad está en mi naturaleza, prefiero cometer una injusticia que soportar el desorden). También digo que, con estos jóvenes lideres de ahora, ya sé a quién voy a votar en adelante. Tapándome la nariz o con escafandra, si hace falta. La corrupción puede curarse; la vacuidad intelectual, no.

26 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (III, fin)


El poema aún permanece en todos nosotros, los colegiales de entonces, a más de medio siglo de distancia. Se cuela en nuestros sueños, en nuestros escritos, sin que nos demos cuenta. Junto al nombre de Jaime, aquel poeta que conocimos de jóvenes, el primer poeta que conocimos, que andaba despreocupado por el Colegio, con cierto desaliño bohemio, habitante ya del Parnaso y tan accesible. En unos versos en broma, ripiosos, que escribí a un amigo, eminente médico y poeta —ahora conozco a bastantes—, se coló de rondón el famoso viento tejano, agazapado en el recuerdo, siempre esperando, pronto a renacer. Contaba yo a mi amigo, Francisco Loredo (Floredo en su antiguo e-mail), mis venturas de amor en Nueva York. La primera fue precisamente con una tejana, que trabajaba junto a mi Servicio en el hospital. Quizá es algo divertido y copio una parte; así me desvío un momento hacia lo liviano en esta última entrada:

La primera flor
de este largo cuento
de amores lejanos
era de un desierto;
porque era de Tejas,
¡qué tiempos aquellos!
Trabajaba al lado
y ahuyentó al invierno.
Yo la fui cercando,
andaba al acecho.
Un día propicio
la ataqué certero.
“Flor —le dije, impávido—,
aquí está tu tiesto”.
Luego el resultado
fue justo el inverso.
No sé si me explico,
pero yo me entiendo.
Ella me miró
y cedió, riendo.
¡Si no cegué entonces,
nunca seré ciego!
Viento
de
Tejas.
Amor
en el
aire.
Jamás
podré
olvidarte.
Y dejo
mi corazón
en prenda.
Todo está muy bien,
pero en estos versos
has pulverizado
las rimas en e, o,
puede que me digas,
querido Floredo.
Y ante tal reproche,
presto te contesto:
Es que no son míos,
estos van en serio.
Son de un poeta amigo,
del mismo Colegio,
que se llama Jaime
y Ferrán lüego.

No era el viento de Tejas, pero en Nueva York también el amor endulzaba el aire. El azar me lo trajo con una chica tejana. ¿Quién sabe qué vueltas dio el famoso viento de Jaime? Quizá lo respiró allí mi amiga y por eso fue amable conmigo. Los vientos son libres, soplan cuando quieren y hacia donde quieren y lo único que cabe hacer es aprovecharlos cuando vienen de cola y tratar de arreglarse con ellos cuando son de cara. Y encontrar, si hay suerte, el que nos envuelva y lleve durante toda la vida.

Digo otra vez que aquellos viejos versos están bien interiorizados, asimilados y rebrotan en cualquier momento. Se me asomaron a mí, contemplando no hace tanto tiempo los olivos de mi tierra:
Úbeda,
al caer
la tarde.
Azogue y plata,
los olivares.
El esfuerzo
en los surcos
y el amor
en el aire.
Volveré siempre
y dejo
mi corazón
garante.

Son versos inspirados en los de Jaime, sin su gracia. Pero no son plagio, porque, en este caso, se cumple lo que decía de las coplas el otro Machado, Manuel: y cuando las canta el pueblo, / ya nadie sabe el autor. Aquí, el pueblo somos todos aquellos jóvenes estudiantes, que un día aprendimos un pequeño poema, escrito por uno de nosotros, una especie de hermano mayor, y ya no lo hemos querido o podido olvidar.

He escrito muy recientemente de una desviación que puede darse, más o menos consciente, en algunos obituarios: que sirvan de ocasión, con el pretexto de recordar al difunto, para hablar de uno, aunque sea al explicar la relación con el fallecido. No querría, en manera alguna, que este fuera mi caso. He hablado de Jaime, de mi relación con él, porque es la más poderosa razón que me ha llevado a traerle a estas páginas. Como dije al principio, no me atrevería a analizar el conjunto de su obra, porque no la conozco con el debido detalle. En los tiempos del Colegio me la sabía mejor, y pienso que su estilo se ha mantenido más o menos constante. De todas maneras, me siento obligado a dar algunos datos de su biografía, que resumiré muy brevemente.

Jaime Ferrán y Camps nació en Cervera (Lérida) en 1928 y en su juventud formó parte del grupo de poetas catalanes que integraron la llamada ‘generación del Medio Siglo’: Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goitysolo, Alfonso Costafreda, etc. Cuando vivió en el Colegio, ya había publicado algunos libros de poemas: Desde esta orilla (1952), Poemas del viajero (1953), Descubrimiento de América (1957), Canciones para Dulcinea (1959). Por el primero obtuvo un accésit en el prestigioso premio de poesía Adonais, de Editorial Rialp, en 1952, con sólo veinticuatro años.

En 1960 marchó como profesor de literatura a la Colgate University y en 1963 empezó en la Syracuse University. Ha publicado también en prosa, ha escrito ensayos sobre Lope y Josep Vicenç Foix y traducido, con su esposa Carmen, a Yeats, Ezra Pound y Mary McCarthy. En el 2001, Ferrán reunió sus recuerdos personales y literarios en Memòries de Ponent, escrita en catalán y galardonada con el Premio Gaziel, en donde cuenta su infancia, sus tiempos de estudiante en Barcelona y Madrid y sus años de profesor en Estados Unidos.

Es triste escribir obituarios. Llevo muy mal que se mueran mis amigos. Morirse uno es más sencillo, menos complicado, más cómodo. Y no hay que asistir a ningún funeral en donde alguien, sin gran experiencia personal directa, hable de lo bien que se pasa de muerto. En este tema, la suprema sabiduría la condensó la señora aquella que argüía: Bonito el cielo, sí, pero como en casa no se está en ninguna parte.

Más en serio: ir quedándose solo tampoco es nada bueno. En un relato mío, El reino de Ta, cuento lo siguiente: Piasta, el rey de los veranos gaélicos, en una edad ya avanzada quiso viajar a Tirnanoge, la tierra de la perpetua juventud, nunca visitada por la Muerte. Preparaba el viaje cuando se le presentaron unas hadas y le preguntaron: Rey Piasta, ¿te gustaría seguir viviendo cuando ya hayan muerto tus caballos y tus canes, los maestros que te guiaron en la vida, las mujeres que te dieron su amor, los armados compañeros de las batallas? ¿Te gustaría vivir en un mundo en el que no tendrás a nadie con quien compartir un recuerdo de infancia y mocedad? El rey se llegó hasta la ribera de un río y meditó las preguntas de las hadas. Al final, después de haberlo pensado mucho, decidió no ir a Tirnagoge, y dejarse morir, cuando le llegase su hora.

Sólo queda ya la esperanza de encontrar a Jaime en algún otro sitio. De que, finalmente, el viento de Tejas nos encuentre juntos y nos arrebate a los dos. Y a Carmen, claro. Y a los colegiales que pasaron por el Colegio y lo conocieron u oyeron hablar de él. Y a las mujeres que nos acompañaron en nuestras vidas. En fin, a todos. Con el amor ya afianzado y dueño definitivo e indiscutible del aire.

25 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (II)


En Otoño ya empiezan las filosofías, mala cosa. Cuando se es feliz, la vida —la naturaleza, la esencia de la vida— no preocupa gran cosa: se vive, simplemente. En el primer poema de este apartado, ya se ponen límites al amor, ya se habla de cosas imposibles. Durante una buena parte de la vida, lo imposible, en un cierto sentido, no existe. Un buen día se instala tal noción entre nosotros y ya no puede ser desterrada. Amamos lo imposible. / Buscamos más allá / de lo que ven los ojos / la última verdad / y nunca la encontramos, / se evade una vez más. Y un poco más tarde, aparece la odiosa, la obscena palabra: Envejecer es irse despidiendo / de todos y de todo. Envejecer es irse / poco a poco. La vejez puede ser otras cosas —puede ser la ocasión para vivir vidas que no fueron posibles antes—, pero repito lo que ya dije al principio: la poesía no demanda, ni tolera, ser analizada. La poesía es la gran sugeridora de temas, la ganzúa, la falsa llave, que es capaz de abrir puertas muy diversas, esa es su virtud.

En Invierno, se concretan los malos augurios avanzados en otros momentos; llega el final, el que se presume y anticipa desde el mismo principio. El poeta confiesa: No estaba preparado / para el final. Nunca lo estamos. /Llegó por la mañana. […] Vino la enfermera… / Se pararon dos ciervos / en el jardín. / Cuando nos lo dijeron / ya no estaban. Tú también te habías ido. No se puede aludir de forma más alígera y elusiva a la muerte. Unas páginas más adelante, Carmen ya está ausente, presente de otro modo, para siempre, definitivamente: Eres ahora / ya presencia encantada, / ceniza de aquel fuego / que nunca se apagara, / calor en el invierno / y murmullo del agua / en la tierra sedienta, / luz en la noche clara…

El libro es un lento canto a Carmen, cuyo rostro aparece sobre un fondo negro en la portada. Es una confesión sincera, una profesión rotunda e incondicional de amor, como quizá sólo hacemos a alguien que está ya en la otra orilla. Porque la percepción del amor se acrecienta y magnifica con la ausencia definitiva y uno se libera del pudor que impone la cercanía, el que permanece incluso en la entrega más rendida. En el libro, sin embargo, la tristeza nunca parece excesiva, está embellecida por el consentimiento y una resignación generosa y lúcida. Es una tristeza bella, una dulce melancolía, como corresponde a un poeta enamorado y agradecido, que conoce y valora el privilegio de una relación intensa, excepcional. La contención verbal y la delicadeza acompañan cada página del libro. Nada es exagerado o excesivo. Los recursos verbales son los justos y apropiados. Si alguien ha sugerido que el buen estilo literario está hecho de renuncias, aludiendo a la exclusión de lo innecesario y superfluo, se puede afirmar que ese es el estilo del poeta, sereno, horaciano.

Es también, sin proponérselo, una breve biografía, la historia de una vida, o de dos, como la de cualquiera de nosotros; por eso es tan entendible, tan compartible. Los detalles, los acontecimientos se narran sin intención, sólo para acompañar, para situar lo que va aconteciendo con los años, en torno a lo principal, a lo que de verdad cuenta, a lo único que importa: la permanencia del amor, la unión sagrada entre dos seres.

En una carta de hace bastantes años, la recientemente fallecida Carmen Balcells mencionaba a Jaime Ferrán, de quien era amiga desde su juventud, y me anunciaba el envío de ese libro suyo, Libro de Horas, al que calificaba como “pequeña joya”, el que he utilizado para espigar mis citas. Doña Carmen entendía de literaturas y me adhiero a su calificación del libro. En mi contestación le escribí: “Lleva usted razón, el libro es una joya. Su estilo es el de siempre: íntimo, tierno, sencillo y amable. Como él mismo. Leo sus poemas y vuelvo a oírle. Siempre nos saludaba llamándonos ‘viejo’, ‘maestro’, etc. En el Colegio, era un poco nuestro hermano mayor, el de todos. Le puedo asegurar que se le quería como a tal. En su casa eran diez hermanos, nosotros éramos doscientos”.

Porque yo había coincidido con el poeta, hace casi sesenta años, en un Colegio Mayor de Madrid. Al principio, era yo de los más jóvenes allí y él quizá el mayor, con su carrera terminada. Ya había publicado libros y eso le revestía, ante mí y ante todos nosotros, de una irrebatible magnificencia. Era además extraordinariamente accesible. Recuerdo que en una ocasión le pregunté que si sabía de la existencia de un Jaime Ferrán famoso —yo pensaba en Jaime Ferrán y Clua, el ilustre médico catalán que había diseñado algunas vacunas— y me contestó enseguida: Claro que sí, viejo, soy yo.

Mencioné antes un poema de Jaime que conocíamos todos en el Colegio. Era muy sencillo y corto y, cuando nos poníamos estupendos, lo que sucedía con frecuencia, lo recitábamos coralmente, en noches inolvidables, quizá después de haber asistido todos juntos a algún episodio de Los intocables, de Elliot Ness, que daban entonces en la incipiente televisión española. Eran impresionantes las doscientas voces declamando:              

Viento
de
Tejas.
Amor
en el
aire.
Jamás
podré
olvidarte.
Y dejo
mi corazón
en prenda.

Oigo el poema, todavía, con una acuidad que no tienen las voces y sonidos de ahora. No lo he olvidado; ciertas cosas no se pueden olvidar. Jaime estaba allí, sonriente y complacido. Nos había dicho muchas veces que el poema lo había escrito durante un concierto al aire libre, una noche de verano en Tejas, que era ya, también para nosotros, inolvidable, insuperable. Lo había escrito en el estrecho margen del programa y por eso era de versos tan cortos. Lector, créeme, si cierro un momento los ojos, lo vuelvo a oír, exactamente como entonces. ¡Qué misterio el de nuestros recuerdos!

Ese viento de Tejas era ya también nuestro, incorporado a nuestro inocente y virginal pasado. Y en Tejas, según certificaba nuestro querido Jaime, que tenía mucha más experiencia en todo que nosotros, el amor —ese amor por el que suspirábamos y que nos hostigaba entre clases y exámenes y siempre— estaba allí, en el aire; es decir, libre, ubérrimo, permeándolo todo, ofrecido a todos, para quien quisiera abrazarlo y apropiárselo. ¡Ah, Tejas, Estados Unidos…! ¿Cómo sería, en verdad, el viento de allí? ¿Y ese amor que habitaba en el aire? Habría que ir a ese país alguna vez, como había ido ya Jaime. Sí, habría que ir...
(continuará)

24 de febrero de 2016

En recuerdo del poeta Jaime Ferrán (I)


No hay manera de embridar y domeñar este blog. Antes me estaba sugiriendo temas continuamente y decidí callarlo un poco y hacer menos frecuentes y más cortas mis entradas, mis posts. Con lo primero sólo he logrado que se me acumulen los temas pendientes y en lo segundo he fallado con clamor. Además, de momento he de cambiar la estrategia y publicar dos o tres entradas seguidas de extensión desusada, porque llevan versos y esto las alarga, aunque casi siempre trataré de escribirlos en línea.

Se trata de algo excepcional, claro: ha muerto, el seis de febrero, un excelente y querido poeta, Jaime Ferrán y Camps, a quien ya mencioné en mi entrada del 6 de julio del 2014, y tengo que hablar de él, del único libro suyo que tengo ahora a mano, Libro de Horas, y de un cortísimo poema, al que me referiré después. No podría, ni es mi intención, escribir un estudio serio sobre su poesía. No sabría distinguir un ‘primer Ferrán’, ‘un segundo Ferrán’, etc., esas sutilezas que encantan a los críticos sesudos. Pero puedo hablar un poco de él como persona, porque tuve el privilegio de conocerle; y del libro que menciono, que es una joya. Es del año 2008 y está dividido en cuatro partes, las cuatro estaciones del año.

Lo escribió el poeta unos ocho años después de la muerte de su esposa, Carmen Rodríguez de Velasco. No existe una correspondencia exacta entre el tono de los poemas y la estación del año en que están encuadrados, más bien revelan un cierto orden cronológico, con versos que remiten a su juventud agrupados en Primavera, a su madurez en Verano, etc. Los versos de Invierno, en los que se refleja, y hasta se cuenta, la muerte de Carmen, son sin duda los más tristes. En conjunto, es un libro triste, impregnado de una única ausencia-presencia, en el que se refrenda y justifica la cita inicial, del gran poeta portugués Luis Vaz de Camões: Vi que todo o bem pasado não e gosto mas é mágoa (Vi que todo bien pasado no es gozo sino tristeza).

El primer poema del libro, en el apartado Primavera, describe de manera tajante el contraste entre lo que persevera y lo que se desvanece (reproduzco, sólo en este caso, la disposición tipográfica original, que no respetaré en el futuro, para no complicar y alargar excesivamente la longitud de la entrada):

No pasa la pasión,
                               pasa la vida.
El tiempo pasa
                         y al pasar
                                          nosotros
con él pasamos.
                           Pero
no pasa la pasión.
                              El mismo fuego
me abrasa todavía
cuando te veo,
                        cuando te recuerdo.

Digo que es un libro triste, pero se trata de una tristeza mitigada, suave, esa que algunos han llamado tristeza poética. Pasa la vida, pero hay cosas que permanecen. En realidad, también puede ocurrir justamente lo contrario, que pase la pasión y la vida se haga larga y pesada. Este es el tipo de análisis que no se puede hacer en poesía, en la que cuenta, no la estricta racionalidad, sino lo hondo y peculiar del sentimiento, lo que canta el poeta. Aquí lo único que importa es la música y la belleza, el descubrimiento de un mundo personal, profundo, no pautado y acomodado a la lógica. La expresión íntima e incontaminada de una realidad, que nace y se impone en las palabras. Jaime y Carmen vivieron en Estados Unidos: en un país distinto / que se ha ido / haciendo nuestro noche a noche… Y ya está dicho, ahí está ya todo, no hay nada más que explicar.

Todavía en Primavera, hay unos versos muy machadianos, de los de don Antonio: Pasan las mañanas / y las tardes lentas / en la sala clara, / en la oscura escuela / de bibliotecarias / donde tú me esperas / cuando el día acaba / y la noche empieza… Son versos sencillos, frescos, con la rima y el repiqueteo del ritmo bien presentes. Hay otros muchos así en el libro. Y otros distintos, de ‘arte mayor’, entre los que muestro uno de los más alegres, con Carmen siempre en el cuadro. Aquí se canta su presencia: Nuestro primer viaje fue a Granada, / que descubrí, de nuevo, a tu costado: / la roja Alhambra, el dédalo / de cámaras secretas, los jardines, / el laberinto del Generalife / entre fuentes que cantan, el palacio / del César, la oscura catedral / con los Reyes dormidos, las tendillas / el alegre Albaicín, la mansa vega, / los cármenes al pie de la sierra…

En Verano la felicidad se hace perfectamente posible y sólo se torna huidiza y frágil al recordarla, tantos años después; de momento es sólida, maciza, indestructible: Verano en Santander. La Magdalena / es como un barco lleno de estudiantes… Y entonces surgió la noticia: un profesor de la Colgate University visita Madrid en busca de licenciados españoles para impartir enseñanzas en Estados Unidos. Y cuenta Jaime, como si fuera un asunto menor: Así se interrumpió nuestro verano. / Así cambió de rumbo nuestra vida. Permitidme añadir aquí unos versos míos: Y el destino, / o el puñetero profesor americano, / nos robó a Jaime. Desde entonces, / sólo pudimos verle en ocasiones, / cuando venía a restañar la herida, / la deuda que contrajo con nosotros, / que lo quisimos tanto, cuando éramos / tiernos devotos de él y lo admirábamos. / Bueno, lo que cuenta, es que fuera feliz. / Con eso solo, estábamos contentos.

Pasó algún tiempo, con la felicidad intacta aún. Volvían los dos, Carmen y Jaime, a Madrid alguna vez: De regreso a Madrid, / en la vieja colina de los chopos / hallamos la paz resucitada, / el jardín recoleto / y en él “sólo el amor” / que encontró Juan Ramón. Vinieron una vez en barco, en el Covadonga, de Nueva York a Bilbao, y se trajeron su coche americano, un Chevrolet Corvair, de moda entonces: Llevábamos a bordo / el Corvair, nuestra casa / pues que no la teníamos. […] En el blanco Corvair / íbamos y veníamos / de Barcelona al mar. ¡Cómo entiendo estos recuerdos del poeta! Mi coche en Nueva York era un Rambler. Cuando alguien me pregunta ahora si deseo todavía alguna cosa, respondo: Sí, volver a tener veinticinco años y recuperar mi viejo Rambler, que tiene que estar todavía en alguna parte; lo demás no me interesa.
(continuará)

29 de diciembre de 2015

Sobre el 'zampone', las lentejas y el Capodanno


Palabras clave (key words): zampone, Pico della Mirandola, capodanno, lentejas.

Ya conté en este blog que gocé del pan y el vino del cardenal Albornoz por haber sido alumno del Real Colegio de San Clemente de los Españoles en Bolonia, fundado en el siglo XIV por este ilustre prelado, del que Menéndez Pelayo escribió que fue “uno de los españoles más grandes de todos los tiempos y, como talento político, el primero”.

Y allí gusté por primera vez el llamado zampone, que, desgraciadamente, no dejaba de ser comida inhabitual y algo extraordinaria en el colegio. También supe entonces que era, asociado a las lentejas, una cena típica de fin de año en Italia, sobre todo en la Lombardia y la Emilia-Romagna. Su nombre deriva de zampa, la pata delantera del cerdo y es justamente esa parte del animal, deshuesada —salvo unos pequeños huesos de los pesuños para remedar la anatomía original—, rellena y reconstruida. El relleno puede variar, pero suele ser carne magra seleccionada de la espalda, pata y cuello del cerdo, junto a piel tierna, carrillada y panceta.

El zampone tiene su leyenda, ya que habría nacido exactamente en el año 1511 en Mirandola, provincia de Modena, plaza fuerte de Giovanni Pico della Mirandola, aliado de los franceses, durante su asedio por las tropas del papa Julio II. El sitio se prolongó durante semanas con las consiguientes penurias entre los sitiados. Estos, esperando la guerra, habían guardado bastantes cerdos en la ciudad, pero era imposible alimentarlos y se decidió sacrificarlos, aunque no se pudiera conservar una gran parte de su carne. Fue entonces cuando uno de los cocineros de Giovanni se presentó a él y propuso embutirla en la piel de sus propias patas, con lo que se evitaría la pudrición. Parece que sucedió así, aunque finalmente se capituló el día veinte de enero y quizá las tropas papales se dieron también el gran festín, junto a los sitiados. Si ocurrió esto, no habría sido un mal final para esa guerra, para cualquier guerra. Mucho mejor, no empezarlas nunca.

En las leyendas no hay que extrañarse de nada y tolerarlo todo. Porque la verdad es que Giovanni Pico della Mirandola, el famoso humanista, en el 1511 llevaba ya diecisiete años muerto. Seguramente se trata de otro Giovanni, aunque en donde leo la noticia se le llama Fenice degli Ingegni y eso sólo puede apuntar al eximio filósofo, al personaje histórico, que murió en el 1494, con treinta y un años, ingresado en un convento de dominicos, cuyo hábito vistió al final de su vida.

Lo de las lentejas de la cena de capodanno es otra historia. Una tradición que se remonta al tiempo de los romanos, las consideraba como alimento que trae buena suerte, sin que se sepa bien la razón. Galeno las consideró de alto valor nutritivo, el filósofo Sopatro creyó que tenían propiedades cosméticas y el propio Ovidio las menciona como utilizadas en máscaras de belleza y, mezcladas con miel, en cremas contra quemaduras causadas por el sol. Catón y Plinio remarcan igualmente sus virtudes nutritivas. Parece que los romanos solían regalar saquitos llenos de lentejas para desearse buena suerte. También guardaban con el mismo fin granos de trigo en los bolsillos. En griego clásico, la mala suerte es nombrada kakôs y el nombre de la lenteja es phakôs. Por cierta clase de magia, el cambio de una palabra a la otra podría hacer que cambiara el destino, que la mala suerte se trocara en buena. Simplemente, por comer lentejas. No parece muy lógico todo esto, pero no se pretenda una racionalidad extrema en estos asuntos.

En cuanto a su riqueza en hierro, su valor ha sido exagerado, pero es cierto que este metal se encuentra en las lentejas, en forma inorgánica y junto a otras sustancias, que pueden dificultar su absorción en el intestino. Es mucho más beneficioso el hierro llamado hémico, el proveniente del hemo, el grupo prostético de la hemoglobina, mioglobina  y otras proteínas animales. Así se encuentra en la sangre y en todos los alimentos ricos en fibras musculares.

Un dato más: el zampone se puede conseguir en Madrid; si alguien quiere saber dónde, le informaré encantado. Amigos lectores, ¡feliz año nuevo!

29 de septiembre de 2015

Salamanca, Galicia y la creación del mundo


Palabras clave (key words): huerto de Melibea, mirador de Cotorredondo, creación del mundo.

Me escapé unos días a Galicia, huyendo del inevitable tratamiento mediático de las elecciones en el avispero catalán. Estaba ya at the end of my rope, como dicen los americanos; hasta el gorro, que diría un castizo. De todos: aburren a las ovejas. Tenía cita en Salamanca con amigos canadienses que iban de Oporto a Munich, en coche. Hace tiempo, escribía sobre mis viajes —algunos de los relatos están recogidos en mi libro Silva epistolar—, pero ahora me cansé, por lo que sólo hablaré muy poco de este.

Salamanca, como siempre: la alegría, la bulla, la juventud y casi, casi, la felicidad, una cierta forma de la felicidad, en la Plaza Mayor; sobre todo si se llega al atardecer, cuando la piedra franca de Villamayor se transmuta en oro. Con las muchachas en flor, sentadas despreocupadamente en el suelo y con los chicos discretamente al acecho, a su sombra, como ha sido siempre. He venido aquí muchas veces y siempre me es grato retornar. Estuvimos un buen rato en el huerto de Melibea, en el que entró Calixto persiguiendo un halcón, como quizá recordéis de La Celestina, y así empezó todo. Estas cosas pasan. Es un sitio tranquilo, al lado de un albergue de peregrinos, desde el que hay espléndidas vistas de la catedral y de la ciudad.

En la entrada al huerto, un busto de Celestina, con palabras tomadas del “aucto dozeno” de la inmortal obra, que no dejan de ser justas y verdaderas. Cuenta la vieja a Sempronio, criado de Calixto: Que soi una vieja cual Dios me hizo, no peor que todas. Bivo de mi ofiçio, como cada cual ofiçial del suyo, mui limpiamente. A quien no me quiere no le busco. De mi casa me vienen a sacar, en mi casa me ruegan. Si bien o mal bivo, Dios es el testigo de mi coraçon”. Por Dios, ¿no es atinado y correcto su discurso? Por no hablar del estilo: la vieja sabía hablar, eso no lo duda nadie.

De Galicia podría contar miles de cosas. Sólo mencionaré la visita al mirador de Cotorredondo, llamado también de las tres rías, en el municipio de Vilaboa. Asistí allí, hace muchos años, a la propia creación del mundo, y, naturalmente, quería repetir esa experiencia. No fue fácil —voy sin GPS, quizá con él la empresa habría resultado más hacedera—, porque en España, a veces, las señales de tráfico son inexistentes o de difícil, o imposible, interpretación. En Galicia, alejarse de las autovías es pasar al otro lado del espejo, entrar en un país enmarañado y de ensueño, donde es un gozo perderse. Mi mapa, detallado, última edición, ayudó poco. Pero pudimos llegar al mirador.

Y allí, otra vez el milagro: las tierras y las aguas aún sin separar, como antes del segundo día de la creación, cuando Dios dijo: Acumúlense las aguas de debajo de los cielos en un solo lugar y aparezca suelo seco (Génesis, 1, 9). Se puede ver el mundo como era antes de ese día. No se sabe hacia dónde cae el mar, el océano, y hacia dónde la tierra, todo está mezclado y confuso, como estuvo en el caos original; no existían todavía los puntos cardinales. Sólo si va uno con un indígena avezado, un mentor gallego de por allí, puede distinguir las tres rías: Arousa, Pontevedra y Vigo.

Todo ha sido como la primera vez, cuando era joven. Hay algunas cosas, pocas, que no cambian y nos hacen pensar que vivimos en un mundo eterno. Hice fotos, pero ni las muestro: imposible trasladar ese paisaje. Cuando se separaron las aguas de las tierras, debieron de sobrar algunas piedras enormes, aisladas, que siempre he pensado que son las que están en la sierra de Grazalema, en Cádiz. No sé cómo llegaron allí.

Estuvimos en O Grove, en Illa da Toxa. La leyenda cuenta que un párroco de San Martiño llevó a la isla, deshabitada entonces, un borrico con una enfermedad incurable de la piel, para dejarlo morir. Volvió, pasado un tiempo, para enterrarlo y lo vio vivo, feliz y rozagante, bañándose en unos lodos calientes que brotaban de la tierra. Así se descubrieron esas aguas termales. Galicia es toda leyenda. Un libro de la mítica Austral: Las leyendas tradicionales gallegas, de Leandro Carré Alvarellos. Por si te interesa, lector.

1 de septiembre de 2015

Inexistente fuga de Clemente VII del castillo de Sant'Angelo


Palabras clave (key words): Bomarzo, Georg von Frundsberg, Cola di Rienzi, Gil de Albornoz.

Confesé ya otra veces que no tenía, al empezar este blog, ningún plan o programa preconcebido con obligación de cumplirlo. Tampoco lo he tenido después. Lo que no quiere decir que no haya una cierta estructura en su desarrollo, alguna escondida lógica que explique la secuencia de las entradas del mismo. En general, derivan de mis lecturas del momento y otras lecturas más antiguas a las que aquellas me remiten.

Estoy releyendo —ahora, como le sucede a otras personas de mi edad, releo más que leo, porque me interesa poco la literatura contemporánea— una extraordinaria novela de Manuel Mujica Láinez, Bomarzo y aquí tengo que intercalar una muy sentida recomendación al lector, por la que pido disculpas: Si no has leído esta novela, deja lo que estés haciendo, abandona tu casa y tu familia —bueno, tal vez esto no sea absolutamente necesario— y vete a la librería más próxima a comprarla o robarla, si estás apurado.

Durante el famoso saqueo de Roma por parte de tropas españolas y alemanas, en 1527, el Papa Clemente VII pudo huir desde el Vaticano al castillo de Sant’Angelo por corredores secretos. En la novela se cuenta que también huyó después del castillo hasta Orvieto “disfrazado de buhonero, con un solo acompañante”, gracias a la ayuda del cardenal Pompeyo Colonna. La situación era como para huir, porque al mando de las tropas teutonas venía Georg von Frundsberg —luterano, para quien el Papa era la encarnación del mal y el verdadero Anticristo— “blandiendo una soga con la que juraba ahorcar al vicario de Cristo”. El irascible perseguidor murió de una apoplejía y no pudo culminar su inocente propósito. Así es la vida, llena de frustraciones.

La novela de Mujica es de las históricas, lo que obliga a ser extraordinariamente cauto a la hora de creerse las cosas que se narran en ella. El autor fue persona muy culta y las inexactitudes en su obra no derivan de ignorancia de los hechos, sino de su intención estética y su designio de relatar la historia de una determinada manera. Lo cierto es que Clemente VII no huyó del castillo de Sant’Angelo, que dicha fuga no existió. En la realidad los acontecimiento fueron como reseño a continuación.

Las habitaciones destinadas al papa y a los cardenales estaban en el segundo piso del castillo y su custodia, educada, respetuosa, fue encargada a veteranos españoles venidos de Nápoles, al mando de Hernando de Alarcón. Había una gran preocupación por evitar cualquier evasión, por las funestas consecuencias que podrían derivarse para los propios evadidos, si caían en manos de tropas imperiales sin control, enzarzadas en el saqueo de la ciudad. Sólo el cardenal Trivulzio intentó escaparse, disfrazado de mercader, pero fue interceptado y reducido sin ulteriores represalias.

No hubo fuga del Papa. Clemente VII abandonó Sant’Angelo sólo tras firmar los pertinentes acuerdos con el emperador. Sí es verdad que salió de incógnito, mezclado con los capitanes españoles, para evitar ser reconocido por los lansquenetes, que no habían recibido aún su soldada y estaban muy agresivos. Pero huyó mediante trato pactado con el Príncipe de Orange, perfectamente conocido y avalado por Carlos V.

De manera parecida, cuenta Mujica, había intentado huir doscientos años antes Cola di Rienzi, con ropas de faquín y un colchón sobre la cabeza, pero fue reconocido por el brazalete de oro que llevaba. Y aquí ya surgió una de esas oscuras asociaciones que vertebran este blog. Porque Cola di Rienzi tuvo relación con un cardenal español que me es próximo: he comido su pan y he bebido su vino. Hablo de Gil de Albornoz, fundador del Colegio de San Clemente de los Españoles en Bolonia —la dotta, la grassa, la rossa—, en el que pasé algún tiempo de mi juventud. Los dos personajes son del siglo XIV y tengo que hablar de ellos en otra ocasión. Aviso ya de que no hay que confundir a este Albornoz con el también cardenal Gil Carrillo de Albornoz (1579-1649), hombre de confianza de Felipe IV y Gobernador unos años del Milanesado.

25 de agosto de 2015

Cumpleaños de Jorge Luis Borges


Palabras clave (key words): cumpleaños de Borges, Macedonio Fernández, Joaquín Soler.

Hoy, 24 de agosto de 2015 —lector, esto aparecerá en el blog mañana—, Jorge Luis Borges cumpliría 116 años, una longevidad extrema, pero no imposible para los seres humanos. Estoy seguro de que a él no le habría gustado llegar a tan viejo. Al cumplir los ochenta y cinco, ya decía que se ‘avergonzaba’ de haber llegado a esa edad, que estaba abusando. Ha sido tan estudiado que no diré aquí una sola palabra sobre su literatura y sólo dejaré constancia de que es uno de mis preferidísimos escritores, porque adoba su obra con los inestimables dones de la inteligencia y la cultura. La literatura puede, y en muchos casos debe, ser así. ¡Feliz cumpleaños, maestro!

Hay cosas que se pueden decir sólo cuando uno es Borges. Entonces se puede mentir, se puede falsear la realidad, porque es obvio que el lector entenderá, no se dejará engañar. Así, por ejemplo, cuando dice: “A mí personalmente no me gusta lo que escribo. Me he resignado, pero eso no quiere decir que lo apruebe”. Todo el mundo sabe cómo hay que interpretar eso. Pero lo traigo aquí para hacer una breve reflexión:

Pienso que el escritor —cualquiera, por insignificante que sea— cree en su obra, en su estilo, en su manera peculiar de escribir. Uno quiere hacer algo bello y lo intenta con esfuerzo y lo mejor de su arte y está convencido de que lo que escribe está bien, aunque, claro, puede estar equivocado. Por ello reclama con urgencia el juicio imparcial de sus lectores y de los críticos, para convencerse de que sus patrones estéticos son los adecuados, de que está en el camino correcto. Lo cual es perfectamente compatible con la conciencia de sus limitaciones, de que siempre habrá maestros inalcanzables. Sólo en algún escritor mercenario es pensable que pueda producir obras que no le satisfagan, por la imperiosa necesidad de cumplir compromisos editoriales.

Leer a Borges siempre fue para mí una verdadera fiesta, un paseo por el paraíso. Escucharle multiplicaba ese placer, porque era un conversador excelente, con una finísima ironía, con muy sutil retranca. Como Josep Pla, como Álvaro Cunqueiro. Todavía recuerdo la entrevista en TVE con aquel magnífico periodista, Joaquín Soler, en su programa A fondo.

He visto a Borges otras veces. Me viene a la memoria una entrevista en la que él contaba una conversación con el escritor Macedonio Fernández —amigo íntimo, inteligentísimo, que lo impresionó más que ningún otro, según confesó— y que ya mencioné en mi entrada del 14/12/2013, en este blog. Estaban oyendo tangos y Borges le preguntó: “¿Por qué no nos suicidamos para acabar con esta música?”. El entrevistador, también sagaz esta vez, replicó: “Pero por fin no se suicidaron”. A lo que respondió Borges, displicente: “No sé si nos suicidamos..., no me acuerdo”.

No recordaba. Hay muchas clases de muerte y algunas son irreconocibles; de manera que puede uno llevar años embarcado en una de estas defunciones silenciosas sin saberlo. Son vidas sin sorpresas, sin esperanzas, sin felicidad. Sí, esa felicidad humana incompleta, frágil, sin la que, a pesar de todo, es duro vivir. Una de las frases más repetidas de Borges es ese lamento: “He cometido el peor pecado que uno puede cometer; no he sido feliz”. Lector, estoy convencido de que era una pose, una ironía borgiana. Bastaba mirar su cara, ya de ciego, para comprender que no era verdad. Una vez dijo que se sentía más feliz de mayor que de joven. Los jóvenes pueden permitirse ciertos lujos, añado yo. Y también dijo: “He observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso. […] Uno debe ser feliz, no por uno mismo sino por las personas que lo quieren”.

Citaba yo en mi entrada anterior una cierta utopía: la posibilidad de un gobierno universal. A Borges le preguntaron una vez si creía que se podría lograr alguna vez la integración latinoamericana y respondió: “Y no solamente esa integración, sino la del planeta entero”. Se sentía ciudadano del mundo y en verdad lo era.