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14 de mayo de 2017

Croniquillas de viaje pendientes


Amigos lectores, tengo que contar lo que me pasa con este blog y me ampararé en una conocida coplilla popular, que algunos atribuyen a Antonio Machado, lo que resulta altamente improbable: Ni contigo ni sin ti / tienen mis penas remedio; / contigo porque me matas, / y sin ti porque me muero. Lo explico enseguida.
Dejé de escribir el blog, aunque siempre dije que no sería una retirada definitiva, porque me sorprendí más de una vez hablando con él y planeando temas o proyectos. No quería yo —a mis años, cuando se busca la libertad que fue imposible durante casi la entera vida— una relación que supusiera cualquier tipo de obligación. Así, he estado un mes sin escribir ninguna entrada y todo el mundo tan contento: mis lectores y yo.
Pero empieza otra vez el ronroneo. Los temas de actualidad, que trato de evitar cuidadosamente, se han hecho tan pintorescos, que cuesta trabajo no pararse y dedicar alguna glosa a tanta majadería. Sobresale un proyecto de encuesta de la Generalitat, preguntando el parecer de los ciudadanos catalanes sobre la conveniencia de no obedecer siempre la ley. Lo podrían enriquecer aún más inquiriendo sobre la aceptación popular de robar alguna vez, asesinar de vez en cuando, violar en determinadas circunstancias, etc.
Lo de viajar y contar las cosas es distinto y más goloso. Acabo de visitar de nuevo la provincia de Granada, la Alpujarra, la costa, etc., y me gustaría compartir algo de mis impresiones. Recuerdo, sin embargo, que dejé pendiente una croniquilla sobre un viaje del año pasado a Las Hurdes —posterior al de Batuecas, al que dediqué seis de mis últimas entradas— y creo que cumple hablar antes de ello. Podré así rememorar la figura de un excelente cirujano y escritor español, José Goyanes Capdevila (1876-1964), que perteneció al grupo que Gregorio Marañón reunió para acompañar al rey Alfonso XIII en su famosa visita a esa región. Me parece justo, porque a Marañón lo conoce todo el mundo, pero no así a Goyanes. Además fui compañero en mi hospital de un hijo de este último, cirujano también, que me regaló algún libro de su padre.
De mi reciente viaje a Granada, sólo adelantaré otra famosa y conocidísima coplilla, presente en más de un sitio de la ciudad, cuya autoría no es tan evidente: Dale limosna, mujer, / que no hay en la vida nada, / como la pena de ser / ciego en Granada. El autor fue un mejicano, Francisco de Icaza y Beña (1863- 1925), crítico y poeta afincado en España, casado con una española criada en Granada. Su hija Carmen de Icaza, fue una popular novelista. Carmen Díez de Rivera fue nieta de este mejicano y el actual ministro de educación, Íñigo Méndez de Vigo, es bisnieto.
Resumiendo: sin prisas, sin compromisos, hablaré, cuando sea, de un viaje a Las Hurdes y luego de otro a Granada. Con toda la literatura y elucubraciones anejas, claro. En fin, que seguiremos asomándonos aquí, de vez en cuando. Un cariñoso saludo a todos.

6 de marzo de 2017

Viaje a las Batuecas (6 de 6)


Dije que se podían distinguir tres visiones distintas del valle o región de las Batuecas y ya he descrito dos: la tenebrosa, poblada de salvajes y demonios, y la idílica, impregnada de misticismo e inmersa en un proceso de sacralización de la Naturaleza. Existe una tercera, parecida a la segunda, en la que la leyenda se enlaza y revitaliza con el nacimiento o renovación del mito del ‘buen salvaje’—el hombre es bueno por naturaleza y es la civilización la que lo corrompe— y el triunfo literario del Romanticismo, cuyo siglo de oro es el XIX, con alta difusión sobre todo en Francia, y que en las Batuecas es como una reliquia de la vida eremítica desaparecida.
Los orígenes del mito del buen  salvaje no nacen con Rousseau, Gueudeville o el pensamiento francés revolucionario del siglo XVIII, sino que muchos lo retrotraen al descubrimiento de América, cuando aparecen tribus y hombres nuevos, que obligan a reconsiderar la situación del ser humano fuera de las sociedades establecidas según nuestro modelo de convivencia europeo, llevando a la meditación moral y filosófica sobre el particular. El Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, de Jean-Jacques Rousseau, del año 1755, es muy posterior a todo esto. Antes, en 1721, el barón de Montesquieu (1689-1755) había escrito, en sus Cartas persas, que “los españoles han hecho hallazgos inmensos en el Nuevo Mundo y no conocen todavía su propio continente: existe sobre sus ríos tal puente que no ha sido aún descubierto, y en sus montañas naciones que les son ignotas”. Se refiere obviamente al viejo mito tantas veces descrito de las Batuecas. Todavía anterior es el Diálogo o conversaciones entre un salvaje y el barón de la Hontan, del francés Nicolás Gueudeville (1652–1721), publicado en 1704, en el que ya se recoge el mito del buen salvaje, con medio siglo de antelación a la citada obra de Rousseau. 
El espíritu del Romanticismo reinventa lo que de desierto, yermo o Tebaida tuvieran ciertos lugares santos para las personas de mentalidad religiosa. En el caso de las Batuecas, la difusión de la leyenda sigue teniendo un cauce literario, que mostraré, en el que perviven los fulgores épicos del mito: Paraíso, Edén, Jardín de las Hespérides. Es una belleza no perceptible para todos, sobre la que ya escribió el granadino Pedro Soto de Rojas en su críptico Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, de 1652. Más tarde, geógrafos, ingenieros y sociólogos empiezan a estudiar el caso y hacen una revisión de las comarcas de Batuecas y Hurdes.
Hay una novela francesa posterior que resume esta visión nueva del valle. Se trata de Les Battuécas (1816), de la aristócrata francesa Felicité du Crest de Saint-Aubin, condesa consorte de Genlis (1746-1830), traducida al castellano en Valencia (1826), con el título de Plácido y Blanca. La escritora George Sand en sus Memorias afirma que leyó ese libro de niña y que le hizo profunda impresión en su ánimo, influyendo más adelante en el curso de sus ideas. Los Batuecos, explica y resume la Sand, son una pequeña tribu que ha existido, en la realidad o en la imaginación, en un valle de España rodeado de montañas inaccesibles. A consecuencia de no sé qué acontecimientos, escribe, esta tribu se encerró voluntariamente en un lugar “donde la naturaleza le ofrece todos los recursos imaginables, y donde se perpetúa hace muchos siglos, sin tener contacto alguno con la civilización actual”.
Félicité de Genlis —adoptó de casada el título de su esposo— fue una mujer de vida intensa, que no puedo sino esbozar. Exiliada en Inglaterra durante el Terror, pudo volver a Francia en 1801, gracias a Napoleón, que se sirvió de ella como espía. Compuso la novela que nos ocupa a la edad de setenta años. Es la historia de Adolphe y Calixte, novios de la aristocracia francesa, obligados a huir cada uno por su lado ante el peligro de la Revolución. Adolphe y su padre llegan a una aldea perdida, situada en las Batuecas. Madame de Genlis, citando supuestas fuentes, pero sin nombrar a Lope de Vega, presenta la versión del dramaturgo como un hecho histórico y cuenta que el valle fue descubierto por el Duque de Alba. En la aldea, Adolphe conoce al verdadero protagonista de la novela, Plácido, prodigio casi sobrenatural, de belleza incomparable, fuerza inigualable y preclara inteligencia, prototipo mejorado del buen salvaje rousseauniano. Doña Blanca es una viuda de veinte años, no batueca, rica, bella como un ángel y llena de talento. La trama es complicada y el final no tan usual. Y no cuento más, porque esto se ha hecho ya demasiado largo.
A pesar de las inexactitudes históricas y geográficas, la novela, bien escrita, hace una comparación entre la vida idílica de la aldea —una utopía socialista anticipada, en la que no hay ni propiedad ni guerra— y las sociedades llamadas civilizadas, en las que reinan injusticias sociales, miseria, lujuria e hipocresía. Como dije, se respeta la leyenda primitiva de que hacia el año 1009, un desvío del torrente del Tormes, cerró la única entrada por la que podían penetrar los extraños al valle de las Batuecas, como si el cielo hubiera querido asegurar eternamente la tranquilidad y seguridad de los pacíficos habitantes de aquella soledad, quienes por la dulzura y la pureza de sus costumbres merecían sin duda atraer sobre ellos la protección divina. Los Batuecos vivieron así algunos siglos en el centro de España, extranjeros en su patria y separados del resto del universo. Olvidaron su lengua materna, sus antiguas costumbres, las leyes que eran ya inútiles y hasta su origen, abrazando un nuevo culto sin templos ni sacerdotes.
Los Batuecos no tenían ambición, ignoraban que tal pasión pudiera existir, y sus limitadas posesiones eran más que suficientes para sus necesidades. No creían que fuera posible la existencia de manjares más sabrosos que sus yerbas y sus frutos, ni licor más delicado que el agua fresca y pura de sus fuentes, ni habitaciones más agradables que sus chozas. Vivían en dulce unión, porque nada podía excitar entre ellos la envidia o la emulación; la fuerza no tenía ningún poder, sólo apreciaban la igualdad, la paz y la tranquilidad. No habían visto nunca dar coronas al más osado, al más valiente o al más ingenioso. No ignoraban enteramente que existían otras criaturas fuera de los límites de su imperio, porque las habían divisado muchas veces desde lo alto de sus peñascos, pero el temor y la indolencia los tenían fijados para siempre en su tranquilo recinto.

2 de marzo de 2017

Viaje a las Batuecas (5 de 6)


Abandono la digresión sobre el Paraíso y prosigo con la conformación de la nueva idea sobre el valle de las Batuecas, en la que se destierra definitivamente la concepción demoniaca del lugar y, por el contrario, se cimenta la imagen amable y paradisiaca del mismo. Vuelvo a citar a Tomás González de Manuel, quien en el  prólogo de su obra ya citada explica que se pone a escribir la obra para contestar a alguien que le pide información sobre la región, y se queja: “esta ficción de las Batuecas está de tal suerte introducida, que ya la tienen por asentada y verdadera, sin haber quien nos desengañe”. […] “Y así me fue preciso el escribir este corto tratado, para desengaño de este sujeto y de aquellos que viven en el mismo error”. También se hace una pregunta retórica, pero pertinente: Desde La Alberca, ¿cómo pudieron estar tantos siglos sin descubrir ese valle, no habiendo mar ni río, no otro impedimento que lo estorbase?
Explica el autor que estas peculiaridades que se cuentan del lugar, junto a la falsedad de los salvajes y demonios, es anterior a la llegada de los carmelitas al convento fundado. “Yo traté y comuniqué con personas de toda fe y crédito de esta tierra, que conocieron lo de las Batuecas antes de fundarse en ellas el convento dicho y de que los religiosos de él hubiesen venido por esta tierra.” “No he hallado persona que de tal descubrimiento se acuerde, ni lo haya oído decir, ni en los libros de bautizados, que los hay bien antiguos, hay noticias de nadie nuevamente convertido”.  
En el capítulo IV de la obra cuenta: La fertilidad del suelo de este valle es tan abundante, que algunos han dicho que es remedo del Paraíso Terrenal, y lo parece por la fragancia de tanta flor de albaca, cinamomos, arrayanes, cedros, cipreses, naranjos, limones y frutales, aceite y vino, todo lo da el valle, aunque pan nada… Las aguas en abundancia, muy delicadas y cristalinas, en cuyos arroyos hay abundancia de truchas y peces. Sólo reconoce la inexistencia de tierras aptas para el cultivo de trigo u otros cereales.
No es sólo Tomás González: los propios monjes del Santo Desierto de San José idealizan también el territorio en que viven, que pasa así, de ser un lugar tenebroso, habitado por hombres salvajes adoradores del demonio, a constituir un marco idílico en donde el hombre puede reencontrarse con dios en una refundación del Edén. En un siglo crearon los carmelitas seis ‘desiertos’ en España, siendo el de Batuecas el tercero, tras Bolarque y Las Nieves en Málaga; el plan formaba parte del nuevo espíritu de la Contrarreforma. También se fundaron ‘desiertos’ en Italia, Francia, Austria, Portugal.
Alonso de la Madre de Dios fue el primer carmelita que visitó el valle en 1597. Tomás de Jesús, recién elegido Provincial de Castilla la Vieja, ya había sugerido la creación del yermo batueco y sabiendo que fray Alonso iba a cortar leña a San Martín de Castañar, próximo al lugar, le pidió que preguntara, sin descubrir el propósito, si había un sitio apropiado para la fundación. Luego el propio fray Tomás quiso ver la zona y marchó a La Alberca. Los lugareños ya hablaban de la leyenda citada, pero no la creían naturalmente, y se extrañaban de que los monjes preguntaran por hechos relacionados con la misma.  
No se habla ya, pues, de demonios o salvajes y fray José de Santa Teresa en su Historia General de los Padres Carmelitas Descalzos, Madrid, 1693, describe el encantador paisaje. Leo la cita en inglés, que traduzco, en Sacred space in Early Modern Europe, de Will Coster and Andrew Spicer, 2005, en el capítulo 10, Jardineros de Dios, los desiertos carmelitas y la sacralización del espacio natural en la España de la Contrarreforma: Pequeños manantiales de varias partes descienden de las montañas buscando el río […] multitud de árboles del bosque, hermosos barrancos por la variedad de plantas, todo en un profundo silencio venerando la Suprema Majestad.
Fray Tomás de Jesús (1564-1627) concibió la idea de comunidades medio cenobíticas y medio eremíticas. El número de religiosos en cada desierto era de veinticuatro, los eremitas habitaban en rocas, cuevas y hasta en habitáculos arbóreos. Tenían una dieta mínima, sin carne, sólo para sostener la vida. No podían abandonar sus celdas sin permiso. Escribió un tratado de más de 900 páginas, publicado en Amberes, en 1613: De procuranda salute ómnium gentium, schismaticorum, haereticorum, iudaedorum, sarracenorum, caeterorumquen infidelium libri XII. (Para procurar la salvación de todas las gentes, cismáticos, herejes, judíos, sarracenos y otros infieles).
A mediados del siglo XVII la región es objeto de una potente acción eclesiástica; a partir de 1654 también por parte de los Jesuitas. Hay textos que descubren su belleza y su afinidad con el Paraíso. La primitiva leyenda está ya en decadencia; queda sólo como recurso sarcástico, tal que en el muy posterior artículo de Larra, Carta a Andrés, escrita desde las Batuecas por El Pobrecito Hablador, que es de 1832.
Para terminar, traeré aquí unas palabras de Sor Cecilia del Nacimiento Sobrino de  Morillas (1570-1646): Descripción de nuestro desierto de San José del Monte, en Batuecas: “Dios ha dispuesto un nuevo paraíso poniendo a la luz una segunda demostración de la admirable sabiduría de su amistad”. El mito de belleza paradisíaca y exotismo sobrevivió en una tradición secular que hermoseó la flora y fauna del lugar y motivó incluso una expedición científica para estudiarla en 1857: Expedición científica y artística a la Sierra de Francia, relatada en una memoria publicada en 1883 en el Boletín de la Real Academia de la Historia. Esta política de los desiertos duró algo más de cien años.  La mayoría de ellos se disolvió en los siglos XVIII y XIX.
(continuará)

26 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (4 de 6)


Una de esas nuevas visiones del valle de las Batuecas, a las que aludía en mi anterior entrada, se inicia con la fundación de un convento de Carmelitas Descalzos, el Santo Desierto de San José de las Batuecas, entre La Alberca (Salamanca) y Las Mestas (Cáceres), en 1597 por fray Tomás de Jesús, en el que se ofició la primera misa el día cinco de junio de 1599. Algunos pensaban, como ya dije, que la zona estaba poblada por restos de los árabes expulsados — alarbes, como escribe el historiador Luis Cabrera de Córdoba (1559-1623)— y se contaban los hechos fantásticos que ya referí. Fue Pedro García de Galarza (1538-1604), obispo de Coria, quien dio la licencia para la fundación del convento, que se crea porque en los años 1590s los carmelitas descalzos empezaron a fundar los llamados desiertos o yermos en áreas rurales remotas, movidos por la vocación eremítica del primitivo Monte Carmelo. Se vive entonces en la Orden una especie de nostalgia de un paraíso perdido y se siente la necesidad de sacralizar el espacio de los penitentes; esto coincide con un cambio, una crisis, en el sentir de los europeos respecto a la relación con el mundo natural, justamente al principio de lo que podría considerarse la revolución industrial, que supone una diferenciación entre la admiratio mundi y la dominatio mundi. Es un rasgo de la mentalidad monástica típico de la Contrarreforma: la infusión de un sentido sacro en el desnudo ambiente del desierto. Se piensa en la Naturaleza como la casa que ayuda a la vida devota.
Se vuelve a hablar entonces del Paraíso Terrenal y se lanzan diversas ideas sobre su posible localización. De hecho, una razón por la que estoy escribiendo sobre las Batuecas es lo leído en un periódico local —cuando viajo me gusta hojear la prensa del lugar— en el que se habla del valle de ese nombre “como un jardín o edén, en el cual incluso, como hizo el escritor jesuita Juan Eusebio Nieremberg, se ha situado y localizado el propio Paraíso Terrenal” (sic), aquel donde vivieron nuestros primeros padres. Como se ve, la visión del lugar pasa de ser concebido como un lugar habitado por demonios a transformarse en un auténtico Edén. El cambio no puede ser más radical. Todo esto me hizo buscar en literatura antigua, la del siglo XVII.
Comprobé así que en realidad el jesuita Nieremberg nunca afirmó que el Paraíso Terrenal pudiera haber estado en el valle del que hablamos. En la omnisciente red pude encontrar lo dicho por el jesuita en sus Obras philosophicas del Padre Juan Eusebio Nieremberg de la Compañía de Jesús, vol. 6, y dedicaré unas líneas a su discurso. El autor critica la idea de que el Paraíso estuviera en Ceilán (actual Sri Lanka), “como refieren Horta Argensola y Ludovico Romano y en la que creen los naturales de allí”. Cuenta Nieremberg que hay en esa isla una cumbre que llaman Pico de Adán en la que existe una huella de pie de unos dos palmos, que sería la del propio Adán, del que dicen que allí lloró e hizo penitencia. También hay un árbol mediano que algunos piensan que es el Árbol de la Vida o de la Ciencia, y afirma tajantemente el jesuita: “ni de uno ni de otro lo creo, fuera de que el Paraíso ha de caer por Mesopotamia”.
O sea, el Paraíso no estuvo en Ceilán, sino que seguramente hubo de estar en Mesopotamia. Nieremberg no excluye la posibilidad de que todavía perviva en alguna parte oculta del mundo y se enfrenta a los que niegan esa posibilidad. Y es entonces cuando menciona a las Batuecas (actualizo su castellano): El argumento que hacen algunos para negar la permanencia del Paraíso […] de que no se halle ahora […] aunque parece fuerte no concluye, pues vemos que, en medio de España, se nos ha encubierto por inmemoriales años unos valles que llamamos ahora las Batuecas, sin saber nosotros de ellos, ni los que estaban allí de nosotros, criándose en aquel espacio breve como bestias, sin religión, sin noticias de más mundo, y pues si en la frecuencia del mundo, sin extraordinaria providencia del cielo, se nos ocultó aquella tierra hasta estos días, qué mucho si el Paraíso se nos escondiese por singular consejo de Dios, y ministerio de los Ángeles. Nieremberg no postula tampoco, pues, las Batuecas como posible localización del Paraíso, sino que pone su ejemplo para indicar sencillamente que el Paraíso podría estar escondido y ser hallado todavía en algún momento futuro, como se encontró este valle en la propia España.
Mucho más tarde, es el Padre Feijoo quien toca el tema de un posible descubrimiento del Paraíso. Se muestra contundente: “Hoy, que no hay porción alguna de tierra donde verisímilmente pueda colocarse el Paraíso que no esté hollada y examinada por innumerables Viajeros, y Comerciantes Europeos, carece de toda probabilidad la opinión que le juzga existente”. Enfangado yo en el tema, encuentro una ubicación curiosa del Paraíso en el pasado, pero no en Mesopotamia, ni siquiera en Europa, sino en el Nuevo Mundo, en América del Sur. Lo leo en Hombres y documentos de la filosofía española, volumen cuatro, de Gonzalo Díaz Díaz y se trata de la hipótesis de León Pinelo, en la que me detendré un momento.
Antonio de León Pinelo, de ascendencia judía —su abuelo, el médico Juan López, había muerto en la hoguera—, nació en Lisboa en 1590 y con dos o tres años pasó con sus padres a Valladolid y luego a Córdoba (Argentina). Completó estudios superiores en la Universidad de Lima y en 1623 regresó a España y fue nombrado Cronista mayor de las Indias, en 1658. Amigo de Nieremberg, Lope y Ruiz de Alarcón, escribió El Paraíso en el Nuevo Mundo, entre 1640-1650, en dos volúmenes de 239 y 288 hojas, en los que se esfuerza con muchos argumentos en situar el Paraíso Terrenal en la zona amazónica regada por los ríos de la Plata, Amazonas, Magdalena y Orinoco, y da muchos detalles topográficos, de su flora y fauna. Según él, Noé construyó el arca en las cercanías de Lima y durante el Diluvio las corrientes oceánicas la llevaron a Europa, donde el género humano reinició su historia. Parte de ese pueblo volvería después a América, a través del estrecho de Behring. Es que todo tiene su explicación, lector, si se sabe buscar.
(continuará)

22 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (3 de 6)


Mucho más tarde, el benedictino Padre Feijoo, en su Teatro crítico universal, tomo cuarto, discurso décimo, se refiere a la Fábula de las Batuecas, relacionándola con la idea de la ‘pérdida de España’: godos invadiendo a los romanos, árabes a los godos, etc., con la consecuencia del olvido de la verdadera religión y la vuelta a los ídolos y espíritus malignos. El tema del demonio es constante en toda exposición del mito de las Batuecas. Y confiesa el buen padre que él mismo dio asenso a la historia, hasta que un amigo le avisó de que el retiro y descubrimiento de las Batuecas era una mera fábula “para cuyo desengaño me citó la Crónica de la reforma de los Descalzos de nuestra Señora del Carmen”. Reconoce el Padre Feijoo que “notable es la autoridad que logran, y en todos tiempos lograron, no sólo en el vulgo, mas aún en mucha gente de letras, las tradiciones populares”. Como excusa y ejemplo cita a Olao Magno, eclesiástico e historiador sueco, autor de la Historia de Gentibus Septentrionalibus, que relata “que habiéndose desgajado por un monte altísimo la poca nieve que en la cumbre había movido con sus uñas un pajarillo, se fue engrosando tanto la pella con la nieve que iba arrollando en el camino, que hecha al fin otro monte de nieve, arruinó una población situada al pie de la montaña. Este suceso es símil tan ajustado al asunto que vamos tratando, que omitimos la aplicación por ser tan clara”. Dice después que las Batuecas fueron descubiertas en los tiempos de Felipe II.
Feijoo ya no cree, pues, en la fábula y transcribe palabras de la Crónica de la Reforma del Carmen, como se hallan en el tomo tercero, impreso en Madrid, año de 1683, libro 10, cap. 13, en el que se refiere la fundación de un convento en ese valle por los Carmelitas descalzos, como explicaremos después, se hace una exacta y amena descripción de todo el sitio y se desmonta la extendida leyenda:La extrañeza y retiro de estos montes, de estas rigurosas breñas, habían derramado en los pueblos circunvecinos opinión, que allí habitaban demonios. […] En los pueblos más distantes corría fama que en tiempos pasados había sido aquel sitio habitación de salvajes y gente no conocida en muchos siglos, oída ni vista de nadie, de lengua y usos diferentes de los nuestros; que veneraban al demonio; que andaban desnudos; que pensaban ser solos en el mundo, porque nunca habían salido de aquellos claustros”.
Esta relación, prosigue la cita Feijoo, sólo tiene de verdad la fama que en La Alberca y otros pueblos cercanos había, de que los pastores veían y oían algunas figuras y voces de demonios. También tiene de verdad, que después de que la Religión allí entró, y se dijeron misas, cesó todo. “Lo demás de la historia dicha, es relación de griegos, sin día, ni cónsul: y ficciones poéticas para hacer comedias, como se han hecho y creído en Salamanca, Madrid, y otras ciudades, de aquellos que sin examen reciben lo que oyen”. Hallándose ya en aquel yermo, refiere el historiador carmelitano, los religiosos preguntaron a muchas personas de la Serranía, de las más antiguas y de mayor razón, el fundamento de esta fama. Y refiere el Padre Francisco de Santa María: Unos se reían de nosotros, con ser ellos serranos, de que hubiésemos creído semejante fábula: otros se quejaban de los de La Alberca, diciendo que, por hacerles mal, la habían inventado, dándoles opinión de hombres bárbaros y silvestres; y unos y otros juraban que era novela, y que ni a padres, ni a abuelos la habían oído, ni jamás en sus pueblos hubo tal noticia.
Hasta aquí el historiador Carmelitano, explica Feijoo, de cuya narración se colige con toda certeza que cuanto se ha dicho del retiro, barbarie, y descubrimiento de los Batuecos todo es patraña y quimera. Y para abundar en esta idea, cita la obra de Tomás González de Manuel, que ya mencionamos nosotros, cuyos argumentos no vamos a repetir para no hacer interminable este escrito. Y elucubra sobre el poder de convicción de las leyendas y tradiciones: “A vista de tantas tan patentes pruebas de ser falso lo que se dice de los habitadores de las Batuecas, ¿quién no admirará, que esta fábula se haya apoderado de toda España? ¿Qué digo yo España? También a las demás naciones se ha extendido; y apenas hay geógrafo extranjero de los modernos, que no dé el hecho por firme. Así se halla relatado en el Atlas Magnus o Atlas Maior, del cartógrafo holandés Juan Blaeu, de 1650; en el Diccionario Universal Geográfico e Histórico, de Tomás Cornelio; en el Grand Dictionnaire historique del francés Luis Moreri, y otros muchos, que hablan de un valle muy fértil que llaman Valle de Batuecas. ¿Qué cosa tan absurda, como colocar muchos pueblos en un valle tan estrecho, que según las noticias seguras que hoy tenemos, apenas da espacio para una muy pequeña población? ¡Oh qué desengaño para tantos crédulos contumaces, que están siempre obstinados a favor de tradiciones populares y opiniones comunes!
 Esta sería la primera leyenda respecto a la comarca, combatida ya por autores de fundamento. Otras dos versiones surgen después, forjando visiones de las Batuecas muy distintas a la descrita, y hablaremos de ellas en las próximas entradas.
(continuará)

16 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (2 de 6)


Dije en mi anterior entrada sobre Mogarraz, que comenzaba por lo más fácil. Porque hablar del conjunto de las Batuecas, no es sencillo. Incluso geográficamente, la definición de la zona ha sido confusa a lo largo de la historia, ya que las Batuecas propiamente dichas son una parte de una comarca mucho mayor, que se conoce con el nombre de Hurdes o Jurdes, en la provincia de Cáceres, pero el término ha designado a veces a la comarca entera. La gran difusión de la leyenda de las Batuecas se debió en buena parte a la literatura, a partir del siglo XVII. En realidad, se podría hablar de tres leyendas, o tres visiones muy distintas del lugar, como trataré de mostrar.
Aquí casi siempre está presente la literatura. La mención inicial, escrita, del mito o leyenda de las Batuecas, que contaré enseguida, aparece en la comedia de Lope de Vega Las batuecas del Duque de Alba, cuya versión impresa es de 1638, aunque la composición es muy anterior. No figura en la lista de obras de Lope, en la edición de El peregrino en su patria de 1604, y sí en la de 1618, lo que indica que fue escrita entre esos años. La tradición en que se fundamenta debió de recogerla el autor en los últimos años del siglo XVI, cuando tuvo una larga residencia en Alba de Tormes y visitó, según se sospecha por fuertes indicios, una parte de la Extremadura Alta. Por la ambientación de la obra en tiempos de los Reyes Católicos y por el estilo de los versos, Morley y Bruerton, en su Cronología de las comedias de Lope de Vega, de 1940 (traducción en Gredos, 1968), piensan que la obra debió de ser compuesta entre 1598 y 1600.
La leyenda la recoge también Alonso Sánchez, que fue amigo de Lope, en el capítulo De Batuecis, de su De rebús Hispaniae Anacephaloesis libri septem. A condita Hispania ad annum 1633 —un compendio de la historia del Padre Mariana, escrita en un latín muy elegante, según Pío Tejera—. Como esta obra es muy posterior a la propuesta para la redacción de la de Lope, parece razonable considerar a este como el introductor literario de la leyenda, recogiendo tradiciones orales. Las crónicas de los carmelitas descalzos que se establecieron en la zona desmintieron el mito, a pesar de lo cual este empezó a cobrar veracidad y a difundirse por todo el mundo.
Lope recoge la leyenda: el fabuloso descubrimiento de un escondido valle, las Batuecas, hecho por una doncella y un paje de la Casa de Alba. Contra este relato fantástico escribió Tomás González de Manuel, presbítero de La Alberca, su Verdadera relación y manifiesto apologético de la antigüedad de las Batuecas y su descubrimiento, casi un siglo después, en 1693, arremetiendo contra los que habían creado y divulgado la leyenda del salvajismo del valle, especialmente contra el citado Alonso Sánchez.
Del propio González tomo, por comodidad, un breve resumen de la trama de la comedia, con grafía moderna: Un hombre y mujer de la familia del Señor Duque de Alba se habían enamorado, y por huir de la ira de el Duque, no teniéndose por seguros en España, se habían ido a unas Montañas distantes de Salamanca como doce leguas, que por su aspereza no habían sido penetradas de ninguno de sus vecinos. Y subiendo por aquellos Montes, pareciéndoles que habían llegado al Cielo, habían descubierto un Valle, y en él unos hombres sin culto, ni ornato del cuerpo, y de lenguaje no conocido, si no es algunos términos semejantes a los de los tiempos de los Godos, idólatras, como los Indios, aunque habían hallado algunas Cruces algo perdida la forma de ellas.
La propagación del mito de las Batuecas se debió, como digo, a la literatura. Aparte de Lope de Vega, hay dos refundiciones del mito: Juan Claudio de la Hoz y Mota (1622-1714), dramaturgo español de la escuela de Calderón, escribió sobre el mismo tema El descubrimiento de las Batuecas y Juan de Matos Fragoso (1608-1689), dramaturgo y poeta español de origen portugués, uno de los autores más prolíficos del siglo XVII, escribió El Nuevo Mundo en Castilla, sobre la obra de Lope, publicada en Comedias nuevas escritas por los mejores ingenios de España, 1671, donde regularizó un tanto la trama y suprimió algunos personajes. Sobre esta misma leyenda, Juan Eugenio Hartzenbusch escribió una comedia de magia, Las Batuecas, estrenada en Madrid, en 1843, con poco favor del público, pero con estimación de los doctos y discretos. En todas estas obras se mantiene la creencia en un valle poblado por gentes atrasadas y extrañas. Estos primitivos seres se creían solos en el mundo y no conocían que existieran otras criaturas en él. El valle estaba poblado por brujas, demonios y otros seres monstruosos, que tenían atemorizados a sus habitantes y disuadían de entrar en el territorio a los vecinos de la zona.
Hay una obra más, Nuevo mundo en España, que no he podido rastrear, pero que Tomás González cita en el capítulo XVII de su ya mencionada obra: “Otro concolega, que con él venía, dixo, que era cierto, que él había visto la comedia intitulada, Nuevo Mundo en España. Yo le dixe, que también la había visto compuesta por el Doctor Juan Pérez de Montalbán…” (conservo la grafía y signos de puntuación del original). He fatigado los catálogos de la BNE y otras bibliotecas y no encontré más mención de la misma. Pérez de Montalbán era muy amigo de Lope y se dice que murió desequilibrado por la muerte de este en 1635. Escribió la primera de sus biografías, Fama póstuma, sólo un año después de su fallecimiento.
(continuará)

10 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (1 de 6)

Ya dije que sería improcedente cortar el blog para siempre. También conté que tenía textos ya escritos, como el de mi viaje de hace casi un año a las Batuecas, una muy bella y desconocida región de España. Es algo largo y recoge y resume con fidelidad lo leído en otros trabajos, mucho más extensos todavía. Ahí va ahora, en seis entradas.

He estado unos días por una región más nombrada que conocida: las Batuecas, en la Sierra de Francia. Hace algún tiempo solía yo escribir pequeñas crónicas de mis viajes, pero curé ya de eso. En este caso haré una excepción, por razones que se irán descubriendo en mi relato. Adelanto una: se trata de un trozo de España que yace en nuestro imaginario colectivo. Constituye una entrada independiente del DRAE, como ‘valle de la provincia de Salamanca’, y allí figura la expresión ‘estar en las Batuecas’, con significado equiparable al de ‘estar en Babia’: estar distraído y como ajeno a lo que se trata. Quizá perciba yo una sutil diferencia semántica: estar en Babia es estar ‘apartado de la realidad’, estar en las Batuecas es ‘estar en otra realidad’.
El viaje fue en mayo, de este año más bien lluvioso. El campo estaba ubérrimo y glorioso y no diré más porque no tengo tanto tiempo y porque no soy nada bueno en describir cualquier cosa que sea. Omnipresente el verde, aunque en la paleta no hubiera demasiadas gradaciones o matices. Había sobre todo árboles, robles y castaños, con abundante sotobosque y las inevitables jaras de diversos colores. Claramente un locus amoenus, de los muchos que se refieren en las historias antiguas y en las literaturas; un sitio poco poblado, en el que apenas se ven alquerías o casas de labranza y en el que bien podría haber estado el Paraíso terrenal. Ya se verá por qué escribo esto.
Nos hospedábamos en la localidad de Mogarraz, declarada Conjunto Histórico Artístico, una de las pocas juderías que se cristianaron totalmente. Empiezo mi relato por aquí, porque se trata de lo más fácil. El lugar tiene hoy menos de cuatrocientos habitantes de derecho y estuvo más poblado, hasta que muchos vecinos empezaron a emigrar. El trazado de sus calles mantiene su estructura medieval y las casas tienen la arquitectura típica de la zona, como ocurre en otros núcleos de población cercanos. El pueblo está limpio y aseado, aunque algunas casas desocupadas y ruinosas dan a unos pocos rincones un aspecto peculiar que a mí me recordó, no sé bien por qué, otro lugar muy distante que visité hace tiempo, el Nepal. El entramado de madera en las paredes y los balcones y terrazas volados, quizá me causaron esta impresión.
Hay poco turismo y poca gente en las calles. El silencio es casi total, interrumpido ocasionalmente por el ruido siempre amable del agua corriendo en las numerosas fuentes y albercas públicas, con fechas grabadas en la piedra, alguna del año 1600. El país entero es abundante en aguas y hay muchos manantiales y veneros. La fuente más legendaria de toda la zona es la de San Juan, que está en el pueblo de Santibáñez de la Sierra, en el lugar en que hubo una antiquísima ermita homónima —citada por el historiador español del siglo XVI Ambrosio de Morales—, en la que, según cierta tradición, vino a refugiarse el vencido rey godo don Rodrigo, huyendo de los moros invasores. Muchos nombres de las fuentes en los pueblos de esta sierra son curiosos, evocadores: Fuente Grande, del Médico, de los Frailes, del Obispo, de la Gitana, etc.
La paz es perfecta. Al caer la tarde el pueblo entero parece vacío y dormido, desierto, como existente en una dimensión distinta, no la habitual. Hay un detalle que quizá contribuya a esa sensación. En el año 1967, hace cincuenta años, un fotógrafo local, Alejandro Martín Criado, fotografió para el trámite de obtención del carnet de identidad, a todos los mayores de la localidad; se han conservado 388 fotos. La mayoría de estos habitantes permanecieron en el pueblo y no emigraron, como hicieron otros. Con este archivo icónico, un pintor, Florencio Maillo, natural del mismo Mogarraz, ha realizado pinturas encáusticas, sobre chapa metálica, de buen tamaño, prendidas en las fachadas de las casas en que habitaron los retratados. Nada está exento de polémica, tampoco esta iniciativa. En casos aislados, los familiares han borrado las imágenes.
Dada la fecha de las fotos, es obvio que la mayoría de estas personas ya no están vivas. Pero están allí, en las casas que habitaron, más allá del tiempo, impasibles y resignadas, como avisándonos de la futilidad y brevedad de la vida. Todo ello, con la luz difusa del anochecer en las angostas calles, se traduce en una ambiente especial, que deja lugar para la reflexión y hasta un poco para el azoramiento. Se ve uno allí, solitario, compartiendo la soledad y el silencio con los que ya no están, rodeado de muertos, que parecen avisarnos de que al final nos encontraremos otra vez con ellos en alguna parte, alejados definitivamente del ruido del mundo.

(continuará)




29 de septiembre de 2015

Salamanca, Galicia y la creación del mundo


Palabras clave (key words): huerto de Melibea, mirador de Cotorredondo, creación del mundo.

Me escapé unos días a Galicia, huyendo del inevitable tratamiento mediático de las elecciones en el avispero catalán. Estaba ya at the end of my rope, como dicen los americanos; hasta el gorro, que diría un castizo. De todos: aburren a las ovejas. Tenía cita en Salamanca con amigos canadienses que iban de Oporto a Munich, en coche. Hace tiempo, escribía sobre mis viajes —algunos de los relatos están recogidos en mi libro Silva epistolar—, pero ahora me cansé, por lo que sólo hablaré muy poco de este.

Salamanca, como siempre: la alegría, la bulla, la juventud y casi, casi, la felicidad, una cierta forma de la felicidad, en la Plaza Mayor; sobre todo si se llega al atardecer, cuando la piedra franca de Villamayor se transmuta en oro. Con las muchachas en flor, sentadas despreocupadamente en el suelo y con los chicos discretamente al acecho, a su sombra, como ha sido siempre. He venido aquí muchas veces y siempre me es grato retornar. Estuvimos un buen rato en el huerto de Melibea, en el que entró Calixto persiguiendo un halcón, como quizá recordéis de La Celestina, y así empezó todo. Estas cosas pasan. Es un sitio tranquilo, al lado de un albergue de peregrinos, desde el que hay espléndidas vistas de la catedral y de la ciudad.

En la entrada al huerto, un busto de Celestina, con palabras tomadas del “aucto dozeno” de la inmortal obra, que no dejan de ser justas y verdaderas. Cuenta la vieja a Sempronio, criado de Calixto: Que soi una vieja cual Dios me hizo, no peor que todas. Bivo de mi ofiçio, como cada cual ofiçial del suyo, mui limpiamente. A quien no me quiere no le busco. De mi casa me vienen a sacar, en mi casa me ruegan. Si bien o mal bivo, Dios es el testigo de mi coraçon”. Por Dios, ¿no es atinado y correcto su discurso? Por no hablar del estilo: la vieja sabía hablar, eso no lo duda nadie.

De Galicia podría contar miles de cosas. Sólo mencionaré la visita al mirador de Cotorredondo, llamado también de las tres rías, en el municipio de Vilaboa. Asistí allí, hace muchos años, a la propia creación del mundo, y, naturalmente, quería repetir esa experiencia. No fue fácil —voy sin GPS, quizá con él la empresa habría resultado más hacedera—, porque en España, a veces, las señales de tráfico son inexistentes o de difícil, o imposible, interpretación. En Galicia, alejarse de las autovías es pasar al otro lado del espejo, entrar en un país enmarañado y de ensueño, donde es un gozo perderse. Mi mapa, detallado, última edición, ayudó poco. Pero pudimos llegar al mirador.

Y allí, otra vez el milagro: las tierras y las aguas aún sin separar, como antes del segundo día de la creación, cuando Dios dijo: Acumúlense las aguas de debajo de los cielos en un solo lugar y aparezca suelo seco (Génesis, 1, 9). Se puede ver el mundo como era antes de ese día. No se sabe hacia dónde cae el mar, el océano, y hacia dónde la tierra, todo está mezclado y confuso, como estuvo en el caos original; no existían todavía los puntos cardinales. Sólo si va uno con un indígena avezado, un mentor gallego de por allí, puede distinguir las tres rías: Arousa, Pontevedra y Vigo.

Todo ha sido como la primera vez, cuando era joven. Hay algunas cosas, pocas, que no cambian y nos hacen pensar que vivimos en un mundo eterno. Hice fotos, pero ni las muestro: imposible trasladar ese paisaje. Cuando se separaron las aguas de las tierras, debieron de sobrar algunas piedras enormes, aisladas, que siempre he pensado que son las que están en la sierra de Grazalema, en Cádiz. No sé cómo llegaron allí.

Estuvimos en O Grove, en Illa da Toxa. La leyenda cuenta que un párroco de San Martiño llevó a la isla, deshabitada entonces, un borrico con una enfermedad incurable de la piel, para dejarlo morir. Volvió, pasado un tiempo, para enterrarlo y lo vio vivo, feliz y rozagante, bañándose en unos lodos calientes que brotaban de la tierra. Así se descubrieron esas aguas termales. Galicia es toda leyenda. Un libro de la mítica Austral: Las leyendas tradicionales gallegas, de Leandro Carré Alvarellos. Por si te interesa, lector.

29 de diciembre de 2014

De la cambiante Fortuna (fin)


Palabras clave (key words): Yusuf Ibn Tasufin, destierro y muerte en Aghmat

Al-Mutamid accedió al trono sevillano con veinticinco años y creó una corte exquisita, plena de poetas y literatos, entre los que se contaban su visir Ibn Ammar, Abd al-Jabbar ibn Hamdis, Ibn Zaydun, Ibn al-Labbana, Bakr ibn Abd as-Samad, etc. El mundo era todavía un jardín feliz y el rey siguió amando apasionadamente a su esposa, satisfaciendo todos sus caprichos, lo que quizá no es aconsejable, según los expertos. Cierta vez nevó en Córdoba, que había sido tomada por Al-Mutamid, e Itimad quedó tan encantada que pidió al rey vivir en un lugar en donde pudiera ver ese espectáculo cada invierno. Al-Mutamid hizo traer de la vega de Málaga más de un millón de almendros, que se plantaron en la ladera de la sierra, frente a los ventanales del Alcázar, para que su floración anual remedara un campo nevado. Así Itimad estuvo contenta y además hubo almendras para dar y tomar. Le dio al rey seis hijos y varias hijas, una de las cuales, Zubaydah o Zaída, se casó con Alfonso VI y también fue citada en este blog, junto a un Romance de la mora Zaída, lleno de inexactitudes históricas.

¡Cómo puede cambiar tan atrozmente la fortuna de los seres humanos! Todos sus hijos murieron en el campo de batalla, lo que rompió el corazón de los reyes. Ibn Ammar, su mentor y amigo, quizá también su amante en la juventud, lo traicionó y murió a sus manos. En la tercera oleada de los almorávides en Al-Andalus, su caudillo Yusuf Ibn Tasufin se apoderó de varias taifas y, tras seis días de matanzas, envió a Al-Mutamid y su familia al destierro en África, en el año 1091. El pueblo de Sevilla se llegó hasta las orillas del río para ver partir a sus reyes al cautiverio. Ibn Labbana describe la escena: “Todo lo olvidaré menos aquella madrugada junto al Guadalquivir, cuando estaban en las naves como muertos en sus fosas. Las gentes se agolpaban en las dos orillas, mirando cómo flotaban aquellas perlas sobre las espumas del río…”.

Los prisioneros fueron conducidos hasta Meknes y luego a Aghmat, un poblado bereber, primera capital de los almorávides, a unos treinta kilómetros de Marrakesh. Al-Mutamid se refugió en la poesía, recordando a veces su amada Sevilla: “Me pregunto si alguna vez pasaré una noche / con jardines de flores y estanques a mi alrededor, / donde haya verdes olivos plantados, / donde las palomas canten y resuene el suave cántico de los pájaros”. Pobre Al-Mutamid, no habrá otra noche así. Sólo tendrás el recuerdo.

Y la visión de su familia en la miseria. La cambiante Fortuna los arrojó a todos desde la cima del poder y la gloria a la abyección de la pobreza y el sufrimiento. A la vista de su esposa e hijas hilando, se lamentaba: “Ver tus hijas en harapos, hambrientas, / sin dinero, hilando para otras gentes, / pisando la dura arcilla, descalzas, humilladas, / como si jamás hubieran pisado almizcle y alcanfor”.

Todavía una pequeña, última, esperanza: uno de los hijos supervivientes, Abd al-Jabbar, se rebeló en Al-Andalus. En unos pocos meses la rebelión fracasó y el hijo fue muerto. Itimad, incapaz ya de soportar tanto dolor, enfermó gravemente y murió al poco tiempo. En el año 1095, Al-Mutamid, vencido cruelmente por el infortunio, encadenado desde que se conoció el levantamiento del hijo, murió, a la edad de cincuenta y dos años. La rueda de la Fortuna interrumpió ya su girar, consumado el descalabro. El Dios al que Al-Mutamid pidió morir en Sevilla no tuvo en cuenta su ruego y los restos de Itimad y Al-Mutamid se levantarán, tal vez airados, en la tierra de Aghmat, el día de la resurrección. En cambio, el caudillo Yusuf Ibn Tasufin, que desde el 1073 se titulaba ya emir, el que derrotó y desterró a Al-Mutamid, murió en el poder once años más tarde que este, con casi el doble de su edad, en el 1106, a los noventa y siete años, en la cercana Marrakesh. En un reducido espacio del mundo descansan los dos. La Muerte igualó al fin sus destinos.

28 de diciembre de 2014

De la cambiante Fortuna


Palabras clave (key words): Sevilla, rey poeta al-Mutamid, Itimad, poesía andalusí

Escribir un blog, escribir cualquier cosa, no deja de ser un suplicio, aunque pueda revelarse como irrenunciable: uno ha de estar pendiente del tamaño del texto, del tiempo que llevará leerlo. Vuelvo de Sevilla, de visitar los lugares de siempre, adobado todo con la nostalgia con que se reviven las cosas a una cierta edad. Describir someramente mis andanzas me llevaría montones de páginas, pero sólo referiré un episodio triste y sentimental. En mis condiciones todo está ya entreverado: con los recuerdos, la historia, la literatura y, casi siempre, con el desencanto y la compasión.

Iniciaré mi narración en los Alcázares Reales, en uno de sus bellos jardines, el de la Galera, donde hay una columna con unas palabras, una oración, de un rey poeta sevillano del siglo XI, Abu al-Qasim Muhammad ibn Abbad al-Mutamid: “Dios decrete en Sevilla la muerte mía y allí se abran nuestras tumbas en la resurrección”. Nada de eso ocurrió ni ocurrirá. El Destino tenía otros planes y los contaré brevemente.

Ya mencioné yo a este rey en mi blog, entrada del 19 de marzo de 2013, en sus días de vino y rosas, cuando conoció, junto a su amigo y visir Ben Ammar, a la hermosa esclava que sería luego su esposa, Itimad. La llamaban entonces Rumaykiya porque pertenecía a un mulero —sí, lector, un mulero— de nombre Rumayk ibn al-Hajjaj. El rey, que se enamoró nada más verla, la rescató. Tenían los dos diecinueve años. Y todavía hubo más tiempos felices, cuando Rumaykiya le dijo al rey, ya de mayores: “Te amo aún más que en nuestra juventud”. ¡Qué cosas, Dios mío, qué ternezas! ¿Se lo oiría esto don Claudio o se lo inventó también?, me preguntaba yo en aquella entrada, porque leí el formidable piropo en la novela Ben Ammar de Sevilla, de Sánchez Albornoz.

Ibn Bassam al-Shantarini fue un poeta e historiador nacido en Santarem, pero que vivió en Andalucía y murió en el año 1147. Su obra más conocida es la antología Dhakhira fî mahâsin ahl al-Gazira (Tesoro de los méritos de la gente de Iberia). Es muy interesante porque en ella recoge muchas noticias del Kitab al-Matin, de Ibn Hayyan (987-1075), historiador nacido en Córdoba, contemporáneo de al-Mutamid. Ibn Bassam dice del rey sevillano, que su poesía era más dulce que el cáliz en flor de las ‘plantas de olor’ y no tenía rival en cuanto a su ternura. Eran poemas dedicados al amor en general, a la deslumbradora belleza de las mujeres. Refiriéndose a una joven concubina, escribió: “Desabrochó su vestido, para que pudiera ver / su cuerpo, flexible como un árbol. / El cáliz se abrió entonces / y, ¡oh!, qué bella era la flor!”.

Otro poema de amor: “Sus penetrantes ojos partieron mi corazón en dos, / y mis ojos lloraron añorándola… / Besaría sus labios tras el velo, / abrazaría su collar de perlas sobre su chal bordado”. Otro poema, dedicado esta vez a Itimad, su esposa, mientras estaba en una campaña militar: “Desfallezco si estoy separado de ti, / embriagado por el vino de mi anhelo por ti; / enloquecido por el deseo de estar contigo, / de beber de tus labios y abrazarte…”.

Es todavía vida feliz, aunque hostigada por las ausencias, por la imperfección de este mundo. Porque, como el mismo Ibn Bassam advierte a los andalusíes: “Detrás de vosotros sólo están el Océano, los cristianos y los godos”. Todo cambiará después, para dejar paso al infortunio y la desolación, con la Muerte también jugando su eterno papel. Pero esto, lector, te lo tendré que contar otro día.

(continuará)

15 de diciembre de 2014

Templo de Hera Lacinia en Capo Colonna


Palabras clave (key words): Templo de Hera Lacinia, Capo Colonna, desolación, Agrigento

El corazón humano es caprichoso y también certero. Tiene sus razones propias; se apasiona y burbujea en el pecho por motivos que no aparecen claros al entendimiento. Yo diría más bien, que fuerzan al entendimiento a esclarecerlos. Cuento esto tras haber leído el relato de un viajero francés del siglo XIX en Calabria y ver después una foto que me ha conmovido profundamente, que me ha hecho pensar. He visto ruinas de muchas clases en diferentes países; sé que hay ciudades antiguas que ni siquiera podemos localizar, que no se sabe dónde estuvieron… Aun así, lo que muestra la foto es, para mí, mucho más desolador e inquietante. Se trata de lo que queda del templo de Hera Lacinia, en Capo Colonna (cabo de la columna), en la Calabria italiana.


Hasta el siglo XVI este cabo se llamaba “Capo delle Colonne” —antes de que hubiera allí templo alguno, su nombre era Lacinion—, porque, si hemos de creer a otro viajero de esa época, todavía quedaban cuarenta y tres columnas en pie. Las columnas eran de estilo dórico, de unos ocho metros de altura y las derribaban para utilizarlas en otras construcciones.  El templo fue construido a finales del siglo VI a. C. , en lo que se ha llamado la Magna Grecia. En 1638 ya sólo quedaban dos columnas y una de ellas fue derruida ese año por un terremoto. Ahora queda una y, como dijo un rústico del lugar: E col tempo anche questa caderà.

Te das cuenta, lector, sólo una columna. Ella sola, arañada por el viento, roída por el tiempo, da una idea, por remota que pueda ser, de lo que fue el templo. Se conserva bella, altiva, representante del supremo arte griego, testimonio de la vulnerabilidad de las obras humanas, a la orilla misma de un mar azul intenso, como de zafiro fundido. Tal vez es una prueba de la determinación de la diosa de no abandonar el lugar donde fue adorada y honrada durante siglos. Y sirve como señal a los pescadores que se buscan trabajosamente la vida en estas aguas no siempre calmas.

Si esa columna cae, por la razón que sea, ningún viajero encontrará ya nada que estimule su imaginación; tendrá que recurrir a las enciclopedias o a los museos… y no es lo mismo. Yo no siento la necesidad incoercible de descubrir ninguna de las ciudades que se han perdido. Pero conservar esa columna sí me parece que me concierne. Porque no es sólo la columna. Es toda la melancolía que despierta, las enseñanzas que revela, lo aleccionador de su presencia. Contemplar esa imagen es conocer lo que es la vida, lo que nos aguarda a todos, es descubrir la urdimbre del tiempo y la terrenidad.

No sé si me hago entender. Lector, te muestro otra foto de otro templo, también atribuido a Hera, en el Valle de los Templos, en Agrigento, en Sicilia. En ella se puede ver todavía lo que fue la fábrica original, se adivina claramente su estructura. Nada de eso ocurre con esa columna aislada que nos habla de destrucción sin límites y sugiere los peores augurios. El sentimiento de que esa columna está llamada a desaparecer, que sucumbirá indefectiblemente un día, del que sólo falta la fecha, es lo que prevalece aquí y es una emoción triste y desesperanzada. Por eso conmueve tan sin descanso.

Otro día te hablaré de lo que fue ese viejo templo condenado a desaparecer del todo, ese templo del que sólo queda una columna.

21 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (fin)


Nos encaminábamos ya hacia Murnau. Habíamos dejado atrás las congestionadas autopistas y conducíamos por esas bellas y cuidadas carreteras secundarias alemanas. En un mapa que estaba en el coche alquilado, vi una estrella azul, indicando un kloster, un monasterio de interés turístico, cercano a una pequeña ciudad, Bad-Tölz, sin indicar exactamente cómo llegar. Quisimos visitarlo y me aventuré por una vía muy secundaria, que se fue haciendo cada vez más estrecha. En la distancia se dibujaba la silueta de unos edificios grandes. La carretera estaba sin asfaltar en los últimos metros. Llegamos hasta los edificios, uno de los cuales era claramente una modesta iglesia rural.

La puerta estaba cerrada, pero se podía franquear. Entramos y nos encontramos con un grupo de poco más de veinte personas que asistían a misa. La iglesia era una de tantas, barroca, en el estilo de la zona, con profusión de santos, vírgenes y angelitos. Nos colocamos detrás del grupo, en silencio. Casi nadie notó nuestra llegada. El sacerdote se dirigió a una pareja de ancianos en la primera fila y les entregó un regalo. El hombre era bastante alto y la mujer parecía una de esas viejecitas que se consumen en vida, dándose, vaciándose, literalmente, en sus hijos, en sus nietos. Se oía una música dulce y lenta, interpretada claramente por alguien no profesional. Había un enorme contraste entre el ajetreo de las carreteras y aquel reducto de paz. Una señora de la última fila le habló a mi esposa, tuteándola, lo que no es nada frecuente en Alemania, y le dijo que la vería a la salida.

Nos quedamos hasta el final de la celebración. El ambiente era tan sosegado y agradable, que podríamos haber permanecido allí la mañana entera, el día entero. Después de días viajando por Alemania, estábamos un poco cansados. Al salir, la señora que había hablado a mi esposa se acercó y se excusó, de la manera más amable y utilizando el usted, naturalmente, por haberla confundido con otra. Contó que conmemoraban las bodas de oro de unos amigos. Seguimos el viaje, había que seguir, pero lo hicimos todavía hechizados por lo vivido tan impensadamente. No quedó tiempo para visitar la abadía de Benediktbeuern y no nos importó demasiado. A la llegada a Murnau, y luego en España, hemos sido incapaces, a pesar de estudiar mapas muy detallados, de localizar el lugar tan especial en que estuvimos, la pequeña iglesia bávara.

Grabé un corto video, con la cámara de fotos. Se oye y se ve mal, pero lo ofrezco para dar una idea de lo trato de describir. De todo esto, sin una conexión demasiado evidente o lógica, nació la idea del relato. Es así como ocurre normalmente.
 
 

20 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (IV)


En la entrada del quince de noviembre terminó mi relato Un viaje a Baviera, una ficción que debe parte de su trama a hechos reales, como trataré de explicar, y como ocurre a veces en todos los escritores. Aunque esto, en mi opinión, no es demasiado frecuente y casi siempre lo escrito se debe a la pura imaginación del autor. Suele tratarse de hechos sólo indirectamente relacionados con lo que se narra.

 Hace unos años, mi mujer y yo recorríamos Alemania, desde Regensburg, la antigua Ratisbona medieval, en la confluencia de los ríos Danubio y Regen —la ciudad en que nació Don Juan de Austria, hijo del amor o de lo que fuera entre el emperador Carlos y Bárbara Blomberg— hasta Murnau, al sur de Munich, junto al lago Staffelsee. En la ruta, queríamos visitar la célebre abadía de Benediktbeuern, fundada en el 739, originalmente benedictina, aunque ahora la ocupaban los salesianos.

La abadía ya fue visitada por Goethe en su tercer viaje a Italia, en 1786, pero se hizo famosa por haberse descubierto en ella, en 1803, el único manuscrito existente de los Cármina Burana, colección de canciones de los siglos XII y XIII, escritas casi todas en latín. Cármina quiere decir poemas o cantos y Burana es el gentilicio de Bura, el nombre latino de la actual Benediktbeuern.

Los poemas fueron escritos probablemente en Austria hacia el año 1230 y son un canto a la alegría de vivir y la búsqueda de los placeres terrenales, el amor carnal, el vino, el juego, la vida despreocupada de los estudiantes. También hay temas más filosóficos, como las estrofas dedicadas a la Fortuna, quizá las más conocidas de la obra, sobre todo desde que el músico alemán Carl Orff compusiera su famosa cantata del mismo título, Cármina Burana, estrenada en Frankfurt, en 1937.

Orff escogió veinticinco canciones y las ordenó para ser representadas. Desde joven conocía yo estos cantos, en la actualidad famosísimos, porque un discípulo destacado de Orff, el compositor español José Peris, que había estudiado bastantes años con él, decidió volver a España y tuvo una relación fugaz con mi Colegio Mayor de Madrid. Por todo ello, en mi viaje, buscaba yo la citada abadía, pero el azar me llevo a otro sitio que ni sé situar hoy con precisión. Dejo un vínculo para esa parte de la obra, la que canta a la Fortuna: http://youtu.be/GD3VsesSBsw. Las palabras iniciales son: O Fortuna, velut luna, statu variabilis, semper crescis aut decrescis…

(continuará)

15 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (III)


Este relato ya me llamó poderosamente la atención, cuando lo leí por primera vez, y ahora buscaba con su relectura alguna claridad en lo que intuí confusamente entonces. Porque, aunque para mí y para todo el mundo la historia parecía una simple ficción, nacida de la imaginación de mi tío, se dio la circunstancia de que, a partir de aquel viaje, empezó a tener un comportamiento extraño y una actitud diferente frente a la vida.

Siempre fue un hombre peculiar, pero desde entonces parecía vivir en otro mundo, inaccesible y secreto. Se jubiló enseguida, en contra de sus planes anteriores, y estaba siempre metido en la biblioteca de su casa, sin apenas salir. Hablábamos por teléfono algunas veces y me contaba su reciente pasión por el arameo, que estudiaba solo y que llegó a traducir con cierta soltura. Por ello, cuando he visto en un anaquel de su biblioteca el Sefer ha-Zohar, o Libro del Esplendor, de Moisés de León, un judío español del siglo XIII, que nació en Guadalajara o en León, lo he cogido sin vacilar. Este escritor atribuyó la obra a Shimón bar Yochai, un rabí del siglo II, que la habría escrito durante trece años, escondido en una cueva y estudiando sin descanso la Torah. Es quizá el libro fundacional de la literatura mística judía, la Kabbalah, y lo más probable es que se trate de un pseudoapócrifo y lo escribiera el propio Moisés de León, casi todo en arameo. Fue mi tío quien me dio estos detalles y quien me dijo que sólo unas veinte mil personas hablan hoy esa lengua en nuestro planeta.

Es una edición en castellano y dentro he encontrado unas hojas escritas con la menuda letra de mi tío, que conozco perfectamente. En un párrafo escribió:

 Aunque trato de acomodarme a mi nueva realidad, no sé hasta cuándo podré soportar este sentimiento de privación y desamparo. Tras haber visto lo que he visto, no tiene sentido permanecer en el mundo. No lamento mi experiencia en Baviera y lo me pregunto es por qué me sucedió a mí. Conozco bien la tradición mística, del antiguo Israel, de los cuatro sabios que vieron al Paraíso. El primero, Shimón ben Azai, lo contempló y murió en el acto. El segundo, Shimón ben Zoma, miró la ‘Luz Brillante del Ha-Shem’, no pudo resistirla y perdió la razón por completo. El tercero, Elisha Aher, vio la misma luz, comprendió que nada existe sino Dios, que nada vale ante Él, y abandonó para siempre el estudio de la Torah. El cuarto, el rabí Akiva ben Yosef, nombrado en el Talmud ‘cabeza de todos los sabios’, regresó esclarecido e indemne. Murió en Cesarea, mártir de los romanos, recitando la ‘shemá’, lleno de gozo y alegría. Yo también regresé, pero temo volverme loco, como Ben Zoma, y anhelo con toda mi alma revivir lo que viví.

He leído más papeles de mi tío y estoy seguro de que él creyó que había estado en alguna forma de Paraíso: en un lugar inhallable de Baviera, a donde llegó de manera casual; en un perdido monasterio que ni existe, ni existió nunca. ¿Estuvo allí en realidad? ¿Lo contó, veladamente, en la revista local y no quiso decir más entonces? Quizá él pensó que había tenido realmente una visión del paraíso. Después, trabajado por la soledad y la fatiga de vivir, siguió dando vueltas a esa oscura experiencia que se alejaba, cada vez más tentadora, y se adentró en las aguas oscuras y mistagógicas de la Kabbalah, para no retornar ya.

Otra posibilidad: todo fue una ficción, desde el principio, una ficción de escritor. Una historia que imaginó como juego y que luego tal vez lo trastornó, hasta el punto de hacerle cambiar su vida. ¿Puede alguien llegar a creerse tan perturbadoramente sus propias imaginaciones?

El mundo está lleno de misterios. En un libro de texto de mi carrera, leí unas palabras del rabí Akiva ben Yosef a su discípulo: “Hijo mío, por mucho que el ternero quiera mamar, es más lo que la vaca desea darle”. Quedó su nombre en mi memoria, sin más. Ahora, treinta años después, lo vuelvo a encontrar en la casa de mi tío muerto, y me entero de que este rabí pudo haber vislumbrado el paraíso y regresar sin perder la cordura. Esta caprichosa reaparición en mi propia vida también me turba; quizá tiene un sentido, que no sé descubrir. Los griegos no concebían la eternidad y les cautivaba la idea del retorno. Yo estoy solo ahora —con esa soledad que es necesaria para entender a los solitarios— y quiero descubrir hasta donde llegó mi tío en lo que probablemente fue un fatigoso camino de iniciación.
(continuará)

14 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (II)


Alquilé un coche para ir desde Regensburg (la antigua y bellísima Ratisbona medieval) hasta Murnau, muy cerca del lago Staffelsee, al sur de Munich. En la guantera había un mapa de la región, bastante detallado, en el que pude ver, marcado con una estrella azul como monumento interesante, un ‘Kloster’, un monasterio, situado cerca de una ciudad de nombre Bad Tölz. No había ido para hacer turismo, pero como apenas tenía que apartarme de mi ruta, pasando un par de pequeñísimos pueblos, de cuyos nombres me acuerdo perfectamente, decidí acercarme a visitarlo.

Llegué, en efecto, a lo que parecía un pequeño monasterio. Estaba cerrado y llamé, sin que contestara nadie. Cuando ya me marchaba, vi a la derecha una puerta abierta. Era un salón recoleto y lleno de encanto, con altos zócalos de cerámica azul, como la que vi fabricar hace ya muchos años en Iznik, en Anatolia. Dentro había gentes que celebraban algo, no sé exactamente qué, en un ambiente amable, vestidos todos de un blanco inmaculado. Se oía la música de esa cítara popular en Baviera —y en la vecina Austria; como la que toca Anton Karas en la película ‘El tercer hombre’, de Carol Reed— y alguien interpretaba muy lentamente una melodía dulcísima.

Fue uno de esos momentos insólitos que se viven a veces y que justifican, por sí solos, cualquier viaje. Los reunidos me vieron llegar, me invitaron a entrar cortésmente y hablaron conmigo, como si me conocieran de toda la vida. Había una atmósfera de paz y serenidad, como yo nunca había vivido hasta entonces. Era, sobre todo, la luz; una luz limpia y distinta, que parecía ser la única realidad existente. Así debió de ser la del primer día de la Tierra, cuando Dios dijo “Haya luz”, antes de que fuera creado el Sol (Génesis, 1, 3, primer relato de la creación). Venía de arriba, del techo, de una tenue niebla resplandeciente, que aislaba del mundo y que, junto con la música, te hacía flotar en un estado de felicidad imposible de describir. Por desgracia, tenía que seguir mi viaje y me despedí, ya con una anticipada y dolorosa nostalgia.

Lo que ha ocurrido después, ya en España, es de todo punto incomprensible. He buscado en las más completas enciclopedias el nombre del monasterio y no lo he podido encontrar. Lo mismo pasa con los dos pueblecitos que hube de cruzar para llegar al lugar. No existen, no hay constancia de sus nombres en ninguna parte. Es como si se los hubiera tragado la tierra. Estaba tan perplejo, que telefoneé al consulado alemán y tampoco allí supieron darme noticias.

La situación me parecía inexplicable y llamé a la empresa a la que alquilé el coche. Les pedí con todo interés que me dijeran, en el mapa del sur de Baviera —el editado por ellos mismos y que yo había manejado—, en la zona que les indiqué con toda precisión, el nombre del monasterio, que aparece con una estrella azul, y el de los dos pueblecitos que hay que pasar para llegar a él, partiendo de Bad Tölz. Me contestaron que habían estudiado el mapa y no había ninguna estrella azul, ni ningún monasterio en la zona. Quedaron en enviarme el mapa por correo.

Hace una semana me llegó el mapa; idéntico al que yo utilicé durante mi viaje, sin lugar a dudas. Efectivamente, no aparecen en él por ninguna parte, no existen, ni el monasterio que yo visité, ni los pueblos que atravesé. Quizá tampoco eran reales los lugares y los seres que me encontré en mi camino ese día. Parece que nada de eso hubiera ocurrido en este mundo.

También me llegaron las fotos que tomé durante el viaje, con una nota de la empresa encargada del revelado, en la que me dan algunos datos y me piden información. Dicen que una parte del rollo apareció tan intensamente velada, que sugiere la exposición a una luz de extraordinaria potencia. No sólo las sales de plata han sido extremadamente alteradas, sino que la matriz en la que van suspendidas, y hasta el propio soporte, el celuloide, han sido descompuestos y modificados de manera extrañísima. Nunca han visto algo parecido y me preguntan, con gran interés, en qué lugar utilicé la cámara. Se refieren a la parte del rollo entre Regensburg y Murnau, el que corresponde a las fotos que hice en el monasterio, que faltan todas. Ya no sé qué pensar de todo esto y, desde luego, no encuentro explicación para lo ocurrido; ni con la filmación, ni con la insólita desaparición del lugar.
(continuará)

13 de noviembre de 2014

Realidad y fantasía en la literatura (I)


Amigo lector, aquí estoy otra vez, que nunca dije que mi abandono del blog hubiera de ser definitivo y total. Y querría hoy empezar un tema algo complicado y que no puede ser breve, ex necessitate rei: la mezcla de realidad y fantasía en la literatura, que tantas veces intriga a los lectores. Además, al final quiero insertar un video propio, aventura absolutamente inédita en estas lides mías y de la que espero salir airoso. En fin, empezaré y sea lo que Dios, o el demonio, quiera.

Pretendo explicar la génesis de un relato corto mío, de índole fantástica, Viaje a Baviera, de mi libro El misterio de los editores; mostrar los sucesos reales que me sugirieron la trama del relato. En estas historias, la mayoría de las veces todo nace del magín del escritor, pero también hay algún caso en que la realidad es misteriosa y desconcertante y te brinda la urdimbre del cuento. Pensé en resumir este y veo que es imposible. Lo copio, pues, íntegro, dividido en tres partes, y luego comentaré cómo nació. Mi propósito de abreviar las entradas no será fácil de cumplir en muchos casos; lo que sí haré es hacerlas menos frecuentes. En esas estamos.

*** VIAJE A BAVIERA (relato) *** 
 
¡Oh, gentes de Al-Ándalus,
... el paraíso sólo está en vuestra tierra!
Abu Ishaq Ibn Ibrahim Ibn Abu Al-Fath Ibn Khafajah (1058-1139)

Mi tío ha muerto recientemente y ahora sé que nunca llegué a conocerlo bien. Él vivía en su bella ciudad, en la provincia de Jaén, viajaba a Madrid sólo ocasionalmente y era yo el que venía a veces aquí, a su casa, en donde estoy ahora. De joven, me intimidaba un poco, aunque siempre fue cariñoso y afable conmigo. Lo veía lejano y sabio, viviendo solo en este caserón enorme, sin familiares cercanos, eternamente sumido en lecturas e indagaciones a las que le llevaba su trabajo de bibliotecario y su condición de cronista. Hablaba de cosas amenas, pero desconocidas de casi todos y a menudo ligeramente misteriosas o indescifrables.

Los últimos tiempos estaba como perdido. Su muerte, relativamente inesperada, a pesar de sus setenta y nueve años, me entristeció mucho. Vine una vez más a esta ciudad para el entierro y unas semanas después he tenido que hacerme cargo de la casa, porque me la dejó a mí, uno de sus tres herederos, con todas sus pertenencias. He decidido pasar aquí unos días, sumergirme en los muchos papeles y fotos que ha dejado y revisar un poco su nutrida biblioteca.

He vuelto a leer el relato Viaje a Baviera, que apareció en la revista literaria local Bétula, de la que era habitual colaborador, hace ahora unos trece años. Lo transcribo entero, para que se entiendan mis sospechas e incertidumbres respecto a todo lo que contó en el artículo. Hago notar que es de mayo de 1998

Queridos lectores, este mes escribo sobre Baviera. Quizá también sobre algún otro lugar desconocido y oculto —un salón con el color azul cobalto fucilando en las paredes y una luz singular y distinta—, situado en alguna otra dimensión de la realidad. Intentaré explicarme.

Llevaba tiempo sin ir a esa tierra alemana, especialmente querida; seguramente, por tener algún conocimiento de su lengua, gracias a mi madre, que se empeñó en que la aprendiera de pequeño, con doña Hildegard, que me daba también clases de piano. Aunque viajé por motivos profesionales, he gozado otra vez de aquellos hermosos paisajes y de la alegría de sus gentes. Eso de que los alemanes no hacen mucho ruido cuando se reúnen es una de las numerosas ideas falsas que los diversos pueblos tienen unos de otros. Aquí, eso sí, hablamos todos a la vez y allí lo hacen algo más ordenadamente, casi siempre de uno en uno. Luego, las risotadas, las muestras de aprobación o desaprobación, las bromas y las canciones son igual de ruidosas o más que en España.
(continuará)
 

29 de septiembre de 2014

La pequeña y verde Holanda


Nunca oculté algunas veleidades didácticas de este blog. Ayer expliqué un poco la confusa nomenclatura de cierta parte de Europa a lo largo de la historia (Holanda, Netherlands, Países Bajos, Flandes, etc.). Seguramente no fue excesivamente divertido, pero tiene que haber de todo. También afirmé que era poco necesario escribir cualquier croniquilla de viaje, con tanta información asequible en Internet. A pesar de todo, contaré algo de mis recientes impresiones sobre Holanda.

A veces erramos en nuestras apreciaciones; tendemos a pensar que la hierba es mejor al otro lado de la verja. La imagen de valquirias rubias atravesando en bicicleta, con la melena al viento, los verdes y llanos campos de Holanda puede no ajustarse a la realidad. En las ciudades hay tantas bicicletas que el tráfico se embarulla y hay ciclistas desconsiderados, que invaden las aceras y molestan a los peatones. El clima acompaña poco y, aun considerando todas las ventajas de este modo de locomoción, no hay que olvidar que existen ciudades que por su tamaño pueden negociarse a pie, caminando. Quiero decir, que la felicidad no consiste en ir en bicicleta a todas partes.

En Amsterdam hay novecientas mil bicicletas y encontrar sitio para aparcarlas es difícil. Se roban unas doscientas mil al año, según la información de un guía. Otro guía dijo que el promedio de estos robos era de tres por ciudadano y año, lo que me parece excesivo. Incluso admitiendo que el ciclista robado recurriera al sencillo expediente de robar a su vez otra bicicleta, los holandeses pasarían una buena parte de su tiempo robándose estos vehículos unos a otros. Además, el tiempo en Holanda es muy variable. La recomendación que cabe hacer a cualquiera, al salir cada mañana de su casa, es: No olvides coger algo de abrigo, que puede hacer frío; ni la gabardina por si llueve. Y toma también el bañador, por si el tiempo se pone bien y quieres acercarte a la playa.

El paisaje sí tiene mucho de encantador y le recuerda a uno los conocidos cuadros de la pintura holandesa. La mirada se esparce en paz y sin tropiezos, la paleta de verdes es riquísima, en los canales estancados es como el jade. En primavera, cuando florecen los tulipanes, el campo es un tapiz delicado y precioso. Los animales están quietos, pastando incansables todo el día. No porque sean glotones, sino porque la hierba es un alimento pobre y son necesarias grandes cantidades para satisfacer las necesidades energéticas. Se ven sobre todo vacas, caballos y ovejas, cada uno a su bola, como se dice ahora. Al atardecer, vuelven ordenadamente al establo para su ordeño.

Ya dije que, nos guste o no, la organización social del país es a la que tienden otros países de nuestro ámbito cultural. El 67 % de los matrimonio acaba en divorcio, porcentaje no único en Europa. En La Voz de Galicia se cuenta hoy mismo que en esa comunidad se divorcian dieciocho parejas cada día. Una de las características más acusadas del ser humano es su extrema susceptibilidad al aburrimiento. Todas las fórmulas ensayadas para soslayar este inconveniente en las parejas, incluyendo la más ortodoxa y ritual, han sido un fracaso. El problema no tiene una solución fácil.

En Amsterdam se pueden comprar semillas de marihuana y hay pasteles y helados que contienen esa sustancia y se pueden adquirir libremente. Mi pregunta frente a esto, es siempre la misma. ¿Qué falta hacen en un mundo pletórico de belleza, de misterios y de interés? Entiendo que la vida puede ser también insoportable a veces. Hay que luchar para que esto no ocurra, para que no pueda ocurrir jamás. Es una tarea difícil, a la que no se coopera desde la evasión con las drogas.

A pesar de la permisividad general, hay sexo mercenario y el llamado Barrio Rojo de Amsterdam es un lugar irrenunciable para los turistas. Como el Reeperbahn de Hamburgo —los Beatles actuaron en algún club de allí antes de ser famosos—, como tantos otros. No ofrece nada nuevo, es lo mismo en todas partes. Sin embargo, hay un afán perentorio en visitarlo; también en las señoras. Para ver cómo son esas ‘otras mujeres’, qué ocultos atractivos pueden tener, estudiar algún pequeño ardid o atuendo que pueda ser honestamente copiado para encandilar de nuevo a los maridos, para mantenerlos eternamente enamorados. ¿Cómo son? ¿Son irresistibles bellezas? Hay de todo, como en todas partes. En esto, el mundo es bastante homogéneo y repetitivo. Infinitamente más interesante: el mercado de flores.