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29 de julio de 2016

Mito de Endimión y Selene

En mi entrada anterior conté que había leído una novela, Endimión, de Verner von Heidenstam, y pensaba escribir sobre el famoso mito de Endimión y Selene, tal vez uno de los más bellos de la mitología griega, que, pese a sus diversas variantes, no es de los más complejos. Me enzarcé luego en elucubraciones políticas de actualidad y me desvié del tema. Resumiré ahora la historia.
Endimión era un pastor de Caria de origen divino, nieto de Zeus, que había sido rey en Elida, pero fue destronado. Vivía en una cueva del monte Latmos, realizando las faenas propias de su nuevo oficio durante el día y contemplando los astros por la noche. Dormía mucho, eso sí, y hay varias leyendas sobre esto. Unos cuentan que Zeus le ofreció cualquier cosa que deseara —los dioses eran entonces así de espléndidos— y Endimión escogió un sueño prolongado que lo mantuviera siempre joven. Otros afirman que esa somnolencia persistente fue un castigo que le infligió Zeus, por haberse enamorado de su esposa Hera. Nadie debería ser castigado por enamorarse, ¿no?
Latmos tenía, como tantos lugares pretenden hoy día, un microclima mejor que el de ningún otro sitio del mundo y el tiempo era bueno, en general, lo que permitía al joven dormir desnudo, in puribus, al aire libre, a la puerta de la cueva, bajo la suave luz de la luna, cuando la había. En fin, aunque uno le eche lirismo al asunto, vivía una vida tranquila y feliz, pero algo aburrida. Y era guapo el condenado hasta decir basta.
Un buen día, la diosa lunar Selene, hermana de Helios, el dios del Sol, en su infatigable recorrido por los cielos nocturnos, lo vio durmiendo y tan ligero de equipaje. Selene era una diosa hermosísima, de pálido rostro, que conducía un carro de plata tirado por un yugo de bueyes blancos y vestía una túnica alba hasta los pies; llevaba una media luna sobre su cabeza, como adorno y para que se supiera quién era, y portaba una antorcha con una luz discreta, mitigada, dulce e íntima.
Selene, que hacía lo mismo todas las noches y quizá estaba también ya un poco aburrida de la rutina, cuando vio al bellísimo Endimión, repito que dormido y desnudo, fue gratamente sorprendida, para decirlo fino. En realidad, a la diosa se le revolvieron todas las divinas hormonas y, sin poder resistirse, se acercó al bello durmiente y lo besó, suavemente primero y con creciente atrevimiento después, que es como se suelen hacer estas cosas, si se tiene un poco de mundo y experiencia. Trabajó tan en firme la diosa que Endimión se despertó y ella huyó, desapareció. De manera que el buen pastor pensó que todo había sido un sueño y volvió a dedicarse a lo suyo, la arrobada contemplación de los astros y en particular de la Luna.
Selene pensó en lo ocurrido y lo encontró muy satisfactorio, como suele ocurrir. Tanto como para repetir al día siguiente y muchos días más, mientras el pastor dormía. Endimión, al final, reconoció ya a su visitante nocturna, se enamoró de ella y, respetando su deseo de acercarse a él sólo cuando dormía, pidió al dios Hipnos que le otorgara la virtud de dormir con los ojos abiertos para gozar de la visión de la diosa cruzando los cielos y, más importante aún, para verla cuando se posara en tierra, junto a él. En otra variante del mito la diosa visitante es Artemisa, que había jurado permanecer casta —hay que tener cuidado con lo que se jura o promete— y es esta la que le pide a su padre, Zeus, que mantenga dormido al pastor para “poder disfrutar de sus labios”, sólo eso, sin pasar a mayores. Variante difícil de creer literalmente, ya que con estas visitas la diosa tuvo cien hijos e hijas. Por ello, yo supongo que la amante fue Selene, que no había prometido ninguna tontería.
Lo de dormir pudiendo ver es una fruslería para cualquier dios griego. Lamia, hija de Poseidón, fue condenada a no poder cerrar nunca los ojos, pero Zeus le otorgó el don de poder quitárselos y ponérselos, como hace hoy día mucha gente con las lentillas. Las Grayas eran tres hermanas, hijas de Forcis, que vivían en una cueva situada muy lejos hacia el ocaso, en un lugar donde siempre era de noche. Tenían sólo un ojo y un diente para las tres y se los pasaban de una a otra cuando querían mirar algo o comer —esto ocurre también con ciertas brujas de las mitologías germánicas y nórdicas—. Para colmo, Perseo les robó el ojo único, cuando perseguía a Medusa para matarla.
Sobre los ojos es que hay mucho que decir. Leo en alguna parte que, para los sirios, la mujer ideal debe tener el porte de la palmera, el color de la aurora, los ojos de la serpiente, la elasticidad del tigre y una boca que sea un edén de pasión al reír y morder. Lector, tengo que fijarme más en los ojos de las serpientes, que a lo mejor me estoy perdiendo algo. Más cercano y entendible me parece a mí lo de Ekto, mujer de ficción amiga de Polixene, la hermana de Paris, que era “de rara belleza, con largos cabellos rubios y ojos de color cambiante, según el momento”. Esto lo comprendo mucho mejor. De hecho, la señal inequívoca, patognomónica, del amor en todo su esplendor, es cuando se percibe que los ojos de la persona amada cambian como en un calidoscopio y tienen un color indefinible. Cuando esto acaba, el amor está a punto de huir, de marcharse, como ocurre tantas veces.
Termino. Endymion es un bello poema de John Keats —aquí la amante nocturna es Artemisa—, que empieza con el conocido verso: A thing of beauty is a joy for ever (una cosa bella es un gozo para siempre). Está en Internet, claro, como todo, como casi todo.

6 de octubre de 2014

Más sobre el olvido (fin)


El temor a olvidar puede llegar a angustiarnos. Los recuerdos son el hilo que vertebra nuestra conciencia, los materiales con los que  edificamos nuestra personalidad. Cuando en el año 138 a. C. las huestes romanas llegaron al río Limia, en Galicia —al que llamaban Lethe e identificaban con el Letheo, el río del Hades de la mitología griega, que borraba la memoria de los que lo cruzaban—, los legionarios se negaron a proseguir. El general que los mandaba, Décimo Junio Brutus Gallaicus, tuvo que cruzarlo el primero y ya en la otra orilla habló a sus veteranos en su lengua latina de siempre y los llamó por sus nombres, para disipar en ellos el miedo a la amnesia producida por sus aguas.

Para algunos, en el Hades había otro río, el Mnemósine, que tenía justamente los efectos contrarios: sus aguas hacían recobrar la memoria de todas las cosas. Después de la muerte, a cada uno se le ofrecería la posibilidad de elegir el agua de uno de los dos ríos para beber. O bien olvidarlo todo o bien recordarlo todo. Una elección quizá nada fácil, amigo lector, para muchos de los humanos.

Existen muchas fantasías sobre los medios para lograr el olvido. Aprovecho para recordar a mis lectores un escritor español del XVII, Cristóbal Lozano, del que no diré nada más, cuya biografía se puede leer fácilmente en la red. En el primer tomo de un curioso libro suyo, Historias y Leyendas, leo la de Moisés y Taibis, sin ninguna base histórica o documental. Según esta, Moisés habría permanecido en la corte del faraón, llegando a mandar el ejército egipcio. Derrotó a los etíopes y los persiguió hasta su país, en donde sitió la ciudad de Sabá, en la que se habían refugiado. Tenía el rey de Etiopía “una hija agraciada; aunque morena, donosa en el aseo, bizarra en el talle, briosa en las acciones”. Taibis, que ese era su nombre, enamorada de la fama de Moisés, andaba ansiosa por verle y lo logró, “dejándose cautivar de su gala y gentileza”.

Una noche, acompañada de una fiel criada y disfrazadas como varones, pudieron llegar hasta Moisés, quien, al saber que era la princesa, la trató con la debida cortesía. Confesó ella que “le estaba, por la fama, aficionada mucho, y habiéndoos visto, claro está que estaré más”. En fin, le dijo, “si lo inmenso de mi amor, si el extremo de mi arrojo, si lo grande de mi fe pueden recompensar y suplir la blancura que me falta, la beldad de que carezco, admitidme esclava con el honroso título de esposa, y yo pondré a vuestros pies esta ciudad y el reino de mi padre”. La princesa sabía hablar y ofrecerse.

Moisés quedo pasmado del suceso, sigue contando Lozano, y tras pedir consejo se avino a los propuesto. Con magnífica pompa fue recibido con los  suyos en la ciudad, en donde se casó y en tálamo real gozó de su enamorada etiopisa (sic). No duró mucho el casorio, porque, como apunta certeramente el escritor, “una negra, por más que le adornen los aseos es siempre cara de noche” —es que Lozano no conoció a la Naomí Campbell ni a otras bellezas de su raza—. Moisés empezó a preparar su vuelta a Egipto y cambió ostensiblemente en su comportamiento con la princesa. Esta reaccionó, como ocurre a veces, redoblando sus caricias y halagos.

Viendo Moisés que con desvíos y desaires no podía desasirse de ella, procuró valerse de  su ciencia, como famoso astrólogo que era. Fabricó un anillo de oro y en una piedra preciosa que le puso por engaste pintó su retrato. Taibis lo recibió gustosa y apenas lo miró “se llenó de olvidos del que idolatraba tanto”. Tan eficaz fue el tratamiento que cuando partía Moisés con sus soldados y con sus riquezas no hizo la princesa la menor demostración de sentimiento, sino que, olvidada de que era su esposo el que se ausentaba, le despidió con  mil agrados y se quedó contenta. Talmente como la hija de una amiga mía, que acaba de divorciarse, que se quedó como perro al que le quitan pulgas. Y sin necesidad de ninguna clase de anillo. Lo que son las cosas.

García Márquez habla en Cien años de soledad de ‘tiempos reservados al olvido’. Otros son dedicados al recuerdo. La vida nos va dictando sabiamente, en cada momento, lo que conviene. Es desolador saber que hay seres humanos que apenas tienen cosas felices que recordar. Quizá algo en su infancia. Demasiado poco. Nada.

Para terminar, como puro estrambote, una cita de William Bernbach, el conocido publicista estadounidense: La diferencia entre lo que se olvida y lo que permanece es el arte.

5 de octubre de 2014

Más sobre el olvido


Ya dije alguna vez que el Amor y la Muerte eran los dos grandes temas de nuestras vidas. El amor, tan inseguro y caprichoso; la muerte, tan cierta e inoportuna. Y expuse una vieja idea mía: la inmortalidad, la idea misma de ser inmortales, resulta insoportable para los seres humanos. Incluso acuñé un neologismo para intentar plasmar esa inquietud, esa desazón mental, frente a un tiempo infinito, una eternidad en la que hubiera de instalarse nuestra vida: eonofobia, temor a la eternidad.

Mejor esta humanidad nuestra, afirmaba entonces, de dioses ínfimos y mortales, gozando de la impagable libertad de equivocarnos, de errar el camino y empezar de nuevo. Bendita, sobre todo, la posibilidad de olvidar, vedada a los que no mueren: “We are immortal, and do not forget; we are eternal; and to us the past is, as the future, present” (Somos inmortales y no olvidamos; somos eternos, para nosotros el pasado está, como el futuro, presente), dice uno de los siete Espíritus a Manfred, en una obra de Byron de la que luego hablaré. Otro de los grandes temas: el olvido. Sobre esta realidad, esta característica funcional de nuestro cerebro, me gustaría hoy insistir un poco.

 Hay quien no quiere olvidar. Quizá recordéis, de Tristán e Isolda, aquel perro fantástico, Petit Cru, que un hada entregó al rey de Gales, con un cascabel, cuyo sonido tenía la magia de borrar todos los recuerdos tristes. Tristán padeció los peligros de la guerra, sólo para conseguirlo y enviarlo a Isolda, para que así olvidara. Isolda quiso compartir su sufrimiento con Tristán y arrojó el cascabel al mar. Para no olvidar, para no olvidar sola.

En cambio, la infantina Blanca Flor, en la deliciosa Farsa infantil de la cabeza del dragón, de Valle-Inclán, dice: Quiero olvidar. Y el Príncipe Verdemar contesta: No se olvida cuando se quiere. Y la infantina insinúa: Dicen que hay una fuente… Y el príncipe añade: Esa fuente está siempre al otro extremo del mundo. Para llegar a ella hay que caminar muchos años. ¿Se olvida al beber sus aguas?, pregunta de nuevo la infantina. Se olvida sin beberlas, contesta tajante el príncipe. Es el tiempo quien hace el milagro y no la fuente. Cuando una peregrinación es larga, se olvida siempre.

El olvido es algo tan importante, tan nuclear en nuestra existencia, que en muchas circunstancias sentimos la necesidad imperiosa de olvidar. O, por el contrario, nos asusta y aterra la posibilidad de olvidar. En la poesía, en el teatro, en las leyendas, en las historias, está muchas veces presente esta preocupación por el olvido; porque te olviden o por olvidar. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido, cantaba Pablo Neruda. Otro poeta muestra sus preferencias: Mejor morir por tu amor que morir de tu olvido. Y a todos nos aterran muy particularmente esas enfermedades que tienen como rasgo común la pérdida de la memoria, la incapacidad para recordar.

La necesidad de olvidar, para tornar tolerable la vida, puede sentirse con gran intensidad. Manfred es un poema dramático —también es eso que se ha llamado en inglés un closet drama— que Lord Byron compuso a principios del siglo XIX, en medio de graves problemas personales y un rechazo social evidente, tras su fallido matrimonio y ciertas muy extendidas sospechas de una relación incestuosa con su hermanastra, Augusta Leigh. La obra es muy del gusto romántico, con espíritus, demonios, brujas, fantasmas y un final debidamente trágico. No falta nadie.

El protagonista, Manfred, es un noble atormentado por un violento  complejo de culpa. Su inquietud le lleva a invocar la ayuda, mediante conjuros, de Siete Espíritus. Cuando estos le preguntan, ¿Qué quieres de nosotros, hijo de mortales?, dice una sola palabra: olvidar. Los Siete Espíritus contestan que no está en su esencia, en su poder, el controlar los hechos pasados y no pueden satisfacer su demanda. Para olvidar tendrá que morir. Manfred muere y sus últimas palabras son para el abad de San Mauricio: Old man! ‘t is not so difficult to die (Anciano, no es tan difícil morir). He’s gone, his soul hath ta’en its earthless flight; whither? I dread to think (Se ha ido, su alma ha iniciado su vuelo no terrenal. ¿Adónde? Me asusta pensarlo), dice el abad.
(continuará)

27 de septiembre de 2014

El holandés y su carro


He estado algún tiempo fuera, en Bélgica y Holanda, huyendo de la barahúnda nacional. No lo hago a menudo por este motivo, sólo cuando el nivel de irracionalidad de la tribu supera cierto generoso dintel. No me gusta hacerlo, aunque también creo que uno tiene derecho a un poco de paz. Lo grave es que no hay un sitio en donde encontrarla. Lo único que uno puede hacer es aislarse en lo posible y esperar. Lo aún más grave: está claro que no hay mucho bueno que esperar.

Siempre ha sido así, lector amigo. Te contaré un secreto: Algunos escritores hebreos afirman que entre los cielos y la tierra vive un gallo salvaje, que tiene uso de razón y puede hablar. Se ha encontrado un pergamino antiguo, escrito con letra hebraica y lengua entre caldea, targúmica, rabínica, cabalística y talmúdica, con el título Scir detarnegòl bara letzafra —la traducción, por si alguien no lo entiende, Cántico matutino del gallo silvestre—, que se ha logrado descifrar, con infinito esfuerzo. De él son estas palabras que canta el gallo al amanecer y dirige al Sol: ¿Viste tú alguna vez a uno solo entre los vivientes ser feliz? ¿Viste nunca la felicidad dentro de los confines del mundo? ¿En qué campo mora, en qué bosque, en qué montaña, en qué valle, en qué país habitado o desierto, en qué planeta de los muchos que tus llamas iluminan y calientan? Y tú mismo, que velozmente, día y noche, sin sueño ni reposo, corres el desmesurado camino que te está prescrito: ¿eres feliz, o infeliz?

Lo de huir a otro país tiene la ventaja de que, al conocerlo menos, uno puede en algún momento arriesgarse a pensar que la vida en él es algo mejor, que algunas estupideces de los humanos les han sido perdonadas, condonadas. Uno se inventa así más fácilmente historias o vidas felices. Quizá yo me he inventado una en este viaje. Estábamos mi esposa y yo en el hotel, cerca del lugar en que había varios ordenadores para conectarse a Internet, cuando un señor mayor, pulcro, atildado, con pinta de ser quizá miembro de alguna de esas academias ilustres que hay en todas partes, se acercó y pidió ayuda para su mujer, que estaba luchando con uno de los monstruos y a punto de ser vencida y humillada. La ayudamos en lo que se pudo y luego charlamos un poco.

Lo poco que se puede charlar con alguien que habla sólo holandés y un poco de alemán. El señor resultó educado, algo dicharachero y gracioso. Y sincero y sencillo, esas divinas cualidades que cuesta tanto trabajo adquirir. Se excusaba por haber pedido ayuda. No sé nada de ordenadores; es mi mujer la que sabe un poquito. Yo me he pasado toda la vida de un lado para otro con mi caballo y mi carro y no sé nada de eso, nos contaba riendo. Y ya se me disparó a mí la imaginativa, como decían los antiguos, y lo veía en aquella plácida, aunque vulnerable, tierra, haciendo su trabajo diario, con uno de esos gigantescos caballos percherones que se ven por allí, ganándose con alguna holgura la vida, para acabar, al llegar la jubilación, bien vestido, con un aspecto envidiable y sin perder su simpleza de campesino. Me lo imaginé ya así y así quedará en mi memoria. Y envidié ese país, seguramente irreal, en el que un campesino al final de su vida puede parecer un académico y no al revés, como puede suceder en otros sitios.

Como me interesan sobre todo las personas, enseguida pensé que me gustaría contar esta historia, antes que cualquier otra, cuando hablara de este viaje. Y eso es lo que estoy haciendo y hasta quizá le ponga a esta entrada el título que pensé entonces: El holandés y su carro. Aunque si él pudiera leer esto, quizá me corregiría: Le aseguro que la vida no fue fácil para mí. Por no hablar de la tragedia de 1953, aquellas inundaciones terribles que dejaron casi dos mil muertos en mi país. Yo era entonces un niño y todavía inquietan mis sueños. Pero la vida es eso, ¿qué podemos hacer?

Se pueden hacer muchas cosas, contestaría yo. Esos problemas son solucionables con esfuerzo e inteligencia. Como han hecho ustedes, los holandeses. Otro día contaré algo más de todo esto.

7 de julio de 2014

Candaules y Gyges


Cuando hablé de los vientos en mis entradas anteriores, tomé algunos datos de la Historia de Herodoto. En ella, muy al principio, el autor narra lo sucedido a Candaules, rey de Sardis (Lidia, en Anatolia occidental), que es un hecho relativamente conocido. Este rey debió de ser bastante fatuo y también medianamente ‘falto’. Enseguida se verá por qué lo digo.

Candaules estaba enamoradísimo de su esposa, lo que es relativamente normal en algunos casos y durante un tiempo que puede ser muy variable. Y pensaba —todo viene de lo mismo— que era la más bella y perfecta de las mujeres. Y lo andaba diciendo por ahí, por lo menos a un tal Gyges, que era el lancero en quien confiaba más y al que hacía partícipe de sus planes y secretos. Hasta aquí todo relativamente normal.

Un día el rey le dijo a este Gyges que temía que no le creyera, porque “los oídos de los hombres son menos dignos de crédito que sus ojos”. En esto llevaba razón, hay que reconocerlo. Y le pidió que tratara de ver desnuda a la reina, a lo que Gyges se opuso con vigor y dijo que no era necesario, porque él creía en la palabra de su rey. Bueno, pues el rey se empeñó en esa contemplación inocente.

Ten valor, Gyges, y no temas ni de mí ni de ella, porque no se dará cuenta, le dijo. Tú te colocas detrás de la puerta de mi dormitorio y verás cómo se va quitando sus ropas y colocándolas en una silla. Y cuando se venga ya a la cama, tú estarás a sus espaldas y podrás huir sin que te vea.

Por fin Gyges cedió e hizo lo que se le pedía, pero la reina pudo verlo en un momento. No dijo nada, aunque estaba llena de vergüenza —esto lo afirma Herodoto; a lo mejor no fue para tanto— y  al día siguiente mandó venir a Gyges y le dijo: “Hay dos caminos para ti y habrás de escoger. O matas a Candaules y así me poseerás, y al reino de Lidia, o te matas aquí mismo, ahora”. Ya se ve que la reina, en cuanto se le pasó la vergüenza, se puso la pobre a maquinar el asunto y dio con una solución que no le pareció mala, para ella. ¿Que cómo era Gyges? Lector, qué preguntas me haces. No lo sé. Pero los lanceros suelen ser fuertes y aguerridos y entre los reyes hay de todo.

Gyges al final tuvo que aceptar y preguntó a la reina cómo lo harían. Ella contestó que con la astucia que empleó para verla desnuda. Así que, cuando llegó la noche, le dio una daga y lo escondió detrás de la misma puerta de entonces. Y cuando Candaules estaba dormido, Gyges lo mató y se apoderó así de su esposa y de su reino.

Esto es lo que cuenta Herodoto, pero hay otras versiones. Platón en su República, dice que Gyges (murió hacia el 652 a. C.) era un pastor que encontró un anillo que le hacía invisible y con esa ventaja logró seducir a la reina y asesinar al rey. Una tercera versión es la de Nicolás de Damasco, del siglo I a. C., quien afirma, tomando como fuente a Xanthus, historiador lidio del siglo V a. C., que Gyges fue un oficial del ejército que mató al rey cuando la reina le acusó de haber intentado seducirla.

Abandono a Herodoto, que ya he hablado bastante de él. Antes de su época, diversos navegantes habían explorado el mundo (periplos de Hanón, de Necao, de Sataspes, de Scillex, etc.) y descubierto sus maravillas. No puedo hablar de ellos aquí. Sólo querría mencionar lo que leí en una descripción anónima del siglo VII a. C., sobre un pueblo, el de los cornios. Se dice de ellos que “tienen las mismas costumbres que sus vecinos, pues la vida les es indiferente”. De todos los variopintos pueblos que he visto descritos en diversas fuentes, este es el que más me sorprende y me disgusta. Porque se puede ser lo que sea y andar buscando por el mundo las cosas más peregrinas. Pero ser indiferente a la vida, ese don precioso, fugaz e irrepetible, es algo que jamás podré entender. La expresión más idiota que conozco es esa de “estar matando el tiempo”. Y una de las más tristes, en cualquier idioma, la de “ya es demasiado tarde”.

1 de julio de 2014

De los diversos vientos (III)


Quiero hablar  de vientos y trataré de no extraviarme. Hay centenares de ellos, pero sólo me referiré a los que tienen alguna historia o leyenda aneja, algunos de los cuales aparecen a lo largo de los nueve libros de la Historia de Herodoto (o Heródoto) de Halicarnaso (484-425 a. C.), de quien no diré nada más.

Ya vimos cómo el viento Noto arrasó a los psilos. Los vientos pueden ser terribles y en lengua castellana la expresión “correr malos vientos” indica que las circunstancias no son favorables para lo que sea o para nada. Cuando los persas de Cambises II fueron enviados a luchar contra los amonios, hacia el año 525 a. C., se dirigieron desde Tebas de Egipto hasta la ciudad de Oasis, habitada por los Samios —sigo el texto de Herodoto— para proseguir después hasta su objetivo final. Eran unos cincuenta mil soldados; jamás llegaron a su meta y ninguno de ellos retornó. Leyendas de los propios amonios cuentan que, cuando el potente ejército persa estaba a media distancia entre Oasis y los elusivos enemigos, en medio del desierto y sin saber qué dirección tomar, un violento viento del Sur los sorprendió mientras comían y los enterró en la arena, de manera que nunca más se supo de la enorme tropa. Muchos exploradores han buscado los restos de la misma —entre ellos el famoso conde Almásy—, sin que hasta ahora se haya encontrado nada realmente definitivo.

Lo de luchar con armas contra el viento parece algo casi frecuente cuando se leen las historias antiguas. En el sur de Marruecos, había también un viento, el aajej, frente al que los fellahin (los campesinos) se defendían con cuchillos. Y el hijo del faraón Sesostris, Pheros —Herodoto aclara que esta es una historia de oídas—, muy poco después de recibir el trono, tuvo un accidente, que narro enseguida. El Nilo había llegado a una altura sin precedentes y había inundado los campos. Entonces se levantó un viento furioso que agitó las aguas del río y provocó un gran oleaje. Pheros enloqueció de ira, asió su lanza y la arrojó contra los remolinos del río. Inmediatamente quedó ciego, castigado por el viento.

Estuvo ciego diez años, hasta que un oráculo de la ciudad de Butona le comunicó que había terminado el tiempo de punición y que en adelante podría ver, si se lavaba los ojos con orina de una mujer que hubiera conocido sólo a su marido, a ningún hombre más. Inició el tratamiento con su esposa, pero continuó ciego. Probó fortuna, sin éxito, con muchas otras y, al fin, cuando recuperó la vista, reunió en una ciudad, Eritrebelos, a todas las mujeres con las que hizo el experimento, excepto la que le había curado, y “mandó quemarlo todo: mujeres y ciudad”. Se casó con la mujer que le había devuelto la vista, lo que siempre es un castigo menor que quemarte. Digo yo.

Los vientos en el mar no son menos dañinos, aunque depende de para quién. Los atenienses, estando en guerra con los bárbaros, sigue contando Herodoto, tenían sus barcos anclados en Chalkis, en Euboea, y ofrecieron sacrificios a Bóreas, el viento del Norte, para que les ayudara en la lucha. Es que Bóreas estaba casado con Oreithuia, hija de Erechtheus, y nacida en Ática (una paisana, vamos) y eso les hizo pensar que el viento les ayudaría. Y así ocurrió, porque Bóreas parece que era un viento que hacía caso siempre, o por lo menos algunas veces, a su mujer. Mira, lector, cayó Bóreas sobre los bárbaros y arrojó sus barcos contra el monte Athos como si fueran plumas. Se dice que destruyó trescientas embarcaciones y que murieron más de veinte mil hombres. Unos atrapados por los numerosos monstruos que hay en aquel mar, otros despeñados contra las rocas, otros porque no sabían nadar y se ahogaron, otros por el frío.

Lector, hay vientos más amables. Los pilotos arábigos guardaban algunos de ellos en tubos de plata y los abrían cuando, ya mayores y retirados forzosos del navegar, tenían añoranza de la mar. Lo cuenta Álvaro Cunqueiro en Los otros caminos. De esos vientos amigos, te hablaré otro día.

6 de junio de 2014

De la constancia, de las ensoñaciones


En mi anterior entrada quizá pinté un cuadro demasiado rosa de las posibilidades de los nacidos pobres para superar esa desventaja. Para conseguirlo, cuenta mucho la constancia en el esfuerzo. Y, naturalmente, no me refería a esa pobreza excesiva e invalidante, que supone la marginación y conduce forzosamente a la perpetuación en las generaciones siguientes. Esa es una pobreza inadmisible e injusta, que no debería darse ya nunca en nuestras sociedades avanzadas.

Hoy quiero bromas y ensoñaciones amables. La igualdad perfecta no existe. Los que hemos nacido más guapos, por ejemplo, hemos de llevar esta carga hasta el final. Cuántas veces he deseado ser distinto para evitar el excesivo, a veces intolerable, acoso de las mujeres. He sufrido mucho con eso (lector o lectora, al revés te lo digo, para que me entiendas). Siempre he creído que, en este terreno también, lo más importante para conseguir el éxito es la insistencia, la constancia. Virtudes que adornaban singularmente a Blas, el carpintero.

Blas se confesaba de vez en cuando con un cierto cura, que tenía un precioso reloj, regalo de una hermana que lo quería mucho. Blas se acusaba siempre de dos cosas: de ser un pesado, un pelmazo pegajoso, y de pecar todo lo que le dejaban con su novia, a la que le pedía ya la prueba suprema del amor — ya me entendéis—. Es que en cuanto la toco un poco, me encandezco, explicaba Blas al buen cura, en impecable castellano. Y siempre le pedía también el reloj al cura: Padre, que reloj tan bonito tiene usted. Démelo, padre, regálemelo. Y así una vez y otra. Tanto que un buen día el cura, por no oírlo más, se lo dio. Se lo dio para siempre, buscando la paz, la calma.

Gervasia, graciosa y guapa —vamos, que estaba como un queso—, se confesaba con el mismo cura. Y también tenía siempre el mismo pecado, las expansiones con el novio, más allá de lo estrictamente permitido por la moral, por algún tipo de moral. ¿Habéis llegado al final?, le preguntaba el buen cura. No, pero me lo pide, contestaba Gervasia. Y así siempre, una y otra vez. Hasta que un día, el cura le preguntó quién era ese novio. Blas, el carpintero, respondió la pobre, confiando en el secreto confesional. Cuando el cura oyó este nombre, le dijo inmediatamente: Date por perdida, hija mía. No te salva ni la Caridad. Y Gervasia marchó, en el fondo un poco tranquilizada, pensando que era imposible luchar contra el destino y que tendría que otorgar lo que se le pedía. Que, bien mirado, no era algo tan descabellado, inusual o desagradable.

Hoy es el septuagésimo aniversario del desembarco de los aliados en Normandía. En esa ocasión, un joven alemán, Heinrich Severloh, de veinte años, desde su posición y disparando al final con dos ametralladoras, mató centenares de enemigos, no se sabe bien a cuantos. Fue llamado la ‘bestia de Omaha’, el nombre del sector de playa en que combatió. En el mundo de mis sueños, este soldado habría levantado una bandera blanca y habría gritado: ¡Eh, boys, youngsters, soldiers! No disparéis. Yo soy sólo un ‘mandao’ y ni sé por qué estoy aquí. A mí lo que me gusta es vender encajes en la mercería de mi padre. Y, con la excusa de ver cómo les quedan, se los planto en el pecho a mis clientas jóvenes y los muevo y arreglo, para ver el efecto. Y siento que a algunas les hace gracia esto y se les enternece la voz, como a mí. Eso es lo que yo quiero, estar en mi querida y bellísima Bamberg, vendiendo encajes a las mozas. No disparéis, por favor.

Cuando terminó de hablar, los impacientes invasores habían rebasado la posición del alemán, estaban ya tierra adentro y no quedaba nadie en la playa. El soldado se quitó el pesado uniforme, se desnudó del todo y se metió en el azul vibrante del mar. El agua estaba limpia y templada, sin señal alguna de batalla, porque en las otras posiciones había ocurrido lo mismo y no había habido combates. Heinrich dio gracias a Dios por este desenlace y se vio ya en su Bamberg, coqueteando con sus clientas de allí.

No fue así, como lo cuento en esta imaginación mía. Hubo doscientas mil víctimas de ambos bandos, entre muertos y desaparecidos. Y lo peor, lo trágico, es que no hemos aprendido nada. ¡Descansen en paz por fin!

8 de abril de 2014

Cuentos y sueños de hoy


Estoy preocupado por el problema catalán, como otros, y me fui hace poco hasta Barcelona. Indagué cuidadosamente, porque quería conversar con un buen conocedor de la historia y de la política, alguien que las haya sabido ver desde arriba, reflexivamente, con madurez. Por fin encontré un hombre así, al que se podría calificar con justicia de sabio. Logré verle y le pregunté, de la manera más natural: ¿Por qué queréis la independencia?

El sabio me respondió: Tardaría diez años en explicártelo y no lo comprenderías. Al ver mi cara de desilusión, añadió: Pero si vas a una montaña que no está muy lejos de aquí, encontrarás a un pensador, que ha meditado su vida entera sobre esto, y te lo explicará en cinco minutos. Me dio una dirección y nos despedimos.

Fui a la montaña y encontré al otro sabio. ¿Por qué queréis la independencia?, le pregunté. Porque somos diferentes, me contestó sin vacilación. ¿Cuáles son esas diferencias que obligan tan irremediablemente a la independencia?, pregunté. Me contestó: Tardaría diez años en explicártelo y no lo comprenderías.

Estoy siempre dispuesto a reconocer mi incapacidad para entender muchas cosas. Pero también recordé en esos momentos la anécdota del ladrón de oro, que se puede leer en el Lie Tseu, uno de los tres grandes libros clásicos del taoísmo, atribuido a Lie Yukou. Cuenta de un hombre cuya única pasión era el oro. Una mañana fue al mercado, vio el puesto de un vendedor de oro, cogió todo el que pudo y huyó rápidamente. Lo cogieron enseguida y el juez le preguntó: ¿Cómo fuiste tan loco que robaste ese oro ante tanta gente que te vio y que te conoce? Señor juez, respondió el ladrón, en ese momento no veía a nadie, sólo veía el oro.

 Sí, a veces no se entiende algo, porque el que explica, aunque sea un hombre valioso y sabio, no tiene la verdad, la verdad completa; está ofuscado y sólo ve una parte de la realidad, no ve más, no ve el resto. Y una parte de la realidad no puede explicar la realidad total, la realidad real. Es así de sencillo.

Me despedí del sabio de la montaña de la manera más educada y estreché con fuerza su mano. En ese momento me desperté, con mi mano agarrando fuertemente el embozo de mi ropa de cama. Recordé que ese mismo día se discutía en el Congreso algo relacionado con el tema catalán. Y recordé también que me había dormido leyendo un relato del folclore judío, de alguien que quiso preguntar a unos rabinos sobre la justicia. Con el armazón de ese relato se tejió, se hilvanó mi ensueño. Ahora, despierto, mi viaje a Cataluña adquiere plenamente ese aire impreciso, e inquietante, que tienen en ocasiones los sueños.

En el frontispicio de este blog hice constar que la actualidad no sería una preocupación del mismo. Siempre hay excepciones y alguna vez ya escribí sobre temas del día. Hoy lo hago también, casi a disgusto, obligado por las circunstancias.

6 de abril de 2014

De los amores ardientes


Ya vimos que hay muchas clases de amor. Hablaré hoy brevemente de uno: el amor ardiente, el amor quemante, como podría calificarse con toda propiedad. La princesa china Bibi Janum era tan menuda y frágil que, para traerla desde su país hasta Samarkanda y presentarla a Tamerlán, la metieron en una maceta de barro azul, muy bien acolchada entre capullos de seda, e hicieron el viaje en jornadas muy cortas. Se cuenta de ella que cuando sonreía por la noche su rostro irradiaba tal resplandor que no hacía falta ninguna otra luz. Su belleza era, como sucede tantas veces con las mujeres, irresistible, para los hombres que saben apreciarlas como se merecen.

Arqueólogos rusos abrieron la tumba de Tamerlán (del persa Timür-i lang, ‘Timur el Cojo’), y comprobaron que, efectivamente, era cojo, pequeño de estatura y tenía el brazo derecho atrofiado. No sabía leer ni escribir, pero era sagaz e inteligente y tenía conocimientos de astronomía y medicina, como se recoge en la autobiografía de Ibn Jaldún, que lo conoció tras el sitio de Damasco y señaló que le gustaba no sólo conversar, que esto es más corriente, sino razonar, lo que es más raro. Cuando Tamerlán vio a Bibí Janum, quedó instantáneamente prendado de ella y la hizo su esposa favorita, aunque siguió con sus campañas de guerra, que le obligaban a ausencias muy prolongadas.

Durante uno de estos prolongados viajes, Bibí quiso construir una mezquita como sorpresa para cuando volviera su esposo. Se dedico a esta tarea en cuerpo y alma. Iba cada día para observar los trabajos, controlar la progresión de los mismos, llevar las cuentas de los carísimos azulejos empleados, etc. El maestro constructor, un persa de nombre Guka Saniz, se enamoró perdidamente de ella y demoraba intencionadamente la obra para tener la oportunidad de seguir viéndola y tratándola, de mendigar su atención. Era el único alarife en todo el inagotable reino que conocía la secreta geometría indispensable para rematar la bellísima cúpula de color turquesa. Un día, enloquecido ya por el amor, le dijo a la princesa que no la acabaría si no se compadecía de sus sentimientos. Le pidió, de la manera más respetuosa, que le permitiera besarla.

Bibí, por ver de terminar los trabajos, y quizá porque Tamerlán llevaba mucho tiempo fuera y eso nunca es bueno, prometió dejarse besar en una mejilla. Guka aceptó, pensando que tampoco era un mal sitio para comenzar. Sin embargo, a última hora la bella princesa se arrepintió e interpuso la mano cuando el enardecido alarife se acercó a besarla. Cómo estaría el buen hombre, en qué estado de ignición, que sus labios le quemaron la mano —con razón hablo del amor quemante— y la lesión no había curado aún cuando llegó Tamerlán. La mezquita estaba terminada, a pesar de todo, porque Guka había perdonado los incumplimientos y renunciado a la felicidad, como saben hacer los hombres a menudo. Sin embargo, el rey preguntó a Bibí por la quemadura, supo los detalles y mandó que tiraran al alarife desde lo alto del minarete. Alah el Grande, el Misericordioso, no permitió que tan gran arquitecto muriera y lo facultó para que pudiera volar y escaparse. Hay otras versiones de la historia, pero prefiero esta, sin víctimas mortales.

Al rey leonés Alfonso VI, el Bravo, también le quemaron la mano en Toledo —cuentan las leyendas que la quemadura le horadó la mano—, en una situación muy distinta. Lector, hoy todo está en Internet; si quieres saber algo más de esto, míralo allí y sabrás encontrarlo enseguida. Así yo termino esta entrada y no me alargo más, que tampoco son buenos los excesos.

5 de abril de 2014

De los amores tristes


Hablé de amores que fueron y luego desaparecieron, arrasados por el vendaval maligno del tiempo. Como aquel que añoraba el trovador Raimbaut de Vaqueiras en su reino de Salónica, cuando escudriñaba el mar cada día, soñando arribadas imposibles. Amores que anidan en el recuerdo y siguen embelleciendo la vida, porque causan una clase de tristeza muy dulce. Lo entiendo muy bien: sé desde hace tiempo que el más preciado poso de la experiencia de una vida entera es el refugio en la nostalgia.

La verdad es que puede haber mucho de triste en los amores. Lancelot de Voiron era un paje de Alix de Orange, la más rubia, hermosa y alegre de las princesas del Delfinado, según el parecer y testimonio de todos los juglares. Para ambos, el paje y la princesa, fue el primer amor. No hay luna como la de enero, ni amor como el primero, dice la sabiduría popular. Un día, los sorprendió el padre de Alix, el príncipe Renault, cuando se besaban y el pobre Lancelot tuvo que huir más que deprisa. Cabalgó hacia Valence y se fue Ródano abajo hasta Marsella, lugar en que se embarcó para Jerusalén, en donde hacían entonces la cruzada los francos. Los azares de la guerra y el destino lo retuvieron quince años hasta que pudo regresar. Y cuentan las viejas crónicas que, justamente cuando entraba el caballero Lancelot en Valence, por la puerta que llaman del Imperio, oyó tocar a agonía las campanas de San Martín. Le hicieron saber que tocaban por su enamorada, por la bella Alix de Orange, que se moría con la misma tos de su hermana Beatriz, en la terraza de su palacio, el de los Tres Donceles. Llegó tarde; no pudo verse reflejado en sus ojos. ¡Tantas penas que pasó, tantos años esperando, para ser derrotado al final por la muerte!

Don Leonís de Arantes se enamoró de una princesa bizantina, hermosísima, pero con la salud quebrantada; tenía que tomar, mandadas por los médicos, unas raras hierbas de javaleño, que se dan sólo en Indias. Hasta aquel lejano país fue Don Leonís y peleó allí con un gigante y una serpiente, jugándose la vida y ganándola. Y realizó muchas otras hazañas, que no son para referir ahora, hasta que dio finalmente con las salutíferas hierbas y las trajo, ilusionado y feliz, a Constantinopla. Cuando entraba en la ciudad, por la puerta que nombran de las Abejas, un paseante, que lo reconoció por sus armas y sabía de sus amores pendientes, se dirigió hacia él y le avisó de que la princesa había muerto, hacía ya dos años, de una alferecía. O sea, que Don Leonís hizo en balde el viaje, salvo que echó fama de buen enamorado y eso quizá le sirvió luego de algo, en la vida que siguió, que no siempre las cosas acaban tan rematadamente mal.

Por la misma excepcionalidad del amor, por su delicada naturaleza, anida en él muchas veces la tristeza, en ocasiones muy sutil, apenas perceptible. Como la que destila ese verso de un poeta gaditano, Ángel García López: “Confieso que te quiero como nadie me quiso”, que no deja de ser una queja, aunque muy tenue e íntima.

Otras veces el amor es tan fulgurante que hasta puede matar. En Bretaña, en la dulce Francia, una doncella murió el primer día que bailó con un galán. Era su baile inaugural, recién llegada a la mayoría de edad y no pudo soportar la emoción y la felicidad. Esa es región de mujeres sensibles y, ante el temor de que esto pudiera ocurrir en más casos y poner en riesgo incluso el mantenimiento de la población, se decretó, en la ciudad, que las damas no bailaran hasta que hubieran tenido por lo menos un primer hijo. Y uno se pregunta, si podían morir por un baile, ¿cómo soportaban las maniobras necesarias para traer niños al mundo? Claro que esto está más enraizado en la naturaleza, me digo, y se tolera bastante bien, en general.

4 de abril de 2014

De los breves amores que fueron


Terminé mi entrada anterior diciendo que el vuelo de la felicidad era casi siempre corto, o algo así. Conté que Beatriz, su marido y su amante eran felices… hasta una sonochada de estío, cuando los imprudentes enamorados —el marido no entra en esto, claro; se entiende que estaba de caza— reparaban sus dulces fatigas sobre un oculto pradillo del jardín, embriagados con el aroma de la hierba recién cortada y durmiendo dulcemente, cubiertos con el manto del trovador. El marqués, Bonifacio de Monferrato, quizá arrepentido de haberse traído al insistente provenzal a palacio, los sorprendió y, con delicadeza y tacto, quitó la ropa del amante sin despertarlos y los cubrió con su propia capa, en la que estaban bordadas muy claramente las armas del marquesado. Al despertar, los dos se dieron cuenta de lo ocurrido, que volvían por veces al mundo, después de muy largas y felices ausencias. Algo parecido ocurrió cuando el rey Marc encontró yaciendo juntos a Tristán e Isolda e intercambió su anillo con el de ella y su espada con la de él. Son estas, ocurrencias que tienen a veces los engañados y que encierran ya, seguramente, un principio de comprensión, de absolución.

Después del suceso, el marqués Bonifacio no tuvo grandes problemas para convencer al trovador de la cabal conveniencia de peregrinar a Tierra Santa y dejar los entretenimientos. Los dos, el marqués juicioso y el trovador enamorado, se fueron de palmeros. Te contaré, lector, porque sé que estas cosas te interesan, que muchos otros pecadores arrepentidos iban en la misma nave, camino del perdón y de la aventura. Iba, encerrado en jaula de plata y amparado por un salvoconducto de los duques de Saboya, aquel monje de Chieri que quedó convertido en faisán por haber comido carne de ave en Viernes Santo. Iba aquel caballero de Mandovi, que intentó raptar a una monja en Fossano. Cuando estaba a punto de conseguirlo, ella pidió a Dios que le mandara la lepra para conservar intacta su pureza, lo que ocurrió en un instante, haciendo huir al caballero, que se tornó pesaroso y penitente tras la milagrosa mudanza. Viajaban entonces hacia Jerusalén gentes de toda condición, en busca de la gloria, de la muerte, del amor, del olvido, de sus respectivos e ignotos destinos.

 Monferrato, tras sólo un par de batallas, ganó el reino de Salónica, hizo a Raimbaut duque del mismo y lo nombró príncipe de Orfani. ¿Os dais cuenta? El pobre trovador hecho príncipe y gobernador de un reino. ¿Se puede pedir, se puede ambicionar más? Pues, fijaos lo que es el amor. El nuevo y flamante príncipe era víctima insalvable de la melancolía, olvidaba todas sus ventajas y conveniencias y sólo soñaba con Beatriz y le escribía sin cesar las más tiernas baladas, todas dirigidas al Bel Cavalier, declarándose prisionero en ultramar, herido de amor, infeliz e incurable. Mientras tanto, Beatriz le dio once hijos al Caretto, quien sabe si con pasión por medio, que esto es muy complicado de averiguar en las mujeres y es sabido que hay mil formas de fingimientos.
 
— ¿Y usted no cree, fray Gerundio, que en los momentos más desgarrados e íntimos, Beatriz quizá pensaba en su amante ausente, en su dulce trovador.
— Pues eso no lo sé, que en ciertas circunstancias los sentidos se descomponen, uno no rige muy bien y está como sonlocado. Sobre todo en los momentos del inmundo y breve placer.
— Fray Gerundio, qué duro e injusto es usted en sus calificativos. Tal vez usted, por su condición, no conoce bien… El juego no es tan aburrido y la prueba es que…
— No, si yo lo digo porque lo he leído así en una obra de Hanri Barbusse, un escritor francés hoy prácticamente olvidado.
— No me extraña que lo hayan olvidado.
 
Lector, perdona esta interrupción de mi interlocutor invisible, al que apenas estoy dejando hablar en este blog. Te diré que este tipo de digresión es el que odian algunos que me leen y cuentan que rompe el flujo narrativo. A mí es que el flujo ese me trae bastante sin cuidado y confío en la rapidez mental del lector. Esto es sólo un juego: hoy escribo yo y tú me lees y mañana puede ser al revés. Pero volvamos ahora a mi narración. Ponte ahora un poco malencónico (sic) para lo que sigue.
Raimbaut murió en su principado, añorando aquel lejano y perdido amor; entreviendo a su Beatriz, por siempre inalcanzable, en la distancia, en el horizonte engañoso e impasible del mar, que se divisaba desde la blanca terraza de mármol del palacio. En ocasiones, cuando los vientos eran mareros, creía oír su voz, que le llamaba con los nombres tiernos y secretos que se habían inventado y confiado tantas veces, juntos, en las tierras del marquesado de Monferrato, en la dulce Lombardía inolvidable. Ni un día dejó de pensar en ella, ni un día pudo desprenderse del infortunio, de la desesperación y de la nostalgia. Para lo bueno o para lo malo, nada sería lo mismo en el mundo sin el amor. Incluyo una canción que hizo por entonces: ¿De qué me valen, pues, conquistas ni riquezas? Porque yo me tenía por más rico cuando era amado y leal amigo y Amor me nutría. Prefería un solo placer que aquí gran corte y gran hacienda. ¡Ah, mi pobre Raimbaut, cómo puede ser de triste amar!

3 de abril de 2014

De los breves amores cumplidos


Hablé del amor de Juan el Bueno hacia la condesa de Salisbury, cuando el amor deambula ya por esa incierta penumbra en la que el amante no tiene la gozosa seguridad de ser correspondido; cuando se vuelve a la frágil y mudadiza felicidad, a la locura de los comienzos. Creo sinceramente que hay formas excesivas y malignas del amor, frente a las que los infortunados amantes se encuentran indefensos, dispuestos a sacrificios o servidumbres más allá de lo razonable. Quizá por las extremas cualidades de la persona amada, quizá también por la desgraciada personalidad del amante.

Hay amores imposibles que incapacitan para cualquier otro. En Cuentos de Eva Luna, un personaje de Isabel Allende al que ya mencioné se queja, impotente y desolado: “Me has perseguido sin tregua. No he podido amar a nadie en toda mi vida, sólo a ti”. Incluso un amor logrado, cumplido y feliz, puede terminar así, nimbado de tristeza. Lector, te voy a contar la historia de un trovador de finales del siglo XII y muy principios del XIII, Raimbaut de Vaqueiras. De sus momentos felices; de su final, envuelto en añoranzas y tremante aún por la viveza e intensidad del recuerdo.

Raimbaut fue hijo de un pobre caballero de Provenza, del castillo de Vaqueiras, en Provenza. Se hizo juglar y estuvo mucho tiempo al servicio del príncipe de Aurenga, un tal Guilhem dels Baus, que le hizo mucho bien y lo prosperó. Se convirtió en el trovador más famoso de toda aquella tierra, en donde estaban entonces inventando cuidadosamente la cálida y dulce fermentación del amor. Cantó una vez ante un noble italiano, el egregio marqués Bonifacio de Monferrato, y tanto le gustó al visitante su arte, que logró convencer al trovador para que le acompañara en el regreso a su patria y así se lo llevó a su palacio, en Italia.

Allí, un día, Raimbaut, quizá añorando todavía su dulce Provenza ―¿un día feliz, un día aciago, quién puede juzgar estas cosas?― vio inesperadamente, a través de los altos ventanales de una de las afiligranadas galerías del edificio, a una doncella, como esas que se ven casi sólo en los sueños: esbelta de cuerpo, de piel blanca, como de marfil pulido, y un pelo negro brillante que le llegaba hasta la cintura. En la intimidad de la estancia, sin saberse observada, la doncella se quitaba sus ropas de seda, se ponía una reluciente armadura milanesa y era capaz de esgrimir y manejar una espada, como en un juego, delante de un gran espejo colgado en la pared. Luego, graciosamente, pasado este inocente fingimiento, volvió a vestir sus ropas femeninas, pero el trovador, que se enamoró perdidamente de ella tras esa visión fugaz, la llamó ya siempre, en sus trovas y cantos, el Bel Cavalier. La dama, que esta vez no era soñada, como ocurre en otras ocasiones, sino de esa arrebatada realidad que supera a los sueños, se llamaba Beatriz. Era la hermana del marqués y estaba prometida al caballero Arrigo del Caretto, un noble también, que era señor de Savona.

El trovador moría de amor cada día y escribió como nadie había escrito hasta entonces, aunque tantos enamorados habían sentido lo mismo. Tenía ese don el buen hombre. Y se acercaba tan derechamente a la muerte que Beatriz se ablandó al saberlo, lo amó con todas las consecuencias y le regaló, embellecida y multiplicada, la vida. Se casó luego con Caretto, eso sí, para no complicar tontamente las cosas, pero el trovador fue mantenido en palacio y siguió gozando de todos sus privilegios. Sí, lector, de todos sus privilegios; estos arreglos juiciosos han existido siempre. Don Arrigo era amante de la caza y cazaba; el trovador amaba la trova y trovaba; Beatriz lo comprendía todo, absolutamente todo, y se sacrificaba, la pobre. El mundo seguía rodando incansable y ciegamente por su camino de siempre. Y yo no sé ahora de otros, pero los mencionados eran felices, como quizá lo fueron nuestros primeros padres, desde que comieron la fruta prohibida hasta el momento en que fueron tan inmediata y bruscamente expulsados del paraíso.

Hasta que un día, todo se torció, porque el viento que porta la felicidad es corto y mudable. Pero esto lo contaré otro día, para no alargarme.

2 de abril de 2014

Juan II el Bueno y la bella condesa de Salisbury


¡Ah, mi pobre Joan de Kent, condesa de Salisbury, mi pobre rey Juan II, el Bueno! Prometí hablar de vosotros y lo hago. Pero antes quiero recordaros que ocupáis un lugar privilegiado en mi viejo y gastado corazón.

Hay que situar a la condesa. No fue aquella Catherine Montacute (1304-1349), condesa de Salisbury, amante del rey inglés Eduardo III —y para algunos sospechosa de brujería—, en cuyo honor se creó la Orden de la Jarretera. Tampoco fue la infortunada Margaret Pole (1473-1541), también condesa de Salisbury, ajusticiada por orden de Enrique VIII. Tenía sesenta y siete años y se defendió con tanta energía antes de posar el cuello en el bloque que el verdugo erró varias veces el golpe, hiriéndola en la espalda, el cuello y la cabeza.

No, mi condesa fue Joan de Kent (1328-1385), princesa de Gales y de Aquitania,  condesa de Salisbury, condesa de Kent, etc., conocida como la Fair Maid of Kent, que se casó, secretamente al principio, con el Príncipe Negro, hijo de Eduardo III, en 1360. ¡Huy, lector, qué bonito queda todo esto! Fair es un adjetivo que puede tener muchas traducciones, todas buenísimas. Yo diría “la bella, la pura, la blanca, la rubia doncella de Kent” y podría seguir. Pero no se crea que son cosas mías: el cronista francés Jean Froissart, autor de Chronicles, dijo que era “la mujer más bella de todo el reino de Inglaterra y la más cariñosa”. ¡Por Dios, qué combinación! Yo no sé si Froissart hablaba por sí o copiaba de las Vrayes Chroniques, de Jean le Bel, otro cronista flamenco, en las que se inspiró tanto. Jean le Bel, Juan el Bello; qué nombres se gastaban las gentes de estos tiempos. Así da gusto.

Todo esto es deslumbrante; la leyenda que cuento ahora es tierna y embriagadora. El rey Juan II de Francia (1319-1364) era un excelente jinete, muy generoso con los suyos, lo que le valió el sobrenombre de ‘el Bueno’, y valentísimo en la guerra. En la batalla de Poitiers, en 1356, fue derrotado por el rey inglés Eduardo III y su hijo el Príncipe Negro, y su idea del honor le impidió huir, por lo que fue hecho prisionero. Fue llevado a Londres al año siguiente y tratado allí como un cortesano más. Liberado tres años más tarde, quedaron como rehenes dos hijos suyos, Juan y Luis. Al escapar Luis en 1363, el exigente código de honor del rey le exigió volver a Londres y entregarse.

Juan II había conocido a la bellísima condesa de Salisbury durante su estancia en la corte inglesa y se había prometido volver alguna vez a Inglaterra, sólo para verla una última vez antes de morir, irse del mundo con su imagen en los ojos. Se acercó el rey a caballo, solo, sin escolta, a su castillo y la divisó a lo lejos, asomada a una ventana, con una rosa en la mano derecha, mientras metía la otra mano en un vasito de agua y salpicaba la colorada flor con sus largos y gráciles dedos. Juan el Bueno, enmudecido por el amor y por la desgracia, mecido ya por el viento aún tenue de la muerte, se aproximó hasta que pudo ser visto por la dulce condesa. Se quitó entonces, lentamente, como en un rito ensayado o soñado durante mucho tiempo, la birreta adornada con una pluma de faisán y antiguas monedas de oro e inclinó la cabeza en señal de respeto y sumisión y quién sabe si de renuncia y despedida. Tampoco se sabe si la condesa lo reconoció y recordó o lo tenía ya en uno de esos olvidos de los que jamás se vuelve. Eso, en el fondo, no importa tanto. El caso es que el rey cumplió su sueño, su promesa, y una vez que hubo visto a la hermosa señora y entendió que el corazón no podría aguantar mucho más, no esperó ninguna respuesta, volvió la grupa de su caballo y cabalgó muy lenta y calladamente hacia una posada cercana, en donde se fue a morir.

Me duele decirte, lector, que todo esto quizá no pudo ser. O que tuvo que ser de otra manera. No queda constancia exacta de los viajes y fechas entre Burdeos y Londres de Joan de Kent, que harían posible o imposible el encuentro. Entre nosotros, qué más da. Mira, si tienes problemas para aceptar mi historia, quédate sólo con los últimos párrafos de mi entrada y olvida todos los demás. Habrás conservado lo importante, lo que de verdad cuenta en la vida de los seres humanos. Tengo que cortar; te hablaré otro día de otros amores.

1 de abril de 2014

El amor de oídas, el amor lejano


Mencioné no ha mucho el ‘amor de oídas’ y querría seguir un poco. Este amor —hay muchas clases de amor, lector, y seguramente quedan más por inventar— también conocido como amor de lonh, amor lejano, se dio siempre entre los seres humanos, aunque más frecuentemente en la sociedad medieval, en el mundo de la lirica trovadoresca. Es el amor que se despierta por lo que se ha oído hablar de una persona, de su belleza física, de sus cualidades, sin haberla visto jamás. Se comprende que hoy, con los poderosísimos medios de comunicación e intercambio de imágenes, sea casi imposible que se dé este tipo de amor.

Uno de los casos más representativos fue el del trovador Jaufré Rudel, príncipe de Blaya (la actual Blaye, en la Gironde). Se enamoró tan perdidamente de una princesa —sólo por lo que había oído a las gentes, por las alabanzas que hacían de ella los peregrinos que regresaban de Antioquía— que le escribió los versos más apasionados y se metió a cruzado para poder verla; sólo por eso. Pasó la mar y sus peligros, llegó por fin a tierra, muy enfermo, y murió en el momento de contemplar a la amada. Se trataba de Melisenda, una princesa de Trípoli. La princesa se acercó hasta el lecho del moribundo, pudo todavía abrazarlo, y él recobró al punto el sentido y agradeció a Dios que le hubiera permitido verla, aunque fuera sólo un instante, encaminado ya hacia la aniquilación y la nada. Murió entre sus anhelados brazos y ella lo hizo enterrar en la casa del Temple. Ese mismo día se metió a monja. Algunas decisiones no conviene demorarlas, que luego el mundo está llena de arterías, nos vuelve a engañar otra vez y vienen los olvidos. ¡Qué triste puede ser a veces la  vida, qué cruel el destino!

Dejé escrito que se enamoró de la princesa Melisenda, sólo por razones eufónicas, porque es nombre de hada y de leyenda. En la realidad, pudo ser la hija de Raimon II, conde de Trípoli. Hasta podría tratarse de la esposa del conde e incluso de la mismísima Leonor de Aquitania, que con su primer marido, Luis VII de Francia, había partido para Oriente, por tierra, en Pentecostés del año 1147. Nada más se sabe, históricamente, del trovador. Desde luego, parece que Rudel amó a una dama a la que no había visto nunca. En una canción suya declara que ama a cela qu’ieu anc no vi (aquella que nunca vi).

El tema de la persona que se enamora de oídas, que no de vista, es muy viejo y de presencia ubicua. Existe en casi en todas las culturas, con posibles antecedentes incluso en San Agustín. Aparece, en términos muy similares a los utilizados por Rudel, en Las Heroidas, de Ovidio, en la carta de Paris a Helena. En El collar de la paloma, de Ibn Hazem de Córdoba, se cuenta el amor que nace al contemplar la pintura del amado, sin haberlo visto jamás. Este amor de lonh está tan delicada y tiernamente abordado en Rudel, que Salvatore Battaglia afirma que este trovador es el primer poeta moderno de la pura nostalgia. Petrarca se refirió a él en su Triunfo del amor (IV, 523): “Giaufré Rudel ch’usò la vela e’l remo / a cercar la sua morte” (Jaufré Rudel, que utilizó la vela y el remo para buscar su muerte). El tema —la vida destrozada y perdida por el amor— inspiró a Heine, Swinburne, Browning, Carducci, Rostand y tantos otros.

En el romance de Montesinos y Rosaflorida, la enamorada es ella, como pasó con Zaida y Alfonso VI: En Castilla está un castillo, / que se llama Rocafrida. […] Dentro estaba una doncella, / que llaman Rosaflorida; / siete condes la demandan, / tres duques de Lombardía; / a todos les desdeñaba, tanta es su lozanía. / Amor ha por Montesinos, / de oídas, que no de vista. Y de oídas era también el amor de aquel loco sublime, que le insistía a Sancho: ¿No te he dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy enamorado de oídas y por la gran fama que tiene?

El amor, obviamente, no es siempre de oídas. De la General e Grand Estoria, de Alfonso X, que hojeo ahora, tomo el encuentro de Dido y Eneas, sin alterar la grafía, para que la conozcan los no habituados: “E ella (Dido), quando vio a Ascanio, su fiio, tan fermoso, touo en su coraçon que padre que tal fiio fiziera muy fermoso deuie ser; ca Eneas venie armado e non lo podie ella asy ver, pero que lo veye de otra guisa muy bien façionado de cuerpo e de miembros, asi que fue luego enamorada de Eneas”.

Dido no vio a Eneas del todo, pero vio lo suficiente, y además vio a su hermoso hijo, Ascanio, de lo que dedujo que el padre también sería un hombre guapo. En esto se podría haber equivocado, que la herencia no siempre es tan cumplidora. Seguramente pensó que ya tendría tiempo de ver el resto de Eneas y conocer bien todas sus partes, antes de adoptar una decisión irrevocable, que para eso siempre ha habido ocasiones en todos los tiempos y lugares.

¡Tantas historias de amor! Cómo me gusta la de aquel rey de Francia, Juan II, a quien llamaban el Bueno, y la bellísima condesa de Salisbury. Casi todo es mentira, ¡pero es una mentira tan delicada y hermosa! La contaré otro día.

20 de marzo de 2014

La bella Zaida y el rey Alfonso VI


Tengo que hablar, sin falta, de Zaida, que tuvo amores con el rey Alfonso VI. Por ella empezó lo de traer aquí este asunto, porque su historia se parece algo a la del joven Carlomagno y la Galiana. Me cuesta trabajo abandonar la corte del emir de Sevilla al-Mútamid, aquel paraíso terrestre en donde “los poetas se balanceaban entre los reyes como los céfiros en los jardines”. Todo tan distinto de ahora, excepto quizá en los políticos. Abú Saíd, alfaquí cordobés de la época, los maldecía: “¡Raza de víboras! ¿Hasta cuándo van a chupar vuestra sangre, hijos de Al-Ándalus? Todo el que gobierna es peor que un salteador de caminos. Alá les ha dado el poder para vuestro bien y os sorben el tuétano. No se les ve en las mezquitas, pero podéis siempre verlos borrachos”.

Lector, no sé quién era este Abú Saíd; hay muchos con ese nombre en la historia. Hay uno en Granada, el sabio predicador Abu Said Faray b. Qasim, pero es del siglo XIV, según cuenta el viajero tangerino Ibn Battuta. A lo mejor se lo inventó todo don Claudio, en su novela. En ella se recoge también una de las citas más conocidas, la del califa Abd al-Rahman al-Nasir, que al morir dejó un billete que decía: “He vivido setenta años, he reinado cincuenta… he sido feliz catorce días”. Si alguien no conoce esta sentencia, me encantará que lo haga ahora por mí. O lo que le dijo Rumaykiya a su marido al-Mútamid, ya de mayores: “Te amo aún más que en nuestra juventud”. ¡Qué cosas, Dios mío, qué ternezas! ¿Se lo oiría esto don Claudio o se lo inventó también?

Ya dije que Zaida no era hija de al-Mútamid, sino su nuera; se había casado con el hijo de este, Abu Nasr Al Fath Al’Ma’mun, emir de Córdoba. La habían prometido, cuando tenía doce años, al rey Alfonso VI, pero a quien fuera se le olvidó este detalle. Zaida era inteligente, había gozado de una educación exquisita y pertenecía al grupo de los poderosos en la sociedad andalusí. Y era de una belleza extrema, que a lo mejor es lo más importante en el fondo; esto no lo afirmo. Yo sé, lector, que tú la has visto ya, pero te muestro una imagen suya, para ver si la reconoces. Una monada, ¿no?

En una de las invasiones de los almorávides, estos atacaron a sus hermanos de religión y tomaron Córdoba. Cortaron la cabeza al marido de Zaida, la pusieron en una pica y la pasearon por las calles de la ciudad. El pobre rey había dispuesto antes la huida de Zaida con otros cortesanos al muy fortificado castillo de Almodóvar del Río y pedido ayuda a Alfonso VI. Este envió tropas, al mando de Álvar Fáñez, que fueron vencidas. Zaida siguió al ejército cristiano en la retirada y fue llevada a la corte de Toledo. No tenía ya doce años; tenía veintiocho, que tampoco es mala edad.

Zaida estaba viuda —era hacia el año 1091— y el rey castellano estaba casado con Constanza de Borgoña, tratando de tener un hijo varón que le sucediera. La reina murió en 1093 y el rey se casó entonces con Berta, que no le dio descendencia y murió en 1099. ¿Se veía secretamente el rey con la bella mora en el castillo de La Adrada? Si no se veían allí, se veían en otra parte, porque tuvieron tres hijos y para eso hay que verse o, al menos, estar juntos. El primero fue el ansiado varón, Sancho Alfónsez, que murió en la batalla de Uclés, sin cumplir los quince años. Zaida había muerto en 1101, en su tercer parto —los dos últimos después de haber muerto la reina Berta—. ¿Se casó con el rey Alfonso? No está claro, pero seguramente sí. Se convirtió al cristianismo y tomó el nombre de Isabel. Está enterrada en el monasterio de benedictinas de Sahagún, junto con el rey y sus otras esposas.

La historia de Zaida y Alfonso no se parece demasiado a la del joven Carlomagno y Galiana. Sin embargo, como ya apunté, algunos críticos pensaron que pudiera haber influido en el autor del poema del siglo XII, Mainet. Sobre nuestra Zaida también hubo un poema en la época, que cantó sus amores con Alfonso VI. Está hoy perdido, aunque quizá queden vestigios. Voy a buscar y si hay algo lo cuento.

14 de enero de 2014

Carta a Serrat y Raimon


Últimamente, me imagino a veces, en la sonochada, escribiendo una carta a Serrat y Raimon. Podría ser algo como lo que sigue:

Queridos amigos: Perdonad que me dirija a vosotros y os tutee. Si supierais lo que habéis supuesto para mí, cuando era joven —somos, más o menos, de la misma edad; Joan Manuel tiene algún año menos—, no os extrañaría esta carta. Vosotros habéis influido grandemente en muchos de los que éramos jóvenes hace unos cincuenta años; esto tenéis que saberlo; es demasiado obvio, demasiado evidente. Resulta además, Raimon, que uno de mis compañeros de Colegio Mayor era también de Xàtiva y amigo tuyo, y siempre pensé que llegaría a tratarte personalmente alguna vez. Luego la vida se encargó de que esto no ocurriera y ya va siendo un poco tarde para eso, para todo.

Yo era entonces bastante feliz, recién asomado al mundo, pero me daba cuenta del ambiente cerrado y turbio de mi país. Por eso me refugiaba en vosotros, y en otros integrantes de lo que se llamó la Nova Cançó, y soñaba que un día todo cambiaría y se podría ya ser feliz, sin limitación alguna; sólo había que saber esperar. Todavía, a mi edad, cada vez que oigo aquellas músicas, me viene una vaharada de juventud, de esperanza nueva y aún no defraudada, de nostalgia casi insoportable.

¡Cómo las amé! Y también las palabras y la lengua en que venían escritas. Al vent, la de Raimon, era sencilla y fácil de entender. Y tierna, valiente, esperanzadora. Lo tenía todo, pensaba yo muy sinceramente. Y estaba también aquel amigo mío, catalán, que nos recitaba versos de Salvador Espriu. Y algún viaje a Cataluña, en donde la gente, me parecía a mí, hablaba de la situación de nuestro país —entonces nuestro país era España, sin más— con una libertad y soltura que en Madrid no se daba.

Y luego fue aquella primavera que nació en un momento preciso, que explotó incontenible, en el aire ya definitivamente tibio de un atardecer de marzo, en Barcelona, en el claustro de la catedral, entre velas encendidas de muchos colores y el graznar de algunas ocas, en un ambiente feérico. Esto fue una casualidad y podría haber ocurrido en otra parte. Pero ocurrió allí; en la vida cuentan estas cosas, estas trivialidades, más de lo que uno piensa. Con esos hilos caprichosos se teje la biografía de las gentes.

Ahora me siento un poco rechazado por algunos que hablan esa lengua catalana y no acabo de entender por qué. Y veo que quieren separarse de los que no la hablamos —hay siete mil lenguas en el mundo, os dais cuenta; uno no puede hablarlas todas— y queman unas banderas que podrían ser, perfectamente, las comunes, las de todos, sin perjuicio de que cada uno pudiera tener luego la suya, la más íntima, quizá hasta la más querida, la de su tierra. No pensaba yo, en mi juventud, que se iba a dar tanta importancia a esto de las banderas, los hechos diferenciales y las mil historias.

De aquel Al vent eran estos versos: buscant la llum, buscant la pau, / buscant a Déu, al vent del món. Dejando un poco aparte a Dios, que tendrá cosas más importantes de las que preocuparse que estos asuntos relativamente insignificantes y tribales, no veo yo ahora que en toda esta historia catalana reciente se busque demasiado la luz o la paz. Y el viento que sopla por esas tierras no es el ancho, múltiple y libre viento del mundo, sino que tiene cierta apariencia de ventolina o ventolera, muy terral, aunque ya sé que es difícil juzgar sobre los sentimientos.

De Joan Manuel Serrat, tengo que citar las bellísimas palabras dedicadas a su madre, aragonesa, en esa incomparable cançó de bressol:  D'una terra que mai no has pogut oblidar, /malgrat el llarg camí que et van fer caminar/ els teus germans de sang, els teus germans de llengua, en la que canta la imposibilidad del olvido, los lazos de la sangre y de la lengua, que atan el corazón de los humanos de cualquier país o idioma, incluso a pesar de las ingratitudes y las injusticias. ¡Qué bonitas palabras, qué bella lengua! Como la castellana o española, como otras de tantas partes del mundo. ¿O piensa alguien que la lengua catalana, o la vasca, es la más bella de todas? Hay que saber embridar los sentimientos, los atajos mentales, las ilusiones engañosas.

Vivo ya con un cierto cansancio y, aunque sigue asombrándome la inaudita belleza del mundo, también me doy cuenta de su extrema sordidez. Todas las facultades de los humanos pueden llegar a ser siniestras, excepto la razón, la sensatez, el famoso seny, que a veces se va, Dios sabe dónde. Es en lo único que todavía confío. Cuando las cosas van por otros derroteros, por intereses o por alguna ensoñación, más o menos irresponsable, me temo lo peor. El barón Cósimo Piovasco de Rondó recordaba a menudo: “Si vas a construir un muro, piensa en lo que queda fuera”. Porque lo que queda dentro no es lo importante, aunque de momento pueda resultar tranquilizador o ventajoso. Es lo que queda fuera lo que se pierde para siempre, lo que nos empobrece fatalmente, aquello a lo que se renuncia sin necesidad, sin justificación.

Joan Manuel y Raimon, necesitamos otra vez canciones que hablen de paz y de luz, de las cosas que no se pueden olvidar, porque anidan en la misma raíz del alma. Que hablen de un mundo surcado por infinitos caminos, de la rica variedad de los seres humanos, de ese viento fuerte y cambiante, que es la esencia misma de la libertad. Me dirijo a vosotros, porque confío menos en los políticos; esos políticos profesionales a los que no se les conoce otra dedicación y que llevan demasiado tiempo, sus enteras vidas, en esa actividad. Y de las manifestaciones multitudinarias, qué os voy a decir. En ellas la inteligencia y el buen sentido se deslíen como un azucarillo en agua quemante.

4 de diciembre de 2013

Sobre la fantasía en la ficción


A pesar de los lógicos titubeos iniciales, debe quedar claro que este en un blog con preocupaciones fundamentalmente literarias. Querría exponer en él, de la manera más sencilla, mis opiniones sobre temas de literatura, estilo, obras, escritores, etc.

En las entradas etiquetadas Cuentos y Sueños he hablado de cómo la fantasía es un componente importante del mundo de la ficción. Lo cual no quiere decir que no quepan otros enfoques más austeros y realistas en el abordaje de la creación literaria. A lo largo de la historia, la orientación realista o fantástica ha tenido diverso predicamento. Pero, incluso refiriéndonos a los trabajos más libres y ensoñadores, conviene recordar que in medio stat virtus, que la virtud está en el término medio. Frente a la imaginación desbordada cabe también recomendar la restricción, la moderación.

Me ampararé en la obra de un escritor, poco conocido en la actualidad, para abonar mis ideas al respecto. Antoine Hamilton es un escritor medio escocés, medio francés, que nació en 1645 en Escocia y siendo niño tuvo que emigrar con su familia a Francia, huyendo de la dictadura de Cromwell. Conviene recordar ahora que la primera traducción a una lengua europea de las Mil y una noches, la de Antoine Galland, es de 1704, en diez volúmenes (en 1717 aparecieron dos más).

Hubo entonces en Francia un verdadero auge de los cuentos orientales y fantásticos, que llena el principio del siglo XVIII. Como reacción frente a esa moda, y con la intención de ironizar sobre el mundo caprichoso de magias y encantamientos que se desplegaba en esas historias, en el que todo es posible y nada parece sujeto al imperio de la razón, escribió Hamilton algunos relatos, muy al final de su vida. De hecho, Hamilton murió en 1720 y sus cuentos fueron publicados sólo diez años después, en 1730, con un éxito extraordinario.

En su obra Histoire de Fleur d'épine, escribe Hamilton: Oh!, que les enchantements sont d’un grand secours pour le dénouement d’une intrigue et la fin d’un conte! (¡Oh, qué gran ayuda son los encantamientos para la solución de una intriga y el final de un cuento!). Pero su obra va mucho más allá de ese simple propósito paródico y demuestra el talento excepcional del autor, al que se le considera el iniciador del cuento libertino y satírico del siglo XVIII francés, muy imitado, por Crébillon y Voltaire, entre otros.

Tomo un fragmento curioso de Fleur d’épine. Había una princesa que, cuando miraba con sus hermosísimos ojos, causaba la muerte a los varones y dejaba ciegas a las mujeres —lector, eso no es ninguna tontería— y todo el cuento trata de la búsqueda del remedio contra esta molesta condición; molesta sobre todo para los conocidos y amigos de la princesa, víctimas involuntarias de sus miradas. La faute en est aux Dieux qui la firent si belle, / et non pas à ses yeux (la falta es de los dioses que la hicieron tan bella, / y no de sus ojos), opina Hamilton. Pues sí, puede que lleve razón, que no fuera culpa suya, que fuera de los dioses, a los que culpamos de todo tan a menudo. Pero el daño estaba ahí y era inevitable.

Me encanta la fantasía en el terreno de la ficción y trato de que esté presente en mi modesta obra. Me gusta especialmente mezclar lo real y lo imaginario, dejando al lector la tarea de desenmarañar el asunto; descubrí hace tiempo que es muy capaz de hacerlo. Busco y necesito la complicidad del lector; ese lector atento e inteligente que buscamos incansablemente todos los que escribimos.   

3 de diciembre de 2013

Más cuentos y sueños


Desde siempre me han atraído y deslumbrado las leyendas, los relatos sencillos y llenos de enjundia, de sabiduría o misterio, los sueños. Uno de los más bellos cuentos que conozco es de origen persa; viene de un poeta de entre los siglos XII y XIII, Farid ud-din Attar, farmacéutico (eso es lo que quiere decir attar), y en la tantas veces citada Antología de la literatura fantástica, de Borges et al., lleva el título de El gesto de la muerte. La versión allí es de Jean Cocteau y está quizá excesivamente abreviada. Tomo otra, un poco más larga, tal como aparece en el encabezamiento de un relato mío, Mis antiguos encuentros con la muerte. El visir se dirige a su califa:

  Esta mañana, al cruzar la plaza para venir a palacio, he
visto a la Muerte mirándome fijamente.
— ¿La Muerte?
— Sí, la Muerte. La he reconocido, toda vestida de negro
con un chal rojo. Me busca, estoy seguro. Deja que
abandone la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor
caballo y escaparé. Esta misma  noche llegaré a
Samarkanda. Permite que me vaya, te lo suplico.


El califa, que sentía gran afecto por su visir, lo dejó partir.
Por la tarde, salió de su palacio disfrazado,
 como hacía a veces, y él también vio a la Muerte en la plaza y le
preguntó: ¿Por qué has asustado esta mañana a mi visir?
No le asusté —contestó la Muerte— me extrañó verle aquí,
porque tengo una cita con él, esta noche en Samarkanda.


Entiendo que es difícil resumir en menos palabras la inexorabilidad del destino, la imposibilidad de evadirlo, la impotencia de los seres humanos para esquivar su sino, aciago o venturoso. Encierra todo el pathos de una tragedia griega en unas pocas líneas aladas, llenas de gracia y, presuntamente, preñadas de sabiduría. De este mismo poeta persa, su epopeya Mantiq al-tayr (La conferencia de los pájaros), de unos cuatro mil quinientos versos, viene citada en mi reciente relato El reino de Ta.

Si te gustan estos temas, si los mezclas en tus escritos, forzosamente acabas inventando cosas parecidas. En una conferencia mía sobre El nacimiento del concepto de probabilidad —que para mí podría datarse muy probablemente en la Italia del siglo XVI, con Girolamo Cardano y Ludovico Ferrari—, en un determinado momento de mi charla me dejé llevar por una ensoñación que me transportó, a mí y a mis oyentes, a la Bolonia de esa época. Copiaré ahora el fragmento en que describo mi última entrevista con Cardano, antes de mi regreso a España:

“La última vez me regaló un bellísimo libro, impreso por el viejo Manuzio, con una  amable dedicatoria, que he guardado siempre junto a los amados elzevirios que compré en Italia. Lo encontré, en la medida en que esto era posible en él, dulce, sereno, resignado y más clarividente y agudo que nunca. Se lo hice notar, con admiración y cariño, y recuerdo que me contestó, sonriendo: “Seguramente llevaba razón Hegel cuando afirmó que la lechuza de Minerva levanta el vuelo a la hora del crepúsculo”. Me quedé muy perplejo, al principio, porque, de repente, comprendí que él no podía citar entonces a Hegel, ni yo reconocer la frase, por la sencilla razón de que Hegel había de tardar todavía en nacer algo más de doscientos años.

Y, en un momento, entendí confusamente que todo aquello era un sueño, un sueño que yo tendría que soñar después, cientos de años después, cuando viviera de verdad, cuando me tocara vivir mi vida real (es una manera de hablar, porque sabía muy bien que nunca viviría tan intensa y poderosamente como estaba viviendo entonces). Aunque también pudiera ser que lo que fuera un sueño sea esto de ahora, que yo les esté soñando, en esta melancólica tarde de invierno madrileño.

Porque, cuando dentro de poco nos separemos y nos perdamos cada uno en nuestro mundo, ¿qué quedará de todo esto? ¿Y mañana? ¿Y cuando nos hayamos olvidado de hoy? Cuando se olvida, ¿qué diferencia hay entre los olvidos? ¿Qué más da un olvido de diez años u otro de cuatrocientos? Pero, sobre todo, ¿qué diferencia hay entre la realidad y los sueños? Conozco más a Cardano que a muchos de ustedes, a pesar de estar casi exclusivamente rodeado de amigos”.

Lector, cuando se ha enfrentado uno algunas veces a distintos públicos, se nota muy bien cuando se ha sabido llegar hasta ellos. Simplemente, tratando de ser sencillo, pero cuidadoso con el lenguaje, preparando con mimo lo que se va a decir. Para mí, en el fondo, la literatura es siempre oral. Hasta cuando escribo, me gusta imaginar al lector oyéndome y próximo. Y los sueños, la fantasía, lo no trillado, lo cándidamente expuesto es fundamental para no aburrir y hasta para gustar. Aquí, en este blog, dejo estos cuentos y leyendas que he ido recogiendo en mis lecturas, porque me acompañan muy a menudo también cuando me pongo a escribir.