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6 de marzo de 2017

Viaje a las Batuecas (6 de 6)


Dije que se podían distinguir tres visiones distintas del valle o región de las Batuecas y ya he descrito dos: la tenebrosa, poblada de salvajes y demonios, y la idílica, impregnada de misticismo e inmersa en un proceso de sacralización de la Naturaleza. Existe una tercera, parecida a la segunda, en la que la leyenda se enlaza y revitaliza con el nacimiento o renovación del mito del ‘buen salvaje’—el hombre es bueno por naturaleza y es la civilización la que lo corrompe— y el triunfo literario del Romanticismo, cuyo siglo de oro es el XIX, con alta difusión sobre todo en Francia, y que en las Batuecas es como una reliquia de la vida eremítica desaparecida.
Los orígenes del mito del buen  salvaje no nacen con Rousseau, Gueudeville o el pensamiento francés revolucionario del siglo XVIII, sino que muchos lo retrotraen al descubrimiento de América, cuando aparecen tribus y hombres nuevos, que obligan a reconsiderar la situación del ser humano fuera de las sociedades establecidas según nuestro modelo de convivencia europeo, llevando a la meditación moral y filosófica sobre el particular. El Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, de Jean-Jacques Rousseau, del año 1755, es muy posterior a todo esto. Antes, en 1721, el barón de Montesquieu (1689-1755) había escrito, en sus Cartas persas, que “los españoles han hecho hallazgos inmensos en el Nuevo Mundo y no conocen todavía su propio continente: existe sobre sus ríos tal puente que no ha sido aún descubierto, y en sus montañas naciones que les son ignotas”. Se refiere obviamente al viejo mito tantas veces descrito de las Batuecas. Todavía anterior es el Diálogo o conversaciones entre un salvaje y el barón de la Hontan, del francés Nicolás Gueudeville (1652–1721), publicado en 1704, en el que ya se recoge el mito del buen salvaje, con medio siglo de antelación a la citada obra de Rousseau. 
El espíritu del Romanticismo reinventa lo que de desierto, yermo o Tebaida tuvieran ciertos lugares santos para las personas de mentalidad religiosa. En el caso de las Batuecas, la difusión de la leyenda sigue teniendo un cauce literario, que mostraré, en el que perviven los fulgores épicos del mito: Paraíso, Edén, Jardín de las Hespérides. Es una belleza no perceptible para todos, sobre la que ya escribió el granadino Pedro Soto de Rojas en su críptico Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos, de 1652. Más tarde, geógrafos, ingenieros y sociólogos empiezan a estudiar el caso y hacen una revisión de las comarcas de Batuecas y Hurdes.
Hay una novela francesa posterior que resume esta visión nueva del valle. Se trata de Les Battuécas (1816), de la aristócrata francesa Felicité du Crest de Saint-Aubin, condesa consorte de Genlis (1746-1830), traducida al castellano en Valencia (1826), con el título de Plácido y Blanca. La escritora George Sand en sus Memorias afirma que leyó ese libro de niña y que le hizo profunda impresión en su ánimo, influyendo más adelante en el curso de sus ideas. Los Batuecos, explica y resume la Sand, son una pequeña tribu que ha existido, en la realidad o en la imaginación, en un valle de España rodeado de montañas inaccesibles. A consecuencia de no sé qué acontecimientos, escribe, esta tribu se encerró voluntariamente en un lugar “donde la naturaleza le ofrece todos los recursos imaginables, y donde se perpetúa hace muchos siglos, sin tener contacto alguno con la civilización actual”.
Félicité de Genlis —adoptó de casada el título de su esposo— fue una mujer de vida intensa, que no puedo sino esbozar. Exiliada en Inglaterra durante el Terror, pudo volver a Francia en 1801, gracias a Napoleón, que se sirvió de ella como espía. Compuso la novela que nos ocupa a la edad de setenta años. Es la historia de Adolphe y Calixte, novios de la aristocracia francesa, obligados a huir cada uno por su lado ante el peligro de la Revolución. Adolphe y su padre llegan a una aldea perdida, situada en las Batuecas. Madame de Genlis, citando supuestas fuentes, pero sin nombrar a Lope de Vega, presenta la versión del dramaturgo como un hecho histórico y cuenta que el valle fue descubierto por el Duque de Alba. En la aldea, Adolphe conoce al verdadero protagonista de la novela, Plácido, prodigio casi sobrenatural, de belleza incomparable, fuerza inigualable y preclara inteligencia, prototipo mejorado del buen salvaje rousseauniano. Doña Blanca es una viuda de veinte años, no batueca, rica, bella como un ángel y llena de talento. La trama es complicada y el final no tan usual. Y no cuento más, porque esto se ha hecho ya demasiado largo.
A pesar de las inexactitudes históricas y geográficas, la novela, bien escrita, hace una comparación entre la vida idílica de la aldea —una utopía socialista anticipada, en la que no hay ni propiedad ni guerra— y las sociedades llamadas civilizadas, en las que reinan injusticias sociales, miseria, lujuria e hipocresía. Como dije, se respeta la leyenda primitiva de que hacia el año 1009, un desvío del torrente del Tormes, cerró la única entrada por la que podían penetrar los extraños al valle de las Batuecas, como si el cielo hubiera querido asegurar eternamente la tranquilidad y seguridad de los pacíficos habitantes de aquella soledad, quienes por la dulzura y la pureza de sus costumbres merecían sin duda atraer sobre ellos la protección divina. Los Batuecos vivieron así algunos siglos en el centro de España, extranjeros en su patria y separados del resto del universo. Olvidaron su lengua materna, sus antiguas costumbres, las leyes que eran ya inútiles y hasta su origen, abrazando un nuevo culto sin templos ni sacerdotes.
Los Batuecos no tenían ambición, ignoraban que tal pasión pudiera existir, y sus limitadas posesiones eran más que suficientes para sus necesidades. No creían que fuera posible la existencia de manjares más sabrosos que sus yerbas y sus frutos, ni licor más delicado que el agua fresca y pura de sus fuentes, ni habitaciones más agradables que sus chozas. Vivían en dulce unión, porque nada podía excitar entre ellos la envidia o la emulación; la fuerza no tenía ningún poder, sólo apreciaban la igualdad, la paz y la tranquilidad. No habían visto nunca dar coronas al más osado, al más valiente o al más ingenioso. No ignoraban enteramente que existían otras criaturas fuera de los límites de su imperio, porque las habían divisado muchas veces desde lo alto de sus peñascos, pero el temor y la indolencia los tenían fijados para siempre en su tranquilo recinto.

2 de marzo de 2017

Viaje a las Batuecas (5 de 6)


Abandono la digresión sobre el Paraíso y prosigo con la conformación de la nueva idea sobre el valle de las Batuecas, en la que se destierra definitivamente la concepción demoniaca del lugar y, por el contrario, se cimenta la imagen amable y paradisiaca del mismo. Vuelvo a citar a Tomás González de Manuel, quien en el  prólogo de su obra ya citada explica que se pone a escribir la obra para contestar a alguien que le pide información sobre la región, y se queja: “esta ficción de las Batuecas está de tal suerte introducida, que ya la tienen por asentada y verdadera, sin haber quien nos desengañe”. […] “Y así me fue preciso el escribir este corto tratado, para desengaño de este sujeto y de aquellos que viven en el mismo error”. También se hace una pregunta retórica, pero pertinente: Desde La Alberca, ¿cómo pudieron estar tantos siglos sin descubrir ese valle, no habiendo mar ni río, no otro impedimento que lo estorbase?
Explica el autor que estas peculiaridades que se cuentan del lugar, junto a la falsedad de los salvajes y demonios, es anterior a la llegada de los carmelitas al convento fundado. “Yo traté y comuniqué con personas de toda fe y crédito de esta tierra, que conocieron lo de las Batuecas antes de fundarse en ellas el convento dicho y de que los religiosos de él hubiesen venido por esta tierra.” “No he hallado persona que de tal descubrimiento se acuerde, ni lo haya oído decir, ni en los libros de bautizados, que los hay bien antiguos, hay noticias de nadie nuevamente convertido”.  
En el capítulo IV de la obra cuenta: La fertilidad del suelo de este valle es tan abundante, que algunos han dicho que es remedo del Paraíso Terrenal, y lo parece por la fragancia de tanta flor de albaca, cinamomos, arrayanes, cedros, cipreses, naranjos, limones y frutales, aceite y vino, todo lo da el valle, aunque pan nada… Las aguas en abundancia, muy delicadas y cristalinas, en cuyos arroyos hay abundancia de truchas y peces. Sólo reconoce la inexistencia de tierras aptas para el cultivo de trigo u otros cereales.
No es sólo Tomás González: los propios monjes del Santo Desierto de San José idealizan también el territorio en que viven, que pasa así, de ser un lugar tenebroso, habitado por hombres salvajes adoradores del demonio, a constituir un marco idílico en donde el hombre puede reencontrarse con dios en una refundación del Edén. En un siglo crearon los carmelitas seis ‘desiertos’ en España, siendo el de Batuecas el tercero, tras Bolarque y Las Nieves en Málaga; el plan formaba parte del nuevo espíritu de la Contrarreforma. También se fundaron ‘desiertos’ en Italia, Francia, Austria, Portugal.
Alonso de la Madre de Dios fue el primer carmelita que visitó el valle en 1597. Tomás de Jesús, recién elegido Provincial de Castilla la Vieja, ya había sugerido la creación del yermo batueco y sabiendo que fray Alonso iba a cortar leña a San Martín de Castañar, próximo al lugar, le pidió que preguntara, sin descubrir el propósito, si había un sitio apropiado para la fundación. Luego el propio fray Tomás quiso ver la zona y marchó a La Alberca. Los lugareños ya hablaban de la leyenda citada, pero no la creían naturalmente, y se extrañaban de que los monjes preguntaran por hechos relacionados con la misma.  
No se habla ya, pues, de demonios o salvajes y fray José de Santa Teresa en su Historia General de los Padres Carmelitas Descalzos, Madrid, 1693, describe el encantador paisaje. Leo la cita en inglés, que traduzco, en Sacred space in Early Modern Europe, de Will Coster and Andrew Spicer, 2005, en el capítulo 10, Jardineros de Dios, los desiertos carmelitas y la sacralización del espacio natural en la España de la Contrarreforma: Pequeños manantiales de varias partes descienden de las montañas buscando el río […] multitud de árboles del bosque, hermosos barrancos por la variedad de plantas, todo en un profundo silencio venerando la Suprema Majestad.
Fray Tomás de Jesús (1564-1627) concibió la idea de comunidades medio cenobíticas y medio eremíticas. El número de religiosos en cada desierto era de veinticuatro, los eremitas habitaban en rocas, cuevas y hasta en habitáculos arbóreos. Tenían una dieta mínima, sin carne, sólo para sostener la vida. No podían abandonar sus celdas sin permiso. Escribió un tratado de más de 900 páginas, publicado en Amberes, en 1613: De procuranda salute ómnium gentium, schismaticorum, haereticorum, iudaedorum, sarracenorum, caeterorumquen infidelium libri XII. (Para procurar la salvación de todas las gentes, cismáticos, herejes, judíos, sarracenos y otros infieles).
A mediados del siglo XVII la región es objeto de una potente acción eclesiástica; a partir de 1654 también por parte de los Jesuitas. Hay textos que descubren su belleza y su afinidad con el Paraíso. La primitiva leyenda está ya en decadencia; queda sólo como recurso sarcástico, tal que en el muy posterior artículo de Larra, Carta a Andrés, escrita desde las Batuecas por El Pobrecito Hablador, que es de 1832.
Para terminar, traeré aquí unas palabras de Sor Cecilia del Nacimiento Sobrino de  Morillas (1570-1646): Descripción de nuestro desierto de San José del Monte, en Batuecas: “Dios ha dispuesto un nuevo paraíso poniendo a la luz una segunda demostración de la admirable sabiduría de su amistad”. El mito de belleza paradisíaca y exotismo sobrevivió en una tradición secular que hermoseó la flora y fauna del lugar y motivó incluso una expedición científica para estudiarla en 1857: Expedición científica y artística a la Sierra de Francia, relatada en una memoria publicada en 1883 en el Boletín de la Real Academia de la Historia. Esta política de los desiertos duró algo más de cien años.  La mayoría de ellos se disolvió en los siglos XVIII y XIX.
(continuará)

26 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (4 de 6)


Una de esas nuevas visiones del valle de las Batuecas, a las que aludía en mi anterior entrada, se inicia con la fundación de un convento de Carmelitas Descalzos, el Santo Desierto de San José de las Batuecas, entre La Alberca (Salamanca) y Las Mestas (Cáceres), en 1597 por fray Tomás de Jesús, en el que se ofició la primera misa el día cinco de junio de 1599. Algunos pensaban, como ya dije, que la zona estaba poblada por restos de los árabes expulsados — alarbes, como escribe el historiador Luis Cabrera de Córdoba (1559-1623)— y se contaban los hechos fantásticos que ya referí. Fue Pedro García de Galarza (1538-1604), obispo de Coria, quien dio la licencia para la fundación del convento, que se crea porque en los años 1590s los carmelitas descalzos empezaron a fundar los llamados desiertos o yermos en áreas rurales remotas, movidos por la vocación eremítica del primitivo Monte Carmelo. Se vive entonces en la Orden una especie de nostalgia de un paraíso perdido y se siente la necesidad de sacralizar el espacio de los penitentes; esto coincide con un cambio, una crisis, en el sentir de los europeos respecto a la relación con el mundo natural, justamente al principio de lo que podría considerarse la revolución industrial, que supone una diferenciación entre la admiratio mundi y la dominatio mundi. Es un rasgo de la mentalidad monástica típico de la Contrarreforma: la infusión de un sentido sacro en el desnudo ambiente del desierto. Se piensa en la Naturaleza como la casa que ayuda a la vida devota.
Se vuelve a hablar entonces del Paraíso Terrenal y se lanzan diversas ideas sobre su posible localización. De hecho, una razón por la que estoy escribiendo sobre las Batuecas es lo leído en un periódico local —cuando viajo me gusta hojear la prensa del lugar— en el que se habla del valle de ese nombre “como un jardín o edén, en el cual incluso, como hizo el escritor jesuita Juan Eusebio Nieremberg, se ha situado y localizado el propio Paraíso Terrenal” (sic), aquel donde vivieron nuestros primeros padres. Como se ve, la visión del lugar pasa de ser concebido como un lugar habitado por demonios a transformarse en un auténtico Edén. El cambio no puede ser más radical. Todo esto me hizo buscar en literatura antigua, la del siglo XVII.
Comprobé así que en realidad el jesuita Nieremberg nunca afirmó que el Paraíso Terrenal pudiera haber estado en el valle del que hablamos. En la omnisciente red pude encontrar lo dicho por el jesuita en sus Obras philosophicas del Padre Juan Eusebio Nieremberg de la Compañía de Jesús, vol. 6, y dedicaré unas líneas a su discurso. El autor critica la idea de que el Paraíso estuviera en Ceilán (actual Sri Lanka), “como refieren Horta Argensola y Ludovico Romano y en la que creen los naturales de allí”. Cuenta Nieremberg que hay en esa isla una cumbre que llaman Pico de Adán en la que existe una huella de pie de unos dos palmos, que sería la del propio Adán, del que dicen que allí lloró e hizo penitencia. También hay un árbol mediano que algunos piensan que es el Árbol de la Vida o de la Ciencia, y afirma tajantemente el jesuita: “ni de uno ni de otro lo creo, fuera de que el Paraíso ha de caer por Mesopotamia”.
O sea, el Paraíso no estuvo en Ceilán, sino que seguramente hubo de estar en Mesopotamia. Nieremberg no excluye la posibilidad de que todavía perviva en alguna parte oculta del mundo y se enfrenta a los que niegan esa posibilidad. Y es entonces cuando menciona a las Batuecas (actualizo su castellano): El argumento que hacen algunos para negar la permanencia del Paraíso […] de que no se halle ahora […] aunque parece fuerte no concluye, pues vemos que, en medio de España, se nos ha encubierto por inmemoriales años unos valles que llamamos ahora las Batuecas, sin saber nosotros de ellos, ni los que estaban allí de nosotros, criándose en aquel espacio breve como bestias, sin religión, sin noticias de más mundo, y pues si en la frecuencia del mundo, sin extraordinaria providencia del cielo, se nos ocultó aquella tierra hasta estos días, qué mucho si el Paraíso se nos escondiese por singular consejo de Dios, y ministerio de los Ángeles. Nieremberg no postula tampoco, pues, las Batuecas como posible localización del Paraíso, sino que pone su ejemplo para indicar sencillamente que el Paraíso podría estar escondido y ser hallado todavía en algún momento futuro, como se encontró este valle en la propia España.
Mucho más tarde, es el Padre Feijoo quien toca el tema de un posible descubrimiento del Paraíso. Se muestra contundente: “Hoy, que no hay porción alguna de tierra donde verisímilmente pueda colocarse el Paraíso que no esté hollada y examinada por innumerables Viajeros, y Comerciantes Europeos, carece de toda probabilidad la opinión que le juzga existente”. Enfangado yo en el tema, encuentro una ubicación curiosa del Paraíso en el pasado, pero no en Mesopotamia, ni siquiera en Europa, sino en el Nuevo Mundo, en América del Sur. Lo leo en Hombres y documentos de la filosofía española, volumen cuatro, de Gonzalo Díaz Díaz y se trata de la hipótesis de León Pinelo, en la que me detendré un momento.
Antonio de León Pinelo, de ascendencia judía —su abuelo, el médico Juan López, había muerto en la hoguera—, nació en Lisboa en 1590 y con dos o tres años pasó con sus padres a Valladolid y luego a Córdoba (Argentina). Completó estudios superiores en la Universidad de Lima y en 1623 regresó a España y fue nombrado Cronista mayor de las Indias, en 1658. Amigo de Nieremberg, Lope y Ruiz de Alarcón, escribió El Paraíso en el Nuevo Mundo, entre 1640-1650, en dos volúmenes de 239 y 288 hojas, en los que se esfuerza con muchos argumentos en situar el Paraíso Terrenal en la zona amazónica regada por los ríos de la Plata, Amazonas, Magdalena y Orinoco, y da muchos detalles topográficos, de su flora y fauna. Según él, Noé construyó el arca en las cercanías de Lima y durante el Diluvio las corrientes oceánicas la llevaron a Europa, donde el género humano reinició su historia. Parte de ese pueblo volvería después a América, a través del estrecho de Behring. Es que todo tiene su explicación, lector, si se sabe buscar.
(continuará)

22 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (3 de 6)


Mucho más tarde, el benedictino Padre Feijoo, en su Teatro crítico universal, tomo cuarto, discurso décimo, se refiere a la Fábula de las Batuecas, relacionándola con la idea de la ‘pérdida de España’: godos invadiendo a los romanos, árabes a los godos, etc., con la consecuencia del olvido de la verdadera religión y la vuelta a los ídolos y espíritus malignos. El tema del demonio es constante en toda exposición del mito de las Batuecas. Y confiesa el buen padre que él mismo dio asenso a la historia, hasta que un amigo le avisó de que el retiro y descubrimiento de las Batuecas era una mera fábula “para cuyo desengaño me citó la Crónica de la reforma de los Descalzos de nuestra Señora del Carmen”. Reconoce el Padre Feijoo que “notable es la autoridad que logran, y en todos tiempos lograron, no sólo en el vulgo, mas aún en mucha gente de letras, las tradiciones populares”. Como excusa y ejemplo cita a Olao Magno, eclesiástico e historiador sueco, autor de la Historia de Gentibus Septentrionalibus, que relata “que habiéndose desgajado por un monte altísimo la poca nieve que en la cumbre había movido con sus uñas un pajarillo, se fue engrosando tanto la pella con la nieve que iba arrollando en el camino, que hecha al fin otro monte de nieve, arruinó una población situada al pie de la montaña. Este suceso es símil tan ajustado al asunto que vamos tratando, que omitimos la aplicación por ser tan clara”. Dice después que las Batuecas fueron descubiertas en los tiempos de Felipe II.
Feijoo ya no cree, pues, en la fábula y transcribe palabras de la Crónica de la Reforma del Carmen, como se hallan en el tomo tercero, impreso en Madrid, año de 1683, libro 10, cap. 13, en el que se refiere la fundación de un convento en ese valle por los Carmelitas descalzos, como explicaremos después, se hace una exacta y amena descripción de todo el sitio y se desmonta la extendida leyenda:La extrañeza y retiro de estos montes, de estas rigurosas breñas, habían derramado en los pueblos circunvecinos opinión, que allí habitaban demonios. […] En los pueblos más distantes corría fama que en tiempos pasados había sido aquel sitio habitación de salvajes y gente no conocida en muchos siglos, oída ni vista de nadie, de lengua y usos diferentes de los nuestros; que veneraban al demonio; que andaban desnudos; que pensaban ser solos en el mundo, porque nunca habían salido de aquellos claustros”.
Esta relación, prosigue la cita Feijoo, sólo tiene de verdad la fama que en La Alberca y otros pueblos cercanos había, de que los pastores veían y oían algunas figuras y voces de demonios. También tiene de verdad, que después de que la Religión allí entró, y se dijeron misas, cesó todo. “Lo demás de la historia dicha, es relación de griegos, sin día, ni cónsul: y ficciones poéticas para hacer comedias, como se han hecho y creído en Salamanca, Madrid, y otras ciudades, de aquellos que sin examen reciben lo que oyen”. Hallándose ya en aquel yermo, refiere el historiador carmelitano, los religiosos preguntaron a muchas personas de la Serranía, de las más antiguas y de mayor razón, el fundamento de esta fama. Y refiere el Padre Francisco de Santa María: Unos se reían de nosotros, con ser ellos serranos, de que hubiésemos creído semejante fábula: otros se quejaban de los de La Alberca, diciendo que, por hacerles mal, la habían inventado, dándoles opinión de hombres bárbaros y silvestres; y unos y otros juraban que era novela, y que ni a padres, ni a abuelos la habían oído, ni jamás en sus pueblos hubo tal noticia.
Hasta aquí el historiador Carmelitano, explica Feijoo, de cuya narración se colige con toda certeza que cuanto se ha dicho del retiro, barbarie, y descubrimiento de los Batuecos todo es patraña y quimera. Y para abundar en esta idea, cita la obra de Tomás González de Manuel, que ya mencionamos nosotros, cuyos argumentos no vamos a repetir para no hacer interminable este escrito. Y elucubra sobre el poder de convicción de las leyendas y tradiciones: “A vista de tantas tan patentes pruebas de ser falso lo que se dice de los habitadores de las Batuecas, ¿quién no admirará, que esta fábula se haya apoderado de toda España? ¿Qué digo yo España? También a las demás naciones se ha extendido; y apenas hay geógrafo extranjero de los modernos, que no dé el hecho por firme. Así se halla relatado en el Atlas Magnus o Atlas Maior, del cartógrafo holandés Juan Blaeu, de 1650; en el Diccionario Universal Geográfico e Histórico, de Tomás Cornelio; en el Grand Dictionnaire historique del francés Luis Moreri, y otros muchos, que hablan de un valle muy fértil que llaman Valle de Batuecas. ¿Qué cosa tan absurda, como colocar muchos pueblos en un valle tan estrecho, que según las noticias seguras que hoy tenemos, apenas da espacio para una muy pequeña población? ¡Oh qué desengaño para tantos crédulos contumaces, que están siempre obstinados a favor de tradiciones populares y opiniones comunes!
 Esta sería la primera leyenda respecto a la comarca, combatida ya por autores de fundamento. Otras dos versiones surgen después, forjando visiones de las Batuecas muy distintas a la descrita, y hablaremos de ellas en las próximas entradas.
(continuará)

16 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (2 de 6)


Dije en mi anterior entrada sobre Mogarraz, que comenzaba por lo más fácil. Porque hablar del conjunto de las Batuecas, no es sencillo. Incluso geográficamente, la definición de la zona ha sido confusa a lo largo de la historia, ya que las Batuecas propiamente dichas son una parte de una comarca mucho mayor, que se conoce con el nombre de Hurdes o Jurdes, en la provincia de Cáceres, pero el término ha designado a veces a la comarca entera. La gran difusión de la leyenda de las Batuecas se debió en buena parte a la literatura, a partir del siglo XVII. En realidad, se podría hablar de tres leyendas, o tres visiones muy distintas del lugar, como trataré de mostrar.
Aquí casi siempre está presente la literatura. La mención inicial, escrita, del mito o leyenda de las Batuecas, que contaré enseguida, aparece en la comedia de Lope de Vega Las batuecas del Duque de Alba, cuya versión impresa es de 1638, aunque la composición es muy anterior. No figura en la lista de obras de Lope, en la edición de El peregrino en su patria de 1604, y sí en la de 1618, lo que indica que fue escrita entre esos años. La tradición en que se fundamenta debió de recogerla el autor en los últimos años del siglo XVI, cuando tuvo una larga residencia en Alba de Tormes y visitó, según se sospecha por fuertes indicios, una parte de la Extremadura Alta. Por la ambientación de la obra en tiempos de los Reyes Católicos y por el estilo de los versos, Morley y Bruerton, en su Cronología de las comedias de Lope de Vega, de 1940 (traducción en Gredos, 1968), piensan que la obra debió de ser compuesta entre 1598 y 1600.
La leyenda la recoge también Alonso Sánchez, que fue amigo de Lope, en el capítulo De Batuecis, de su De rebús Hispaniae Anacephaloesis libri septem. A condita Hispania ad annum 1633 —un compendio de la historia del Padre Mariana, escrita en un latín muy elegante, según Pío Tejera—. Como esta obra es muy posterior a la propuesta para la redacción de la de Lope, parece razonable considerar a este como el introductor literario de la leyenda, recogiendo tradiciones orales. Las crónicas de los carmelitas descalzos que se establecieron en la zona desmintieron el mito, a pesar de lo cual este empezó a cobrar veracidad y a difundirse por todo el mundo.
Lope recoge la leyenda: el fabuloso descubrimiento de un escondido valle, las Batuecas, hecho por una doncella y un paje de la Casa de Alba. Contra este relato fantástico escribió Tomás González de Manuel, presbítero de La Alberca, su Verdadera relación y manifiesto apologético de la antigüedad de las Batuecas y su descubrimiento, casi un siglo después, en 1693, arremetiendo contra los que habían creado y divulgado la leyenda del salvajismo del valle, especialmente contra el citado Alonso Sánchez.
Del propio González tomo, por comodidad, un breve resumen de la trama de la comedia, con grafía moderna: Un hombre y mujer de la familia del Señor Duque de Alba se habían enamorado, y por huir de la ira de el Duque, no teniéndose por seguros en España, se habían ido a unas Montañas distantes de Salamanca como doce leguas, que por su aspereza no habían sido penetradas de ninguno de sus vecinos. Y subiendo por aquellos Montes, pareciéndoles que habían llegado al Cielo, habían descubierto un Valle, y en él unos hombres sin culto, ni ornato del cuerpo, y de lenguaje no conocido, si no es algunos términos semejantes a los de los tiempos de los Godos, idólatras, como los Indios, aunque habían hallado algunas Cruces algo perdida la forma de ellas.
La propagación del mito de las Batuecas se debió, como digo, a la literatura. Aparte de Lope de Vega, hay dos refundiciones del mito: Juan Claudio de la Hoz y Mota (1622-1714), dramaturgo español de la escuela de Calderón, escribió sobre el mismo tema El descubrimiento de las Batuecas y Juan de Matos Fragoso (1608-1689), dramaturgo y poeta español de origen portugués, uno de los autores más prolíficos del siglo XVII, escribió El Nuevo Mundo en Castilla, sobre la obra de Lope, publicada en Comedias nuevas escritas por los mejores ingenios de España, 1671, donde regularizó un tanto la trama y suprimió algunos personajes. Sobre esta misma leyenda, Juan Eugenio Hartzenbusch escribió una comedia de magia, Las Batuecas, estrenada en Madrid, en 1843, con poco favor del público, pero con estimación de los doctos y discretos. En todas estas obras se mantiene la creencia en un valle poblado por gentes atrasadas y extrañas. Estos primitivos seres se creían solos en el mundo y no conocían que existieran otras criaturas en él. El valle estaba poblado por brujas, demonios y otros seres monstruosos, que tenían atemorizados a sus habitantes y disuadían de entrar en el territorio a los vecinos de la zona.
Hay una obra más, Nuevo mundo en España, que no he podido rastrear, pero que Tomás González cita en el capítulo XVII de su ya mencionada obra: “Otro concolega, que con él venía, dixo, que era cierto, que él había visto la comedia intitulada, Nuevo Mundo en España. Yo le dixe, que también la había visto compuesta por el Doctor Juan Pérez de Montalbán…” (conservo la grafía y signos de puntuación del original). He fatigado los catálogos de la BNE y otras bibliotecas y no encontré más mención de la misma. Pérez de Montalbán era muy amigo de Lope y se dice que murió desequilibrado por la muerte de este en 1635. Escribió la primera de sus biografías, Fama póstuma, sólo un año después de su fallecimiento.
(continuará)

10 de febrero de 2017

Viaje a las Batuecas (1 de 6)

Ya dije que sería improcedente cortar el blog para siempre. También conté que tenía textos ya escritos, como el de mi viaje de hace casi un año a las Batuecas, una muy bella y desconocida región de España. Es algo largo y recoge y resume con fidelidad lo leído en otros trabajos, mucho más extensos todavía. Ahí va ahora, en seis entradas.

He estado unos días por una región más nombrada que conocida: las Batuecas, en la Sierra de Francia. Hace algún tiempo solía yo escribir pequeñas crónicas de mis viajes, pero curé ya de eso. En este caso haré una excepción, por razones que se irán descubriendo en mi relato. Adelanto una: se trata de un trozo de España que yace en nuestro imaginario colectivo. Constituye una entrada independiente del DRAE, como ‘valle de la provincia de Salamanca’, y allí figura la expresión ‘estar en las Batuecas’, con significado equiparable al de ‘estar en Babia’: estar distraído y como ajeno a lo que se trata. Quizá perciba yo una sutil diferencia semántica: estar en Babia es estar ‘apartado de la realidad’, estar en las Batuecas es ‘estar en otra realidad’.
El viaje fue en mayo, de este año más bien lluvioso. El campo estaba ubérrimo y glorioso y no diré más porque no tengo tanto tiempo y porque no soy nada bueno en describir cualquier cosa que sea. Omnipresente el verde, aunque en la paleta no hubiera demasiadas gradaciones o matices. Había sobre todo árboles, robles y castaños, con abundante sotobosque y las inevitables jaras de diversos colores. Claramente un locus amoenus, de los muchos que se refieren en las historias antiguas y en las literaturas; un sitio poco poblado, en el que apenas se ven alquerías o casas de labranza y en el que bien podría haber estado el Paraíso terrenal. Ya se verá por qué escribo esto.
Nos hospedábamos en la localidad de Mogarraz, declarada Conjunto Histórico Artístico, una de las pocas juderías que se cristianaron totalmente. Empiezo mi relato por aquí, porque se trata de lo más fácil. El lugar tiene hoy menos de cuatrocientos habitantes de derecho y estuvo más poblado, hasta que muchos vecinos empezaron a emigrar. El trazado de sus calles mantiene su estructura medieval y las casas tienen la arquitectura típica de la zona, como ocurre en otros núcleos de población cercanos. El pueblo está limpio y aseado, aunque algunas casas desocupadas y ruinosas dan a unos pocos rincones un aspecto peculiar que a mí me recordó, no sé bien por qué, otro lugar muy distante que visité hace tiempo, el Nepal. El entramado de madera en las paredes y los balcones y terrazas volados, quizá me causaron esta impresión.
Hay poco turismo y poca gente en las calles. El silencio es casi total, interrumpido ocasionalmente por el ruido siempre amable del agua corriendo en las numerosas fuentes y albercas públicas, con fechas grabadas en la piedra, alguna del año 1600. El país entero es abundante en aguas y hay muchos manantiales y veneros. La fuente más legendaria de toda la zona es la de San Juan, que está en el pueblo de Santibáñez de la Sierra, en el lugar en que hubo una antiquísima ermita homónima —citada por el historiador español del siglo XVI Ambrosio de Morales—, en la que, según cierta tradición, vino a refugiarse el vencido rey godo don Rodrigo, huyendo de los moros invasores. Muchos nombres de las fuentes en los pueblos de esta sierra son curiosos, evocadores: Fuente Grande, del Médico, de los Frailes, del Obispo, de la Gitana, etc.
La paz es perfecta. Al caer la tarde el pueblo entero parece vacío y dormido, desierto, como existente en una dimensión distinta, no la habitual. Hay un detalle que quizá contribuya a esa sensación. En el año 1967, hace cincuenta años, un fotógrafo local, Alejandro Martín Criado, fotografió para el trámite de obtención del carnet de identidad, a todos los mayores de la localidad; se han conservado 388 fotos. La mayoría de estos habitantes permanecieron en el pueblo y no emigraron, como hicieron otros. Con este archivo icónico, un pintor, Florencio Maillo, natural del mismo Mogarraz, ha realizado pinturas encáusticas, sobre chapa metálica, de buen tamaño, prendidas en las fachadas de las casas en que habitaron los retratados. Nada está exento de polémica, tampoco esta iniciativa. En casos aislados, los familiares han borrado las imágenes.
Dada la fecha de las fotos, es obvio que la mayoría de estas personas ya no están vivas. Pero están allí, en las casas que habitaron, más allá del tiempo, impasibles y resignadas, como avisándonos de la futilidad y brevedad de la vida. Todo ello, con la luz difusa del anochecer en las angostas calles, se traduce en una ambiente especial, que deja lugar para la reflexión y hasta un poco para el azoramiento. Se ve uno allí, solitario, compartiendo la soledad y el silencio con los que ya no están, rodeado de muertos, que parecen avisarnos de que al final nos encontraremos otra vez con ellos en alguna parte, alejados definitivamente del ruido del mundo.

(continuará)




25 de diciembre de 2016

Amores con final infeliz


En la reciente representación de mi obra de teatro Don Juan de Bergerac, al final tuve que agradecer al público su benevolencia. Como entre los asistentes había dos amigas mías —mi admirada cantautora Chili Valverde, que ha puesto música a más de treinta textos de Juan Ramón Jiménez y Carmen Hernández-Pinzón, sobrina del poeta y conocida estudiosa de su obra— quise incluir unas palabras sobre nuestro Premio Nobel. También sucede que la cuarta entrada más leída de mi blog, la del tres de marzo de 2014, trata de Margarita Gil Roësset, la escultora madrileña que con veinticuatro años se suicidó por amor a Juan Ramón.
Para llegar hasta este hecho luctuoso, empecé diciendo: “Han visto ustedes una obra de amor con final feliz; no siempre es así”, y cité lo que cuenta un personaje de la misma, doña Rosa, en una de las escenas: El amor no siempre nos hace felices, también nos puede hacer muy desgraciados. Siempre hay alguien que espera en vano. Siempre hay alguien que quiere a quien no le quiere. Y sufre, sufre tanto como con la más atroz de las desgracias. Como ejemplo de amor con final trágico, me referí después a la tristísima carta que Margarita dejó a Zenobia, la mujer del poeta, conservando la peculiar puntuación del original: Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramón! Y aunque querer… y enamorarte es algo que te ocurre porque sí, sin tener tú la culpa […] le he dicho … que le quiero… y le he pedido que se case conmigo…¡estaré loca!... pero como él… te quiere… ¡te quiere!... pues me ha dicho.., que no… que nunca… perdóname… porque si me hubiera dicho que sí… ay… a pesar de que la idea de amistad es para mí sagrada…y tú eres mi amiga… y de verdad te quiero mucho… […] habría pasado por todo […] Creo mucho mejor matarme ya… que sin él no puedo… y con él no puedo.
Alguien ha llamado a Margarita la Camille Claudel española, aunque casi la única similitud entre ambas es que las dos fueron escultoras. Camille, hermana del poeta Paul Claudel, vivió un romance largo y apasionado con el escultor Augusto Rodin, que vivía con  Rose Beuret, una modistilla analfabeta, a la que conoció con veinticuatro años, con la que nunca apareció en sociedad y con la que se casó poco antes de morir, cuando ella tenía más de setenta años. Camille, bella, delicada y llena de talento, entró en el taller de Rodin con diecinueve años y enseguida surgió el amor o lo que sea. Parece ser que Rodin, de cuarenta y tres años, la poseyó por primera vez sobre el mismo suelo del taller, al pie de su hermosa obra Fugit amor (aunque en este caso, el amor más que huir llegó). Cómo se pueden conocer estos detalles íntimos, estas incomodidades, me pregunto siempre; es el estilo típico de los malos biógrafos y periodistas.
Cuando ya Camille era una escultora reconocida, amó simultáneamente a Claude Debussy, también casado, en una relación con poco porvenir. La desgracia sí la hermanó con la española. Camille empezó a tener crisis nerviosas que terminaron en una esquizofrenia. Al inaugurar una exposición, podía acabar destruyendo con un martillo sus propias obras hasta reducirlas a esquirlas, como hizo también Margarita con gran parte de sus esculturas antes de morir. Camille estuvo recluida en sanatorios psiquiátricos los treinta últimos años de su vida, sin que la visitara nadie de su familia, que atribuyó sus trastornos mentales a su vida desenfrenada, relación causal difícil de demostrar. Quizá los hubiera tenido aunque hubiera profesado como monja Bernarda.
Tanto si se logra el ansiado amor como si no, al final uno ha de estar de acuerdo con lo que escribió Stendhal: El amor es una maravillosa flor, pero es necesario tener el valor de ir a buscarla al borde de un horrible precipicio. Quizá por eso mucha gente prefiere encontrar el amor en los relatos y novelas, en la literatura, en la ficción, que es menos peligroso. Antoine Hamilton, un escritor poco conocido hoy, que nació en 1645 en Escocia y emigró con su familia a Francia, huyendo de la dictadura de Cromwell, escribió sobre la literatura francesa de la época: Todos vuestros escritos en verso o en prosa son relatos de amor; casi todos vuestros poemas, elegías, églogas, idilios, canciones, epístolas, comedias, tragedias, óperas son relatos de amor. Tenéis los relatos de amor como única alimentación y no os cansáis de ellos jamás. Era verdad entonces y quizá siempre.

20 de diciembre de 2016

Del alcalde de Alcorcón y los mitos griegos


Este blog no se preocupa mucho por la actualidad; le dedico hoy una entrada por el azar de estar en la calle por la que pasaba una manifestación y haber oído claramente la conversación entre algunas de las mujeres que participaban. Una de ellas, grande y sólida, muy rotunda en su físico y en sus afirmaciones, decía a sus acompañantes:
— Os digo que el alcalde expresó un juicio universal, afirmativo, categórico y apodíctico, que una sabe de qué habla.
— Pues yo creo que no lo dijo de todas, intervino otra señora, sino que matizó con un “a veces”. O sea, que el juicio era particular y contingente.
— Déjate de florituras, replicó la mujerona; el alcalde dijo claramente que todas las feministas son mujeres frustradas, amargadas, rabiosas y fracasadas.
— De todos modos, añadió una tercera mujer más joven, conviene diferenciar si el juicio era determinativo, atributivo o limitativo.
— Tú mejor cállate, contestó enfadada la que se atribuía el papel de jefa. A ti te gustan demasiado los hombres y te dejas tumbar al primer envite; que te conocemos.
Esta charla me llamó la atención por el alto tono intelectual, tan frecuente en las movilizaciones callejeras, trufado con rasgos caracteriales típicos de nuestro pueblo. Supe luego que el  alcalde de Alcorcón había criticado a las feministas en estos términos, aunque dijo “a veces” y no se refirió a todas. Con esta restricción, sus palabras pueden aplicarse a ese movimiento, a juezas, maestras, abogadas, etc. Y lo que parece excesivo es que se pretenda descabalgar sólo por un comentario quizá imprudente a alguien que ocupa un cargo público ganado de manera rigurosamente democrática.
En realidad, este alcalde resume y epitomiza, sin poder evitarlo, tradiciones seminales de nuestra cultura clásica occidental. En Las Euménides, de Esquilo, Apolo se dirige al Corifeo: La madre no es la engendradora del que se llama su hijo, sino la nodriza del germen recién sembrado. El que engendra es el hombre. Y también Paris recomienda a Helena: Calla, oh mujer, hablar de guerra no es asunto tuyo. Limítate a cumplir el papel que te ha asignado la naturaleza, que es, en definitiva, el de yacer a mi lado. Los griegos pensaban y hablaban así de sus mujeres. Para ellos, el terror y la desgracia, tenían casi siempre rostro femenino: Harpías, Grayas, Moiras, Erinnias, Telquinas, Gorgonas y tantas más. Las Empusas, hijas de Hécate, eran demonios con apariencia de mujer y nalgas de burro, que ocultaban bajo sus faldas. Se colocaban en los cruces de caminos y atraían a los viandantes mostrándoles sus senos; después les mordían en el cuello y les chupaban la sangre hasta dejarlos a la puerta de la muerte.
Lamia, hija de Belos y Libia, fue amante de Zeus, con el que tuvo hijos, pero Hera, la esposa del dios, los fue matando a todos. Como venganza, Lamia salía por las noches y asesinaba a niños ajenos. Para que su aspecto resultara más horrible e inquietante, Zeus le otorgó la facultad de quitarse y ponerse los ojos de las órbitas a su antojo. Mientras dormía, los aislados ojos montaban guardia, expectantes. Peor era lo de las Grayas, monstruos con rostro de mujer, hermanas de las Gorgonas. Nacieron viejas y tenían sólo un ojo y un diente para las tres y se turnaban en su uso.
Las Erinnias eran también tres, con rostro de perro, alas de murciélago, cabellos serpentiformes y un látigo en la diestra: Megera, Alecto y Tisífone (odio, cólera y venganza). Refiriéndonos a humanos, las mujeres de la isla de Lemnos mataron a sus maridos y vivían solas. Cuando llegaron los Argonautas, en busca del vellocino de oro, pensaron que convendría ser fecundadas y se les ofrecieron. A nadie le amarga un  dulce: tocaron a catorce hembras por cabeza, o lo que sea, y zanjaron el asunto en siete días y siete noches. No un récord, pienso yo, sin nada más que hacer.
Atalanta era mujer y podría considerarse como precursora del feminismo. Mató a dos centauros que intentaron violarla y los castró; su historia se parece un tanto a la de Turandot. Las Moiras eran también mujeres: Cloto, hila y produce hebras, Láquesis, mide el estambre y Átropos lo corta con sus tijeras. Aquiles, cuando murió su amigo Patroclo, fue displicente y conminatorio con las mujeres: Oh, mujeres, en vez de arrancaros inútilmente los cabellos, lavad el cuerpo de mi pobre amigo, bañad de aceite sus martirizadas carnes, etc. Ate, diosa del error, camina sobre la cabeza de los hombres con pasos ligeros y los induce a equivocarse sin que ellos se percaten.
En casi todas las culturas hay amazonas. Una de sus reinas, Antianara, pensaba que el hombre cojo es más hábil en los juegos amorosos, ya que la energía del miembro que falta se dirige al pene. Otra reina, Pentesilea, era tan bella que todos los hombres intentaban violarla, por lo que iba siempre vestida, incluso en verano, con una armadura de bronce. Según una versión, Aquiles la venció y mató y la gozó después de muerta. Heinrich von Kleist, un poeta romántico alemán, escribió un drama, Pentesilea, en el que es ella la que derrota a Aquiles y lo devora en un exceso de entusiasmo erótico.
Lector, podría seguir hasta aburrirte. Pero había también varones nefastos y hembras bienhechoras en la mitología griega. Todo es una broma mía; escribo así porque me irrita que una frase poco feliz de un alcalde desencadene este embrollo para quitarle el cargo. Por eso he querido emparentarlo con famosos antecedentes helenos.

26 de noviembre de 2016

Cuando es imposible determinar la justicia


En mi entrada del 19/11/2016 hablaba de la justicia y apuntaba que en algunos casos era imposible establecerla. Mencioné una vieja preocupación de los jugadores, ya en la época del Renacimiento: distribuir equitativamente las cantidades apostadas en el caso de que, por cualquier razón, se interrumpiera el juego, sin posible continuación. La indagación de este problema fue uno de los pilares sobre los que se empezó a cimentar la teoría de la probabilidad.
En el caso concreto que expuse —el de un juego de pelota a seis partidas que se suspende cuando el jugador A lleva ganadas cinco y B tres— ofrecí tres dictámenes distintos sobre la equidad en el reparto de lo apostado: Pacioli dice que, del total, cinco partes deberían ser para A y tres para B; Fontana piensa que cuatro partes para A y dos para B; Pascal y Fermat opinan que lo justo es siete partes para A y una para B. Los resultados son tan dispares, que he pensado que merece la pena elucubrar un poco sobre ellos. Adelanto, además, que ninguno es correcto, lo que hace del caso uno de aquellos en los que es imposible alcanzar la justicia con la razón. Recuerdo al lector que se trata de un juego de pelota, no de dados, no de azar.
Pacioli asume, en realidad, que el resultado final del juego, si se completara la partida hasta los seis juegos, reflejaría una situación análoga a la existente en el momento de la interrupción; por lo tanto el reparto ha de ajustarse a la razón de cinco a tres. Esto no tiene por qué ser así, ni jugando con dados, ni, menos aún, en un juego de pelota. La solución de Fontana implica, de manera implícita, que, si se llegara al final, A ganaría su sexta partida y el resultado definitivo sería 6 a 3, y así debe dividirse lo apostado (6/3 es igual a 4/2). Pascal y Fermat son más científicos, la teoría de probabilidad ha nacido ya, y su criterio,  repartir en razón 7 a 1, tan diferente de los otros, es el resultado de la aplicación de dicha teoría. En efecto, para que gane B, tendría que ganar las tres partidas que le quedan sin perder ninguna. La probabilidad de este suceso, que es un producto de tres sucesos, es 1/2 x 1/2 x 1/2 = 1/8, lo que da para el suceso contrario una probabilidad de 7/8. Por ello el reparto justo sería de siete partes para A y sólo una para B.
Ahora bien, como apunté en mi anterior entrada, esto es verdad sólo asumiendo que el ganar A y el ganar B son equiprobables, siendo la probabilidad de cada suceso 1/2, ya que sólo hay dos posibles en cada partida. Pero también se podría pensar que la probabilidad de que gane A es 5/8 y la de B 3/8, según el tanteo en la interrupción; esta sería una asunción razonable. Y no olvidemos que se trata de un juego de pelota, en el que tales reglas no son aplicables y el jugador B puede perfectamente rehacerse y acabar ganando al jugador A por seis a cinco.
Traslademos esto a un partido de fútbol. Al terminar el primer tiempo el equipo A gana al B por cinco goles a tres y se suspende el partido. Lector, no hay manera alguna de predecir racionalmente el resultado final y sólo queda una solución: jugar hasta el final. Eso es lo que se hace, con muy buen criterio, en las competiciones reales: seguir jugando, con el equipo B haciendo quizá algún cambio en jugadores o táctica, para meter más goles que el contrario en la segunda parte. Eso es todo, lo de ser entrenador es de verdad muy fácil.  Y no hay manera alguna, en un juego de pelota, en cualquier juego que no sea de puro azar, de anticipar el resultado final y repartir las apuestas con justicia. Sí se puede hacer en los juegos de azar, con las pertinentes y verificables asunciones.

19 de noviembre de 2016

Sobre la elusiva, difícil o imposible justicia


La justicia perfecta quizá nunca sea alcanzable entre los hombres. No siempre pensé así. Hace apenas unos sesenta años, antes de que naufragaran bastantes de mis ilusiones y esperanzas respecto a la realidad, escribí: Es joven el que cree que en el mundo aletea, más o menos recóndita, la justicia; era yo entonces ingenuo y optimista. Pero aun hoy, sigo pensando que la mayoría de los seres humanos siente el anhelo, la necesidad de justicia.
Mis lecturas pueden enmarañarse y desembocar a veces en temas singulares. El de la entrada de hoy surgió leyendo algo de Ortega, que me remitió al granadino Jerónimo de Barrionuevo de Peralta, poeta, dramaturgo y gacetillero del siglo XVII. Estudió en Alcalá y Salamanca y tuvo una juventud turbulenta; después se sosegó y ya en 1622 era tesorero en la catedral de Sigüenza. Compuso casi mil poemas de muy variados estilos y contenido, y hasta cinco comedias. Vivió luego en Madrid, desde donde escribió cartas al Deán de Zaragoza, conservadas en el manuscrito 2397 de la Biblioteca Nacional, en las que da información valiosa sobre los usos y costumbres de la villa, sus fiestas, celebraciones y supersticiones. Fueron impresas en 1892 por A. Paz y Melia, como Avisos de Jerónimo Barrionuevo (1654-1658) y hay ediciones posteriores. Allí encontré lo que contaré al final; ahora me permitiré un breve exordio sobre el ansia, la inquietud humana por la justicia.
Fra Luca Pacioli, nacido en 1445, enseñó matemáticas en diversas ciudades de Italia, hasta llegar a Milán, a la corte de Ludovico Sforza el Moro, donde coincidió con Leonardo da Vinci, ilustrador de su De divina proportione (Venecia, 1509). Pero el libro más importante del fraile fue la Summa de Arithmetica, Geometria, Proportioni e proportionalitá, publicado en Venecia, en 1494 y muy estudiado en toda Italia. En dicho libro, se recoge un problema del reparto justo de las apuestas, en caso de interrupción del juego, que había obsesionado a generaciones enteras. Esta indagación y el de la equidad de cualquier apuesta, fueron los dos pilares sobre los que se levantó buena parte de la moderna teoría de la probabilidad.
El caso de Pacioli es: Dos jugadores, A y B, juegan a la pelota y apuestan sobre quién será el ganador en seis juegos. Un imprevisto obliga a interrumpir la partida, cuando A gana cinco juegos y B tres. ¿Cómo se ha de dividir la cantidad apostada, para hacerlo en justicia? Pacioli dice que en 5 y 3 partes del total, como los juegos que han ganado los contendientes. Niccolo Fontana, el Tartaglia, más de medio siglo más tarde, en su Trattato di numeri et misure, publicado de 1556 a 1560, sugiere que, puesto que para ganar hacen falta seis juegos y A lleva a B una ventaja de dos (la tercera parte) es justo que, además de su apuesta, se lleve la tercera parte de la de B; o sea, cuatro partes para A y dos partes para B. Transcurrieron casi cien años hasta que Pascal y Fermat, llegaron a la solución ‘correcta’ de repartir en razón de 7 a 1. Para ello, consideran todas las alternativas posibles, si no hubiera suspensión y se continuara el juego; o sea, la posibilidad de que A gane el juego que le falta, frente a la de que B gane tres juegos seguidos. Deducen así el reparto justo de lo apostado. Esto es sólo correcto, lector, asumiendo la equiprobabilidad de ganar cada juego para los dos jugadores.
Resumo ahora lo leído en Barrionuevo. Cuenta este que prendieron a un hombre que abofeteaba a una mujer y los dos fueron llevados a la cárcel. El hombre se explicó: Señores, soy casado, con seis hijos. Salí desesperado de casa, por no poderlos sustentar, y esta mujer me llamó y me ofreció un doblón de á cuatro si condescendía con ella y la despicaba (desahogar, satisfacer, DRAE); un escudo de oro el precio de cada ofensa a Dios. Gané tres, desmayando al cuarto de flaqueza y hambre. Quísome quitar el doblón y no pudo, y á las voces llegó este alguacil que está presente, y tuvo mejores manos para hacerlo. Suplico á V. S. diga ahora ella si esto es verdad ó mentira. La cual allí en público dijo ser todo así, y visto por la Sala, in continenti la hicieron volver el doblón de á cuatro al hombre, al que le echaron libre y sin costas la puerta afuera; y á ella la mandaron tornar a su encierro para quitarla el rijo con algunos días de pan y agua.
Analizar la equidad y justicia de esta resolución es más fácil que en el caso del juego. No se habla del tiempo concedido al varón para su tarea, pero se entiende que fue breve, que el hombre tendría urgencia en volver a su casa y dar de comer a la prole. Se entiende también que la dama no sería una beldad, al tener que recurrir al pago por el encargo; aunque sí honrada, que se ratificó en lo acordado con el caballero. Considerando que tres desfogues parecen suficientes y no tan distantes de los cuatro apalabrados, juzgo pertinente la decisión de los jueces. Eso, sin contar que la calidad cuenta muchas veces más que la cantidad. De la calidad no se habla, aunque se supone buena por solicitar la mujer con vehemencia la cuarta función. En fin, la sentencia me parece imparcial y justa.

12 de noviembre de 2016

El cuadrado SATOR


Dije en mi entrada anterior que pretendía hablar de los criptogramas de letras o literales, que no son tan abundantes como los numéricos y no tienen la riqueza y variedad de propiedades de estos —el más conocido quizá es el llamado cuadrado Sator, que muestro al final—. Ambos tipos tienen cierta relación con los palíndromos. Se conoce como palíndromo a un conjunto de letras o números que se leen lo mismo hacia adelante que hacia atrás. En el caso de números, tales cifras son llamadas capicúas. De los de letras, quizá el más conocido es el de Dábale arroz a la zorra el abad, con la variante menos popular de Adán dábale arroz a la zorra; el abad, nada.
Diferentes, aunque parecidos son los anagramas, en los que parejas de palabras tienen las mismas letras en diferente orden, como norte y tenor, o losa y olas. La primera pareja cumple un requisito que no cumple la segunda, si se consideran las sílabas: forman la misma palabra. Todos estos juegos representan diversas maneras de las muchas que existen para perder el tiempo. Pero tienen historia y se les ha supuesto en ocasiones poderes mágicos, por lo que las consideramos aquí.
El cuadrado Sator, considerado en conjunto, completo, es un palíndromo; no lo es si miramos las filas o columnas aisladamente. Si se empieza en el ángulo superior izquierda y se leen sucesivamente las filas, resulta: Sator arepo tenet opera rotas. Lo mismo ocurre si se leen las columnas. Y también, si se comienza en el ángulo inferior derecho y se leen las filas (hacia la izquierda) y las columnas ( hacia arriba).
¿Y qué?, puede que te preguntes, lector, con toda razón. Pues no mucho, la verdad. Son palabras latinas, excepto arepo, que no existe en dicha lengua, cuya traducción es complicada, confusa y banal: El sembrador Arepo mantiene diestramente las ruedas, con lo que quizá se aludiría a una probable tarea agrícola. Y sin embargo, y aquí reside el atractivo de todos los esoterismos, especialmente para ciertas mentes, algunos pretenden que el cuadrado esconde el secreto hermético de la cuadratura del círculo. Nada menos.
El cuadrado se ha descubierto en muchos sitios arqueológicos de Europa: en ruinas romanas de Inglaterra, en una de las paredes de la catedral de Siena, en Rochemaure (Francia), etc.; incluso, leo, en Santiago de Compostela. El más antiguo fue encontrado en las excavaciones de Pompeya, en 1925, esculpido en una columna de un gimnasio. Dado que se presenta en bastantes iglesias de la época medieval, e identificando al sembrador como el Creador, también se le ha dado una significación cristiana, con el sentido de: El Creador, autor de todas las cosas, mantiene con destreza sus propias obras. De hecho, con las veinticinco letras que lo forman (5x5), se puede formar una cruz con las palabras PATERNOSTER cruzándose perpendicularmente, en sentido vertical y horizontal, con la N en el centro común. Sobran dos A y dos O, que ocuparían los cuadrantes que quedan fuera de los brazos de la cruz y corresponderían a las alfa y omega griegas, representando el principio y el fin. Se trataría de una crux dissimulata, utilizada por los primeros y perseguidos cristianos. Con esta interpretación no están de acuerdo todos los estudiosos. Vaya, menos mal.
Más probablemente, en mi entender, este cuadrado, como tantas otras fórmulas mágicas, sería uno más de los objetos apotropaicos —destinados a prevenir y proteger a los poseedores contra las mil calamidades que nos acechan constantemente—, presentes en rituales y supersticiones de todas las edades y culturas, propuestos para garantizar nuestra salud y bienestar y que no han funcionado demasiado bien nunca. Digo yo, me parece a mí.

6 de noviembre de 2016

Sobre los criptogramas numéricos


Recién nacido este blog, en mi entrada del seis de diciembre de 2013 mencioné el cuadrado o escudo con dieciséis casillas —esculpido en la fachada de la Pasión de la Sagrada Familia de Barcelona, obra del escultor José María Subirachs—, en las que hay números con una particularidad: sumando las filas, las columnas o las dos diagonales principales, se obtiene siempre la cifra 33. Señalé entonces que en un libro del jesuita alemán del siglo XVII, Atanasio Kircher, ya aparecen estos criptogramas y se afirma que fueron ideados por los “sabios antiguos”, sin mayores precisiones.
En este de la Sagrada Familia los números no son correlativos y dos de ellos se repiten, con objeto de que la suma sea 33, la edad de Cristo. Trabajo quizá innecesario, puesto que nadie sabe con certeza la edad a la que murió Cristo y muchos cristólogos postulan que debió de ser más bien con 36 o incluso 39 años, basándose en datos históricos y astronómicos, relacionados con las reglas por las que se regía la celebración de la Pascua judía. En el cuadrado mágico clásico de dieciséis casillas los números sí son correlativos y la suma de filas, columnas y diagonales es 34, no 33
Así es el que figura en el célebre grabado Melancolía I, de Alberto Durero (ver foto), donde otras combinaciones de casillas también suman 34 (las cuatro centrales, las de las esquinas, etc.); las centrales de la última fila dan el año en que se compuso el grabado: 1514. Este cuadrado 4x4, de dieciséis casillas, es el llamado sello de Júpiter. El de 3x3 es el consagrado a Saturno. Los sucesivos, a partir del 5x5, están dedicados a Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la Luna, como recoge Cornelius Agrippa en De oculta philosophia libri tres, de 1533.
Para concretar lo de los “sabios antiguos” de Kircher, contaré que estos cuadrados mágicos ya se conocían en China desde el tercer milenio a. C. Según la leyenda Lo Shu, el río Lo se desbordó y los pobladores de la zona hicieron ofrendas al dios del río para calmarlo —algo malo habrían hecho—, pero una tortuga que andaba por allí se acercaba a ellas y las rechazaba. Hasta que un niño se dio cuenta de que en su caparazón estaba marcado el sello de nueve casillas, con sus números que suman 15. Se tuvo esto en cuenta y se remansaron las aguas. Mano de santo. Los dioses son caprichosos muchas veces.
Empecé esta entrada porque quería completar lo ya escrito sobre los criptogramas numéricos y hablar de los de letras; lo haré en la próxima. Dan menos juego que los de números y para confirmarlo añado un curioso criptograma de nueve casillas, de números no correlativos. Con las reglas ya conocidas, la suma es 369. Curiosamente, si se suma el número de letras que componen los nombres de dichas cifras en castellano (noventa y tres, son 12 letras, etc.) —están en el cuadrado inferior—, esa suma, con las mismas reglas, es también constante: 48. Esto ya es apotropaico, es pura magia, y tiene que servir para algo: para no morir nunca —qué horrible—, para tener éxito con las mujeres…, no sé. Cuando lo sepa bien, lector, te lo haré saber, que no soy tan egoísta.

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26 de octubre de 2016

La seducción y sus imperfecciones


Quería terminar ya las entradas dedicadas a la seducción, sus encantos y sus peligros; tengo demasiada tarea en el telar y hay que aliviar. Algo me ha hecho desviarme de mi propósito: hoy, veintiséis de octubre, hace cien años, nació en Jarnac, en la Charente francesa, François Mitterrand, otro gran seductor. También acaban de publicarse (Gallimard, Lettres à Anne) las cartas que escribió a Anne Pingeot, la más asidua de sus amantes, con la que tuvo una hija, Mazarine,
La seducción es un fenómeno transversal; se da entre individuos de cualquier edad, sexo y condición. Cuando cristaliza entre personas de distinto sexo, en situación de libertad —también sin libertad alguna, según los criterios más estrictos— conduce muy directamente al amor. Por eso en mis entradas anteriores hablé de esa ‘patología’ del alma, el amor. Creer que un cielo en un infierno cabe, / dar la vida y el alma a un desengaño; / esto es amor, quien lo probó lo sabe. Esto ocurrió entre Mitterrand, diputado entonces por Nièvre, y una mujer mucho más joven, una muchacha, Anne Pingeot. Fue en 1962, él tenía 46 años, ella 19, una fruslería para estos  asuntos.
Mitterrand, casado desde 1944 con Danielle Gouze —él tenía veintiocho años, ella veinte—, se reservaba una amplia libertad sentimental y sexual. Danielle sufrió atrozmente de justificados celos hasta 1958 cuando, de repente, como a veces ocurren estas cosas, debió de entender que el juego galante no era un patrimonio exclusivamente masculino y entabló una relación duradera con un profesor de gimnasia doce años más joven. Fue antes de que su marido encontrara a Anne, pero ya con otras amantes. Mitterrand era inteligente, culto y atrevido, una mala combinación en un hombre y también en una mujer. Se contaba en Francia que una de las maneras de ‘ligar’ del brillante político, ya una figura pública, consistía en pasear distraídamente por la calle leyendo un periódico, pero muy atento a las viandantes, a ciertas viandantes. Tropezaba con ellas y algunas le conocían: Oh, Monsieur Mitterrand, vous vous promenez assez follement avec ce journal-là. Mais, en fin, je m’excuse de vous avoir interrompu. Puis-je faire quelque chose pour vous? Él sabía cómo responder a esa pregunta, ese es siempre el secreto. Aunque puede que tales historias nunca fueran verdad.
Estos juegos de seducción aparecen como un cuento feliz, un delicioso vals interminable. Ya mostré los peligros. No soy en un mojigato, pero creo que en estas componendas late muchas veces el desencanto y el puro sufrimiento. En las Cartas a Anne hay referencias a la tristeza de ella, que se sentía sola, desamparada, engañada. En la relación, su única exigencia rotunda, al llegar a los treinta años, fue tener un hijo; se lo planteó a Mitterrand, amenazándole con romper, y este accedió. En 1974 nació una niña, Mazarine. “Fue el único regalo que me hizo”, dijo una vez Anne.
Esta hija, profesora de Filosofía y escritora, cuenta detalles de la madre seducida y de la vida de ambas, en dos novelas autobiográficas, Bouche cousue (Boca cosida) y Bon petit soldat (Buen soldadito): “Mi madre y yo vivíamos aisladas del mundo, en un siniestro apartamento oficial, un lugar protegido, neutro, un refugio que era también una prisión, con la presencia permanente de gendarmes”. Mazarine Pingeot se unió al productor de cine Mohamed Ulad-Mohand, con el que tuvo tres hijos y del que se separó en 2013. Se unió después al diplomático francés Didier Le Bret.
Como Lope de Vega, Mitterrand tuvo algún tiempo dos hogares, lo que puede considerarse un tormento extremadamente refinado. El matrimonio con Danielle se mantuvo y los dos hijos del mismo lo toleraron bien: “Mi padre siempre vivió con nosotros en la calle Bièvre, tenía su habitación, venía a cenar todos los domingos, le veíamos regularmente. Nunca, ni mi hermano ni yo, tuvimos la sensación de que existieran problemas entre nuestros padres”, comentó en una ocasión el primogénito, Jean-Christophe. El amante de Danielle vivía también en el domicilio familiar, en la Rue de Bièvre. Era muy querido por los hijos a los que llevaba a nadar y montar a caballo y se llevaba bien con François Mitterrand, con quien solía desayunar. Un poco complicado todo, ¿no? Claro que todo se puede perdonar en el amor, pensarán algunos. El amor nos enloquece, estamos indefensos frente a él. Una indefensión relativa, añado yo. Mientras Anne Pingeot estaba embarazada de Mazarine, Mitterrand tuvo un romance con una periodista francesa. Todo esto recuerda la figura de otro político francés rigurosamente contemporáneo, ¿verdad? Es siempre el amor.